Y encontró la belleza despeinándose frente al espejo del tocador mientras se fingía dormido para observar detenidamente los movimientos armónicos de los dedos de pianista desatando los listones y tirando los pasadores, dejando su cabello rizado en libertad. Libertad, libertad, la belleza de los espíritus que trascienden el espacio y el tiempo. Libertad en sus cabellos, libertad en sus dedos. Ella miró el reflejo de sus ojos reflejando el reflejo de su rostro y se vio amada por el hombre que dormía a su lado. Y es que no sabía que él la miraba mientras ella se miraba, el espectáculo de la feminidad ante sus ojos, el espectáculo del amor frente al espejo, el amor entrando por los aros de sus rizos y besando con labios de deseo su frente blanca e inocente. Y ella pasó su cepillo por sus rizos y jaló al amor que cayó a sus hombros y ahí se posó cual colibrí cansado de los aleteos. Y ella lo miró a través del espejo y él respondió a su mirada. Eterno juego de los cuerpos y los cabellos, de los besos y las caricias, de las luces y de las sombras. Los dedos de pianista, los cabellos rizados, los ojos reflejados, los labios de deseo y el amor durmiendo sobre sus delicados hombros. Así el reflejo se materializó y luego se esfumó en un suspiro largo.