Son las cinco de la mañana. El sol, nada que aparece, y yo apenas siento que revivo de aquel sueño. Me desperté varias veces, y volvía a dormir para tratar de volver a sentirlo, para continuar aquello que había sido tan extraño, pero tan cercano.
Estoy en un colegio, veo a los niños correr, gritar, hacer maldades. Y yo estoy ahí tratando de recordar la razón por la cual estaba en ese lugar que me traía tantos recuerdos. También veo a los profesores. Todos son como yo, y eso era lo que más me extrañaba. Ya no era un niño. Ya no estaba corriendo ni jugando. Lo peor de todo es que los muchachos me miraban con resentimiento, como si yo fuera algo malo, un presagio de sus vidas. Me rechazaban cuando me acercaba. Les pedí jugar tratando de escapar de aquel sentimiento. El viento arremetía fuerte contra mí… En ese momento me di cuenta que estaba calvo. Hace cuánto. ¿Cómo si antes tenía una abundante cabellera? Castaña y lisa. Pero ya no. Ahora tengo una frente infinita, y muy lisa… El niño al que le pregunté me miró, y simplemente me dijo “piérdete anciano”. Me sentí más viejo que nunca. Como si las arrugas y las cicatrices de mi vida fueran un prejuicio. Maldita sea. Una señora pasó a mi lado y me sonrió en vez de mirarme mal. Una joven hizo lo mismo al rato. Caminé por el colegio sin saber muy bien a dónde iba, y en eso un balón cayó cerca de mí. Los instintos me llevaron a patear. Mi cuerpo se inclinó, mi pierna hizo como un péndulo y cuando ya estaba cerca de patear el balón dos sentimientos me invadieron casi al mismo tiempo. El primero fue que me sentí joven de nuevo, el segundo fue un dolor punzante en mi espalda y en mi rodilla. Y para finalizar con broche de oro le pegué muy duro al balón, y reventó la cara de un niño. Una señora corrió desde el fondo a socorrerlo. Me llamaron a dirección y de nuevo la juventud me invadió. ¡Ay, como antes!- suspiré. Cuando llegué entré y una sombra se acercó por detrás de mí. Saltó encima de mí y me dijo- ¿Si eres una bestia no?... le diste duro a ese niño. Casi le rompes el tabique. (Risas) Bueno, aunque se lo merecía. Pero pues ahora te las debes ver con la rectora. Suerte…- Y se despidió con unas sonrisa cómplice, y con un poco de malicia escondida. Entré a la oficina de la rectora. Una señora gorda, con aire de reina todapoderosa. Con una mirada entre calmada y de “te voy a matar cuando duermas” me hizo sentar. Me explicó que lo que había hecho estaba muy mal. Que los papás habían empezado a llamar y estaban muy enojados. Me dijo que me suspenderían una semana sin pago, y que tendría que pagar los gastos médicos del niño. Eso fue peor que el dolor de cadera y de rodilla. Fue peor que nada en la vida. Todo, era irreal. Todo era, muy real… Demasiado. Llegué a la casa ya tarde, con una botella de aguardiente en mi mano. Me acosté en la cama, y me la tomé toda hasta caer dormido.
Desperté, mire hacia una lado, hacia el otro. Vi la oscuridad de todo el cuarto. No podía creer que esto me estuviera sucediendo. Cuándo me quedé calvo. Cuándo me volví profesor. Cuándo deje de perseguir mis sueños. Cuándo dejé de ser yo. Todo eso me preguntaba estando acobijado, sudando, sintiendo frío por todo mi cuerpo. Mis manos temblaban y sentía la tela que me rodeaba como nunca antes.
Cerré los ojos, sintiéndome frustrado por todo. Incapaz de hacer nada, congelado por mi ineptitud. Este debe de ser el peor día me vida, me dije. Esto es lo peor. En eso busqué el reloj que tenía en mi mesa de noche. Apreté el botón que prendía la luz y algo me tapó la visión. Sentí que me picaba la frente lo que produjo que me rascara. A los segundos me di cuenta que era cabello. ¡Sí, era cabello!
Un ataque de euforia me sobresalto. No estaba calvo, no era viejo, no era… Solo era un sueño. Pero no me di ni cuenta en qué momento el sueño fue mi vida, y mi vida fue un sueño. Esos sueños son los mejores, y ese sentimiento al ver que nada-aún- se ha ido al carajo. Ese día, fue mi día…