Hoy desperté a las 8 de la mañana con una opresión en el cuello, no podía respirar bien. No sé bien qué sea, supuse que aclarando la garganta se quitará.
Baje de mi recámara con una bata encima. Tenía ganas de tomar café así que fui a la cocina a prepararlo. “Aún siento la opresión en mi cuello, que raro”, pensaba mientras colocaba los granos de café en el pequeño molino. “Seguro se quitará después del baño.” Termine de beber mi café a los pocos minutos y decidí ir a la regadera.
Me desnude y entre al agua hirviendo, supuse que eso ayudaría, pero aún sentía la opresión. De hecho la sentía aún más fuerte, ahora comenzaba a tomar forma. Termine y salí, me vi al espejo y noté que en mi cuello se comenzaba a marcar una mano. “Estás loco, John”, pensé.
Durante mi día sentí la opresión cada vez mayor, me hizo toser en más de una ocasión. No comí.
Ahora ya es tarde, el crepúsculo se hace cada vez más evidente y los tonos naranjas de la tarde se transforman en azules y violetas. Dando paso a la oscuridad, dando paso a la noche. Caigo en el suelo.
Todo está borroso, casi no respiro y jadeo con cada intento por aferrarme a la vida. Antes de desfallecer siento un calor en el cuello y trato de abrir los ojos: te veo. Estás radiante y sonriente: “gracias por todo, John. Pero ya no eres de utilidad para mi. Creo que te diste cuenta durante el día, ¿no?”
Caigo en un vacío tranquilo y silencioso. Observó cómo algo va ocupando mi mente y mi cuerpo, algo más ocupa mi lugar.
“Adiós, John. Gracias por el recipiente y perdón por la molestia de hoy pero era necesario.”, dice con una sonrisa.
“Me has asfixiado de a poco. Me has matado de a poco... ¿Por qué hoy?.” Jadeando lo digo mientras caigo más y más.
“Oh, John. Lo he hecho desde que naciste pero hoy fue conveniente... Adiós.” Me dijo riendo burlonamente.