Conócete a ti mismo: entre los antepasados y los tubos de ensayo
Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera
En las sociedades tradicionales y arcaicas es extremamente importante conocerse a uno mismo, ya que es precisamente a partir de allí que se construyen los fundamentos de la identidad cultural de los pueblos, entre lo cual esta incluido el sistema de parentesco aceptado por la sociedad y los posibles matrimonios que se pueden llevar a cabo. Además, se establece el sistema de “otredad” al que pertenecen ciertas tribus, asentamientos o pueblos. Igualmente, esto afecta la percepción de nuestro lugar en el mundo y la sociedad, la clase a la que pertenecemos o la ocupación de nuestros ancestros, etc. Por otra parte, las diferentes culturas alrededor del mundo establecen el grado de pertenencia a un determinado origen según líneas patrilineales o matrilineales. En la tradición germano-escandinava la nobleza intentaba hacer retroceder su línea genealógica hasta llegar al antepasado más lejano, normalmente rastreando sus orígenes hasta Odín o los ingaevones. En el caso de las personas normales, se esperaba que tuvieran un amplio conocimiento sobre sus padres y abuelos con tal de garantizar su reputación y derechos de propiedad.
En las culturas más arcaicas y agrarias el conocimiento de los antepasados normalmente llegaba hasta los bisabuelos que todavía estaban vivos o cuyas hagiografías eran reveladas por los padres cuando estos se comunicaban con ellos desde el más allá. El clan mismo se consideraba como descendiente directo de un Antepasado lejano en cuyo culto místico se reconocía la totalidad de sus miembros. Es por eso que se habla de “padres” y “madres” que abarcaban todos los padres, madres, abuelas, abuelos, bisabuelas o bisabuelos conocidos, sin hablar de todos aquellos cuyos nombres han sido borrados por el tiempo. Existen incluso tribus selváticas que consideran que sus antepasados vuelven en la forma de animales que sus descendientes tienen que enfrentar. Tal percepción espiritual de la naturaleza demuestra que los animales no eran percibidos únicamente como simples poblaciones zoológicas, sino como entidades espirituales conectadas a los ancestros. Un antepasado fallecido podía renacer inmediatamente como un ser “totémico”, por ejemplo, un jaguar, al que se consideraba conectado a un determinado linaje y, por lo tanto, perteneciente a la misma especie. Tales ideas son bastante comunes en los pueblos indígenas que habitan la Amazonía. Las mitologías indoeuropeas establecen el origen de los seres humanos del siguiente modo: El Padre Cielo y la Madre Tierra crean a los primeros hombres, ancestros de los pueblos actuales. Tácito dice que las tribus germánicas consideraban a Tuisto, el progenitor de Mann, su antepasado más lejano. Ahora bien, el problema del origen y la pertenencia a un determinado clan se ha convertido nuevamente en una cuestión fundamental para todos los paganos contemporáneos atrapados en este mundo lúgubre. La solución más frecuente a la que recurren muchos paganos de hoy es hacerse pruebas de ADN creyendo que la pertenencia a un cierto halogrupo permite descubrir a que etnia pertenecían sus antepasados y de ese modo establecer su origen. No obstante, vamos examinar los errores a los que nos lleva semejantes razonamientos examinando varios ejemplos.
El método clásico de reconstrucción genealógica consistía en interrogar a los parientes vivos más viejos sobre los antepasados, linajes/etnias o lugar de procedencia, identificando así los apellidos de soltera de las madres y rastreando el linaje paterno al tener en cuenta el lugar y el momento en que este vivió mediante el uso de archivos, registros estatales, partidas de bautismo, libros de censo, etc., descifrando, si es posible, la etimología de los apellidos. Estos métodos antiguos suelen ser bastante exhaustivos y en caso de ser usados rigurosamente permiten obtener toda clase de información sin la necesidad de recurrir a otras herramientas. Por supuesto, normalmente se ataca tales métodos argumentando la poca fiabilidad de los registros familiares, además de las omisiones naturales causadas por la falta de memoria de los ancianos. A esto se suma que los ancianos pueden ocultar deliberadamente detalles sobre nuestro origen debido a persecuciones, represiones o limpiezas étnicas que hayan acontecido a lo largo de la historia. Es el caso de muchos emigrantes de origen ucraniano, alemán o caucásico que hoy habitan Siberia, el Extremo Oriente ruso y el norte de Kazajistán, sin hablar de las familias nobles o los hijos y esposas de los “enemigos del pueblo” como se los llamaba en la época soviética. Sin embargo, la “poca fiabilidad” de estas fuentes puede ser resuelta hablando confidencialmente con nuestros parientes y haciendo registros cruzados de varias fuentes.
En contraposición a estos métodos se suele decir que los datos científicos proporcionados por un tubo de ensayo resultan más creíbles y de ese modo considerando que las formas tradicionales de rastrear nuestras raíces ya han que dado obsoletas, algo que resulta falso. Un ejemplo lo demuestra el caso de una empresa estadounidense que solía poner un cierto porcentaje de ADN africano en todas sus muestras con tal de no poner en tela de juicio la teoría del origen africano de la humanidad. Un ejemplo tan simple como este nos demuestra que la ciencia moderna y sus adalides no son más que guardianes de la corrección política, pues esta ideología compromete los resultados empíricos de sus investigaciones. Esto mismo se aplica a muchos estudios por encargo hechos por compañías tabacaleras o farmacéuticas cuyos resultados son ampliamente distorsionados. Se trata de una práctica muy difundida en las revistas y redes científicas que nos lleva a darnos cuenta del sesgo que las domina. Resulta gracioso que en estos círculos científicos se considera que las teorías sobre el origen nórdico o la poligénesis de la humanidad, defendidas en muchos círculos de la Alt-Right y demás “derechas” occidentales, sean vistas como “formas peligrosas del conspiracionismo de extrema derecha”.
Otro problema que presentan las pruebas de ADN tiene que ver con la subcultura a la que pertenecen quienes hacen la prueba. Este componente cultural es muy importante para quienes solicitan a distintas empresas hacer diferentes pruebas sobre su ADN. Por ejemplo, si una persona pertenece a un grupo que celebra la herencia ugrofinesa o la identidad pan-indoeuropea interpretará los resultados de esta prueba de acuerdo a su propia cosmovisión o subcultura con la que se identifica. Por lo tanto, tal prueba se convierte nada más que en una fuente de legitimidad para pertenecer al grupo social con el que comparte sus días. Es así como una persona de origen o tradición indoeuropea no considera que pertenece a tal grupo porque hable su lengua, piense según sus categorías o haya nacido en ella, sino porque una prueba de ADN lo autoriza a realizar tales afirmaciones. Se trata de una inversión de los términos, anteponiendo la carreta al caballo y haciendo a un lado los elementos fundamentales de la propia existencia. Todo ello demuestra que tal confianza en el ADN no se basa tanto en la fe en la ciencia sino más bien en el deseo de pertenecer a un determinado grupo social, pues aquí los halogrupos solo parecen confirmar el simbolismo pagano. Un ejemplo famoso de esta clase de interpretaciones de las pruebas de ADN nos lo da la política estadounidense del Partido Demócrata Elizabeth Warren que se proclamó descendiente de los indígenas norteamericanos porque había menos de un 1% de ADN navajo en sus pruebas. Además, las pruebas de ADN sufren de problemas relacionados con el constante cambio tecnológico y el refinamiento de los medios de investigación. Por el contrario, los nuevos conocimientos etnográficos, antropológicos, históricos, arqueológicos, lingüísticos, etc., aclaran en muchas ocasiones los patrones y rutas migratorias, la localización de muchas etnias y sub-etnias, las lenguas que hablaban, las fronteras donde se produjeron mezclas, el encuentro de nuevos yacimientos, artefactos culturales, etc., que contribuyen a un mejor conocimiento de estos temas. Todo ello implica una revisión de teorías y conceptos convencionales que se encuentran en las universidades, sin hablar de una clarificación y una revisión académica del conocimiento, las hipótesis y las teorías aceptadas hasta ahora. En pocas palabras, siempre nos encontramos ante un cuadro inacabado y dinámico. El análisis de ADN es una de esas tecnologías que tienen por objetivo ubicar a quien la usa en el lugar más probable dentro de este cuadro, pero el problema subyace en que las técnicas de análisis de sangre o saliva también se ven sometidas a cambios constantes; los datos del siguiente análisis pueden ser incluso más detallados, refinados y completos que el primero. A todo esto, se suman las correcciones hechas por medio de comparaciones arqueológicas, lingüísticas y antropológicas. Estos datos son especialmente relevantes en los casos en que nos encontramos en zonas fronterizas y de mezclas. Sin embargo, la trampa de la tecnología radica en que aquello que ayer era moderno hoy es obsoleto, lo que significa que aquello que es perfecto hoy mañana dejará de serlo. Por lo tanto, los resultados de ADN siempre se ven sometidos a los cambios tecnológicos que se suceden: este proceso lo podemos comparar a una foto que en un primer momento tiene una calidad borrosa y que posteriormente se va aclarando hasta que las siluetas, la luz, los colores y la nitidez adquieren una definición que las viejas tecnologías no poseían. Por otro lado, no se puede descartar el uso de equipos anticuados o de mala calidad, la torpeza en los procedimientos, la confusión de las muestras debido a errores humanos, etc… Al final lo único que se puede lograr es identificarse a “grandes rasgos” un grupo concreto cuya localización pasa desapercibida. No obstante, todos esos problemas se pueden resolver simplemente investigando el árbol genealógico, el aspecto y el dialecto que hablar nuestra familia. Mediante el uso de la Navaja de Occam podemos eliminar aquellos elementos poco fiables y atenernos a las soluciones más sencillas.
Otro argumento que muchos paganos usan para confiar en los análisis de ADN es la llamada “mística de la sangre” que sería el hilo conductor sagrado que nos remite a nuestra herencia. Sin embargo, tal argumento también puede ser refutado: la mística de la sangre puede manifestarse de forma libre y sin necesidad de apelar a la tecnología y los bio-laboratarios. Por supuesto, esta “mística de la sangre” ha influido a los pueblos y naciones desde la antigüedad, operando incluso mucho antes de que se llevaran a cabo análisis contando los halogrupos en un laboratorio. Es posible escuchar la “voz” de nuestra sangre sin recurrir a la biología, porque se trata al final de un fenómeno no material que acontece en un plano muy diferente. De lo contrario, tendríamos que negar las supuestas afiliaciones de todos los pueblos antiguos porque simplemente ninguna de ellas era “científicamente” comprobable. Por otro lado, el conocimiento científico moderno considera todas esas alusiones a la “mística de la sangre” como puras tonterías esotéricas. La verdadera práctica de la “mística de la sangre” se realiza sin necesidad de recurrir a la ciencia y los tubos de ensayos, el cientificismo moderno se ríe de tales afirmaciones. Todo esto nos lleva a preguntarnos: ¿Qué necesidad tenemos de mezclar dos registros que no tienen nada en común? Imaginemos el siguiente caso: un joven se encuentra deseoso de conocer sus raíces, entonces tiene un sueño donde se encuentra con una divinidad o, mejor aún, con un antepasado lejano que señala en una dirección y le dice abiertamente: “venimos de allí” … El joven se despierta y encuentra en sus manos una copia de un análisis de ADN de su sangre que niega por completo el sueño que tuvo y señala que viene de otro lugar. Lo más probable es que el joven se incline por los datos científicos y considere el sueño que tuvo como producto del calor, la intoxicación, la intranquilidad, etc. Una vez más la revelación mística de su origen es descartada por su creencia en el cientificismo. Resulta ordinario que los amantes de esta clase de métodos científicos con tal de demostrar su procedencia se sometan varias veces en el transcurso de su vida a pruebas con tal de eliminar la probabilidad de error de las mismas.
Ahora bien, imaginemos otro ejemplo: un joven se hace una prueba de ADN y los resultados arrojan que pertenece a un pueblo X. El joven comienza a estudiar la cultura, la tradición y las ideas de esa cultura con tal de reencontrar su identidad, su genealogía familiar (“¡resulta que todos somos X!”) y demás. Pero al cabo de un tiempo se hace otra prueba de ADN y resulta que según los datos más recientas pertenece a un pueblo Y o Z. Tales resultados destruyen por completo los esfuerzos invertidos en aprender la cultura del pueblo X; en caso de tratarse de una figura pública, la reputación de tal persona quedara destruida. Existen muchos casos de semejantes errores entre varios seguidores del paganismo que buscan una u otra etnia a la cual pertenecer. En general, la propia percepción de la identidad etno-cultural de los seres humanos se difumina hasta llegar al extremo de seguir un falso camino y seguir cometiendo los mismos errores. Tales experiencias se asemejan a los interminables debates en internet sobre fenotipos y formas corporales donde los “expertos” en semejantes categorías pueden “determinar” la pertenencia de alguien a una raza o sub-raza de acuerdo a la forma de su cara. Y ni hablar de las aplicaciones en la web que supuestamente son capaces de decir a que pueblo pertenece una persona de acuerdo a la combinación de números aleatorios. Lo mismo se aplica a los datos obtenidos por pruebas in vitro, siendo en muchos casos inferiores al estudio directo de la lengua, la cultura, la historia familiar de los antepasados o los mitos. En cambio, muchos prefieren creer en máquinas sin alma que realizan análisis de ADN y que no tienen nada que ver con el linaje o la pertenencia de alguien a un determinado clan. Por supuesto, el predominio de las pruebas de ADN en los movimientos paganos demuestra una forma encubierta de ateísmo y materialismo en el fondo de los mismos.
Sin embargo, más allá de que podamos extraer argumentos de la ciencia, podemos decir que tal sistema de conocimiento es totalmente antitradicional. Es un hecho que hoy existe una moda de hacerse pruebas de ADN entre las personas que se declaran como paganas, gente que no le importan los valores arcaicos, sagrados y tradiciones, a menudo indoeuropeos, de sus respectivos pueblos. Al hacer esto no hacen sino confiar en los paradigmas de conocimiento antitradicionales creados por el mundo moderno e industrial. En lugar de buscar las experiencias empíricas de lo sagrado, prefieren seguir el camino opuesto. Lo absurdo y paradójico de tal forma de comportamiento es que al final depende de una retórica vacía. Es preferible volver nuestros ojos hacia el mito y recordar la vida de Óttarr narrada en la Hyndluljóð o Canto de Hyndla. En esta historia el joven Óttarr es cuidado por la Diosa Freyja quien lo convierte en jabalí con la intención de que el gigante Hyndla le ayude a encontrar sus orígenes. Óttarr requiere conocer su linaje con tal de ganar una disputa con respecto a su herencia. El gigante Hyndla descubre el engaño de Freyja, pero decide ayudar al joven Óttarr. Freyja le pide al Jotun que le permita a Óttarr beber de la “cerveza de la memoria” con tal de recordar a la totalidad de sus antepasados. Hyndla se niega al principio, pero al final accede a la petición mezclando la cerveza con un poderoso veneno. El joven Óttarr se salva gracias a la intercesión de Freyja. Este mito nos da un ejemplo de una forma tradicional de encontrar el conocimiento de nuestros ancestros precisamente recurriendo al contacto con los Dioses, los espíritus y videntes que nos rodean. Imaginemos que Óttarr, en lugar de haberle pedido ayuda a la Diosa Freyja, hubiera hecho una prueba de paternidad recurriendo al ADN de su saliva. Para las sociedades tradicionales la idea de un köning escupiendo en un tubo de ensayo con tal de entrar en el Ting resulta simplemente ridícula. Por supuesto, en el Hyndluljóð el error que comete Óttarr consiste en su tremenda “imprudencia” y en aceptar la propuesta de Freyja de convertirse en un jabalí, pero en tal caso los Ases y los Vanes le hubieran advertido que recurriera a la sabiduría. No obstante, las Deidades no dejan de tener cierto sentido del humor cuando observan como el orgullo (hýbris) de los mortales trata de desafiar el orden natural de las cosas.
Además, existen argumentos metafísicos para rechazar tales procedimientos: en todas las culturas indoeuropeas existe una correlación entre la materia y la Madre Tierra, mientras que el principio paterno es considerado como el dispensador de la vida, la forma, el espíritu y/o el alma (en algunas culturas indoeuropeas ni siquiera se hace esta distinción entre la materia y el espíritu) como el aliento, la razón, la proporcionalidad y la inspiración. En la mitología germano-escandinava tales ideas son representados por la tríada de Odín-Vili-Ve como “padres” de los seres humanos, los cuales antes de que estos tres hermanos les ofrecieran sus dones no eran más que pedazos de madera sueltos (recordemos que Aristóteles convirtió la madera en objeto de reflexión filosófica), es decir, materia inerte en la naturaleza. Solo después de entrar en contacto con los Dioses los seres humanos se convierten en parte integral del mundo recibiendo, por fin, el don de los padres. En cambio, si apelamos puramente a la genética y a las pruebas de ADN ni siquiera entramos en contacto con los principios de una materia espiritualizada, sino que descendemos hacia niveles infra-corporales del mundo material. En un sentido metafísico, tales pruebas no son más que un intento de establecer, por medio de la tecnología, el parentesco femenino, material, de los seres humanos mucho antes de que recibieran la bendición del Padre Celestial. Claro, se puede obtener algún conocimiento de ello, pero será incompleto y totalmente partenogenético al carecer de una referencia al Padre. Esto nos lleva a concluir que se trata de una forma de metafísica matriarcalista y telúrica que todos los grandes pensadores europeos han identificado como propia del titanismo tecnológico contemporáneo (Ernst y Friedrich Jünger), la decadencia de Europa (Oswald Spengler) y el olvido del ser (Martin Heidegger).
El conocimiento obtenido de una forma bastardeada resulta ilegitimo y totalmente superfluo. En el fondo, el problema no radica en que tal conocimiento sea supuestamente verdadero, sino en que no puede ser reconocido como tal. Todo conocimiento truncado es, por principio, falso y superficial. Quizás esa sea la razón por la que hoy, en una época dominada por el afán tecnológico y científico, es tan popular hacerse pruebas de ADN con tal de encontrar las raíces perdidas, siendo tales pruebas otra manifestación de realidades antitradicionales. Se podría decir que este predominio de una materialidad ciega, tosca, inerte y oscura va unida a un aumento de la ignorancia de la naturaleza divina y, en consecuencia, a un incremento de la estulticia actual, características propias de los tamo-gunas del Kali Yuga. El celo con el que estos individuos defienden la ciencia nos hace ver que para ellos se trata de una “vaca sagrada” propia de este ciclo histórico. Para ellos ni la tradición ni el mito o la poesía tienen peso, solo la ciencia a la cual se arrojan a sus pies, a pesar de que existen otros métodos para determinar la filiación parental de una forma mucho más sólida y espiritual. Por supuesto, aceptar estas críticas implicaría el rechazo explícito de la legitimidad de la imagen científica del mundo que hemos aprendido desde la escuela y más bien volver nuestros ojos hacia las culturas, identidades y formas de vida tradicional. Esto último implica romper con el falso paradigma de conocimiento creado por la Modernidad con tal de reconstruir nuestra identidad sobre fundamentos sacrales. Otro elemento revelador es que este enfoque cientificista carece por completo de una dimensión mito-poética, alrededor de la cual giran las expresiones y formas sagradas propias de las sociedades arcaicas (esto último no se limita únicamente a las sociedades indoeuropeas). Por el contrario, la agitación de muestras de sangre o saliva en tubos de ensayo, el giro en una centrifugadora de ADN, el análisis y clasificación del material genético por estudiantes en batas blancas ni siquiera hace parte del mundo prosaico, sino que es más bien pura banalidad y perogrullada digna del mundo contemporáneo. ¿Cómo semejantes hechos científicos pueden compararse con la pasión de Óttarr que encendió el fuego del altar de Freyja ardiendo con tanta intensidad que incluso derritió la roca e hizo descender a la propia hija de los Vanir a consolar a su seguidor? Los expertos en la interpretación de los mitos y la poesía saben muy bien que, además del aspecto genealógico y ancestral, existe una especie de erotismo mesclado en esta narración sobre el descenso de Freyja desde los cielos.
No obstante, el preguntarse sobre nuestros orígenes sigue siendo legitima: ¿cómo reconectarnos con nuestro pueblo? Y también: ¿qué hacer con todos los que quieren abandonar el discurso colonialista decadente propio de las metrópolis y volver a las identidades regionales? ¿Qué hacemos con quienes son incapaces de encontrar su lugar en el mundo? En primer lugar, es necesario aceptar de forma resignada y estoica este hecho y seguir la máxima de la sabiduría romana que nos dice que el destino únicamente destruye a quienes no se pliegan a él, es decir, que lo desafían. La literatura antigua habla sobre tales huérfanos que desconociendo su origen buscan reconectarse con sus raíces: algunas veces lo hacen de forma exitosa, como en el caso de Óttarr, mientras que en otras fracasan de forma trágica, como pasó con Edipo Rey. En segundo lugar, debemos recurrir a los métodos tradicionales que hemos expuesto anteriormente con tal de reconectarnos con nuestra herencia. A todo esto, debemos añadir una mitificación consciente de nuestra existencia, lo cual no quiere decir fantasear o inventar un origen desconocido en Nibiru, sino volver a la fuente divina de la que provienen nuestros Antepasados. No obstante, para aquellos que han quedado totalmente huérfanos y son incapaces de rastrear los avatares de su genealogía, sostenemos que tienen la oportunidad de abrirse al mundo con tal de buscar la tradición que más les atraiga, aventura que requiere de mucho valor y esfuerzo. Sin embargo, estos individuos no deben olvidar que cuentan con el apoyo del Padre-Cielo en lo alto y la Madre-Tierra en lo bajo, convirtiéndose de ese modo en los antepasados de su futuro linaje. Quien asume esta tarea se convierte en su propio hijo: Madre, Padre e hijo-ancestro. Esta es la estructura arcaica de la que proviene todo y que se afirma por la lengua materna que todos aprendimos en nuestra infancia. Ya sea que hablemos ruso, alemán o italiano, podemos decir que todos seguimos una lengua indoeuropea, lo que significa que nuestra estructura de pensamiento esta interrelacionada por una serie de categorías predeterminadas tal y como lo explica S. Borodai en su libro Lenguaje y cognición. Por otro lado, los rasgos físicos pueden ayudar a establecer el parentesco, permitiéndonos conocer el origen tribal y la tradición que hemos de adoptar.
Homero exclamó una vez: “¡Los Dioses me han hecho huérfano, ahora soy mi propio primogénito!” Tales declaraciones revelan la sinceridad de una poesía abierta hacia la “dureza nórdica” de enfrentar las dificultades del destino. Con tal de pasar tal desafío debemos hacer tres gestos sencillos: inclinar la cabeza y mirar la tierra, levantar nuestros ojos hacia el cielo volviéndolos hacia nuestro interior y, finalmente, estudiar nuestro pensamiento y lenguaje. Solo así podremos demostrar nuestra fidelidad hacia nuestro padres y Dioses. En conclusión, diremos que conocer nuestros orígenes es un paso necesario e importante, pero solo en la medida en que este conocimiento nos permita alcanzar un cierto contenido y unidad, aplicándolo de forma correcta con tal de llegar a los Padres Divinos y dejar de lado las quimeras propias de los conocimientos no tradicionales. Sin importar en qué situación nos encontremos, siempre podremos recurrir a una forma mito-poética de existencia que nos ayudará a superar la inercia, la degeneración y las muletas que hoy nos rodean. Este artículo no es una invitación a discutir este problema, sino una declaración imperativa con tal de comenzar a rastrear realmente nuestras raíces familiares, clánicas y sagradas. Estando firmemente convencidos de todo lo que hemos dicho, damos por concluida esta discusión.