Delirios de un cansancio
Suena arrogante la alarma y mi pulgar socorre mi sueño intempestivo. Cinco minutos más, convence mi somnolencia a mi vigilia aún arrullada. La cortina no podría disimular más la luz, las almohadas no podrían distraer más el trino de los pájaros. De nuevo está pasando, cada indicio me confirma que está amaneciendo una vez más.
Los cinco minutos se convierten en un parpadeo; las voces oníricas pierden el valor de seguir inmiscuyéndose en la rutina matutina. Ya no sugieren. Al contrario, es de este mismo cansancio del que pende mi supervivencia cercana. La cautela de un medio sonámbulo es crítica para construir el nuevo Sol.
Abro, naturalmente, los ojos. Tanta ausencia los pone locos. Muestran su ternura con lagañas y, mostrándose hinchados, no pueden con los vestigios de la noche que como fuego se consumió. Es su discreto coqueteo con las ocho horas, a veces menos, que acaban de perderse. Me resbalo entre las sábanas: están tan acostumbradas a mí. Veo el techo manchado de alba y mi cama se enternece con mis primeros movimientos. No me sueltan las ganas malévolas de tirarme a la ignota perdición.
Las paredes van agarrando ese tono que presumen ya despiertas; hoy, por ejemplo, son rojas. Mi cuarto—no sabía—se despierta conmigo. El clóset bosteza y gime su veleidad de guardar reposo todavía. Ya no, amigo mío, le bisbiseo con esa voz de recato mañanal. Mi boca está seca; mi vejiga, apremiante; y el reloj, temible. Los hallazgos me arrebatan de la posición con que la comodidad se echó en mí. La duela aún ronca, pero mis pininos llegan e irrumpen su sueño. Le pido disculpas gentiles y, de manera súbita, invito a los rayos del Sol a que hagan de mis pupilas un nuevo estreno. El viento, casi de inmediato, se une al carnaval tempranero. La lámpara, esa sí no la toco, merece mil años más de descanso. Mi cuerpo trémulo reclama sus impulsos: el frío inoportuno ya llega a su inexistente llamado.
Tendiendo la cama, se aclaran ya mis primeros razonamientos. El examen de alemán, el de Sociales, la carta al profesor de ajedrez explicando mis motivos para desertar del campeonato. Lo que hace apenas una hora eran ríos de fantasía y silbidos inocentes de la diligencia, ahora son ejércitos de organizados deberes, noticias por la radio, pitos incesantes, prisa abundante y fragores artificiales. En fin, despertar provoca destrezas perdidas y esperanzas pisoteadas. Y entiendo que no es mi culpa, porque la víctima soy yo y la agresora es esta hora. Vaya labor la de la mañana, quizá es la más confusa y dura de la vida; tener que arrebatarle a los hombres su estado de solemne quietud no ha de ser fácil ni gozoso ni satisfactorio.
Mañana, siempre he pensado que me compadeces insulsa y altiva. He de comprender ahora, abriendo mi perilla y despidiéndome de lo que quiero realmente, que la que sufre eres tú, la que llora eres tú, la que quiere seguir durmiendo eres tú y la que no está lista para hacer lo que le fue conferido por destino, ésa, oh pobre mañana, serás por siempre tú.
-Sebastián Noches











