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Specific Trope of the Day
Adopt a Weird Child with a Mysterious Past
Very delicate subject....
[ Comic based on a scene from Chapter 23 ]
#matilda #colesear #codymorgan #carriewhite #resplandorentretinieblas #comic #fanfic
Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 152. Destrucción Fascinante
Resplandor entre Tinieblas
Por WingzemonX
Capítulo 152. Destrucción Fascinante
El grupo que escoltaba a Damien tuvo sus dificultades para abrirse paso entre los soldados aún leales al DIC, pero nada que no pudieran sortear con sólo unas aceptables bajas. Al final, habían logrado llevar al muchacho hasta el nivel superior, a la pista de aterrizaje en lo más elevado de la montaña.
Al salir del elevador y estar por primera vez en quién sabe cuánto tiempo en el exterior, a Damien le molestó un poco la luz del sol en los ojos. Utilizó su mano como visera para protegerse un poco, y poder mirar mejor hacia el hermoso cielo azul sobre su cabeza. Hacía un bonito día, en realidad; el clima estaba perfecto, y el aire olía fresco. No podía decir lo mismo de aquella pista, que estaba adornada en esos momentos con los cuerpos de varios soldados caídos. Damien apenas y los miró, más con curiosidad que otra cosa, mientras lo guiaban hacia uno de los helicópteros negros que aguardaba con el motor encendido para partir de inmediato.
—Mi señor —pronunció con júbilo uno de los soldados que aguardaban a lado del helicóptero al verlo acercarse, agachando su mirada con sumisión. A Damien le resultó vagamente conocido; debía ser alguno de los compañeros de Kurt—. ¿Se encuentra bien? —exclamó con fuerza para que su voz se oyera por encima del motor.
—De maravilla —ironizó Damien con voz rasposa—. Supongo que ese es mi transporte —indicó volteando a ver al helicóptero.
—Sí, mi señor. Estamos listos para partir —indicó el mismo hombre con convicción. Sin embargo, pareció vacilar un momento, y miró pensativo alrededor, en busca de algo, o alguien—. ¿Y la Capt. Cullen?
—Se quedó atrás —le informó una de las escoltas de Damien—. Se está encargando personalmente del Dir. Sinclair.
El hombre asintió, dubitativo.
—Teníamos instrucciones de sacarla de aquí también junto con él…
—Pues tus instrucciones han cambiado —declaró Damien con firmeza, y avanzó sin más de forma despreocupada hacia el helicóptero—. Vámonos ya.
El hombre titubeó un momento, pero luego respondió con mayor entereza:
—Sí, mi señor.
— — — —
Mabel colocó uno de los delgados brazos de Annie alrededor de sus hombros, y comenzó prácticamente a arrástrala fuera de la sala de observaciones, pues ésta era incapaz de sostenerse con sus propios pies por mucho tiempo. Debido a su estado, su cuerpo casi no pesaba, pero cargarla ella sola aún resultaba una tarea complicada para la Doncella. La ayuda de su rehén hubiera sido buena, pero Russel cargaba la caja transportadora llena de todos los recipientes de químico que logró meter en ella. Ese paquete, y el hombre que lo cargaba, eran justo lo que le habían solicitado sacar de ese sitio, pero de ninguna forma dejaría a su hermana ahí, y menos con esos locos mercenarios disparándole a todo lo que se moviera.
A pesar de lo mucho que le horrorizaba el estado de la Mandiles, le llenaba de una gran emoción el encontrarla, como pensó que no sería capaz de sentir otra vez. Había llegado a pensar que en verdad era la última sobreviviente del Nudo Verdadero, pero ahora veía con dicha que no era así. Si lograba hacer que Annie se recuperara, y con los poderes de Rose que había conseguido, juntas podrían volver a empezar.
Aún podía darse el lujo de tener esperanzas.
—Vamos, Annie —masculló, percibiéndose el esfuerzo en sus palabras, mientras avanzaban por el angosto pasillo lleno de soldados muertos—. Un poco más, no te detengas. Ya casi estamos en el elevador.
La Mandiles no le respondió en lo absoluto, y en realidad no estaba claro si acaso seguía consciente. Sus ojos estaban abiertos apenas lo suficiente, y sus piernas no alcanzaban a apoyarse en el suelo con la suficiente firmeza. Era lo más parecido que Mabel hubiera visto a un cadáver ambulante.
Los tres ingresaron juntos al ascensor. Mientras subían, Mabel colocó con cuidado a Annie sentada en el suelo para descansar un momento, y ésta se quedó ahí bien quieta, con su barbilla cayendo contra su pecho, y sus cabellos negros cubriéndole el rostro.
—¿Ahora cómo planeas que salgamos de aquí? —le cuestionó Russel con angustia.
—No molestes —masculló Mabel con aspereza—. Te he mantenido vivo hasta ahora, ¿o no? Más de lo que te mereces, luego de lo que le hiciste a mi hermana.
Russel tragó saliva, nerviosa. Podría haber intentado defenderse de esa acusación, pero su seguridad prefirió mejor dejarlo pasar.
—¿Quién te envió? —susurró el científico en voz baja, no dejando del todo claro si le hablaba a ella en realidad—. Muy pocas personas, incluso dentro del DIC, saben de esto —indicó alzando un poco la caja.
Mabel lo miró de soslayo, pero de inmediato se giró de nuevo hacia Annie. No podía permitir que la incertidumbre se volviera tan evidente en su rostro.
—Creo que el día de hoy demuestra claramente que no puedes confiar en tu querida organización, ¿o sí? La persona que me envió incluso sabía que este ataque a traición ocurriría, y planeó que lo usara como tapadera para infiltrarme. Así que sería más seguro suponer que cada uno de tus preciados secretitos, ya no lo son más. ¿Cómo te hace sentir eso? Muy solo, de seguro. ¿No es cierto?
Russel no respondió, pero agachó la cabeza, claramente abatido. La realidad era que Mabel tampoco conocía con exactitud de qué iba todo ese asunto, y qué papel jugaba esa paleta en todo eso. Pero lo averiguaría de una u otra forma.
El ascensor se acercó a su destino, por lo que Mabel levantó una vez más a Annie, preparándose para salir. Russel se colocó instintivamente detrás de ella, en busca quizás de algún tipo de protección.
—Si tenemos algo de suerte, el combate ya habrá terminado —indicó Mabel, atreviéndose incluso a darle un toque de humor a sus palabras.
Sin embargo, en cuanto las puertas del ascensor de abrieron, lo que vio del otro lado estaba bastante alejado de lo que hubiera imaginado. Lo primero que vio fueron cables chispeando colgando del techo, manchas de sangre y quemaduras en las paredes, y lo que parecía ser un hombre totalmente destrozado en el suelo a unos cuantos metros de las puertas, como si alguien le hubiera arrancado el torso entero, dejando sólo las extremidades.
Russel soltó un alarido de espanto. Mabel observó aquello, atónita. Annie siguió sin reaccionar en lo absoluto.
Mabel avanzó con cuidado por el pasillo con paso cuidadoso, llevándose a Annie con ella, y con Russel pisándole los talones. Mientras más avanzaban, más extraño se tornaba todo. Por supuesto, se encontraron con más cadáveres, todos con heridas que no parecían haber sido causadas ni con una bala, ni una explosión; era algo mucho más… bestial. Había agujeros en las paredes y el suelo, como si algo se hubiera abierto paso por estos. Y, quizás lo más aterrador de todo, era el abrumador silencio que se percibía, contrastando con el ajetreo sin control en el que todo se encontraba cernido cuando bajaron por el ascensor minutos antes.
—¿Qué pasó aquí? —susurró Mabel, confundida.
—Algo… debió haberse liberado de las celdas de contención —masculló Russel, como un pensamiento en voz alta que se le escapaba.
Mabel se giró a mirarlo, inquisitiva.
—¿Qué dijiste?
Russel desvió su mirada hacia un lado.
—No creerás que tu amiga era lo único que teníamos retenido aquí, ¿os í? —respondió de pronto, y Mabel le pareció sentir incluso jactancia en sus palabras; algo que claramente no le gustó—. Y ahora sin el DIC para controlarlos, estas cosas estarán sueltas por el mundo…
Mabel estaba por decirle que se callara, más que dispuesta a aderezar su advertencia con un revés de su mano. Pero no pudo hacer ninguna de las dos cosas, antes de que unos gemidos provenientes de más adelante hicieran que su atención se dirigiera en dicha dirección.
—Auxilio —escucharon que alguien pronunciaba con voz débil. Un segundo después, ante sus ojos surgió un hombre con el uniforme azul de la base, renqueando hacia ellos con su rostro ensangrentado… y su brazo izquierdo completamente cercenado—. Ayúdenme, por favor… —soltó aquel hombre, alzando su única mano suplicante hacia ellos.
La primera reacción de Mabel fue acercar la mano con la que no sujetaba a Annie hacia su cinturón, para sacar su pistola.
—No, aguarda —suplicó Russel—. Es sólo un hombre herido.
—¿Y a mí qué me importa? —soltó Mabel, alzando en ese momento su arma, apuntando directamente al hombre con ella. Éste, sin embargo, no se detuvo; siguió avanzando hacia ellos, ignorando por completo el arma o, más bien, restándole completa importancia en comparación con lo que venía detrás de él.
La enorme criatura insectil de colores grisáceos surgió de pronto justo a espaldas del hombre, y en cuestión de segundos lo tiró al suelo de un empujón entero de su cuerpo, azotándolo contra el suelo. Se colocó entonces sobre él, y sin menor miramiento dirigió sus fauces hacia él, comenzando a desgarrarle pedazos de carne con sus afilados colmillos, pintando de rojo las paredes a su alrededor. El hombre soltó desgarradores gritos de dolor, hasta que la criatura le arrancó la cabeza entera.
Todo pasó demasiado rápido, en apenas una fracción de segundos. Y en todo ese pequeño lapso de tiempo, Mabel y Russel se quedaron totalmente atónitos en su sitio, viendo tan grotesco espectáculo sin entender siquiera si lo que veían era cierto. Mabel incluso mantuvo su brazo extendido al frente con el arma en su mano, pero sin disparar ni una sola bala.
—¿Qué… qué es eso…? —masculló Mabel, retrocediendo lentamente con todo y Annie—. ¡¿Qué es eso?! —repitió con fuerza, girándose hacia Russel en busca de una respuesta.
—Yo… no lo sé —respondió Russel, vacilante—. No es alguno de los especímenes que nosotros hayamos atrapado… O no uno que yo conozca… ¿Qué mierdas es…?
Ambos contemplaron en silencio como aquella criatura, insecto, polilla o lo que fuera, escupía la cabeza del hombre con desdén hacia un lado, y luego proseguía a desgarrar el resto del cuerpo, esparciendo sus pedazos por todas partes. Lo más mórbido de todo, es que no se comía ni una sola. No hacía eso por hambre, ni siquiera como defensa, sino empujada por un simple y antinatural deseo de matar.
De pronto, tras al parecer saciarse de su última víctima, la polilla alzó repentinamente su cabeza, fijando sus ojos en ellos. El cuerpo entero de Mabel y Russel se puso tenso, sintiendo la amenaza latente reflejada en aquellos dos orbes oscuros.
Mabel se quedó paralizada sólo unos instantes debido a la impresión, pero no permitió que esto la contuviera demasiado. Volvió a alzar su pistola al frente, más que lista para jalar el gatillo en contra de aquella cosa, fuera lo que fuera…
—No —escuchó de pronto como susurraba muy despacio la voz de Annie a su lado, y justo después colocó sus delgados y pálidos dedos sobre el cañón de su arma. Mabel se giró a mirarla, sorprendida—. No lo hagas…
—¿Qué dices? —susurró Mabel, debatiéndose entre su emoción de que hubiera reaccionado, y su aprensión ante el hecho de que le impedía dispararle a esa cosa que claramente no era amistosa.
—No es real —masculló Annie despacio, alzando con debilidad su rostro para mirar a la polilla—. Siéntelo, Doncella. Esta cosa… no es real…
Los ojos de Annie brillaron con ese resplandor plateado tan propio de su especie, señal de que aún había vida en ella. Mabel observó de nuevo a la criatura, con mucho detenimiento; quizás con el mismo con el que ésta los miraba a ellos. Los ojos de Mabel también brillaron, y sus sentidos mucho más sensibles se encendieron como velas. Y de un momento a otro, esa enorme criatura ante ella en efecto… no existía. Era más como un nubarrón confuso, una mancha en la pared…
¿Una ilusión?
Pero, ¿cómo una ilusión podría haberle hecho eso que acababan de ver a una persona? Tenía que ser algo más…
La criatura avanzó rápidamente caminando con sus varias patas. Mabel de nuevo tuvo el instinto de dispararle, pero de nuevo Annie la detuvo, obligándola a bajar su brazo por completo.
—No es a nosotros a quién busca —le susurró la Mandiles por lo bajo.
—¿Cómo sabes? —susurró Mabel del mismo modo, justo antes de que la criatura se parara delante de ellas, dejando su rostro a unos cuantos centímetros del suyo. Russel chilló, y cayó de sentón al suelo con todo y la caja que cargaba.
Mabel se quedó totalmente quieta, contemplando su propio reflejo en el ojo de la criatura. Un parpado vertical cubrió los ojos un segundo, y luego una vez más. Todos se mantuvieron en silencio y estáticos en cada segundo. Y mientras la miraba, mientras más intentaba profundizar en eso que se ocultaba detrás de esa ilusión, o lo que fuera… más percibió lo mismo que Annie había dicho: ellas no eran sus presas.
La polilla chilló una vez, retrocedió, y entonces extendió sus alas y se elevó en el aire, volviendo por donde había venido. No tardó mucho en desaparecer por completo de sus vistas.
Sólo hasta entonces Mabel se permitió volver a respirar.
—¿Qué… pasó? —susurró Russel desde el suelo, bastante confundido.
—Ni idea —comentó Mabel, aún con un pequeño nudo en la garganta, pero comenzando a recuperarse poco a poco—. Pero al parecer estamos de suerte.
Guardó una vez más su pistola en su cinturón, y comenzó a caminar junto con Annie, cuyo pequeño momento de lucidez parecía haberse apagado tan repentinamente como había surgido. Russel la miró dubitativo un segundo, pero no tardó en decidirse por ponerse de pie y alcanzarlas.
Como bien Mabel había dicho, había logrado mantenerlo con vida hasta ese momento.
— — — —
Lucy corría sin rumbo alguno; sin aire, con sus piernas adoloridas, y rodeada de todo ese horripilante escenario de destrucción y muerte. Los insectos creados por Cody habían comenzado a esparcirse por toda la base, abriéndose paso por los pasillo, e incluso atravesando los muros. A donde volteaba, alguna de estas criaturas se encontraba devorando, aplastando, o partiendo en dos a algún desvalido soldado, que tras haber vaciado por completo su arma entera, terminó sólo dándole al aire.
La buena noticia es que, por algún motivo, esas criaturas parecían no reparar en ella; sólo atacaban a los hombres y mujeres uniformados, lo más seguro es que indiscriminadamente sin importar si eran de los invasores o no.
Era como una escena sacada del Infierno de Dante; insectos gigantes devorando a los pecadores, y esparciendo su sangre como rocío por el aire. Y ella era Dante, abriéndose paso por ese horrible círculo del infierno, sin encontrar ni una maldita salida, y sin la gentileza de al menos contar con guía.
El estruendo de disparos a unos pasos de ella la hizo detenerse, e incluso caer al suelo por el derrape. De un pasillo adyacente a donde ella venía corriendo, un grupo de tres soldados salieron despavoridos, mientras disparaban como locos a aquello que los seguía.
—¡Necesitamos ayuda! —gritó uno de esos hombres en su radio—. ¡Quién sea!, ¡responda!
Desde su posición, Lucy pudo percatarse de que nadie les respondía. ¿Había aún alguien en ese sitio que pudiera darse el lujo de brindar cualquier tipo de ayuda?
La enorme polilla se abrió paso por el pasillo, dirigiendo su hocico abierto hacia el más próximo de ellos, devorándole toda la parte superior de su cuerpo de una mordida. Los otros dos volvieron a intentar dispararle, pero se percataron rápido de que aquello era inútil, y prefirieron huir. La polilla no tardó en alcanzarlos y tirarlos al suelo, sometiéndolos con sus patas. Y aunque Lucy no podía ver la escena directamente desde su posición, los movimientos de la cabeza de la criatura, y los grotescos sonidos que comenzaron a inundar sus oídos, le dejaron claro que los estaba devorando con bastante saña.
Lucy tuvo fuertes ganas de vomitar; las había logrado aguantar bastante bien durante todo ese tortuoso día, pero su resistencia se estaba acabando.
Se giró entonces rápidamente en la dirección contraria, y comenzó a avanzar presurosa para alejarse de ahí. Sin embargo, otro de esos insectos cayó repentinamente del techo, justo delante de ella, cortándole el paso. Lucy chilló, dio un brinco y cayó de sentón al suelo. Se arrastró presurosa lejos de la criatura, hasta quedar con su espalda contra la pared. La polilla giró sobre sus patadas, fijando sus ojos en todo su alrededor, hasta que se posaron en ella.
Tragó saliva, nerviosa.
«Está bien, no me atacará a mí» pensó titubeante. «Estaré bien, estaré bien…»
La polilla, sin embargo, seguía mirándola fijamente. Escuchó un siseo casi gutural surgir de ella, y sus alas se agitaron un poco, como si se dispusiera a volar.
«Estaré bien… ¿cierto?» pensó aún más asustada. Y cada momento que pasaba, se convencía menos de ello.
En un momento se convenció por completo que de que estaba por saltarle encima, y la sola idea la incapacitó por completo de poder siquiera moverse. La bestia chilló, dobló sus patas, y se elevó hacia ella. Lucy gritó horrorizada, y se cubrió por reflejo con sus brazos, esperando el inminente final. Éste no llegaría aún, pues antes de que la tocara, la figura de la polilla fue expulsada hacia un lado con fuerza, desviándola de su trayectoria. Dio tumbos en el aire, cubriéndose de una intensa llama que la cubrió por completo. Se estrelló de lleno contra un muro, y al contacto su cuerpo se desmoronó en pedazos carbonizados, que cayeron al suelo y se desintegraron.
Lucy bajó sus brazos, y miró atónita en la dirección a donde había sido lanzada la criatura. Los pedazos de su cuerpo se fueron desmoronando, hasta desaparecer por completo. Incluso las llamas no tardaron en extinguirse también.
—¿Pero qué…? —susurró despacio, totalmente confundida.
Escuchó de pronto las pisadas de unas botas contra el linóleo, aproximándose hacia ella. Reacción al instante, parándose de un brinco. Se giró en dirección al otro pasillo, y observó con recelo la figura de una persona saliendo de entre las sombras de éste; el verdadero objetivo que había puesto a la polilla en ese estado de ataque.
Era una mujer alta, de cabello rubio rizado e intensos ojos azules, vistiendo una chaqueta larga color verde; la misma chaqueta verde que usaba aquella persona que dirigía a los hombres que los emboscaron en el pasillo…
—Oh, no —masculló despacio, pegando más su espalda contra el muro. ¿Sería acaso aliada de ese mismo sujeto? De seguro no le agradaría saber que su amigo acababa, literalmente, de perder la cabeza por uno de esos monstruos.
—No te muevas —masculló aquella mujer, sonando casi como una amenaza.
—Escucha, por favor —susurró Lucy despacio, alzando una mano hacia ella—. No soy nadie importante, ¿de acuerdo? Yo ni siquiera debería estar aquí en realidad, ni tampoco sé lo que está pasando. Solamente...
Mientras hablaba separó su espalda del muro, y dio un paso hacia ella. Al hacerlo, a su costado percibió el estridente chillido de otra polilla; la misma que hasta hace unos momentos había estado devorando a los otros tres soldados.
—¡Te dije que no te movieras! —exclamó la mujer rubia con fuerza, y rápidamente se lanzó hacia ella, la tomó de un brazo, y la empujó con brusquedad hacia un lado, alejándola del alcance la polilla que se dirigía hacia ellas.
Lucy cayó de costado al suelo, golpeándose con fuerza. Aun así, pudo girarse en el momento justo para ver cómo la criatura se lanzaba sobre la extraña, pero ésta se mantenía de pie firme en su sitio, mirando fijamente al enorme insecto que abría grande su boca para devorarla entera. Pero antes de que la tocara, le ocurrió lo mismo que a la otra: su cuerpo fue lanzado hacia atrás, cubierto de densas llamas que cubrieron su cuerpo, y se desmoronó en pedazos en cuanto chocó contra el suelo.
Lucy observó sorprendida aquello, perdiéndose unos momentos en la llamas danzantes que aún permanecieron un poco más, antes de esfumarse por completo junto con los restos del insecto.
—Fuego —susurró despacio, como si aquella palabra fuera toda la revelación que ocupaba.
Miró entonces una vez más a aquella mujer, esta vez con mayor detenimiento. Notó entonces que la manga derecha de su chaqueta estaba rasgada, y su brazo estaba expuesto. Pero pasando eso de largo, logró mirar mejor su rostro, y se dio cuenta entonces de que la conocía. De una fotografía, claro; pero la conocía. Y esos poderes que había demostrado lo terminaban de confirmar por completo.
—Usted es la Sra. Charlene McGee —susurró Lucy, atónita.
La mujer rio divertida, y se giró de lleno hacia ella. A Lucy le pareció percibir por un momento un brillo amenazando en aquellos ojos.
—Sí, la famosa Charlene McGeee —murmuró Charlie con presunción, mientras se aproximaba con paso amenazante hacia ella. Lucy retrocedió, claramente asustada—. Ahora dime qué son esas cosas, o te calcino a ti también.
—Espere, espere —farfulló Lucy, alzando sus manos delante de ella en forma de súplica—. No es lo que está pensando…
—No sabes lo que estoy pensando, muñeca —le advirtió con dureza, y en su sola mirada fue evidente que estaba más que lista para hacer salir sus poderes en contra ella, justo como lo acababa de hacer con aquellas dos criaturas. Así que Lucy supo bien que las siguientes palabras que salieran de su boca, tenían que ser por completo aclaratorias.
—¡Soy Lucy! —gritó con fuerza para poder ser escuchada—. Lucy, de la Fundación Eleven. ¿Me recuerda? Fui quien le llamó para avisarle de lo ocurrido a la Sra. Wheeler.
Charlie se detuvo al escuchar aquella repentina declaración. Entornó los ojos, y la observó fijamente con atención.
—¿Lucy? —susurró en voz baja. Aquel nombre le sonaba, y ciertamente también su voz—. ¿La del teléfono? ¿La que no dejaba de repetir “no tengo los detalles” una y otra vez?
—Sí… porque era la verdad —susurró la rastreadora entre dientes—. Es obvio que sólo podía decirle la información que sí tenía, ¿no?
Charlie la observó, notándosele bastante desconfiada, aunque ciertamente esa respuesta le trajo bastantes remembranzas de aquel momento. ¿Era realmente la misma persona de aquella llamada? El sólo hecho que supiera de esa llamada era un punto a su favor, aunque no tenía ninguna garantía de que el DIC no le hubiera estado escuchando de alguna forma. Pero también le resultaba un tanto extraño que de todas las cosas que alguien de esa base pudiera intentar decirle para engañarla, eligiera justo algo tan aleatorio como eso.
—Suponiendo que sea cierto —masculló Charlie con recelo—, ¿qué haces aquí? ¿Eleven te mandó?
—¿La Sra. Wheeler? —exclamó Lucy, sonando casi como si aquella hubiera sido la pregunta más estúpida que hubiera oído alguna vez—. No, ella sigue en coma hasta dónde sé. Yo no tenía idea de que usted estaba aquí.
Eso que decía no concordaba con lo que Lucas le acababa de comunicar esa mañana, y eso no hizo más que provocarle a Charlie mayor desconfianza. Alguno de los dos le estaba mintiendo, y por extraño que pareciera no creía que fuera Lucas; ¿qué ganaba con mentirle diciendo que Eleven ya había despertado? En especial cuando ya la tenía cautiva y a su merced.
—¿Entonces…? —comenzó a cuestionarle con mayor severidad, pero sus palabras fueron cortadas en el instante en el que el aire fue cubierto por otro siseo chillante, y de la nada un gran agujero se abrió sobre sus cabezas, derrumbando un gran pedazo de techo.
Charlie reaccionó, lanzándose contra Lucy, y haciendo que ambas cayeran y rodaron por el suelo, alejándose de aquel punto antes de ser aplastadas. El fuerte estruendo del concreto al caer y romperse, no evitó que escucharan con más intensidad aquel chillido. Unos segundos después, la figura opaca de otra de esas criaturas en forma de insecto no tardó en abrirse paso por el agujero. Se estrelló contra el piso y los escombros, se revolcó sobre estos, y se giró rápidamente hasta posar son grandes ojos negros en ellas.
Charlie se puso de rodillas en el suelo frente a Lucy de forma protectora, y ésta no tardó en aceptar dicha protección, escondiéndose a sus espaldas. La enorme polilla las observó desde su posición, inmóvil, como si las analizara o esperara la señal adecuada. Y Charlie presintió que a quién más observaba, era justamente a ella.
—Ella cree que usted es un soldado —le susurró Lucy a sus espalas, tomándola un poco por sorpresa.
—¿Qué dices? —masculló Charlie, mirándola sobre su hombro.
—¡Su chaqueta! —pronunció con más fuerza—. Es de un soldado del DIC, ¿no es cierto? Esas cosas están explícitamente cazándolos.
—¿Y tú cómo sabes…?
No logró completar su pregunta, pues en ese momento una larga boca cubierta de afilados colmillos se abrió en la cara alargada del insecto gigante, justo debajo de aquellos ojos. De ella surgió otro de esos chillidos, mucho más intenso, y claramente en lo absoluto amistoso. La criatura desplegó sus enormes alas transparentes en ese instante, y se lanzó en su contra.
Lucy chilló, y se ocultó aún más detrás de Charlie, cubriéndose el rostro con ambas manos como si genuinamente esperara que eso la protegiera de alguna forma. Charlie, por su lado, una vez más se mantuvo firme en su posición, y dejó salir como un proyectil su energía al frente, haciendo que ésta se concentrara por completo justo en la amenazante criatura. Ésta fue empujada hacia atrás ante el impacto de aquella energía calorífica, y su cuerpo no tardó en comenzar a cubrirse en fuego. Cayó al suelo del pasillo a unos metros de ellas, chillando y revolcándose en frenesí, mientras las llamas la consumían y dejaban en su lugar únicamente más de esas cenizas negras que flotaron en el aire como papel quemado.
Charlie contempló su última hazaña unos segundos, antes de poder reaccionar de nuevo. Y lo primero que hizo fue justamente quitarse la chaqueta verde con prisa y tirarla al suelo. No sabía si lo que aquella muchacha había dicho era cierto, pero igual no era que le gustara mucho tenerla puesta. Había creído que le ayudaría a camuflarse un poco, pero a esas alturas era obvio que con todo lo que ocurría, eso poco importaba.
Lucy se asomó tímidamente sobre el hombro de Charlie, en el momento justo para ver a la criatura consumiéndose de esa forma, hasta entonces desaparecer por completo. A pesar de que había presenciado algo muy parecido hace un momento cuando Charlie la salvó, sólo hasta ese momento logró procesar enteramente lo que aquello significaba.
—Logra dañar las ilusiones de Cody con sus poderes —exclamó Lucy con singular efusividad, al menos viniendo de ella—. ¡Claro! Tienen sentido.
—¿Qué dices? —inquirió Charlie, volteándola ver, confundida.
—La energía es energía —añadió Lucy mientras se ponía de pie, pero pareciendo casi como si fuera un comentario nada que ver con la pregunta que le acababan de hacer—. Estas criaturas se materializan con la energía psíquica que Cody crea con su propia mente, y el calor que usted expulsa debe seguir un principio parecido. Igual que la telequinesis de esa chica, por eso también pudo repeler sus ilusiones en el bosque. Todas son diferentes formas de materializar en el mundo físico energía creada por sus propias mentes, que aunque se ven tan distintas entre sí, en realidad su naturaleza es la misma. Es fascinante…
—¿De qué estás hablando ahora? —cuestionó Charlie con rudeza, y la tomó en ese momento de su brazo para obligarla a que le mirara a los ojos—. Dímelo de una buena vez: ¿sabes qué son estas cosas sí o no?
Lucy parpadeó una vez, y después desvió su mirada apenada hacia un lado. Y entonces le respondió con un pequeño, apenas audible susurró:
—Sí… lo sé.
— — — —
Damien había puesto apenas el primer pie en la escalinata para subir al helicóptero, cuando se detuvo de pronto al percibir una extraña sensación que le recorrió el cuerpo. Se giró lentamente hacia abajo, observando con atención el suelo de la pista debajo de él.
—¿Sucede algo? —le preguntó el solado a sus espaldas. Damien ciertamente no sabía cómo responder a esa pregunta. ¿Sucedía algo?; pues la verdad era que sucedían muchas cosas en esos momentos, pero… aquello que había captado su atención era algo distinto. Pero, ¿qué…?
A mitad de su cavilación, el punto exacto en el piso al que miraba comenzó a cambiar. El concreto se agrietó, al principio sólo en la forma de una pequeña fisura, pero de un segundo a otro se alargó en una larga grieta que casi cruzó la pista de extremo a extremo. Damien no fue el único en notarlo, y todos los demás soldados a su alrededor se pusieron en alerta. Observaron atentos la rajadura en el suelo, como si esperaran que algo saliera de ella… y así ocurrió.
De la nada, una figura alargada y oscura salió volando de la grieta, elevándose sobre sus cabezas, revoloteando sus alas con fuerza. Era enorme, casi del mismo tamaño que el helicóptero; un enorme insecto alargado de muchas patas.
Mientras aquella repentina aparición asustó y confundió a todos los otros, Damien lo contempló desde su posición, fascinado de cierta forma. ¿Qué era exactamente esa cosa?
La criatura descendió rápidamente, chocando su cuerpo contra el suelo, provocando una ráfaga de viento por el choque. Giró su extraña cabeza hacia los lados, fijando sus ojos en cada una de las personas de pie a su alrededor. Incluso en algún momento Damien estuvo seguro que lo miró a él, pero pareció no prestarle mucha atención; estaba más interesada en los soldados…
Un chillido agudo y penetrante se escapó de su boca, un segundo antes de lanzarse justo hacia uno de los hombres. Éste gritó aterrado, alzó su arma hacia ella, pero no alcanzó a disparar ni una sola vez antes de que lo aprisionara en sus grandes fauces, prácticamente cortando su torso en dos con sus afilados colmillos, escupiendo la mitad superior hacia un lado con desprecio.
Los demás soldados reaccionaron, y sin esperar orden comenzaron a disparar contra el monstruo. Las balas, sin embargo, parecían atravesarlo como al humo, perturbándolo apenas un poco; eso le pareció a Damien aún más interesante.
La criatura se giró con violencia, golpeando, apropósito o no, a dos de los soldados que lo atacaban con la parte posterior de su cuerpo, derribándolos, y luego incluso aplastándolos con sus decenas de patas. Se lanzó entonces hacia otro soldado, apresándolo igualmente con sus colmillos, y sacudiéndolo en el aire con ferocidad.
El caos se apoderó rápidamente de la pista, y lo fue aún más cuando una segunda criatura comenzó a abrirse paso por la misma grieta por la que había llegado la primera.
—¡Sáquenlo de aquí! —escuchó Damien que ordenaba con voz beligerante el hombre que lo había recibido—. ¡Ahora!
Antes de que pudiera reaccionar, Damien sintió como alguien lo tomaba con brusquedad de los brazos, y lo jalaba hacia el interior del helicóptero. Cayó de bruces en el piso del vehículo, y para cuando alzó la vista de nuevo, el helicóptero comenzaba a elevarse.
Damien igual se aproximó a la puerta aún abierta, y se asomó hacia el exterior. Mientras se elevaban, pudo ver que la primera criatura seguía masacrando a los hombres en tierra, pero la segunda tenía su atención puesta en otro punto: en ellos.
El enorme insecto chilló, agitó sus alas y se elevó con fuerza en el aire en dirección al helicóptero. Los hombres abordo comenzaron a dispararle desde sus posiciones, pero el resultado fue el mismo que con la otra criatura: las balas la atravesaban sin más.
«¿Es algún tipo de ilusión?» pensó Damien, desconcertado. No podía ser como las de Lily, o no exactamente igual, pues todos las estaban viendo. Y, por la manera tan pavorosa en la que lograban liquidar a los hombres, era claro que debían ser reales; o algo muy cercano a real.
Y eso volvía aún más preocupante el hecho de que una de ellas se precipitara de esa forma en su contra, con su hocico bien abierto como si quisiera devorarse el helicóptero entero, y a ellos con él…
Pero justo en ese momento, cuando estaba por interceptarlos en el aire, ante los ojos de Damien y todos los demás a bordo del helicóptero, la polilla comenzó a desvanecerse, en forma de un humo oscuro arrastrado por el viento, hasta desaparecer por completo.
Un aullido de desconcierto y alivio se escuchó por toda la aeronave, aunque Damien permanecía sereno.
—Fascinante… —susurró en voz baja, contemplando los rastros de la criatura desvaneciéndose.
Era evidente que esa cosa, fuera lo que fuera, no podía alejarse demasiado de lo qué lo había creado; o, más bien, de quién lo había creado.
Aunque el resto de los soldados en el helicóptero seguían tensos y en alerta ante cualquier nuevo peligro inminente, Damien se limitó a sentarse cómodamente en su asiento, incluso cruzando un poco sus piernas. El vehículo siguió avanzando, alejándose poco a poco del Nido, y de la horrible pesadilla que se había cernido sobre éste.
— — — —
Lucy y Charlie comenzaron a moverse juntas por los pasillos, hacia el punto en donde Lucy había dejado a sus demás acompañantes antes de huir. Aquello no resultó tan sencillo como les hubiera gustado, pues la rastreadora, irónicamente, tuvo problemas para ubicarse entre los laberinticos pasillos. Fue inevitable cruzarse con más de las criaturas insectiles en su andar, y en cada ocasión Charlie tuvo el reflejo de calcinarlas, pero Lucy se apresuró a detenerla.
—No nos atacarán, si usted no las ataca —le repitió Lucy en voz baja.
—¿Y cómo estás tan segura de eso? —le cuestionó Charlie, claramente escéptica—. La que te quité de encima hace un momento parecía bastante dispuesta a hacerlo.
—No estoy segura de nada —masculló Lucy con ligera irritación—. Pero es lo mejor que puedo concluir en base a la observación. No tengo…
—Te advierto que si dices, “no tengo todos los detalles”, te arrojaré a las fauces de una de esas cosas yo misma.
Lucy permaneció con la boca abierta, al parecer con intención de decir algo más. Al final al parecer optó por no hacerlo, y mejor cerró la boca y guardó silencio.
Tras unos minutos, Lucy ya estaba más segura de haber encontrado el camino correcto, y su emoción la empujó a andar con mucha más prisa; y, por lo mismo, con menos cuidado.
—Más despacio —le reprendió Charlie, andando detrás de ella—. No sabemos quién pueda seguir por aquí.
—Cody está por aquí más adelante —señaló Lucy con apuro, apuntando al frente—. En cuanto lo despertemos, todo esto acabará. Sólo debemos…
En cuanto giraron en la esquina del pasillo correcto, Lucy se detuvo en seco, la suela de sus pies casi rechinando contra el suelo. Charlie no tardó en alcanzarla, e igualmente terminó quedándose totalmente quieta a su lado, contemplando atónita el pasillo repleto de decenas de esas polillas gigantes; pegadas a las paredes, el techo, al suelo, tapizándolo casi todo hasta donde alcanzaba la vista. Los cascabeleos de sus estridores inundaba el aire, como una sinfonía disonante.
—¿Qué decías? —le susurró Charlie entre dientes.
Los insectos estaban totalmente quietos en sus sitios, apenas agitando ocasionalmente sus cabezas y alas. No parecían reparar en ellas demasiado, pero a Charlie le pareció percibir que más de una de ellas posaba ocasionalmente sus grandes ojos en ellas, esperando que hicieran algún movimiento en falso.
Ambas mujeres se debatían internamente entre retroceder por donde vinieron, o quizás abrirse paso a la fuerza. Después de todo, si Lucy estaba en lo correcto, Cody estaba justo más delante de ese enjambre. Sólo tenían que llegar hasta él de alguna forma…
—Por aquí —escucharon de pronto que una voz pronunciaba con fuerza, aunque fatigada, llamando su atención.
La voz parecía provenir del interior de una habitación a un lado del pasillo, cuya puerta se encontraba abierta. Charlie se prestó recelosa de inmediato, pero Lucy avanzó hacia ese sitio sin mucha vacilación, antes de que la ex reportera pudiera detenerla. Pero, en realidad, no era que Lucy estuviera siendo del todo imprudente, pues en realidad le había parecido reconocer la voz.
Al asomarse al interior del cuarto, la sospecha de Lucy resultó cierta: quien la había llamado era aquel soldado, el tal Francis. Yacía sentado en el suelo, con su espalda apoyada contra el muro; una mano aferrada a su costado herido, y la otra apretaba fuerte el mango de una pistola, que apoyaba contra su muslo, sin aparentes fuerzas para mantenerla arriba demasiado tiempo. Tenía el rostro cubierto de sudor, y respiraba agitado. Aun así, se veía sorpresivamente lucido.
Gorrión Blanco yacía a su lado, aún inconsciente. Al parecer Francis le había practicado un torniquete improvisado en su hombro, y limpiado la herida de su cabeza lo mejor posible.
—Están vivos —pronunció Lucy, no dejando muy claro si aquello la aliviaba, o sólo le sorprendía—. ¿Qué pasó?
—Tú dime —le respondió Francis con debilidad—. ¿Qué son…?
Las palabras del militar se cortaron de pronto en cuanto logró fijar su mirada en la persona que acompañaba a Lucy, y que entró a la habitación justo después de ella. Francis no tuvo problema en reconocerla al instante.
—¿Usted? ¿Cómo? —cuestionó, alarmado. Pareció dispuesto a levantar su arma hacia ella, pero titubeó; quizás era consciente de lo poco que eso le ayudaría contra ella.
Charlie suspiró con pesadez, y se aproximó a él con paso firme.
—No es la pregunta importante en este momento, muchacho —señaló con severidad. Al estar lo suficientemente cerca, se puso de cuclillas a su lado. Francis, por mero reflejo, quiso hacerse hacia atrás, y de nuevo alzar su arma. Debido a su estado, por supuesto, le fue imposible hacerlo con la suficientemente velocidad, y Charlie logró tomarlo con firmeza de su muñeca antes de que lograra levantarla demasiado—. Te sugiero que no lo intentes. Mejor déjame ver qué ocultas ahí.
Francis no comprendió a qué se refería, hasta que la mujer tomó con cuidado la mano con la que se cubría su costado, exponiendo su horrible herida. Charlie tomó su camiseta con ambas manos, y la rasgó para poder ver directamente su piel, y en especial el pequeño agujero de bala entre una gran mancha rojiza. Su mirada se ensombreció al instante. Se giró a mirarlo a los ojos, y aunque ninguno dijo nada, hubo un entendimiento silencioso de lo que ambos sabían: no llegaría muy lejos con esa herida.
Aunque sabía que para esos momentos no ayudaría de mucho, igual Charlie centró su atención en la pequeña herida, enfocó su energía en ese punto específico, y un fuerte calor cubrió por completo la piel de Francis. Éste se estremeció, pero no gritó, ni dejó a la vista ninguna señal que dejara en evidencia que aquello le dolía de alguna forma.
«Un verdadero y fuerte soldado, o sólo un macho de masculinidad frágil», concluyó Charlie.
El calor intensó terminó por cauterizar la herida, y la sangre dejó de brotar por ella; al menos no hacia el exterior.
—¿Por qué me ayuda? —cuestionó Francis con dureza, mirándola con esa intensa mirada que lo caracterizaba—. Soy un soldado del DIC que usted tanto odia. Fui incluso parte del equipo asignado para su captura en Los Ángeles.
—Creo que ambos sabemos que eso no te ayudará demasiado, en realidad —respondió Charlie con voz apagada, señalando al círculo rojo de piel quemada en su vientre—. Pero el caso es que he conocido a lo largo de estos años a muchos tipos de soldados. Y me jacto de haber aprendido a diferenciar a los hijos de puta que tienen merecida su muerte dolorosa, y los buenos chicos que sólo cumplen con el que están convencidos que es su deber. Y me parece que tú eres más del segundo grupo; llámalo un presentimiento.
Francis guardó silencio, y mantuvo además su expresión de piedra, pese a lo mal que debía estarse sintiendo. Así que tampoco dejó en ésta señal alguna que pudiera indicarle a Charlie si acaso le creía, o siquiera entendía lo que le había dicho. Pero daba igual; bastaba con que ella tuviera claro por qué hacía las cosas, y nada más.
Se olvidó por un segundo del sargento malhumorado, y se giró hacia un lado, para fijar su atención en la chica inconsciente a su lado.
—¿Y ella? —preguntó, curiosa.
—Es una telequinética que trabaja para el DIC —le respondió Lucy de forma escueta, y Charlie supuso que ese era el único pedazo información que podía compartirle.
Contempló unos momentos más a aquella muchacha de rostro apacible, aunque estuviera manchado de sangre en esos momentos. No sabía que Lucas tuviera entre su personal a una telequinética. ¿Hacía cuánto que la tenía? No debía ser mucho, pues de haber contado con un recurso así en el pasado, de seguro la hubiera enviado mucho antes a su caza. Además, se veía tan joven… y extrañamente familiar. Aunque no le dio mucha importancia a eso último, pues podría no significar nada en realidad.
—Recibió un disparo en el hombro —le informó Francis a la brevedad, jalando de nuevo su atención—. La bala entró y salió. ¿Puede cerrar su herida también?
—Supongo que sí —suspiró Charlie, con agotamiento—. Pero, si su vida no corre peligro inmediato, creo que primero tenemos que encargarnos de lo que ocurre allá afuera.
Mientras pronunciaba aquello, se talló sus ojos con sus dedos. Aunque sus fuerzas parecieran infinitas, todo tenía un límite. Y sentía que se estaba acercando peligrosamente al suyo.
«Sólo resiste un poco más» se dijo a sí misma para darse ánimos. Dios sabía que lo necesitaba.
FIN DEL CAPÍTULO 152
Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 151. Una pesadilla hecha de realidad
Resplandor entre Tinieblas
Por WingzemonX
Capítulo 151. Una pesadilla hecha de realidad
El reloj del buró a un lado de la cama marcaba que era ya para ese momento cerca de la media noche. La lluvia de afuera no había mitigado ni un poco, y las gotas de lluvia golpeaban con fuerza el cristal de la ventana. La habitación se encontraba a una agradable media luz, sólo alumbrada por la lámpara de noche en el mismo buró.
Lisa tenía su mejilla recostada contra el pecho desnudo de su novio; sus ojos abiertos contemplando su piel alumbrada por la luz anaranjada de la lámpara, mientras hacía sobre ésta pequeños círculos con un dedo. Él a su vez la tenía envuelta con un brazo que la mantenía muy cerca de él, casi como si temiera que se alejara si le daba la oportunidad; un sentimiento que ella misma había sentido a la inversa, incluso en ese instante. Sus cuerpos se encontraban cubiertos únicamente de sus cinturas para abajo por las sábanas de un impecable color blanco.
Era la tercera vez que Cody y ella hacían el amor; cada una había sido justo en esa misma cama. No llevaban mucho tiempo como pareja, y en otras circunstancias no se hubiera atrevido a abrirse de tal medida hacia un chico, y menos tan rápido. Siempre había sido muy cuidadosa y reservada en el pasado; algunos dirían que quizás demasiado. Y eso quizás la llevó a tener problemas en sus relaciones pasadas, pero al mismo tiempo también le ayudó a sortear muchas posibles decepciones.
Pero con Cody todo era diferente. Con él las cosas simplemente parecían suceder, fluyendo como la corriente de un río, y ella estaba más que contenta de dejarse llevar por dicha corriente. Nunca se lo había dicho directamente, pero desde su primera conversación en aquella fiesta en donde su profesor los presentó, ella había sentido una fuerte conexión que la llevó de inmediato a sentirse muy cómoda en su presencia. Y no tardó casi nada en sentir que podía ser ella misma con él; decirle y compartirle cualquier cosa…
Hubiera deseado, sin embargo, saber que él se sentía de la misma forma.
Sintió de pronto como la mano de Cody bajaba repentinamente por su espalda, provocándole unas agradables cosquillas.
—¿Te desperté? —preguntó Lisa despacio, susurrando con sus labios pegados a la piel de su pecho.
—No, no estaba dormido en realidad —respondió Cody, sin ningún rastro de sueño en su voz. Esto no le extrañó; ya para ese punto tenía claro que él deliberadamente nunca dormía en su presencia—. ¿Y tú?
—Tampoco. Sólo pensaba.
—¿En qué? —preguntó Cody, percibiéndose de hecho bastante interesado—. Bueno, si puedes decírmelo.
—Nada importante —murmuró Lisa, encogiéndose de hombros—. En el futuro, creo.
Cody dejó escapar una repentina risilla irónica.
—Eso suena bastante importante.
—¿Tú crees? —le respondió ella con tono burlón.
Lisa se alzó y se giró un poco, cruzando sus brazos sobre el pecho de Cody, y apoyando su barbilla sobre estos para poder mirarlo directamente al rostro.
—¿Qué deseas tú para el futuro? —soltó de pronto, tomando vívidamente por sorpresa al joven profesor.
—Wow, ¿ya entramos en el terreno de las preguntas complicadas?
—Tranquilo, no te estoy preguntando si quieres casarte conmigo ni nada —exclamó Lisa entre risas—. Aunque mi padre sí me lo preguntó el otro día.
—¿Si acaso estaba en nuestros planes casarnos? —inquirió Cody, dubitativo, a lo que ella le respondió asintiendo—. ¿No le parece un poco pronto?
—Es un hombre práctico que no se anda con rodeos. Pero eso no importa ahora. ¿Qué respondes? ¿Qué deseas para el futuro?
Cody colocó una mano atrás de su cabeza y fijó su mirada en el techo. Mientras reflexionaba en su respuesta, volvió a recorrer lentamente sus dedos por la espalda de Lisa, provocándole de nuevo esas agradables cosquillas, pero intentando que su reacción no se volviera tan evidente.
—No lo sé —respondió tras un rato—. Pero puedo decir con seguridad que estoy muy feliz con cómo son las cosas en este momento.
Lisa sonrió, en parte divertida por la respuesta, en parte un tanto conmovida.
—¿Hablas de tu trabajo, tu casa, tus amigos y tu novia? ¿O de este preciso momento de tiempo en el que nos encontramos?
—Ambas opciones son bastantes buenas —contestó Cody con tono divertido, girándose de nuevo a mirarla—. Y, ¿qué hay de ti? ¿Qué deseas tú para el futuro?
Lisa esbozó una amplia sonrisa, que no le hizo justicia a todas las emociones que remolineaban en su pecho tras escucharlo hacerle esa pregunta.
Volvió a recostar la cabeza sobre el hombro de su novio, y se acurrucó cómodamente a su lado, pegándose a su costado y rodeando su cuerpo con un brazo. Cerró los ojos, intentando visualizar en su mente la imagen que intentaba evocar. Y entonces le compartió su larga y detallada respuesta…
* * * *
El estruendo provocado por el cohete lanzado por Marsh se asentó, y poco después lo hizo también el polvo levantado. Más de la mitad del pasillo quedó sepultado en los escombros del techo, debajo de los cuales se asomaban las piernas y brazos de algunos de los hombres al mando del Tte. Marsh, que habían tenido la mala suerte de estar justo debajo del punto en el que el cohete se estrelló.
Marsh se paró firme al final del pasillo, observando aquel panorama con indolencia, mientras con una mano se limpiaba el polvo de sus ropas. La explosión le había volado además el cigarrillo de su boca, por lo que no perdió mucho tiempo en sacar otro de su cajetilla y colocarlo en sus labios. A su alrededor se fueron agrupando los miembros de su equipo que seguían de pie e intactos; en esos momentos apenas unos cinco o seis hombres.
—Busquen a la bruja y al ilusionista, y asegúrense de que estén muertos —ordenó con abrumadora calma, mientras encendía su cigarrillo nuevo.
—Señor, algunos de nuestros hombres están sepultados también en los escombros —le informó alarmado uno de los soldados de pie a su lado.
—Preocúpense por eso después —ladró Marsh con severidad—. Nuestra prioridad es acabar con los objetivos. ¡No pierdan tiempo!
Los soldados acataron la orden sin chistar, y comenzaron a avanzar entre los escombros con armas en mano, en dirección a donde se suponía que habían estado Gorrión Blanco, Cody y el Sgto. Schur.
Desde el otro extremo del pasillo, Lisa se asomaba por la esquina, alarmada por el escenario tan catastrófico que se cernía a unos cuantos metros de ella. Su cuerpo temblaba de miedo, y su mente era un revoltijo que no le permitía resolver cuál debía ser su siguiente acción. Sin embargo, Lucy parecía tenerlo bastante claro.
—Tenemos que irnos antes de que noten que seguimos aquí —le susurró despacio cerca su oído, jalándola además de un brazo para alejarla de la vista de los hombres en el pasillo.
—¿Irnos? —masculló Lisa, aturdida—. Pero, ¿y dejarlos ahí solos? ¿No hay nada que tú puedas hacer para ayudarlos? También eres un UP, ¿o no?
—Si con eso te refieres a que tengo poderes, pues sí. Pero ninguno de ellos sirve para pelear, mucho menos con hombres armados. En estas circunstancias soy tan débil e inútil como tú.
—Pero Cody… —susurró Lisa dubitativa, volteando a ver por reflejo de nuevo hacia el pasillo, pero Lucy la volvió a jalar para que mirara hacia ella antes de que lo hiciera.
—No hay nada que puedas hacer por él —sentenció Lucy con dureza—. Vámonos, y quizás una vez que estemos afuera podríamos hacer algo para ayudarlos.
La mentira fue más que evidente en sus palabras; no había logrado ni un poco ocultarla. Ambas sabían muy bien que si ellas dos lograban salir vivas de ese sitio y dejaban a Cody y a los otros atrás, eso sería igual a dejarlos para que murieran.
Lisa se debatió internamente sobre qué hacer. La propuesta de Lucy era la más lógica, y la que cualquier soldado y científico señalaría como la mejor. Sin embargo, ella no se sentía como ninguna de las dos cosas en esos momentos. Si hubiera sido en cualquier otra circunstancia, con cualquier otra persona, de seguro lo hubiera hecho sin chistar demasiado. Pero… era Cody; su Cody. La sola idea de abandonarlo de esa forma, en especial luego de que él había ido hasta ahí justo por ella…
Nadie tendría por qué hacer una elección tan difícil, y menos con tan poco tiempo para pensarlo. Pues en cuanto los hombres en el pasillo notaran su presencia, o alguien más viniera por donde habían llegado, sus oportunidades de escapar desaparecerían.
Sin embargo, antes de que pudiera tomar cualquier decisión, tanto Lucy como ella escucharon una pequeña conmoción en el pasillo, que irremediablemente jaló su atención.
Los escombros en el punto al que los hombres armados se aproximaban comenzaron a moverse, colocándolos en alerta. Pero antes de que cualquiera pudiera reaccionar, los escombros se alzaron y volaron directo hacia ello, golpeando y derribando con fuerza a dos de ellos.
De aquel sitio, Gorrión Blanco comenzó a alzarse lentamente, con una mano alzada hacia el frente, y su brazo herido colgando de un lado. Detrás de ella, Cody y Francis parecían también estar bien, o al menos lo mejor que podían estar. Antes de ser aplastados por los escombros, Gorrión Blanco había logrado usar su telequinesis para proteger a los tres, pero no sin salir ilesos. Cody tenía un fuerte golpe en la cabeza, que le había abierto una herida y dibujado una larga mancha roja por su frente y ojo. Francis, por su parte, yacía boca abajo en el suelo, al parecer ya totalmente inmovilizado por la gravedad de la herida en su costado, empeorada aún más por esa sacudida. Y Gorrión Blanco, ciertamente el disparo de su hombro no había mejorado tampoco con aquello, y ahora incluso levantar su brazo derecho le resultaba horriblemente doloroso. Lo bueno era que en realidad no necesitaba los brazos para usar sus poderes.
Usando su telequinesis, empujó tanto a Cody como a Francis hacia el extremo contrario del pasillo, haciendo que sus cuerpos se deslizaran por el suelo en dirección a Lisa y Lucy. Al mismo tiempo, al lado contrario lanzó más de esos escombros como proyectiles contra los atacantes, incluido uno muy grande que casi aplastó uno de ellos, y eso le dio oportunidad para también huir, aunque fuera casi renqueando.
Lisa y Lucy tomaron a Cody y Francis en cuanto estuvieron cerca de ellas, y los jalaron para ponerlos a cubierto.
—Dios mío, tu cabeza —señaló Lisa alarmada, mirando la sangre en el rostro de Cody.
—¿Se ve tan mal? —masculló el profesor, tomándose incluso la molestia de ponerle un tinte de humor a sus palabras.
Al no contar con nada mejor a la mano, Lisa tomó un extremo de su bata blanca, y lo presionó contra la cabeza de Cody. Éste respingó un poco ante la sacudida de dolor que le causó el contacto, pero resistió. La tela blanca de la bata no tardó en irse impregnando de rojo, pero por suerte no demasiado.
—Eso fue una locura —le reprendió Lisa con ligera molestia—. Eran diez hombres armados, y tú sólo un profesor de escuela que los atacó con mariposas.
—Es lo que puedo crear más rápido sin pensarlo mucho, pero podría haber hecho algo más espectacular —declaró Cody, de nuevo con algo de diversión en su tono, que Lisa no compartió en lo absoluto—. Lo siento. Todo esto es una mierda, ¿cierto?
—Tú lo has dicho —suspiró Lisa con pesar.
Gorrión Blanco llegó hacia donde se ocultaban un segundo después. Se apoyó contra la pared para evitar caer, y aferró firmemente su mano izquierda contra su hombro herido.
—¿Estás bien? —preguntó Lisa en voz baja, aun sabiendo que era una pregunta tonta; sólo mirarla era suficiente para saber la respuesta.
Gorrión Blanco respiró, intentando serenarse, y se volvió a parar derecha lo mejor que pudo.
—Hay que irnos —les indicó con voz dura.
—Es lo que les he dicho desde el inicio —rezongó Lucy con irritación, ganándose un par de miradas de desaprobación de parte de Cody y Lisa.
—Sargento, ¿puede caminar? —preguntó Gorrión Blanco, preocupada, viendo al militar sentado en el suelo a sus pies.
—Lo dudo —respondió Francis; su voz se escuchaba apagada, pero seguía habiendo fuerza en ella. Intentó levantarse, aún a pesar de que era obvio que cada movimiento le causaba un intenso espasmo de dolor, quedando claro rápidamente que no podría hacerlo por su cuenta—. Váyanse, yo intentaré distraerlos.
—De acuerdo —dijo Lucy, más que dispuesta a tomarle la palabra.
—¡No! —exclamó Gorrión Blanco con ímpetu—. Ustedes dos llévenlo, por favor —murmuró casi suplicando, mirando a Lisa y Lucy, que eran las que claramente estaban más intactas de todos ellos.
—¿Dos mujeres pequeñas cargando a un hombrezote como éste? —rezongó Lucy—. No hablarás en serio…
—Cierra la boca, ¿quieres? —le reprendió Lisa con severidad. Sin dudarlo mucho más, se apartó un poco de Cody para agacharse a lado del Sgto. Schur, e intentar entonces ayudarlo a ponerse de pie pasando uno de los brazos de él por sus hombros—. Ven y ayúdame —exclamó con molestia, mirando a Lucy. Ésta resopló, y más resignada que otra cosa se agachó al otro lado del hombre herido.
Francis se encontraba al parecer bastante débil como para oponer resistencia, y en su lugar intentó cooperar lo mejor posible para no ser una carga tan pesada para las dos chicas.
—¡Muévanse! —escucharon como vociferaba la voz de Marsh desde el pasillo—. ¡No dejen que ninguno se escape! ¡¿Qué esperan?!
Esos gritos, acompañados de los inminentes pasos que se aproximaban en su dirección, fue lo que les bastó para apurar su escape.
—¡Avancen! Yo voy detrás de ustedes —les indicó Gorrión Blanco, caminando en efecto detrás de ellos, pero con su atención puesta en la dirección de la que venían Marsh y los otros, y con sus poderes más que listos para repeler lo que viniera.
El grupo comenzó a avanzar, Lucy y Lisa al frente ayudando a Francis; Cody detrás de ellas, con un ojo puesto en el camino, y otro más a sus espaldas, en donde venía Gorrión Blanco, aunque algunos pasos más detrás.
Cody se maldijo por dentro, debido a la enorme impotencia que sentía. Estaban heridos, cansados, perdidos y en absoluta desventaja para ese punto. No sabían cuántos más de esos atacantes había por la base, y ni siquiera tenían claro en qué dirección tenían que ir.
«Si tan sólo fuera más fuerte, si tan sólo pudiera hacer más…»
A sus espaldas, escuchó como los disparos comenzaban a suscitarse, haciendo que todos se detuvieran un instante. Ninguna bala de sus perseguidores los alcanzó, pues Gorrión Blanco aún tenía las energías suficientes para desviarlas.
—¡No se detengan! —les gritó la joven con voz de mando, sin mirarlos pues toda su atención estaba fija en la tarea de repeler.
El grupo reanudó su marcha, lo más rápido que les fue posible. Avanzaron más y más por el pasillo, en la dirección que habían llegado. Al final del pasillo vislumbraron la misma sala amplia y abierta por la habían pasado hace un momento. Pero no alcanzaron a llegar tan lejos.
Estando a un par de metros del final del pasillo, su andar fue cortado de pronto cuando escucharon nuevos pasos aproximándose, pero ahora justo en esa dirección. Y un instante después, vieron con espanto como otro grupo de hombres, todos vestidos de negro y armados, aparecía justo delante de ellos, cortándoles el camino.
Todos pararon en seco, y miraron a aquel nuevo grupo con sus ojos bien abiertos, llenos de asombro y miedo. Igual no les dieron mucha oportunidad de procesar por completo lo que ocurría, pues de inmediato los hombres alzaron sus armas en su dirección, y jalaron los gatillos de sus rifles sin la menor vacilación.
El estruendo de los disparos a sólo unos cuántos metros de ello resonó en el pasillo entero. Francis, a pesar de su estado, intentó reaccionar antes del primer disparo, y jalar a las dos chicas con él hacia el suelo para cubrirlas. Sin embargo, en su debilidad su movimiento fue torpe, y sólo logró precipitarse al suelo con una de ella. La otra, por otro lado, quedó de pie a medio camino al suelo, justo al frente de los inminentes disparos, totalmente a la merced de estos…
Las balas atravesaron por completo su cuerpo una detrás de otra, brotando por su espalda, creado en un segundo grotescos agujeros en su alguna vez impecable bata blanca. Cody, detrás de ella, sólo pudo observar aquello con intenso e inmovilizador horror…
—¡¡Lisa!! —gritó el profesor con voz desgarrada, un instante antes de que una de esas balas que había brotado de la espalda de su novia le diera a él justo en el brazo, lanzándolo hacia atrás.
Para cuando los disparos cesaron, ambos se precipitaban juntos al piso.
— — — —
Mabel no sabía qué era lo que la tenía más sorprendida: encontrar a su amiga perdida justo en ese sitio, su lamentable estado, o el hecho de que pudiera reconocerla aún pese a éste. Estaba horriblemente delgada, sólo sostenida en pie por las gruesas correas en sus extremidades. Su cabello oscuro estaba considerablemente más largo que la última vez que la había visto, aunque se veía débil y sucio. Pero estaba segura de que era ella; era Annie la Mandiles, su compañera y hermana del Nudo Verdadero.
Pero, ¿entonces no había muerto junto con el Diésel y el Sucio? ¿Cómo es que había llegado hasta ese lugar? Y lo más importante… ¿por qué se encontraba en ese estado tan lamentable?
Y entonces logró sobreponerse lo suficiente a su impresión inicial, para así darse cuenta de una verdad que estaba pasando por alto: no podía ser una coincidencia que Annie estuviera ahí, justo en el mismo sitio y en la misma sala a donde esa paleta la había enviado. Ella sabía que Annie estaba ahí, sabía que ese ataque ocurriría; lo sabía todo…
¿Quién era en realidad la tal Verónica? ¿A qué clase de juego estaba jugando en el cual ella claramente era sólo una pieza más? Y, lo más importante, ¿contra quién jugaba…?
Mabel se quedó profundamente ensimismada por todos aquellos pensamientos, y esto no pasó desapercibido para Russel. Aprovechando su momento de distracción, se sobrepuso lo mejor que pudo a su miedo, para así intentar salvar a sus subordinados.
—¡Pronto! —exclamó con fuerza, llamando la atención de los demás miembros del equipo científico—. ¡Salgan!, ¡salgan de aquí ahora! —les insistió, señalando con sus manos hacia la puerta.
Los tres hombres y las dos mujeres vacilaron unos instantes, pero en cuanto pudieron reaccionar, corrieron despavoridos hacia la puerta. Si al menos uno de ellos lograba salvarse, Russel podría estar en paz.
Lamentablemente, su deseo no se cumplió.
Antes de que cualquiera de ellos pudiera poner un pie afuera de la sala, Mabel se giró con asombrosa rapidez hacia ellos, con sus armas en mano. Y sin el menor miramiento jaló el gatillo de ambas. Las balas volaron una detrás de otra, acribillándolos frente al mero marco de la puerta. Atravesaron sus batas blancas por la espalda, llenándolas de agujeros, y uno a uno fueron desplomándose al suelo, incluso unos encima de otros.
—¡No! —exclamó Russel, horrorizado. Los cuerpos de los cinco yacieron a unos cuantos metros de él, y sus batas blancas se fueron impregnando poco a poco de rojo.
La imagen de su equipo muerto y manchando el suelo de sangre fue demasiado para Shepherd; su cuerpo ya no pudo soportarlo más, y de inmediato se inclinó sobre sí, vomitando con fuerza en una esquina lo poco que le quedaba en el estómago. Respiró agitado, con sus manos apoyadas contra sus rodillas, y su rostro perlado por el sudor que lo cubría.
Escuchó entonces los pasos pesados y contundentes aproximándose en su dirección. Al alzar la mirada, notó a Mabel que se aproximaba presurosa a su encuentro, y el cañón de su arma apuntando directo hacia él. Pero lo más aterrador fue por lejos la furia casi asesina que se había apoderado de su semblante entero.
—¡¿Qué le hicieron?! —le gritó exigiendo una respuesta inmediata, y con su dedo más que listo para presionar una vez más el gatillo, importándole muy poco la instrucción que le habían dado de sacarlo de ahí con vida.
—La… la hemos mantenido con vida —fue lo único que Russel pudo responder de momento, y por supuesto no fue suficiente para calmarla.
—Desgraciados... malditos… ¡bastardos! —exclamó Mabel con fuerza, mientras se aproximaba beligerante hacia Russel. Éste retrocedió tembloroso, hasta que su espalda quedó contra la pared, y la verdadera no tuvo reparó en pegar el cañón de su arma contra su cuello, estando a nada de encajárselo a través de su piel.
Russel cerró sus ojos con fuerzas, esperando tembloroso el disparo que al fin terminaría con él, y en parte deseándolo. Aunque lo cierto era que la mayoría de su ser seguía aferrado al deseo de salir con vida, convenciéndose de que aún había mucho trabajo por hacer.
El dedo de Mabel se mantuvo firme contra el gatillo, ansioso por presionarlo y dejar salir la ráfaga de muerte que ese sujeto, y todos en esa base, se merecían. Por suerte para Russel, la verdadera logró al final sobreponerse a toda su ira, y jalar su arma rápidamente hacia un lado, haciendo que en su lugar los tres disparos que salieron del cañón agujeraran las baldosas del suelo. Russel cayó al piso de sentón en cuanto sus piernas no lograron sujetarlo más, temblando y sollozando. Mabel miró además con desagrado como había mojado sus pantalones.
Esa apariencia patética le ayudó a mitigar su enojo lo suficiente para recordar que aquello ante ella no era más que un paleto cualquiera; nada que mereciera dejar salir su coraje más de la cuenta.
—Sácala de ahí, ¡ahora! —le ordenó con voz beligerante.
Russel tuvo problemas para sobreponerse a la impresión, y ella tuvo que ayudarlo a pararse, a costa de empujones y jaloneos. El científico avanzó tambaleándose hacia una de las computadoras, y con dedos temblorosos comenzó a introducir los comandos necesarios para hacer justo lo que le habían ordenado. Tras unos segundos de tortuosa espera, Mabel miró como el tubo de cristal que rodeaba a Annie se elevaba y se ocultaba en el techo, dejando ninguna obstrucción entre ellos y la mujer en la camilla.
—Desátala —ordenó a continuación, levantando a Russel de su silla de un tirón de su brazo.
Russel se aproximó hacia la plataforma elevada donde reposaba la camilla de Annie, y activando una palanca ésta comenzó a cambiar su posición hasta quedar por completo de forma horizontal. Le retiró entonces las correas de sus brazos y piernas, dejándola libre, aunque la mujer permaneció recostada, inmóvil y con sus ojos cerrados. Apenas y respiraba.
Mabel se aproximó apresurada a la camilla, e hizo a Russel a un lado con algo de violencia, para poder pararse a lado del cuerpo de su amiga.
—Annie, ¿me escuchas? —le susurró despacio, tomándola con delicadeza entre sus brazos para levantarla. Notó en ese momento lo anormalmente ligero que se sentía su cuerpo. También se percató de los tubos que tenía conectados a sus brazos, y que de inmediato retiró de un jalón. El dolor que le causó esto pareció ser suficiente para que Annie reaccionara, o al menos soltara un quejido al aire y se estremeciera—. Reacciona, cariño, por favor. Dime algo.
Los párpados de Annie se abrieron muy lentamente, como si le pesaran una tonelada. Sus ojos se veían nebulosos, y se enfocaron cómo pudieron en la persona que la sujetaba. Su mente confusa y nublada por los medicamentos y el cansancio, no logró enfocar por completo su rostro. Pero la calidez con la que la sujetaba, y la que acompañaba además sus palabras, sí le resultó bastante familiar de alguna forma.
—¿Rose…? —susurró la Mandiles con un hilo de voz apenas apreciable.
—No, Annie. Soy Mabel, la Doncella. Mírame, por favor.
La tomó de su rostro con una mano y la obligó a girar por completo en su dirección. Los pesados párpados de Annie se abrieron una vez más, se volvieron a cerrar, y luego lo hicieron una segunda vez. Su visión borrosa y confusa se fue aclarando a duras penas, hasta poder apreciar escuetamente las facciones de su compañera.
—¿Mabel…? —susurró despacio, claramente desconcertada—. ¿Al fin estoy muerta…?
—No, cariño —respondió la Doncella, negando frenética con la cabeza—. Estás viva; ambas lo estamos. Te sacaré de aquí, ¿de acuerdo? Sólo resiste un poco más.
Si acaso Annie comprendió lo que le dijo, no dio seña alguna de ello, ni tampoco dijo nada como respuesta. Solamente volvió a dejar que sus ojos se cerraran, y se sumió de nuevo en ese doloroso pero reconfortante letargo.
Mabel la recostó con cuidado de regreso en la camilla.
—Si es por ella por quien viniste, sólo tómala y vete —dejó salir Russel, desde su posición a un costado de la habitación.
—Nada de eso, doctor —sentenció Mabel con severidad—. Ya lo dije: tú vendrá conmigo. Y nos llevaremos todo eso con nosotros.
Al decir eso último, apuntó con su rifle directo hacia uno de los armarios refrigerados con puertas de cristal templado, colocado contra la pared de un lado. El sitio en donde almacenaban las muestras del Lote Diez, y del VPX-01 en su estado puro que extraían de Annie. Russel se puso lívido al escuchar tal orden.
—¿El químico…? —titubeó en voz baja—. ¿Cómo sabes de eso?
—No le interesa —le respondió con dureza—. Meta todo lo que quepa ahí, rápido —añadió justo después, señalando ahora a una de las cajas transportadoras apiladas a un costado del refrigerador—. Y en cuanto lo haga, nos iremos de aquí; los tres.
— — — —
Gorrión Blanco había hecho para esos momentos retroceder a Marsh y a sus hombres de regreso al cubierto del pasillo, y por un momento se sintió vencedora. No fue consciente de lo que ocurría justo a sus espaldas, hasta que a sus oídos llegaron de golpe los estruendos de aquellos nuevos disparos, acompañados del desesperado grito de Cody. Se giró rápidamente sobre su hombro al momento justo para ver cómo el cuerpo de la Dra. Mathews se desplomaba de espaldas al suelo, al igual que el de su novio. A unos metros de ellos, el Sgto. Schur yacía también tirado, cubriendo con su cuerpo a la otra mujer. El nuevo grupo de atacantes se aproximaba a ellos, listos para terminar el trabajo de forma limpia.
—No —susurró despacio con un pequeño hilo de voz. Sin embargo, lo que comenzó como una pequeña chispa, fue creciendo de un segundo a otro como una enorme flama—. ¡¡No!! —gritó con más fuerza, y al instante todos aquellos hombres armados salieron disparados en la dirección contraria a gran velocidad, empujados por un choque de energía provocado por su telequinesis.
Con el camino un poco más despejado, Gorrión Blanco corrió presurosa hacia ellos, pero se detuvo en seco a unos pasos de Lisa, horrorizada ante lo que vio.
Los ojos desorbitados y perdidos de la bioquímica contemplaban atónita el techo blanco sobre ella. Pequeñas lágrimas comenzaron a recorrerle las mejillas, mientras su pecho subía y bajaba con desesperación, intentando jalar aire a su cuerpo. Cada respiración, cada pequeño movimiento, voluntario o no, se traducía en un agudo y punzante dolor en alguna parte de su cuerpo. Una sensación fría no tardó en acompañar al dolor, pero era extraña; venía de dentro de ella y se abría paso hacia afuera, y no al revés.
Cinco balas le habían atravesado en el torso, a la altura de su vientre y pecho; una más le había dado en el brazo derecho, otra en el muslo izquierdo y una más en la pantorrilla derecha. La sangre comenzó a formar un charco en el suelo debajo de ella, haciéndose más y más grande con los segundos. Ella, por supuesto, no lograba ser consciente de esto, o al menos no a tal detalle. Pero no lo necesitaba para comprender la gravedad de lo que había ocurrido, y el irremediable fin al que se aceraba con cada dolorosa inhalación.
Y era por eso, y no por el dolor, por lo que lloraba.
—Lisa... —masculló Cody despacio, su voz un tanto opacada por el dolor de su brazo herido, y por ello siendo incapaz de exteriorizar la gran angustia que lo invadía en ese momento.
Ni siquiera hizo el intento de pararse; sólo se arrastró por el suelo ayudado de su brazo sano, aproximándose hacia ella con ferviente desesperación. Se sentó a su lado, y la tomó con cuidado en entre sus brazos, alzándola un poco. El cuello de Lisa colgó hacia atrás sin mucha oposición, y su mirada siguió fija en el techo, como si no le fuera posible ordenarle a su cuerpo hacer cualquier otra cosa.
—Lisa, Lisa, ¿me escuchas? —masculló Cody, su voz impregnada de pánico. La sostuvo fuerte contra sí, y recorrió sus dedos por sus mejillas, limpiándole las lágrimas. Sus ropas se impregnaron rápidamente de su sangre, pero ni siquiera lo notó—. Vas a estar bien, ¿sí? Var a estar bien. Te sacaré de aquí en un momento. Yo te salvaré… yo…
Lisa no reaccionó en lo absoluto a sus palabras; no se movió, y mucho menos dijo algo. Sólo siguió mirando al techo, y respirando agitadamente, aunque cada segundo un poco menos.
Gorrión Blanco contempló atónita aquella escena. Percibió por completo la desesperación en las palabras de Cody, y el miedo impregnado en los ojos de Lisa. Y la sangre… toda esa sangre pintando el piso bajo sus pies. Sangre roja… roja… Todo era rojo. Todo a su alrededor se impregnó de rojo.
Desde ambos flancos, los atacantes se recuperaban y se preparaban para volver al ataque. Pero ella seguía con su atención fija en Lisa, en la Dra. Mathews… en su amiga.
Algo en el semblante de Gorrión Blanco, o en toda su postura entera, cambió por completo en ese momento. Algo brotó desde lo más hondo de su ser, y se abrió paso entre las capas de confusión y miedo. Y ese algo nubló por completo cualquier pensamiento, cualquier dolor, y cualquier duda. Todo lo que existía en su mente en esos momentos se transformó en ira, enojo, y odio… Sentimientos que le resultaron no sólo conocidos sino, de cierta forma, reconfortantes.
Los soldados se pararon a cada lado del pasillo, y apuntaron sus armas directo hacia ella.
—¡Gorrión Blanco! —gritó Francis desde donde yacía para advertirle. Ella sólo lo captó como una voz lejana e inentendible, pero eso no importaba. Ella ya se había dado cuenta de la amenaza; de hecho, era de lo único que se daba cuenta por completo.
—¡Disparen! —ordenó con ímpetu la voz de Marsh, y todos abrieron fuego al instante. Las balas volaron directo hacia Gorrión Blanco, pero éstas no la tocaron. De hecho, todas y cada una se detuvieron en el aire antes de hacerlo, algunas incluso a escasos centímetros de su cuerpo, como si una barrera invisible la rodeara. Los proyectiles de plomo se quedaron suspendidos en torno a ella como pequeños insectos.
Los soldados observaron aquello con asombro, pero no por mucho tiempo, pues al instante siguiente que dejaron de disparar, Gorrión Blanco giró su rostro iracundo hacia ellos, y las balas salieron disparadas en su contra con increíble fuerza. Los proyectiles lograron golpear a algunos de ellos, y aunque no iban con la misma fuerza de haber sido disparadas por un arma de fuego, ciertamente logró herirlos un poco.
Pero no se detuvo ahí. La joven avanzó con paso firme hacia ellos, alimentada por la ira que la consumía. Esto la hizo sobreponerse a cualquier debilidad y dolor, incluida la herida de su brazo. Su cuerpo físico en realidad no era más que un vehículo insignificante de lo que se guardaba en el interior de su ser y que ahora tomaba por completo el control; y ella no lo detendría en lo absoluto.
—Gorrión Blanco, ¡no! —pronunció Francis alarmado, pero ella no lo escuchó.
La muchacha se lanzó con todo en contra de los atacantes, y estos abrieron fuego de nuevo sin dudarlo. Las balas se desviaban hacia todos lados, algunas incluso de regreso hacia la persona que la había lanzado. En un momento, uno de los soldados sintió como su cuerpo entero era apresado por aquella extraña energía que emanaba de la joven mujer, como si hubiera sido fuertemente atado con cadenas. Imponente, sintió como sus pies se separaban del suelo, y su cuerpo era elevado en el aire, para luego ser sacudido de un lado a otro, golpeándose contra sus demás compañeros con fuerza, derribando a varios de ellos, mientras que otros lo lograron esquivar a duras penas.
El soldado apresado, mareado y golpeado, fue jalado al frente, elevado en el aire con rapidez hasta estrellarse contra el techo, y luego de nuevo hacia abajo hasta precipitarse contra el suelo, golpeándose fuertemente el cuerpo entero, pero en especial su cara que se cubrió de sangre tras ese primer impacto. Pero no fue el único, pues comenzó en ese momento a subir y bajar, repetidas veces, chocando una y otra vez contra el piso, y en cada uno de esos choques dejando una mancha roja más grande. Todo ante la mirada fría de Gorrión Blanco, y la de espanto de los demás soldados, incluido el Tte. Marsh.
Para cuando terminó con él, el cuerpo del soldado era más una plasta de huesos rotos y carne magullada, misma que Gorrión Blanco lanzó como un proyectil en contra del resto, derribando a uno de ellos al suelo. No tardó mucho en aprisionar ahora a otro más, y estrellarlo de espaldas contra un muro, y luego contra el otro como si fuera una pelota.
Esto bastó para que al menos uno saliera lo suficiente de su estupor.
—¡¿Qué están haciendo?! —gritó Marsh—. ¡Mátenla maldita sea!
Los soldados se sobrepusieron, y comenzaron a disparar de nuevo. Gorrión Blanco colocó al hombre que tenía sujeto con sus poderes justo delante de ella para usarlo como escudo, y las balas terminaron acribillándolo a él. Luego lo volvió a lanzar hacia sus compañeros, y siguió avanzado hacia ellos, desviando balas, azotándolos contra el piso, las paredes y el techo. Incluso algunos decidieron optar por atacarla de frente y ya no disparar, pero terminaron siendo empujados hacia un lado ante el mero pensamiento de la joven, y como mínimo rompiéndose un hueso.
En algún momento, una de las balas que desvió dirigida a su pecho, subió en ángulo ascendente rozando un costado superior de su cabeza, e hiriéndola. Gorrión Blanco gimió, retrocedió, y llevó una mano a esa área. Por un segundo los soldados pensaron que había sido una herida más grave, pero ese alivio se esfumó cuando retiró su mano y los miró de nuevo. La sangre bajó por su rostro, manchándolo de rojo. Pero seguía de pie, y eso era lo más preocupante.
Gorrión Blanco soltó en ese momento un intenso grito, similar al rugido de una bestia, y al menos tres de ellos fueron ahora las marionetas sin hilo que les tocó bailar a su merced.
Francis y Lucy observaban atónitos desde el suelo todo aquel grotesco espectáculo. Para la rastreadora, tal despliegue de violencia utilizando la telequinesis era algo totalmente nuevo, y la tenía profundamente aterrada. Para Francis, sin embargo, aquello era casi un Déjà vu de lo que había presenciado en aquel quirófano, el día en que Gorrión Blanco despertó. La indiferencia en su mirada mientras acababa con la vida de todas esas personas, la brutalidad con la que los rompía con tan sólo desearlo… Esa era justo el arma asesina que el Dir. Sinclair tanto ambicionaba controlar, sin entender que había fuerzas en ese mundo que simplemente no se podían controlar.
Pero Francis había aprendido en su tiempo conviviendo, que esa muchacha era más que eso. Más que una UP, más que una asesina, más que Gorrión Blanco, e incluso más que la infame Carrie White. En el fondo, era sólo una joven de corazón puro y noble que deseaba ser buena... pero el mundo entero se lo impidió desde el mero día de su nacimiento. Y esa sangrienta demostración que hacía en esos momentos, no era más que el inevitable resultado de todo el daño que le habían hecho en su vida; y eso los incluía a ellos mismos.
Uno a uno, los soldados fueron cayendo ante la aplastadora ira de Gorrión Blanco. El último de ellos, más empujado por el miedo que otra cosa, intentó lanzarse hacia ella con cuchillo en mano, al tiempo que gritaba con todas sus fuerzas. No logró acercarse demasiado a ella, antes de que Gorrión Blanco lo empujara con fuerza hacia un lado, estrellándolo contra el muro. Teniendo una mano alzada hacia él, empujó aún más cuerpo, aprisionándolo contra éste. El cuchillo que sostenía en su mano fue arrancado de sus dedos, y comenzó a flotar en el aire delante de él. El hombre miró aterrorizado como el arma se posicionaba justo frente a su rostro. Y antes de que pudiera volver a gritar, el cuchillo se precipitó hacia el frente como un proyectil, encajándose entre sus ojos hasta la empuñadura.
El cuerpo sin vida del soldado se precipitó al piso una vez que Gorrión Blanco lo liberó, uniéndose al resto de cadáveres que cubrían el suelo del pasillo.
—Dios mío —susurró Lucy, incrédula, cubriéndose la boca con ambas manos. Francis no tuvo nada más que agregar a su exclamación.
Y, sin embargo, no había terminado aún.
Gorrión Blanco se giró rápidamente hacia el extremo contrario del pasillo, en donde aún quedaba alguien de pie. Marsh se encontraba con su espalda totalmente pegada contra la pared, sus ojos desorbitados mirándola con horror, su rostro pálido como nieve, y su mano temblorosa sujetaba su pistola delante de él. Hacía ya un rato que había vaciado su cartucho, y por más que presionaba el gatillo una y otra vez, nada salía del cañón.
Gorrión Blanco comenzó entonces a caminar con paso firme hacia él.
—¡No te me acerques! —exclamó Marsh con alarma, y presionó el gatillo de su arma con aún más rapidez. Parecía tan perdido que no parecía poder darse cuenta de lo inútil que era.
Con un simplemente movimiento de la cabeza de Gorrión Blanco, el arma salió disparada de los dedos de Marsh, y voló como bólido hacia un lado. Luego, la muchacha alzó su mano izquierda hacia él, y Marsh sintió igual como había ocurrido con sus hombres, como esa energía invisible lo aprisionaba, lo separaba del muro y lo jalaba hacia Gorrión Blanco, sus pies arrastrándose por el suelo, hasta quedar justo delante de ella.
Ella lo miró fijamente, su semblante convertido en una máscara de odio absoluto.
—Tú… nos traicionaste —masculló Gorrión Blanco con voz rasposa—. Tú… provocaste todo esto…
—No sabes nada, niña idiota —exclamó Marsh, desafiante, siendo su boca la única parte de su cuerpo que era capaz de mover—. Tu lealtad está con las personas equivocadas. Yo le sirvo a un poder mucho mayor que esta insu…
No pudo decir nada más, pues en ese momento sintió como su garganta era apretada, como comprimida por dos grandes y fuertes tenazas. De su boca sólo surgieron inentendibles quejidos de dolor, y sus ojos se abrieron muy grandes, llenos de confusión y miedo. Seguía sin poder mover ni un sólo dedo, mientras sentía cómo se iba ahogando poco a poco. Todo ante la letal mirada de esa chiquilla.
—¡Cállate! —espetó Gorrión Blanco, iracunda—. ¡No quiero oírte! Vas a morir, todos ustedes van a morir… Esto es lo que… lo que…
Y de pronto, ella tampoco fue capaz de completar su frase, aunque por un motivo muy distinto. En su cabeza, de pronto comenzó a resultar complicado darle forma a las palabras que deseaba usar, y sus ideas se fueron nublando, al mismo tiempo que lo hacía su vista. Comenzó a ver borroso, y todo su cuerpo le hormigueaba
—No… —susurró despacio, aunque no tenía seguro si acaso lo había dicho realmente.
Su nariz había comenzado a sangrar de nuevo, pero también lo hizo su ojo izquierdo, derramándose por su mejilla como una lágrima roja. El brazo que tenía alzado hacia Marsh cayó precipitadamente al ya no poder sostenerlo debido a la debilidad que la invadió, y el dolor de su hombro volvió de golpe, incapaz ahora de seguirlo ignorando.
Marsh fue liberado de su poder, y al no ser sostenido por éste se precipitó al suelo. Comenzó a toser con fuerza, al tiempo que intentaba jalar desesperadamente aire de regreso a sus pulmones. Gorrión Blanco no tardó en seguirle en el piso, cayendo primero de rodillas contra éste. Se quedó unos segundos en esa posición, mirando perdida la nada misma. Luego sus ojos se fueron hacia atrás, y su cuerpo se derrumbó entero hacia un costado, totalmente inconsciente.
La sangre siguió brotando de su nariz y ojo.
Francis observó atónito como Gorrión Blanco caía al suelo, inmóvil. Por reflejo hizo un primer intento de ponerse en pie, pero el dolor agudo de su herida lo hizo caer de sentón al suelo casi al instante.
—¿Qué le pasó? —masculló Lucy a su lado, exaltada.
Francis lo sabía: era lo mismo que le había ocurrido hace unos momentos en el otro pasillo, e igual en aquel pent-house de Los Ángeles. El uso excesivo de sus poderes, resultaba irremediablemente en eso. Y ese día, y en especial en esa última oleada de ira, había abusado de estos más que nunca desde que despertó.
—Corre… —susurró Francis de pronto, despacio. Lucy se giró a verlo, sin comprender—. ¡Corre! —le gritó con más fuerza, incluso empujándola con un brazo lejos de ella—. ¡Vete ahora!
Lucy se hizo hacia atrás por reflejo ante su grito, ayudada además por el empujón. Cayó sentada al suelo, y lo observó un instante, desconcertada. Pero en cuanto le fue posible, se forzó a pararse con la intención de irse, justo como le había indicado.
Francis fijó su atención de nuevo a donde Gorrión Blanco yacía inconsciente. Marsh comenzaba a incorporarse de nuevo, al parecer ya recuperado tras estar a unos cuantos segundos de que le destrozaran la garganta. Parecía aún aturdido, pero no lo suficiente para no tomar la iniciativa.
—Maldita peste —escupió Marsh con molestia, ya parado. Sin miramiento alguno, jaló su pie hacia atrás, y lo estampó con fuerza contra el costado de Gorrión Blanco. El cuerpo de la joven rodó por el suelo sin oposición tras esa fuerte patada, quedando boca abajo contra el piso. Siguió además sin dar seña alguna de consciencia—. Definitivamente no podemos dejar a ninguno de ustedes con vida…
Marsh se agachó a lado del cuerpo de uno de sus soldados caídos, tomando el rifle de éste. Jaló el seguro, dejó escapar el casquillo en la recamara, y apuntó el cañón hacia el cuerpo inerte de la UP, listo para llenarlo de agujeros de los pies a la cabeza.
Para ese punto, sin embargo, Francis se las había arreglado para ponerse de pie, haciendo un esfuerzo casi sobrehumano para que el dolor de su herida no lo contuviera. Y antes de que Marsh pudiera disparar, se lanzó en su contra, tacleándolo con el cuerpo entero, provocando que ambos cayeran al piso. El rifle se escapó de las manos del teniente, deslizándose por el suelo lejos de él. Francis se le colocó encima, intentando someterlo, pero se encontraba demasiado débil. Marsh le dio un codazo con fuerza a un costado de su cabeza para quitárselo de encima, y aún en el suelo extendió una pierna hacia el sargento, plantándole una fuerte patada justo en su costado herido.
Francis ni siquiera fue capaz de gritar por el dolor. Sólo se retorció en el suelo, agarrándose fuertemente el vientre, que comenzó a sangrar abundantemente una vez más. Marsh se paró de nuevo, y comenzó a patearlo repetidas veces con cizaña.
—¡Debiste haber aceptado mi propuesta desde el maldito inicio!, ¡alemán estúpido! —gritó Marsh entre pisotón y pisotón—. ¡Ahora muere como el insecto patético que eres…!
Luego de recibir varios golpes sin defenderse, Francis logró sujetar su pie justo antes de que lo volviera a tocar, y de un fuerte jalón lo derribó de espaldas. Luego se arrastró con rapidez hacia él antes de que pudiera incorporarse, dándole un fuerte puñetazo en la cara. Lamentablemente éste no fue tan fuerte como para dejarlo inconsciente, y Marsh no tardó en regresárselo.
Lucy apenas se había alejado unos pasos, cuando por mero reflejo se detuvo y centró su atención en Francis y en el otro hombre. Ambos comenzaron a forcejar en el suelo, pero era claro para ella quién tenía la desventaja.
Algo más captó su atención de pronto: un quejido ahogado, seguido un chillido:
—No, Lisa… por favor...
Lucy se giró a mirar a Cody, que seguía sentado en el suelo, con la ensangrentada Lisa entre sus brazos. Pareció totalmente ajeno a todo lo que había ocurrido a su alrededor los últimos minutos; desde la matanza que Gorrión Blanco había provocado, pasando por el desvanecimiento de ésta, hasta el combate que continuaba a unos cuantos metros de él. Todo lo que ocupaba su mente era el rostro moribundo de Lisa, pálido, con sus ojos nublados, y un hilo rojo de sangre que resbalaba de la comisura de su boca.
—Mírame, mírame, mi amor —insistía Cody con desesperación, mientras intentaba acomodar el cuello de Lisa para que lograra voltear su rostro hacia él, pero sin mucho éxito—. ¡Yo también te amo, Lisa! —gritó con voz desagarrada, en cuanto cayó en cuenta de que él no le había dicho lo mismo cuando ella se lo dijo en la sala de interrogatorios—. Te amo, te amo con todo mis ser… Por favor, resiste…
Lisa siguió sin reaccionar, y desde su posición Lucy tenía claro que no lo haría. Se apresuró entonces hacia su compañero.
—Cody, tenemos que irnos —insistió Lucy, tomando al muchacho de un brazo para jalarlo y obligarlo a pararse, pero éste no se movió—. Maldita sea, Cody… ¡hazme caso!
Él no la escuchó; seguía igual o más ensimismado y desconectado de todo lo que lo rodeaba.
De pronto, notó como los ojos llorosos de Lisa se movían. Fue apenas un poco, pero lo suficiente para que estos se fijaran en su rostro, y supo que lo estaba mirando.
—Lisa —pronunció Cody, esbozando una amplia y esperanzada sonrisa.
Ella abrió apenas un poco los labios para intentar decir algo, pero de ellos sólo brotó otro de esos dolorosos quejidos, que no lograron tomar la forma de ninguna palabra clara. Su mano derecha se alzó un poco, agitándose ligeramente en el aire, quizás en un vago intento de alcanzar el rostro de Cody. Una lágrima más se escapó de su ojo derecho, resbalando por su mejilla hasta precipitarse al suelo.
La mano que había alzado se dejó caer de golpe un instante después, y su cabeza quedó colgada hacia un lado, con su rostro inerte mirando hacia la nada. Los sonidos de dolor de su boca, los movimientos de su pecho mientras intentaba jalar aire con desesperación… todo se detuvo de un segundo a otro.
—¿Lisa? —masculló Cody, despacio. Volvió a intentar girar su rostro hacia él, pero aunque lo hiciera sus ojos ya no lo miraban; ya no miraban nada en lo absoluto—. No, no, no… —repitió varias veces, exasperado.
Lucy se quedó lívida a su lado, observando también el semblante apagado de la joven bioquímica. En ella no existió duda alguna.
—Cody —masculló despacio, su voz al límite del llanto—. Tenemos que irnos. Por favor, párate y…
—¡No! —gritó Cody de pronto con gran fuerza, incluso espantando tanto a Lucy y que se hizo rápidamente hacia atrás—. ¡¡No!! ¡¡No!! ¡¡No!! —soltó con aún más desgarradora potencia al aire, mientras aferraba con todas sus fuerzas el cuerpo de Lisa contra él.
Y entonces, algo en su interior simplemente se rompió. Su mente, su ser, todo lo que era Cody Hobson simplemente se apagó, como se apaga la luz con un interruptor, dejando que la habitación sea gobernada únicamente por la oscuridad. Y eso mismo que se ocultaba en su interior, eso mismo que había sentido en el bosque que tomaba el control, surgió de nuevo de lo más profundo de su inconsciencia, y se apoderó enteramente de todo.
La diferencia es que en ese momento, similar a como le había ocurrido a Gorrión Blanco en aquel ataque de ira, Cody tampoco hizo absolutamente nada para detener que aquello, fuera lo que fuera, hiciera lo que le diera en gana…
—¡¡NOOOO!! —dejó escapar al aire, y su voz resonó con tanta potencia en el pasillo entero, que todos sintieron como incluso el suelo debajo de ellos se estremecía.
Marsh para ese momento tenía a Francis sometido en el suelo, con su puño alzado listo para propinarle otro más de una serie de golpes en la cara. Sin embargo, se detuvo en cuanto escuchó aquel grito, que asemejaba más a un extraño rugido chillantes, y el temblor de las paredes y el suelo a su alrededor. Se giró entonces en la dirección en donde yacían Cody y Lisa, sólo para ser testigo de algo que simplemente no fue capaz de comprender.
Las paredes, el techo y el piso comenzaron a tornarse opacos, como si los comenzara a cubrir una extraña capa de polvo o moho surgida de la nada. Largas grietas se abrieron de la nada en el concreto, y de estas aberturas comenzaron a surgir virutas oscuras como nieve negra, que comenzaron a cubrir poco a poco el aire. Sonidos extraños comenzaron a brotar también de las grietas; siseos chillantes, miles de ellos. Eran como cascabeles combinados con aullidos de animales, muy difíciles de describir.
—¿Qué es esto? —susurró Marsh azorado.
La respuesta inmediata que recibiría, sería aún más extraña y grotesca. Algo comenzó a abrirse paso por las grietas; algo grande, y eran decenas de ellas.
Marsh se puso de pie rápidamente, y retrocedió con aprensión. Francis, se intentó sentar, y contempló también tan bizarro escenario. Lucy se había alejado varios pasos de Cody, hasta quedar prácticamente en el umbral del pasillo.
Los tres miraron entonces con asombro como esas cosas salían de los agujeros de las paredes, y ocupaban rápidamente el espacio del pasillo. Eran alrededor de cinco, pero había más en las grietas esperando su turno para salir. Eran criaturas opacas, deformes, con muchas patas, cuerpos alargados, alas transparentes, y ojos grandes y negros… Parecían insectos gigantes, pero de formas que simplemente no parecían tener sentido; similares, quizás, a como un niño dibujaría torpemente a una polilla…
—Santo Cielo… —fue lo único que Lucy pudo pronunciar, atónita y aterrada ante lo que veían sus ojos.
Una de esas criaturas se paró con todas sus patas en el suelo, y se giró directo hacia Marsh. Fijó sus grandes y brillantes ojos redondos y negros en él, y entonces abrió lo que al parecer era algún tipo de boca, muy, muy grande, adornada con cientos de afilados colmillos como ganchos. Y dejó escapar un desgarrador chillido que perforó los oídos de los tres espectadores mudos.
Y un instante después, se lanzó volando con notable velocidad, directo como una flecha hacia donde Marsh se encontraba parado.
—¡¿Qué es esa co…?! —fue lo único que el teniente alcanzó a exclamar, antes de que aquella criatura atrapara su cabeza entera en el interior de su fauces, y la arrancara de tajo de su cuerpo. La sangre brotó con un chorro de su cuello cercenado, y su cuerpo no tardó en precipitarse al piso, inerte.
Lucy soltó un chillido agudo al ver tan horripilante escena. Su chillido fue seguido de otros cientos más que fueron brotando de las bocas de más de esas criaturas insectiles, similares al que había soltado el primero. Todas comenzaron a batir sus alas, a elevarse en el aire, y comenzar a abrirse paso, incluso atravesando puertas y paredes en el proceso.
Lucy se tiró al suelo, cubriéndose su cabeza con ambas manos. Las criaturas pasaron sobre ella, al parecer sin prestarle mayor atención, y siguieron de largo en su recorrido. Alzó su cabeza sólo un poco hacia atrás. Alcanzó a ver a Cody, fuertemente aferrado a Lisa, con su rostro pegado al pecho de ésta, totalmente inmóvil, e indiferente ante el despliegue de horror que revoloteaba a su alrededor.
Más criaturas iguales a las anteriores se abrían paso por las grietas, listas para invadir toda esa base. Lucy supo de inmediato lo que estaba presenciado: era una pesadilla, una pesadilla de Cody, materializándose en su mundo. La peor de todas…
No necesitó de más para ponerse de pie, y obligar a sus piernas a moverse y salir corriendo despavorida, sin ningún rumbo en específico. Los sonidos de las criaturas a sus espaldas, no tardaron en ser acompañados con el estruendo de algunos disparos a lo lejos.
FIN DEL CAPÍTULO 151
Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 150. Combate en dos frentes
Resplandor entre Tinieblas
Por WingzemonX
Capítulo 150. Combate en dos frentes
—¿No oyeron eso? —comentó Lucy con aprensión, deteniéndose y volteando a ver hacia atrás sobre su hombro—. Sonó como una explosión…
—No te quedes atrás, Lucy —exclamó Cody como reprimenda; él y los otros ya se habían adelantado varios pasos, por lo que la rastreadora tuvo que apresurarse para alcanzarlos.
El grupo se adentró a un largo pasillo de luces blancas, que al parecer terminaba en perpendicular a otro corredor. De momento todo parecía bastante más calmado en esa zona, en comparación con las demás partes que habían cruzado. Tendrían bastante suerte si todo se mantenía de esa forma hasta llegar a su objetivo final.
Y claro, suerte era lo que menos tenían en esos momentos.
Al girar en la esquina del siguiente corredor en dirección a los ascensores, tuvieron que frenar de golpe pues justo al otro extremo del pasillo ya los esperaba un grupo numeroso de hombres armados, que apuntaron sus armas directo en su dirección en cuanto los tuvieron en mira.
—¡Fuego! —exclamó con potencia la voz de alguien detrás de los hombres armados, y a su orden todos presionaron los gatillos de sus armas al mismo tiempo.
Los sonidos de detonación cubrieron el pasillo entero, y las balas volaron por los aires en su contra. Rápidamente Francis empujó a los demás para que se refugiaran de nuevo tras el muro, mientras Gorrión Blanco se esforzó por desviar la mayor cantidad de disparos con sus poderes, y luego ponerse en cobijo junto con los demás. Todos se quedaron quietos, con sus espaldas contra la pared hasta que el sonido de los disparos cesó.
—Los ascensores están del otro lado —susurró Gorrión Blanco, jadeando entre respiro y respiro—. Tendremos que cruzarlos…
Se giró en ese momento a mirar al sargento en busca de la siguiente indicación. Sin embargo, notó de inmediato con horror como Francis se presionaba firmemente el costado derecho con una mano, y como la sangre comenzaba a mancharle los dedos. Gorrión Blanco supo en ese momento que no había logrado desviar todas las balas, y una de éstas la había pasado de largo, alcanzándolo a él.
—¡Sargento! —exclamó la muchacha, alarmada.
—Estoy bien —respondió Francis. Y aunque su voz sonaba firme y segura, su mirada no lo parecía tanto.
—Se los dije —murmuró Lucy con voz áspera.
—Ahora no, Lucy —le prendió Cody, mirándola sobre su hombro.
Francis comenzó a retirarse rápidamente la chaqueta azul de su uniforme, quedándose sólo con su camiseta negra sin mangas que usaba debajo. Le indicó a Gorrión Blanco que rasgara las mangas de la chaqueta, y ésta lo hizo lo más rápido que pudo con la ayuda de la fuerza adicional que le proporcionaba su telequinesis. Francis amarró ambas mangas, y comenzó a atarlas alrededor de su torso, presionando con fuerza la parte herida.
En todo ese rato, los hombres en el pasillo se mantuvieron en silencio, posiblemente aguardando a ver qué hacían a continuación.
—¿Y ahora qué? —cuestionó Cody, inquieto.
Antes de que Francis o cualquiera pudiera responder, una voz desde el pasillo se hizo presente primero, hablando con fuerza ayudada del eco de los altos techos.
—Sgto. Schur, esto no tiene que terminar mal para usted. Entréguenos a la chiquilla resucitada, y usted, y también los que lo acompañan, podrán irse en paz. Se lo prometo.
—¿Resucitada? —susurró Cody confundido, mirando a Lisa y a Francis. Ninguno dijo nada o lo miraron siquiera. Sin embargo, un pequeño vistazo de soslayo que Lisa hizo en dirección a Gorrión Blanco, fue suficiente para dejar en evidencia lo que pasaba por sus mentes.
—No es cierto —exclamó Lucy con fuerza—. Está mintiendo, no dejará salir a nadie con vida de esta base.
—¿Leíste su mente? —le preguntó Francis, acompañado justo después de un pequeño jadeo de dolor.
—No… Sólo es un presentimiento.
—¿Se refieren a ella? —preguntó Cody directamente, mirando a la joven mujer de cabellos rubios, que en esos momentos parecía también algo confundida—. ¿A qué se refieren con “resucitada”, Lisa? ¿Qué fue lo que hicieron?
—Ahora no —le susurró Lisa despacio, con un tono que no dejaba lugar a que le insistiera más.
Lisa miró de reojo hacia Gorrión Blanco, y ésta igualmente parecía tener preguntas dibujadas en su rostro. Lamentablemente, ella no era quién tenía las respuestas que buscaba. Y no las obtendría de ningún lado, si no lograban salir vivos de ahí.
— — — —
Mientras el ascensor bajaba rápidamente hacia el nivel -20, Mabel aprovechaba para revisar cada una de sus armas, y ver que estuvieran cargadas y listas para lo que vendría, pues presentía que no podría abrirse paso hasta donde necesitaba ir utilizando únicamente sus nuevos trucos. Se había ya retirado la chaqueta que había robado de aquel soldado, para poder moverse con mayor libertad; además de que le quedaba grande, para esos momentos ya había cumplido su propósito de pasar un poco más desapercibida.
Mientras colocaba de nuevo la munición en el interior de su rifle, miró de reojo hacia su acompañante. Russel reposaba prácticamente hecho un ovillo, sentado en una esquina del ascensor, cabizbajo y ensimismado en sí mismo, como si deseara imaginarse en un sitio muy lejano a ese.
—¿Con qué tipo de seguridad me encontraré ahí abajo? —le cuestionó Mabel con severidad, pero Russel no respondió; ni siquiera reaccionó en lo absoluto—. ¡Responde! —insistió Mabel, obteniendo el mismo resultado—. Te recuerdo que en estos momentos no puedes confiar en que allá abajo haya alguien que aún esté de tu lado y quiera salvarte. De momento, la única persona en toda esta base que le interesa que salgas con vida de aquí, soy yo. Así que más te vale que cooperes conmigo por las buenas.
Russel soltó un largo y pesado suspiro. Recorrió una mano nerviosa por toda su calva, apoyándola al final sobre su nuca.
—Para entrar al área a la que quieres ir, tienes que pasar una gruesa puerta de acero blindado, custodiada por dos soldados bien armados que tienen la orden de no moverse en lo absoluto de su lugar, sin importar qué ocurra; y por supuesto, no dejar pasar a nadie sin autorización. La puerta sólo se abrirá con un identificador facial y de voz, que sólo dará acceso al personal autorizado.
—Y supongo que tú eres parte de ese personal autorizado, ¿no? —inquirió Mabel con tono burlón.
—Supongo que sí —respondió el científico con voz apagada—. Pero aunque puedas matar a los dos soldados de la puerta y atravesarla, en el interior habrá más, con órdenes de custodiar cada una de las salas en uso; incluyendo la 217.
—¿De cuántos estamos hablando? —preguntó Mabel, percibiéndose ligera inquietud en sus palabras.
—No lo sé —exclamó Russel, casi gimoteando—. Tal vez unos quince.
Mabel guardó silencio, y meditó detenidamente en ese número. Sí, definitivamente no sería sencillo. Toda esa muerte a su alrededor dejaba pequeños rastros de vapor que la fortalecían, pero no tanto como para poder encargarse ella sola de quince hombres armados. Si tan sólo James estuviera con ella, quizás sería más fácil, pero no valía la pena lamentarse por lo que no era.
El ascensor se acercaba ya peligrosamente a su destino, y era hora de actuar.
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Arriesgándose a recibir un disparo en la sien, Francis se atrevió a aproximarse hacia la esquina, asomando el rostro lo suficiente para echar un vistazo rápido. Los hombres alzaron sus armas en su dirección, pero por suerte nadie le disparó. Y tras unos segundos logró divisar mejor a la persona detrás de ellos, que al parecer los dirigía: hombre alto y delgado, de cabello rojo y ojos verdes, de abrigo y boina verde que solían usar los hombres de confianza de la Capt. Cullen. Y a ese en específico lo reconocía, pues era la mano derecha de ésta: el Tte. Johan Marsh.
Una vez que tuvo la información que requería, Francis se ocultó de nuevo con rapidez. Si el segundo al mando de la Capt. Cullen estaba dirigiendo este ataque, ¿indicaba entonces que ella estaba también al tanto de todo esto? Se le informó que la capitana había llegado de improviso con sus hombres esa mañana, justo a tiempo para el inicio de toda esa locura. Difícilmente podía ser una coincidencia…
Pero, ¿ella? ¿Ruby Cullen? ¿Una agente de la Agencia con tantos años de carrera y logros? ¿Una amiga tan cercana del Capt. McCarthy y su familia? ¿Cómo podía ser que ella estuviera detrás de eso?
—Su tiempo y mi paciencia se acaban, Schur —pronunció Marsh en alto, ahora sonando un tanto exasperado.
—¿Qué quieren con Gorrión Blanco? —inquirió Francis con severidad.
—¿Tú qué crees? —soltó Marsh con voz burlona—. Es demasiado peligrosa para dejarla con vida. Pero eso no debe extrañarle, ¿o sí? En el fondo sabía que tarde o temprano tendría que elegir entre cumplir su deber, y seguir protegiendo a esa asesina. Siéntase afortunado que en vez de eso lo que tenga que cambiar sea su vida; eso hace todo más simple, ¿no le parece?
—¿Asesina? —exclamó Gorrión Blanco pasmada, mirando al sargento con sus ojos grandes bien abiertos—. ¿Por qué dice eso, sargento?
Francis no respondió, pero ella supo de inmediato que en efecto sabía algo… ¿Tenía algo que ver con eso que había prometido decirle más tarde? ¿Qué era lo que todos en esa base sabían menos ella?
No habría forma de saberlo, si no lograban salir todos de ahí. Así que sobreponiéndose a su impresión inicial, decidió dar un paso al frente y tomar la iniciativa de la situación.
—Quizás pueda distraerlos mientras ustedes escapan —propuso con voz apagada.
—Nada de eso —le contestó Francis, cortante—. Yo los distraeré, ustedes regresen por donde vinimos.
—Pero sargento, su herida…
—No es nada —indicó Francis, negando con la cabeza—. La chica gritona tenía razón: éste es mi deber. Ustedes no tienen por qué arriesgarse por esto.
—Bueno, gracias —masculló Lucy—. Aunque no me agrada mucho eso de “chica gritona”. Además de cómo ya dije, esos sujetos no nos dejarán irnos así nada más.
A Francis le daban igual sus quejas. Ya había tomado una decisión, y no necesitaba que ninguno de ellos lo convenciera de lo contrario. Así que sostuvo un arma cargada en ambas manos, y se dispuso a salir.
—Aguarde —intervino Cody en ese momento, aproximándose hacia los dos militares—. Quizás haya otra alternativa.
Francis y Gorrión Blanco lo voltearon a ver, expectantes de ver qué era lo que ese profesor de biología podía aportar a la situación.
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De entre los artículos de combate que Mabel había traído consigo, tomó un objeto en forma de lata color verde, con una manija y un seguro en la parte superior. Russel se estremeció, pegándose instintivamente más a la pared.
—¿Eso es una granada? —inquirió con voz temblorosa.
—No exactamente —fue la respuesta simple de la Doncella.
En cuanto el ascensor llegó a su destino y las puertas se abrieron, la verdadera retiró rápidamente el seguro y arrojó la lata a través de las puertas hacia el recibidor que los esperaba del otro lado. Antes de que los dos soldados de guardia frente a la puerta blindada pudieran reaccionar, la lata comenzó a girar en el suelo, y a soltar un grueso humo blanco que comenzó a cubrir todo rápidamente.
—¡¿Qué es esto?! —exclamó uno de los soldados, y rápidamente su compañero y él alzaron sus armas.
Mabel para ese momento ya había tomado a Russel con brusquedad de un brazo y lo jalaba hacia las puertas.
—Más te vale identificarte adecuadamente, doctor —exclamó Mabel con sorna, y de inmediato lo empujó con violencia hacia la nube de humo del exterior.
Russel trastabilló aturdido tras el empujón, y de un segundo a otro fue incapaz de ver cualquier cosa a su alrededor, salvo la blancura de todo ese humo.
—¡¿Quién está ahí?! —gritó con agresividad uno de los soldados, y no esperó ni un segundo su respuesta antes de disparar hacia la silueta que se movía entre la neblina. Russel sintió como la bala pasaba cortando al aire a unos centímetros de su cabeza, haciéndolo saltar atemorizado. Un segundo disparo, quizás del otro soldado, cruzó ahora peligrosamente cerca de su brazo derecho.
—¡No disparen!, ¡por favor no disparen! —gritó Russel con todas sus fuerzas, casi sollozando—. Soy yo, el Dr. Shepherd. No disparen, por todos los cielos…
Los soldados parecieron atender a sus súplicas, y no hubo ningún otro disparo en esos momentos. La neblina se fue aplacando poco a poco, y conforme Russel fue reconociendo las siluetas y los rostros de los dos soldados frente a él, estos lo reconocieron a él de regreso.
—¿Dr. Shepherd? —murmuró uno de ellos, bajando su arma para que apuntara al suelo—. ¿Se encuentra bien?
Russel respiró aliviado por primera vez desde que comenzó toda esa locura; ellos no eran el enemigo. Quizás al fin estaría a salvo.
Sin embargo, dicho alivio le duró muy poco, pues antes de que el humo se disipara por completo, y que Russel pudiera decir cualquier cosa, Mabel surgió justo desde atrás de él, disparando con asombrosa precisión dos disparos de su rifle, dando cada uno en una de las piernas de los dos soldados. Estos gimieron de dolor, totalmente confundidos, y se desplomaron al suelo en el acto. Y ante la mirada horrorizada de Russel, Mabel sacó su cuchillo de caza y se lanzó hacia los dos hombres en el suelo, rebanándole su cuello de un sólo tajo a cada uno, antes de que cualquiera pudiera reaccionar. Su sangre brotó a chorro de sus heridas, manchando las paredes, y Russel sólo pudo ver impotente como ambos hombres se desangraban y ahogaban en el suelo. Y su asesina, sin embargo, ni siquiera pestañeó.
«En verdad no hay nada de humanidad en ella» pensó Russel, atónito. Como científico, debía procurar siempre ver todo de una forma más fría y pragmática, y el mismo pensamiento lo había aplicado en sus investigaciones, incluyendo el estudio de los UX. Pero no había nada en ese día que lo animara, ni siquiera un poco, a ser frío y pragmático en esos momentos.
Mabel se alzó lentamente luego de haber terminado con sus últimas dos víctimas, y limpió la hoja de su cuchillo contra la manga del abrigo azul que portaba. De pronto, escuchó una puerta azotarse con fuerza, obligándola a girarse de lleno hacia un lado. Desde la cabina de control de acceso a un costado del cuarto, surgió un tercer soldado con pistola en mano.
—¡Maldita! —exclamó el tercer hombre con fuerza, comenzando a disparar con rapidez en su contra.
Mabel y Russel se tiraron al suelo de inmediato, y las balas cruzaron el aire muy cerca de sus cabezas. Estando en el piso, la verdadera se giró y apuntó con su propia arma desde un ángulo bajo en dirección a su atacante. La bala de Mabel entró directo por la cara del hombre, por debajo de su ojo, saliendo por la parte de atrás y manchando la pared a sus espaldas. El soldado no tardó en soltar su arma y desplomarse al suelo.
Mabel respiró hondo, intentando calmarse. Se paró en cuanto pudo, claramente furiosa, y se dirigió hacia Russel. Éste seguía tirado en el suelo, pero ella lo levantó de un fuerte tirón.
—¡Dijiste que sólo eran dos! —le gritó llena de coraje, zarandeándolo un poco.
—¡Sólo dije que había dos soldados cuidando la puerta! —respondió Russel, nervioso—. Eso no fue una mentira…
—Mucho cuidado, doctor. No intentes jugar conmigo, porque no te va a agradar lo que ganarás.
Lo jaloneó entonces con nada de delicadeza hacia el panel de autenticación, y lo empujó contra él con fuerza, haciendo que prácticamente se estrellara de narices contra éste.
—Ahora abre la maldita puerta —le ordenó, apuntándole además con su rifle para dejar más claras sus opciones.
—¿Qué harás con los quince hombres que están ahí dentro? —masculló Russel nervioso, volteando a verla sobre su hombro—. Sólo conseguirás que nos maten a los dos…
—Yo me estreso por eso. Tú sólo abre la puerta.
Mabel alzó más su arma de manera amenazante. Russel dudaba que lo fuera a matar en serio, al menos no mientras lo necesitara. Pero era claro también que no tenía el menor pudor al momento de causarle dolor a la gente, así que eso no le impediría volarle una mano, herirle un brazo, o cualquier otra cosa que no lo matara, pero lo hiciera pasarla aún más mal de lo que ya estaba pasando. Y por encima de todo, lo que él más deseaba era poder salir con vida de ese lugar.
Quizás estaba siendo egoísta, pero, ¿qué otra cosa podía hacer? No era un soldado, ni un peleador. Lo único que siempre había tenido a su favor era su inteligencia, y ésta le gritaba con ahínco que debía sobrevivir sin importar qué.
Se inclinó entonces sobre la pantalla y el micrófono en la pared, para que la cámara integrada enfocara por completo su rostro. Y entonces pronunció en voz baja, pero bastante claro:
—Dr. Russel Shepherd, Jefe de Investigación, sala 217.
El reconocimiento facial y de voz hizo su trabajo sin ningún problema, identificando de inmediato al jefe de la División Científica del Nido. Las puertas blindadas comenzaron a abrirse.
Mabel respiró hondo, jalando aire a sus pulmones, pero también cualquier rastro de vapor que hubiera podido quedar en el aire de la muerte de esos últimos tres soldados, aunque fuera poco. Tomó dos bombas de humo más que traía consigo, y centró su atención en las puertas abriéndose. Volvió a respirar profundamente, relajando todo su cuerpo y, en especial, su mente. Y entonces sus ojos comenzaron a brillar con fuerza.
— — — —
Mientras los segundos pasaban, y no había movimiento o respuesta por parte del Sgto. Schur y sus acompañantes, Marsh y sus hombres se iban impacientando. El teniente sabía bien que mientras más cabida les diera para actuar, más pronto podrían hacer uso de esa pequeña bruja y sus trucos. Así que tras darles más del tiempo suficiente para meditar en su propuesta, decidió mejor cortar el asunto por lo sano; por decirlo de un modo.
—Al demonio con esto —masculló molesto, y luego le ordenó a sus hombres con voz potente—: ¡Avancen y acaben con todos de una vez!
Los soldados se dispusieron al instante a avanzar por el pasillo con armas en mano con la intención de acatar la orden.
—¡Esperen! —pronunció en alto una voz femenina cuando apenas acababan de dar un par de pasos. Marsh dio rápidamente la indicación a sus hombres para que se detuvieran, y así lo hicieron.
Aguardaron un instante, expectantes pero sin bajar ni un momento sus armas. Tras un rato, aquella joven de cabellos rubios y ojos azules a la que llamaban “Gorrión Blanco” salió de su escondite con las manos alzadas a cada costado de su cabeza, y avanzó unos pasos hasta ponerse en el centro del pasillo, delante de ellos. Lo soldados alzaron y prepararon sus armas para disparar al menor indicio de que intentara algo sospechoso. Eran al menos diez rifles de asalto, cuyos cañones se perfilaban sólo en su dirección. Posiblemente podría desviar varias de esas balas con sus telequinesis, pero por más hábil que fuera con sus trucos, nadie sería capaz de desviarlas todas. Marsh lo sabía, y estaba seguro de que ella también.
—Aquí me tienen —murmuró Gorrión Blanco con voz seria—. ¿Qué es lo que quieren? Haré lo que me pidan, sólo dejen ir a los demás.
Marsh sonrió complacido.
—No importa a dónde vayan, toda la base está bajo nuestro control de todas formas —declaró el teniente con voz presuntuosa—. Si no mueren en este pasillo, lo harán en cualquier otro. Y lo mismo va para ti —indicó al tiempo que la señalaba con un dedo—. Lastimaste a nuestro señor, perra. No hay forma de que te dejemos con vida.
—¿Su señor? —masculló Gorrión Blanco, confundida. Pero Marsh no estaba dispuesto a responderle y aliviar su confusión. Él tenía una misión clara, y la iba a cumplir en ese mismo instante.
—¡Disparen!
Todos los soldados comenzaron a disparar al mismo tiempo, y antes de que Gorrión Blanco pudiera reaccionar, las balas la impactaron de frente en diferentes partes de su cuerpo. Sin embargo, para sorpresa de todos los observadores, las balas la atravesaron enteramente de lado a lado, como si pasaran a través de una cortina de humo. El impacto de los proyectiles apenas distorsionó un poco su forma, pero a los segundos ésta volvió a la normalidad, como si fueran piedras chocando contra la superficie de un lago. Los soldados dispararon una decena de veces cada uno, antes de que se dieran cuenta de lo que ocurría y uno a uno detuvieran su ataque.
—¿Qué rayos…? —masculló Marsh, confundido.
La imagen de Gorrión Blanco les sonrió confiada, y de la nada desapareció en el aire como la imagen de un proyector al apagarse. Un instante después, y antes de que alguno de los soldados procesara lo ocurrido, la verdadera Gorrión Blanco salió de detrás de la pared, y aprovechó ese momento de desconcierto por parte de los hombres delante de ella para empujarlos a todos con sus poderes. Los cuerpos de los soldados se desplomaron hacia atrás, pero Marsh y uno cuantos más se hicieron a un lado hacia un pasillo adyacente, para así esquivar los proyectiles humanos de sus propios compañeros.
Francis salió justo después, con un arma en cada mano con las cuales comenzó a disparar repetidas veces hacia los atacantes, que luchaban por reponerse e intentar contraatacar. Gorrión Blanco y él comenzaron a avanzar por el pasillo, la primera desviando lo mejor que podía los disparos de los enemigos, y Francis abatiéndolos de regreso.
Desde su escondite Cody observaba atento lo que ocurría. Su ilusión había funcionado, incluso mejor de lo que él mismo se imaginó.
—Bien hecho —escuchó que comentaba Lisa, asomándose detrás de él sólo un poco por la esquina—. Es increíble. ¿También puedes hacer cosas tan realistas como esa?
—Y muchas más —le respondió Cody despacio, no sonando precisamente como si dijera algo bueno.
—Me gustaría verlo todo —le susurró Lisa despacio con tono reflexivo—. Todo lo que eres capaz de hacer.
Cody no pudo evitar sonreír al escuchar aquellas palabras. ¿En verdad Lisa había superado el miedo inicial que le había causado ver sus poderes? En serio quería creer que sí.
—Cuando salgamos de aquí te lo enseñaré todo, ¿de acuerdo? —le propuso con voz confiada, a lo que Lisa respondió simplemente asintiendo.
Mientras tanto, Francis y Gorrión Blanco lograron avanzar por el pasillo, aunque sus atacantes no daban su brazo a torcer tan fácil. En un momento, las armas de Francis se vaciaron, por lo que rápidamente se colocó detrás de Gorrión Blanco, espalda contra espalda, para que ella lo cubriera mientras recargaba.
—¿Cómo está su herida, sargento? —musitó en voz baja la muchacha, mientras gran parte de su concentración estaba enfocada en desviar los disparos. Por suerte una porción importante de sus atacantes había optado por ponerse a cubierto en lugar de seguir disparando, lo que volvía todo mucho más sencillo.
—Estoy bien —masculló Francis con voz apagada—. Sin importar qué pase, tienes que llegar a los ascensores y encontrar al director y al capitán. ¿Entendiste?
—No lo dejaré atrás —declaró Gorrión Blanco con bastante convicción—. Saldremos todos juntos de aquí…
—Prometiste que a partir de ahora harías todo lo que te dijera sin chistar, ¿lo olvidas? Tu misión…
—Me importa una mierda la misión —exclamó la chica con voz malhumorada, tomando por sorpresa a Francis, e incluso a sí misma. No sabía de dónde había salido eso, pero por algún motivo le gustaba.
De pronto, tras desviar un disparo que iba directo a su cara y hacer que la bala atravesara en su lugar una puerta del pasillo a su lado, Gorrión Blanco se quedó repentinamente paralizada, con su mirada desorbitada, turnándose al instante un poco nebulosa. Un fuerte dolor en la parte frontal de su cabeza la atacó de pronto, haciéndola tambalearse y caer contra la pared a su lado para no caerse.
—¿Gorrión Blanco? —masculló Francis, inquieto, girándose hacia ella.
La chica presionó una mano contra su frente con fuerza, y luego la bajó por sus ojos, llegando hasta su nariz. Se talló ésta con sus dedos, y entonces los colocó frente a su rostro para echarles un vistazo: estaban cubiertos de sangre. Había comenzado a sangrar por la nariz, similar a como le había ocurrido en Los Ángeles.
«No, no ahora» pensó llena de angustia.
Para Marsh, que vigilaba todo desde su punto seguro, aquel momento de titubeo no pasó desapercibido. Así que sin pensarlo mucho, se asomó rápidamente al pasillo con su arma en las manos, y disparó una sola vez directo hacia la chica. Esto tomó totalmente por sorpresa a Gorrión Blanco, que no pudo evitar que la bala la alcanzara justo a la altura del hombro derecho, atravesándola hasta salir por su espalda.
—¡Ah! —exclamó con dolor la muchacha al aire, y al instante siguiente se desplomó al suelo con un sonido sordo. Estando ahí tirada, aferró su mano fuertemente a su herida, y comenzó a sollozar y gemir en voz baja. El dolor que le recorría era aún más intenso de lo que se hubiera imaginado.
Francis, al verla en el suelo, se le acercó rápidamente, cubriéndose de sus enemigos con más disparos. Llegó hasta ella e intentó ponerla de pie, pero las piernas de la chica flaquearon. Por lo que un segundo antes de que otra ráfaga de disparos los acribillara, Francis pateó con fuerza la puerta más cercana a ellos, cosa que la herida de su vientre resintió, e hizo que ambos brincaran hacia el interior del cuarto a oscuras.
—La bruja está herida —informó Marsh con orgullo, al tiempo que se colocaba un cigarrillo en los labios—. Matenla, y tráiganme su cabeza. Será un bonito regalo para nuestro señor.
Los soldados a su mando, o al menos los que quedaban de pie, comenzaron a avanzar rápidamente con sus armas en mano en dirección al cuarto en el que se habían escondido.
—Necesitan ayuda —indicó Cody con seriedad, que había visto todo desde su posición. Rápidamente se apresuró a salir de su escondite, pero unas manos lo tomaron rápidamente de su brazo para detenerlo.
—Cody, ¡no! —exclamó Lisa, casi suplicante.
—Estaré bien —masculló el profesor, volteándola a ver con una media sonrisa—. No te preocupes.
—No digas estupideces —le recriminó Lucy, desde más atrás—. ¿Te parece que es el mejor momento para jugar a ser héroe? Nosotros tenemos que irnos, ¡ya!
—Ustedes dos háganlo —le respondió un tanto tajante—. Las veré afuera.
Y antes de que pudieran decirle algo más, corrió presuroso hacia el pasillo.
—¡Cody! —espetó Lisa, un poco exasperada—. ¡Maldición!
—Tu novio es un idiota —comentó Lucy con molestia—. Lo que puede hacer con esas ilusiones tiene sus límites, y no creo que él los tenga claros.
Lisa no respondió nada, pero la angustia obviamente la agobiaba en esos momentos. Aun así, lo que le había dicho hace un rato a Cody era cierto: quería ver todo de lo que era capaz. Y por ese motivo permaneció en su sitio, observando expectante lo que ocurriría.
— — — —
En el nivel -20, los alrededor de quince soldados que custodiaban el pasillo al otro lado de la puerta blindada se percataron de los disparos provenientes del otro lado, y de inmediato se agruparon para recibir a la posible amenaza. En cuanto las puertas comenzaron a abrirse, se colocaron en fila, apuntando con sus rifles directo a la entrada. Pero antes de que pudieran vislumbrar a cualquier persona, lo primero que notaron fueron las dos bombas de humo lanzadas hacia el interior, que de inmediato comenzaron a arrojar el vapor blanco al aire y cubrirlo todo. Los soldados dispararon al mismo tiempo por reflejo, y una ráfaga de balas cruzó la nube de humo, pero sin lograr tocar a su verdadero objetivo.
—¡No disparen! —ordenó uno de ellos, gritando con fuerza para intentar que su voz se escuchara por encima de los disparos. Todos se detuvieron poco a poco, permaneciendo quietos en su posición mientras eran envueltos por completo por el humo, siendo incapaces de ver mucho más allá de sus narices.
De pronto, algunos notaron como algo se movía entre la neblina. Era una silueta oscura… no, eran dos, o quizás tres; eran varias, difíciles de contar en realidad, siluetas humanoides que se abrían paso contra ellos. Y aunque no lograban distinguirlas con claridad y eran más como borrones confusos, hubieran jurado ver que estaban armados, y los apuntaban directamente con sus armas. Su temor se acrecentó cuando el estruendo del primer disparo les taladró el oído, sin darse cuenta de que se trataba de hecho de uno de ellos. Y al escucharlo, presas del miedo, los demás comenzaron a disparar de nuevo.
—¡Qué no disparen! —gritó el mismo soldado de hace un momento—. ¡¿Qué les ocurre?!
Él no lo comprendió, pues no veía lo mismo que sus compañeros; sólo unos cuántos lo hacían, pero eso fue suficiente.
Aquellas siluetas negras se lanzaron en contra de ellos, y algunos de los soldados se tiraron al suelo intentando esquivarlos. Para cuando alzaron sus miradas, a su alrededor entre la neblina ya no distinguieron a ninguno de sus compañeros, sino más de esas mismas siluetas, rodeándolos, mirándolos fijamente con ojos resplandeciendo como llamas.
Los soldados comenzaron a disparar sin miramiento, acompañados de un aguerrido grito, sin darse cuenta de que abrían fuego contra sus propios compañeros, y estos respondían por reflejo sin comprender tampoco lo que ocurría. Las balas comenzaron a cruzar de un lado a otro por el pasillo, acribillando uno a uno a los soldados. Para cuando el humo se fue disipando y su visibilidad mejoró, lo que se abría paso ante ellos era un montón de sus compañeros heridos en el suelo, incluso algunos ya claramente muertos, y apenas unos cinco aún de pie.
—¿Qué rayos…? —masculló uno de ellos, respirando con agitación y confusión.
Ninguno tuvo tiempo de pensar o detenerse a dar ninguna teoría, pues los disparos se reanudaron en ese instante desde el umbral de la entrada. El primero fue tan certero que entró por la nuca del soldado más próximo a la puerta, saliéndole por la parte delantera de su cuello. El segundo le dio a otro más en un brazo, derribándolo, y sólo entonces el resto se giró y notó a la hermosa mujer armada en la puerta, con un rifle en una mano y una pistola corta en la otra.
Antes de que la misteriosa atacante pudiera volver a disparar, los tres soldados en pie se giraron hacia ella y dispararon al mismo tiempo primero. Mabel se ocultó rápidamente de nuevo tras el muro a un lado de la puerta, y las balas le pasaron rozando. Respiró muy hondo, llenando de nuevo sus pulmones con los pequeños rastros de vapor que dejaba la muerte en el aire. Luego, mientras los soldados disparaban, acercó una mano a su cinturón, tomando un objeto redondo y oscuro; esa sí era una granada.
Le retiró el seguro, y sin más la arrojó como una pelota al interior del pasillo. El objeto rebotó en el suelo hasta los pies de los soldados.
—¡Granada! —gritó alarmado uno de ellos, y rápidamente intentaron retroceder, pero no lo suficientemente rápido antes de que la explosión hiciera retumbar el pasillo entero, y lanzara sus cuerpos hacia atrás por el fuerte impacto.
Mabel se agachó y se cubrió sus oídos para protegerse de la explosión. Esperó unos segundos, y escuchó con atención para ver si había algún otro movimiento. Cuando estuvo segura de que todo estaba en calma, pegó su espalda a la pared y se dejó caer de sentón al piso, claramente agotada. Proyectar aquellos pensamientos en diferentes personas a la vez no había resultado nada sencillo; ni siquiera con los poderes adicionales que le había proporcionado el vapor de Rose. Pero al parecer había funcionado. Sin embargo, dudaba tener la energía suficiente para volver a hacer algo como eso en lo que restaba del día; no sin recibir una buena dosis de vapor para reponer las energías que había estado gastando.
Y aún le quedaba por delante todo el recorrido de salida…
Pero era mejor no angustiarse por eso aún.
Se forzó a recuperarse y ponerse de pie. Revisó rápidamente la carga de sus armas, y se preparó para ingresar. Russel reposaba en el suelo a su lado, tembloroso y lloroso. Mabel resopló molesta, y lo levantó de un jalón, obligándolo a acompañarla hacia adentro.
El pasillo era angosto, y era en ese momento un revoltijo de cuerpos y heridos; algunos por las balas, otros por la explosión de la granada. Pero conforme avanzaron y ella veía a alguno de esos incautos aún moviéndose en el suelo, Mabel no tuvo reparó en acabar con su sufrimiento metiéndoles una bala directo en sus cabezas. Russel respingó y gimió con cada disparo que le retumbaba sus oídos.
—Deja de llorar —le reprendió Mabel—. Si no era yo, serían los demás traidores de arriba en cuanto bajaran a encargarse de ellos. Sólo les adelante el viaje.
Siguieron avanzando por el pasillo, hasta encontrar la sala que buscaban: la 217. Tirado en el suelo contra la puerta, se encontraba otro soldado, que presionaba con fuerza una herida en su costado con su brazo sano, mientras el otro le colgaba a un lado con un feo agujero en su antebrazo que le sangraba abundantemente. Estaba consciente, y respiraba con agitación. En cuanto los vio acercarse, usó las pocas fuerzas que le quedaban para retirar la mano de su herida, tomar su arma y extenderla directo al rostro de la mujer.
Mabel, que en cuanto lo vio ya había previsto sus intenciones, ya tenía su cuchillo en mano desde antes de que él levantara su arma, y lo arrojó hacia él un segundo antes de que pudiera disparar. El cuchillo se clavó de lleno en su mano, haciéndolo soltar su arma al suelo. El soldado gimoteó con dolor, cayendo hacia un lado sobre su costado. Mabel se aproximó presurosa hacia él, tomó el cuchillo del mango y lo retiró de un jalón, rasgándole la mano entera en el proceso. Y prácticamente en el mismo movimiento, extendió el arma hacia el cuello del hombre, clavándolo hasta la empuñadura. La sangre comenzó a brotar con fuerza de la herida y de la boca del soldado, mientras la Doncella lo observaba fijamente con sus ojos fríos como hielo.
Una vez el soldado dejó de moverse, Mabel retiró rápidamente el cuchillo de su cuello y lo soltó para que cayera con su propio peso hacia el suelo. Respiró profundo por su nariz; de nuevo la muerte que impregnaba ese pasillo la alimentaba un poco.
Librado el último obstáculo, o eso pensaba ella, se giró hacia la puerta de la sala 217. No le sorprendió mucho ver que estaba cerrada, y no había ningún picaporte, pero sí un sensor en el muro justo a un lado de la puerta.
—Ábrala —ordenó con fiereza, girándose hacia Russel. Éste la miró de soslayo, nervioso.
—Para abrir… la puerta desde afuera… necesitas su tarjeta —pronunció tartamudeando, señalando tímidamente hacia el soldado caído a los pies de Mabel. Ésta resopló con fastidio, y se agachó para rebuscar en el cadáver, hasta dar con la tarjeta de acceso roja.
—¿Y qué me espera allá adentro? —cuestionó con severidad, volteándolo a ver sobre su hombro estando aún de cuclillas en el suelo—. ¿Más soldados? ¿Alguna trampa o alguna otra medida de seguridad?
Russel no contestó, pero se le notaba claramente incómodo. Algo estaba ocultando, y no necesitaba leer mentes para saberlo.
—Bien, lo descubriremos juntos —amenazó Mabel, y rápidamente se irguió y lo acercó hacia ella con agresividad.
Mabel colocó a Russel delante de ella, rodeándolo con un brazo para mantenerlo firme en su sitio, como su escudo humano. Con la otra mano acercó la tarjeta de acceso al sensor, que de inmediato la aceptó. Antes de que la puerta se abriera del todo, Mabel tomó su rifle y apuntó con él hacia adelante, apoyando el cañón sobre el hombro de Russel, más que lista para abrir fuego contra lo que se fuera a encontrar.
Lo que los recibió al otro lado de las puertas, fue una habitación cuadrada, relativamente pequeña, con algunos escritorios con computadoras, gavetas cerradas, y los rostros pálidos y asustados de tres hombres y dos mujeres en batas blancas de laboratorio, que se pusieron rápidamente de pie y se giraron hacia la puerta, retrocediendo temerosos ante la mujer extraña que los apuntaba con un rifle.
Mabel los inspeccionó rápidamente con la mirada, y se percató de inmediato de que ninguno de esos individuos estaba armado, ni parecía tener la predisposición a pelear. Bien, eso haría su eliminación mucho más sencilla.
—¡No! —exclamó Russel con fuerza, y rápidamente logró soltarse del brazo de Mabel y colocarse delante de ésta, interponiendo su cuerpo entre el cañón de su arma y los demás presentes en el cuarto—. Por favor, no lo hagas —murmuró exasperado, casi al borde del llanto—. Ellos no son soldados, son sólo científicos como yo. Deja que se vayan.
Mabel lo observó con molestia, más que dispuesta a hacerlo a un lado a la fuerza, aunque tuviera que golpearlo para hacerlo. Sin embargo, antes de dar ese primer golpe, su atención se fijó en más allá de Russel, en aquello que se encontraba en el centro de la habitación, y era lo que más resaltaba de ésta, aunque por algún motivo no había reparado en él al inicio.
Era lo que parecía ser un enorme y grueso tubo transparente de vidrio, que iba desde el suelo hasta el techo. Y en su interior se encontraba lo que parecía ser alguna clase de camilla colocada en vertical, con una persona sujeta a ella de sus muñecas, tobillos y cintura con gruesas correas de cuero. Dicha persona vestía únicamente una delgada bata blanca, como la de los hospitales, y tenía su cabeza completamente inclinada hacia el frente, y sus largos y desalineados cabellos negros caían sobre su rostro como una cortina.
Era una imagen que le resultó extraña y desconcertante en un inicio. Sin embargo, sólo le tomó observar a dicha persona en el interior del tubo unos cuántos segundos para que todo su ser la reconociera…
Un espasmo de confusión y asombro le recorrió el cuerpo entero como un choque de electricidad, y su rostro cambió enteramente de forma de un segundo a otro.
—No puede ser —susurró atónita.
Empujó entonces con algo de fuerza a Russel hacia un lado para quitarlo de su camino, y avanzó lentamente los pasos que la apartaban de aquel tubo. Todos los demás miembros del equipo científico se hicieron a un lado, separándose lo más posible de ella. Mabel se paró justo delante del tubo, y colocó delicadamente la yema de sus dedos sobre el frío cristal. Contempló entonces en silencio el cuerpo inerte al otro lado de éste, como si fuera la pieza de alguna morbosa exposición.
—¿Annie? —susurró despacio, apenas logrando que su voz surgiera con claridad de su garganta—. Annie, ¿eres tú…?
La persona dentro del tubo no reaccionó a sus palabras. Sólo un pequeño espasmo ocasional que le cruzaba el cuerpo de repente, fue el único indicativo que tuvo de que se encontraba con vida. Si es que acaso eso que veían sus ojos podía considerarse vida…
— — — —
Cody se paró con firmeza en el centro del pasillo, encarando sin temor a los soldados armados que avanzaban por éste. En cuanto estos notaron su presencia, rápidamente alzaron sus armas y lo apuntaron con ellas. Cody, sin embargo, no se doblegó por esto, y de inmediato enfocó su mente para hacer el mismo truco que había hecho en el bosque: hacer aparecer a su alrededor miles de mariposas azules y brillantes, que volaron como proyectiles directo hacia los atacantes. Estos, desconcertados, no reaccionaron a tiempo antes de que aquellas ilusiones los golpearan de frente, cubriendo su visión, y comenzando a pegarse a sus cuerpos con pequeñas patas que se convertían en cuchillas y se encajaban a sus ropas y pieles.
Los soldados comenzaron a agitarse y a manotear intentando quitarse aquellas cosas, pero sin éxito pues era como si sus manos las atravesaran sin más. Algunos incluso empezaron a disparar al aire en desesperación, intentando darles a los pequeños insectos, pero obteniendo el mismo resultado.
Cody avanzó agachado para evitar todos esos disparos al aire, y se dirigió al cuarto en donde Gorrión Blanco y Francis habían entrado. En cuanto se asomó por la puerta, éste último rápidamente alzó su arma y lo apuntó directo a la cara con ella.
—Hey, soy yo —exclamó Cody rápidamente, alzando sus brazos. Gracias a su entrenamiento, Francis no le disparó por reflejo, y alcanzó a bajar su arma.
Cody volteó hacia un lado, en donde Gorrión Blanco estaba sentada contra la pared, con los ojos fuertemente apretados, mientras sujetaba su cabeza con ambas manos. A la altura de su hombro, aquella horrible herida que le habían hecho se asomaba de forma grotesca, pero por suerte parecía no estar sangrando demasiado; no como el caso de Francis.
—¿Qué le ocurre? —preguntó curioso y preocupado.
—Está bien —exclamó Francis de forma cortante. Cody notó rápidamente como pasaba una mano por su propio costado. Ese vendaje improvisado que se había hecho con sus propias ropas, ya se veía para ese punto bastante impregnado de rojo.
Notó además los rastros de sangre en la nariz de Gorrión de Blanco. Eleven le había dicho en alguna ocasión que eso le pasaba a algunos resplandecientes cuando abusaban mucho de sus poderes; ella misma lo sabía por experiencia, según le había dicho. Era verdad que aquella chica había estado desviando bala tras bala desde hace buen rato, pero antes de aquel pequeño mareo no parecía agotada en lo absoluto; de hecho, parecía estarlo haciendo con bastante facilidad.
—Vamos, salgan mientras yo los cubro —les indicó Cody con seriedad, asomándose de nuevo al pasillo. Sus mariposas seguían haciendo lo suyo, y por si acaso hizo que aumentaran en su número, y además comenzaran a morder a los atacantes en cada parte expuesta de su piel que pudieran.
Francis tomó a Gorrión Blanco y pasó un brazo de ella alrededor de sus hombros para ayudarla a levantarse. Ésta no opuso resistencia, y de hecho parecía haberse sobrepuesto lo suficiente a su dolor para ponerse de pie sin mucho problema.
Por su parte, desde su posición, el Tte. Marsh observaba la escena casi cómica ante él, de sus hombres siendo atacados por pequeñas mariposas. Pero, por supuesto, no le causaba la más mínima gracias.
—Un ilusionista —masculló con voz áspera, expulsando algo de humo de cigarro por su boca al hacerlo—. Odio a los putos ilusionistas. Tú, tráeme esa cosa —le ordenó con severidad a uno de sus hombres de pie a su lado, señalando con su cabeza a un maletín largo que reposaba en el suelo a su lado—. Veamos cómo les va contra esto.
El soldado se apresuró a cumplir su encargo.
Para cuando Francis salió del cuarto ayudando a Gorrión Blanco a caminar, y Cody retrocedía delante de ellos con su atención fija en su propia ilusión, Marsh ya tenía armado y listo en sus manos el lanzacohetes portátil. Y sin espera, lo colocó sobre su hombro, salió de detrás del muro que lo cubría, y apuntó la mirilla de su arma directo a Cody. Ninguno de los que escapaban se dio cuenta de aquel peligro inminente; sólo Lisa desde su posición al inicio del pasillo, logró divisar la silueta de Marsh a lo lejos.
—¡Cuidado! —gritó la bioquímica con fuerza para alertarlos. Cody, Francis y Gorrión Blanco se sobresaltaron, y por reflejo se giraron a mirarla, un instante antes de que Marsh presionara el detonador y el letal proyectil cruzara el pasillo directo hacia su objetivo.
Gorrión Blanco fue la única que logró reaccionar al escuchar la detonación, y alcanzar a ver aquello se dirigía en su dirección. Usando toda la agilidad mental y física que pudo, concentró de inmediato todos sus sentidos, y jaló su mano con violencia hacia arriba, usando su telequinesis para empujar lo más rápido que pudo el proyectil hacia arriba. Éste en efecto se elevó como empujado por una fuerte ráfaga de viento, y se estrelló directo contra el techo sobre sus cabezas, creando una fuerte explosión que sacudió todo el pasillo entero.
El techo voló en pedazos por la explosión, y escombros de éste comenzaron a desplomarse, no sólo contra Cody, Francis y Gorrión Blanco, sino también contra los propios hombres de Marsh, sepultándolos a todos.
—¡No! —exclamó Lisa horrorizada, y tuvo el impulso de correr hacia ellos. Sin embargo, Lucy alcanzó a tomarla, y jalarla hacia atrás. Ambas se lanzaron al suelo, antes de ser alcanzadas por un nubarrón de polvo y pedazos de techo.
— — — —
Mientras se movía escurridiza por los pasillos desolados de la base en busca de alguna salida, Charlie McGee fue sorprendida por la sacudida de aquella explosión. Se encontraba vestida con las ropas que había logrado quitar del cuerpo de Grish Altur, las cuales no habían sido nada fáciles de retirar. Eso incluía una camiseta negra holgada, unos pantalones verdes, botas anchas de combate, y su gabardina verde, cuya manga derecha tuvo que terminar de arrancarle pues aquel pedazo de plástico térmico la había prácticamente cercenado junto con el brazo de su antigua dueña.
Charlie se puso rápidamente en alerta tras el estruendo, en busca de la presencia cercana de algún enemigo. Sin embargo, en el momento en el que el retumbar de la explosión se apaciguó, todo se sumió en una inhóspita calma.
—¿Y ahora eso qué fue…? —susurró en voz baja para sí misma, por supuesto sin recibir ninguna respuesta.
Y aunque el reflejo más natural hubiera sido avanzar en la dirección contraria de dónde había escuchado aquella explosión, ella hizo justo lo contrario y comenzó a caminar con cautela justo hacia allá. No sabía con qué o quién se encontraría, pero su instinto, o algo más, le decía que aquel era justo el sitio en el que debía estar en ese momento.
FIN DEL CAPÍTULO 150
Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 149. La Destrucción del DIC
Resplandor entre Tinieblas
Por WingzemonX
Capítulo 149. La Destrucción del DIC
Francis, Gorrión Blanco, Lisa, Cody y Lucy no tardaron mucho en encontrarse con los extraños atacantes; casi en cuanto salieron de la sala de interrogatorios y avanzaron al pasillo. Algunos de ellos vestían uniformes y pasamontañas negros, pero otros más, para horror de Francis, vestían el distintivo uniforme azul de los soldados de la base; su uniforme, y el de sus supuestos compañeros, igual que aquello dos que habían tenido que matar hace sólo unos minutos atrás en la sala de interrogatorios. Y aun así, incluso estos no tuvieron reparo en abrir fuego en su contra en cuanto los vieron.
El sargento hizo que todos se refugiaran detrás del muro más cercano para ponerse a cubierto. Luego él mismo sacó su arma y comenzó a disparar a su vez contra los atacantes para mantenerlos a raya, aunque era imposible que él sólo pudiera hacer tal cosa con tan sólo su pistola. Por suerte, no se encontraba solo del todo.
En cuanto la ronda de disparos de Francis se acabó, y al parecer al mismo tiempo lo hizo la de los demás, Gorrión Blanco no tardó en salir presurosa de su escondite. Y antes de que Francis pudiera decirle algo, la joven utilizó su telequinesis, empujando a todos a los atacantes a la vez para estrellarlos con fuerza contra los muros como si los acabara de revolcar una ola. Un par de ellos murieron al instante, otros más quedaron malheridos, y el resto intentaron recuperarse rápidamente para proseguir con el ataque. Francis salió en ese momento, y con disparos certeros de su arma ya cargada abatió a tres de ellos, y Gorrión Blanco hizo lo propio con el resto, estrellándolos con violencia contra los muros.
El pasillo quedó rápidamente tapizado de rojo, y adornado con los cadáveres de aquellos hombres. Una escena bastante desagradable, en especial para aquellos en el grupo menos acostumbrados a tal nivel de violencia.
—No mires —le susurró Cody a Lisa, abrazándola contra él mientras avanzaban por el pasillo ahora despejado.
—No te preocupes por mí —le murmuró despacio la bioquímica, aunque de todas formas no miró, y permaneció con su rostro contra el pecho de su novio, aferrada a él en busca de aunque fuera un poco de sensación de protección—. ¿Estos hombres son en verdad soldados de la base? —cuestionó alterada, mirando de reojo el cuerpo de uno de ellos al pasar a su lado, y reconociendo fácilmente su uniforme—. Tienen que ser impostores, ¿no es cierto?
Sin tener que decirlo directamente, era claro que aquella pregunta iba dirigida a Francis. Sin embargo, éste no respondió, pese a que la verdad era que había reconocido con facilidad a varios de ellos, incluyendo los que acababa de liquidar con sus propias balas.
Él menos que nadie entendía lo que ocurría. ¿Cómo era posible que de la noche a la mañana sus propios hombres se hubieran volteado en su contra de esa forma? Su primer pensamiento hubiera sido que se debía al control mental de algún UP, incluso del propio chico Thorn al que se suponía iban justo a despertar esa tarde. Quizás habían errado con la dosis del sedante, o habían subestimado el alcance de lo que ese chico era capaz de hacer, y el resultado había sido todo eso.
Pero la infiltración de esos otros hombres de negro, claramente mercenarios, y ese extraño mensaje en las radios, que ahora deducía era la señal para comenzar el ataque… Todo eso implicaba una planeación previa, no un hecho que había ocurrido fortuitamente. Este ataque había sido planeado con plena consciencia, y sólo podría haber sido posible con personas infiltradas en la base. Pero, ¿quiénes? ¿Cuántos? ¿Y desde cuándo…?
Sin importar lo que fuera que estuviera en verdad detrás de todo eso, no podía permitirse perder el enfoque. Aquel era un campo de batalla, como tantos otros en los que había estado. Y las personas que lo acompañaban, aunque fueran civiles, dependían de él para salir de ahí con vida. No podía fallarles; ni a ellos, ni tampoco al director y al capitán, en especial desconociendo en quienes podían confiar ahí dentro.
El grupo llegó hasta una sala cuadrada y amplia, que parecía ser punto de intersección para otros cuatro pasillos. Francis, al delante de todos, pegó su espalda contra el muro, y con arma en mano se asomó con cuidado para revisar con la vista los alrededores. No había nadie; ni enemigos, ni tampoco potenciales aliados.
—Despejado, andando —indicó con firmeza, al tiempo que comenzaba a moverse, y los demás lo hicieron igual
—¿Andando hacia dónde, exactamente? —exclamó Lucy con tono de queja, siguiéndolos desde más atrás, pero con poca convicción en su paso—. ¿No deberíamos ir a la salida más cercana?
—Quizás tenga razón, sargento —le susurró Gorrión Blanco, avanzando a su lado—. Estando aquí dentro estamos prácticamente a la merced de estas personas.
—Tenemos que llegar a los ascensores —respondió Francis con voz cortante—. El Dir. Sinclair y el Capt. McCarthy estaban realizando el interrogatorio en el nivel inferior. Debemos llegar hasta ellos y brindarles apoyo. Sólo entonces saldremos todos juntos de aquí.
—¿Te has puesto a pensar que esas personas podrían estar ya muertas? —exclamó Lucy con tono punzante.
—Lucy —masculló Cody como reprimenda, volteándola a ver sobre su hombro.
—Sólo digo que si él quiere correr y jugar al héroe por todo este desastre, que lo haga. Pero no tiene por qué llevarnos a nosotros a la muerte con él.
—¡Lucy! —repitió Cody con más fuerza que antes.
—O vienen conmigo, o los encierro en una habitación hasta que todo esto termine —los amenazó Francis, girándose hacia ellos con su arma en mano—. Y no les garantizo que quien los encuentre después vaya a ser un aliado, o alguien tan amable como yo.
Se hizo el silencio entre ellos, pero en sus miradas se notaba la duda, en especial en Cody y Lucy.
—Pueden confiar en él —murmuró Lisa con seriedad—. Y también en ella —añadió, volteando ahora a ver a Gorrión Blanco, tomando a ésta un poco por sorpresa—. Sólo estando a lado de ellos dos estaremos a salvo.
Gorrión Blanco no pudo evitar sonreír un poco al escucharla decir eso. Le gustaba saber que la Dra. Mathews confiaba en ella, aunque fuera en una situación tan extrema como esa.
Por su lado, Cody asintió como aprobación a las palabras de su novia, y luego añadió:
—Si Lisa así lo cree, entonces yo también. Los seguimos.
—Bien —masculló Francis con seriedad—. Los ascensores están por aquí.
Dicho lo que se tenía que decir, el grupo siguió avanzando bajo la guía del Sgto. Schur.
—Grandioso —masculló Lucy con tono quejumbroso al final de la formación—. Vayamos entonces a la muerte segura…
Su comentario le ganó otro par de miradas de desaprobación, en especial de parte de Cody y Lisa. Ninguno le dijo nada a ella directamente, pero Lisa no tuvo reparó en compartir en voz baja su opinión a su novio.
—Tú amiga sí que es simpática —masculló con tono sarcástico.
—No es su culpa… creo —respondió Cody, un tanto dubitativo—. Es sólo que a veces no escucha lo que sale de su propia boca.
—Los puedo escuchar —farfulló Lucy a sus espaldas, claramente descontenta.
— — — —
Tras su accidentado, y casi milagroso, escape de aquella sala de observaciones, Russel había logrado de alguna forma moverse entre los pasillos repletos de toda esa locura, sin recibir ningún disparo de por medio. La base se había convertido en un verdadero infierno. A donde quiere que iba, todo lo que encontraba era sangre y cuerpos tapizando el suelo y las paredes. En un momento, tras girar corriendo una esquina, un pisotón mal afortunado de su pie derecho terminó por hacerlo resbalar en un charco de sangre en el suelo. El cuerpo del científico se precipitó al piso, golpeándose con fuerza contra su cadera. Pero lo peor fue por mucho que, encima de todo, había quedado prácticamente recostado sobre el cuerpo de un soldado muerto, al que además de todo le hacía falta la mitad de su cara.
Russel soltó un fuerte alarido al aire, se paró lo más rápido que pudo y se alejó trastabillando hasta pegar la espalda contra la pared. Al forzarse a desviar su mirada del cadáver, todo lo que vio fue rojo al notar que su impecable bata blanca estaba empapada en esos momentos de sangre. Se la quitó frenético, tirándola a un lado con desesperación. Se quedó petrificado en su sitio un buen rato, con sus piernas temblándole, pero negándose a ceder. Sólo el retumbar de disparos cercanos lo despertó y lo forzó a moverse de nuevo.
Aunque no pareciera en un inicio tener un destino fijo, su cuerpo pareció saber por sí solo lo que debía hacer: ir a su despacho privado, en donde guardaba su teléfono satelital. Era quizás el único medio por el que podría comunicarse con el exterior; con Douglas, Albertsen, o quién sea que pudiera mandarles apoyo. Por supuesto, no se le había escapado la horrible posibilidad de que alguno de ellos pudiera estar también involucrado en todo eso; si Ruby Cullen lo estaba, nada más lo podría sorprender. Pero en una situación tan desesperada, no le quedaban muchas opciones.
La ventaja que tenía para poder moverse con mayor libertad era su tarjeta y huella dactilar, que le daban acceso a prácticamente cualquier puerta, sala y ascensor de la base, lo que le permitía moverse por rincones que esperaba que sus atacantes no conocieran. De esa forma logró subir por las escaleras de emergencia de un ducto secundario hacia el nivel del departamento científico.
Se horrorizó, sin embargo, en cuanto ingresó por los alguna vez limpios y puros pasillos blancos, encontrándose con un reguero de cuerpos. Pero estos eran, para su espanto, miembros de su propio equipo; hombres y mujeres de ciencia, no soldados entrenados para pelear, que habían trabajado con él hombro a hombro, alguno por años. Personas que dependían directamente de él, y que debería de haberlos protegido de alguna forma.
¿Así es como se sentía ser un capitán y presenciar a tus hombres caer a tus pies?
Sintió de nuevo que su cuerpo se desplomaría al piso, o que sería atacado en cualquier momento por una arcada. Respiró hondo para intentar calmarse lo más posible, y forzarse a avanzar con paso cauteloso por el pasillo, cuidando de no tocar ninguno de los cuerpos. Unas voces cercanas lo hicieron girar en otra esquina y dirigirse a su destino por el camino largo. El pasillo de su oficina estaba, por suerte, despejado por lo que pudo prácticamente lanzarse corriendo hacia su puerta. Por un momento intentó abrirla directamente, empujándola con su hombro, olvidando por completo la cerradura electrónica. Sus manos nerviosas rebuscaron de nuevo su tarjea, la colocó sobre al sensor a un lado de la puerta, y escuchó a los segundos como el cerrojo se abría; el sonido le pareció tan estridente que por un momento temió que alguien pudiera haberlo oído.
Colocó su mano en la manija y abrió la puerta con cuidado. Había apenas abierto una pequeña rendija de diez centímetros, cuando sintió el frío y duro cañón de una pistola justo contra la parte trasera de su cabeza.
—No se mueva —pronunció una voz fría a sus espaldas, y le pareció casi sentir el aliento de aquella persona picoteándole la nuca—. Y no hable…
Russel soltó un pequeño chillido de miedo. Alzó tímidamente sus manos temblorosas en señal de rendición, sujetando entre sus dedos de la derecha la tarjeta de acceso.
—Por favor… no lo hagas… —susurró entre tartamudeos nerviosos—. No sé lo que quieres, pero por favor, no lo hagas… No soy un soldado, soy sólo un científico. Todo lo que he hecho es por el bien de la humanidad…
Sus desvaríos no tenían sentido, y él lo sabía muy bien. Aun así, su boca parecía moverse sola, soltando aquel desesperado e inútil ruego de clemencia.
—Cállese —pronunció con severidad aquella persona, pero sin alzar de más la voz—. Entre a la oficina, ahora —le ordenó de forma tajante, empujando su cabeza con el arma.
Russel obedeció, avanzando hacia la puerta para abrirla por completo e internarse en las sombras de su propio despacho.
—Encienda las luces —le ordenó aquella persona a continuación, y Russel acercó sin chistar su mano hacia el interruptor, y todo el lugar se iluminó al instante de luz blanca.
Su despacho era relativamente pequeño, y en esos momentos bastante desordenado, aunque él afirmaba que las mentes creativas siempre se movían y trabajan en espacio caóticos como ese. Había papeles, libros, y discos regados por todas partes; incluso unas viejas cintas VHS amontonadas en una caja, y piezas de computadora en otra.
Russel escuchó la puerta cerrarse con fuerza a sus espaldas, y su cuerpo reaccionó con un sobresalto, casi como si aquello hubiera sido un disparo. Por suerte no fue así. Pero aún no podía sentirse seguro, pues aquella persona había entrado con él, y su pistola seguía pegada contra su cabeza.
—¿Qué es lo que quieren? ¿Por qué hacen esto? —se atrevió a preguntar, con la única pizca de arrojo que le fue posible.
—¿Se refiere a lo que ocurre allá afuera? —preguntó su captora, sonando incluso burlona al hacerlo—. No tengo idea de qué sea. Yo estoy aquí por otro motivo, y sólo aprovecho el momento.
Aquello lo desconcertó bastante. ¿Qué quería decir con aquello?
Sintió como el arma se apartaba de su cabeza en ese momento, y pareció ser suficiente indicativo de que podía bajar los brazos y darse la vuelta. Lo hizo con suma precaución, sin embargo, a la espera de que su captor le indicara en cualquier momento que se detuviera; no lo hizo. Al poder observar al fin a aquella persona, Russel se sintió aún más confundido.
Era una mujer increíblemente preciosa, tanto que estaba seguro de nunca haberla visto antes en esa base; no hubiera olvidado un rostro así jamás. Su piel era pálida y lisa como porcelana, adornada con algunos discretos lunares oscuros que casi parecían haber sido puestos sobre la superficie clara de su rostro de forma intencional. Su cabello castaño rojizo era brillante y sedoso, y sus rizos caían libres en sus hombros. Pero quizás lo más atrapante eran su par de ojos color miel, astutos e hipnotizaste. Usaba el saco azul de los soldados de la base, pero era claro que debajo de éste no traía el uniforme completo, pues se asomaban sus piernas cubiertas con unos ajustados pantalones oscuros.
A Russel no solían atraerle mucho las mujeres blancas, o más bien las mujeres en general. Pero esa chica en especial le pareció cautivadora por algún motivo que no supo interpretar, en especial dada la poco ortodoxa situación por la que cruzaba. Era evidentemente además que estaba fuertemente armada, no sólo por esa pistola con la que lo había apuntado hace un momento y que aún sujetaba con sus manos, apuntando con el cañón hacia la altura de las rodillas del científico.
—Es usted el Dr. Shepherd, ¿no es cierto? —preguntó aquella mujer, inclinando su cabeza hacia un lado.
—¿Quién eres tú? —respondió Russel por reflejo. Podría haberle negado que era él, pero supuso que sería inútil.
—No le interesa —escupió la extraña con sequedad, y volvió alzar su arma, apuntando ahora directo a la frente de Russel—. Me mandaron por usted, y vendrá conmigo. Y por lo que he visto, si acaso quiere salir con vida de aquí, no es que tenga muchas otras opciones.
—Si no estás con esas personas, entonces podemos ayudarnos —soltó Russel por reflejo—. Tengo un teléfono satelital especial que puede traspasar los inhibidores de la base. Con él podemos comunicarnos con el exterior y pedir refuerzos para que nos saquen de aquí.
La mujer lo miró con curiosidad, entornando un poco los ojos.
—¿Dónde está?
—En el cajón de mi escritorio —respondió señalando tímidamente con una mano hacia dicho sitio.
La mujer señaló con su cabeza hacia el escritorio, indicándole que podía acercarse. Russel se aproximó rápidamente hacia éste, y abrió el cajón superior de la derecha. Ahí se encontraba el artefacto, pequeño y rectangular, con una larga y gruesa antena.
—Aquí está —anunció entusiasmado, sacando el teléfono—. Sólo debo…
Antes de que pudiera terminar su frase, el ensordecedor estruendo del disparo cubrió la oficina entera, haciendo que Russel se sobresaltara. La bala que salió del arma de aquella mujer no lo tocó, pero estuvo bastante cerca pues impactó directo en el teléfono satelital que sujetaba hace un instante en su mano, volviéndolo pedazos de plástico y circuitos que cayeron al suelo como copos de nieva.
—Al parecer ahora sí soy su única opción, doctor —masculló la mujer con tono burlón—. Ahora muévase —prosiguió con mayor seriedad, apuntando con su cabeza ahora hacia la puerta—, que ese disparo pudo haber alertado a alguno de esos sujetos de afuera, y usted aún tiene que llevarme a un sitio antes de irnos.
—¿A dónde? —cuestionó Russel, aun temblando por el disparo.
—Al Nivel -20, a la sala 217.
Russel se sobresaltó atónito. Ese cuarto era en dónde estaba…
—¿Por qué ahí?
—Tampoco lo sé —exclamó la mujer, exasperada, y sin bajar su arma se le acercó rápidamente, lo tomó con agresividad de su camisa y lo jaloneó hacia la puerta—. Sólo me dijeron que debo llevarme lo que está en esa sala junto con usted. Así que ahora camine.
—Estás demente —farfulló Russel mientras avanzaba trastabillando hacia a puerta. Intentó resistirse un poco, pero aquella mujer era más fuerte de lo que parecía a simple vista—. Lo más seguro es que nos maten antes de poder llegar siquiera al ascensor.
—Entonces es bueno que lo tenga como escudo, doctor —rio la mujer con sorna, justo antes de abrir la puerta y prácticamente empujarlo con bastante agresividad hacia el pasillo—. Camine —le ordenó con rudeza, usando de nuevo su arma como incentivo.
Resignado, y quizás en ese momento ya no siendo capaz de controlar siquiera su propio cuerpo, Russel comenzó a avanzar justo en la dirección para ir a dónde esa mujer quería ir. Y mientras lo hacía, comenzaba a hacerse a la idea de que no saldría con vida de ese lugar.
— — — —
Grish Altur, otra agente al servicio de la Capt. Cullen, tenía una misión crucial en el ataque al Nido. Dicha misión la llevó a dirigir a su grupo hacia el nivel de las celdas de contención, uno de los niveles más peligrosos pues muy pocos conocían toda la clase de amenazas que el DIC tenía ahí cautivas. Por suerte, ellos iban en busca de sólo una de ellas en particular, aunque eso no impidió que tuvieran que abrirse entre los soldados apostados en ese nivel para proteger las diferentes celdas. Fue una tarea complicada, pero al igual que en el resto de la base, el factor sorpresa fue su carta fuerte. Además de ello, Grish era una experta tiradora, capaz de poner la bala en donde ponía el ojo, dos de cada tres veces, lo que les dio la ventaja de acabar con una cantidad grande enemigos en corto tiempo, y con la menor cantidad de bajas de su lado.
Usando su aguda estrategia, lograron avanzar con bastante rapidez hacia la sala en particular que buscaban. Había dos soldados apostados en ella, que al parecer ni siquiera al escuchar los disparos a la distancia se atrevieron a dejar su puesto; así de importante era lo que ahí guardaban. En cuanto vieron a Grish y su equipo aproximarse, no tardaron en abrir fuego, logrando alcanzar a uno de ellos, abatiéndolo. Golpe de suerte para ellos, pero no les duró mucho pues de inmediato Grish contraatacó con sólo dos disparos certeros, cada uno a la pierna derecha de alguno de ellos. Los soldados cayeron al suelo sobre sus costados, y el resto del su equipo no tardó en acribillarlos una vez estuvieron tirados.
Una vez todo estuvo tranquilo, Grish respiró hondo, y se tronó un poco su cuello para liberar un poco de tención. Centró su mirada entonces en la puerta que esos dos soldados custodiaban, marcada únicamente con un V y I, simulando el número 6 romano; justo como les habían dicho.
—¿Es aquí? —cuestionó Grish, un tanto escéptica por el hecho de que resultara tan sencillo.
—Es lo que la información de Kat dice —le informó uno de sus acompañantes, encogiéndose de hombros.
—Bien, andando entonces.
Tomaron rápidamente la tarjeta de seguridad de uno de los guardias caídos, y con ella abrieron la puerta del cuarto de control. Los cuatro ingresaron a la habitación, en donde el hombre de los controles ya los aguardaba con su arma en mano. Antes de que pudiera disparar aunque fuera una vez, Grish fue mucho más rápida y certera, acertándole un tiro justo en el centro de la frente, sin siquiera detenerse a apuntar. El soldado cayó hacia atrás abatido, de espaldas contra los controles.
Grish sonrió satisfecha, e incluso sopló contra el cañón de su propia arma de forma presuntuosa.
El grupo avanzó hacia la consola, y sin la menor ceremonia uno de ellos hizo a un lado al hombre muerto y tomó asiento frente a los controles para ingresar al sistema. Mientras tanto, Grish avanzó hacia el vidrio unidireccional que separaba ese cuarto del de al lado. Ahí, encerrada en aquel pequeño cubo transparente, se encontraba justo la persona que habían ido a buscar.
La mujer de cabellos rubios en mono anaranjado estaba de pie en el centro de la curiosa prisión, mirando expectante hacia los lados, como esperando que algo saliera de alguna de las esquinas del cuarto. Grish pensó por un momento que había oído los disparos, pero según las especificaciones que había leído, ese cubo debía ser a prueba de sonido, por lo que se suponía no debería ser capaz de escuchar nada desde ahí dentro, que no proviniera de la bocina interna.
¿Quizás de alguna forma “sentía” que algo estaba ocurriendo? Había pasado cinco años en campo rastreando y vigilando a varios UPs, y aún seguía sin entender cómo era que funcionaban con exactitud sus extraños poderes.
—¿Es ella? —comentó curioso uno de sus compañeros. Grish se limitó sólo a asentir como respuesta.
—No parece gran cosa —comentó otro de ellos con tono burlón.
—No se confíen —les advirtió Grish, volteando a verlos con severidad—. Después de todo, es quien hirió tan gravemente al Salvador.
—De seguro es sólo una exageración —señaló el primero que había preguntado. Grish no respondió, pues en verdad no estaba segura.
Aquello era lo que los rumores decían, aunque otros más le achacaban lo ocurrido a la tal Gorrión Blanco, la chica que el Dir. Sinclair y Shepherd habían despertado con su químico raro. Pero al igual que a la mayoría, a ella le resultaba difícil de creer que alguien fuera capaz de herir al Anticristo, incluso siendo un UP. Pero sin importar cómo hubiera sido, o quién lo había hecho, la realidad es que el chico había sido sometido y aprehendido, y ese era el motivo de toda esa operación.
Pero aunque ninguna de esas dos hubiera tenido algo que ver, ambas representaban un peligro, en especial esa mujer ante ella: Charlene McGee, la ballena blanca del DIC. Por lo mismo, ninguna de las dos podía ser dejada con vida. Y en el caso de la Sra. McGee, el maestro Neff tenía un papel específico para ella, lo que hacía que esa misión fuera en efecto tan importante.
Tras observar a la Sra. McGee un rato más, se giró y caminó hacia la consola, parándose a lado del hombre que había tomado de control de ésta, inclinándose para ver los monitores y los controles por encima de su hombro.
—¿Y bien?, ¿lo encontraste?
—Eso creo —respondió su compañero con seriedad—. Justo como nos dijeron, ese cubo es totalmente hermético, y el oxígeno es suministrado por el mismo conducto superior por el que pueden también llenarlo de sedante. Con este control de aquí podemos cortar el oxígeno por completo, y con este otro activar un extractor que se encargará de dejar el interior prácticamente al vacío. Con eso no tardará en asfixiarse.
—Hagámoslo entonces —propuso otro de ellos, uno de los hombres de negro de Armitage. Era obvio que estos mercenarios carecían de la disciplina y la paciencia requeridas de un agente como ellos, pero igual el hombre sentado en la consola pareció estar de acuerdo y se dispuso a hacerlo.
—Aguarda —le detuvo Grish, tomándolo sutilmente de su mano—. ¿Puedes abrir el canal de comunicación desde aquí? Quiero hablar con ella.
—¿Para qué? —cuestionó su compañero, confundido.
—Llámalo cortesía profesional —le respondió Grish de forma cortante—. ¿Puedes o no?
El hombre asintió, un tanto vacilante, y de inmediato pasó a revisar para buscar el control que los comunicaría con la bocina interna del aquella jaula. Grish aguardó paciente a su lado.
— — — —
En efecto, el cubo de plástico térmico que aprisionaba a Charlie era a prueba de cualquier sonido exterior que no proviniera de aquella bocina, por lo que en general se encontraba siempre envuelta en un profundo y muy molesto silencio. Y por consiguiente, no había como tal escuchado los disparos, gritos y golpes que venían de afuera de la sala. Aun así, había sentido una extraña y repentina sacudida que la había hecho levantarse de un salto de su camilla, y ponerse en alerta, a la espera de que alguien, o algo, aparecieran ante ella.
No era la primera vez que sentía algo así, pero sí había pasado bastante tiempo desde la última vez. Recordaba que de niña era más común para ella sentir la cercanía del enemigo a su acecho, derivado por supuesto por su Resplandor. Pero de adulta aquella habilidad había menguado bastante; de otra forma, quizás podría haber percibido a los atacantes en aquella bodega, antes de que le disparara a Kali, y quizás todo hubiera sido diferente…
Pero no tenía tiempo para hundirse en dichos pensamientos. No sabía qué era lo que sentía acercarse, pero sabía que era algo real, no un simple y normal presentimiento.
Su incertidumbre pareció ser recompensada en cuanto la bocina sobre su cabeza sonó, y de ella provino una voz de mujer que no le resultó conocida.
—Sra. Charlene McGee, debo decir es un placer conocerla al fin. Todos en el DIC hemos escuchado mucho de usted.
—¿Y tú quién eres? —preguntó Charlie con voz cautelosa—. ¿Qué está pasando allá afuera?
—Eso no tiene por qué preocuparle —le respondió aquella persona desconocida, y a Charlie le pareció percibir incluso algo de burla en sus palabras—. Pero le complacerá saber que su más grande sueño se está haciendo realidad mientras hablamos.
—¿Y eso es…?
—La destrucción del DIC, por supuesto —respondió la voz en la bocina sin más, dejando a Charlie un tanto desconcertada—. O, al menos, del DIC como lo conoce actualmente. Y le complacerá también saber que usted tendrá un papel crucial en ello, recordada por siempre como la culpable detrás de lo ocurrido el día de hoy. Todo un ejemplo para los que vengan después de usted.
—No entiendo ni una sola palabra de lo que dices —le respondió Charlie con brusquedad—. Así que si lo que esperas es que colabore con ustedes de alguna forma, tendrás que ser mucho más convincente.
La voz en la bocina soltó de pronto una fuerte y casi estridente carcajada.
—¿Colaborar? —exclamó aquella mujer de forma risueña—. Me temo que no ha comprendido. Al igual que todos los demás incautos de esta base, su sacrificio será necesario para poder lograr un propósito mayor. Regocíjese con ello.
Charlie se quedó aún más confundida con aquella afirmación, pero supo en lo más hondo de su ser que no era para nada algo bueno. Pero antes de que pudiera cuestionar más al respecto, la comunicación terminó.
— — — —
—Ahora sí, corten el suministro de oxígeno y asfixiémosla —ordenó Grish en la sala de control, una vez que su voz dejó de escucharse en el interior de aquel cubo. Su compañero en la consola no tardó en hacer justo lo que decía.
Primero cortó el oxígeno, y luego activó el extractor, cuyo fuerte zumbido sobre su cabeza no tardó en captar la atención de Charlie. No tardó tampoco en darse cuenta de que el al aire en el interior comenzaba a ponerse pesado, y que poco a poco le costaba más respirar, hasta incluso comenzar a sentirse mareada. Todo frente a los ojos observadores de Grish y los otros del otro lado del vidrio.
—Sólo queda esperar a que pierda el conocimiento —señaló Grish con cierta jactancia—. Y sin suficiente oxígeno ahí dentro, no la tendrá tan fácil para hacer sus trucos de fuego.
Parecía el plan perfecto, y todo gracias al Dir. Sinclair y la ingeniosa prisión que había diseñado para su archienemiga. Quizás le hubiera complacido saber que fue usada justo para lo que él esperaba, pero a esas alturas lo más seguro es que ya estuviera muerto, al igual que todos sus hombres.
El cuerpo de Charlie se tambaleó hacia un lado y se golpeó con fuerza el hombro contra una de las paredes transparentes. Luego cayó al suelo de rodillas y podría haberse desplomado por completo si no hubiera interpuesto las manos primero. Se quedó en cuatro, con su cabeza agachada y su cabello rubio cayendo sobre su rostro, mientras su cuerpo temblaba violentamente y se agitaba en sus esfuerzos casi sobrehumanos para jalar aire.
Parecía que todo terminaría más pronto de lo esperado…
De pronto, Grish y sus hombres vieron como la reclusa alzaba rápidamente su rostro, centrando sus intensos ojos directo en su dirección, casi como si fuera capaz de verlos a ellos directamente. Todos se estremecieron ante esta sensación, pero se forzaron a mantener la calma. Aunque esto no fue tan sencillo en el momento en el que contemplaron como la pared del cubo a la que Charlie miraba comenzaba a tornarse rojiza poco a poco, como una mancha voraz que iba creciendo y extendiéndose, hasta cubrir casi por completo las demás paredes.
—¿Qué está…? —murmuró uno de los hombres de Armitage, confundido, y al parecer algo preocupado.
—No teman —indicó Grish con voz neutra—. La División Científica creó esa jaula especialmente para resistirla. No logrará más que calcinarse viva a sí misma.
Todos guardaron silencio, contemplando el extraño fenómeno que ocurría ante ellos, sin comprender del todo el alcance de éste, Aunque ninguno estaba ahí físicamente, de alguna forma podía sentir como la temperatura del interior del cubo aumentaba exponencialmente, mientras esas paredes se tornaban más rojizas y brillantes, como lava hirviendo. El oxígeno en el interior pareció ser suficiente para que el calor tan intenso prendiera en llamas la cama, el lavado, e incluso las ropas de Charlie; aun así, ésta no se movió, ni siquiera pestañeó aunque estuviera cubierta de fuego. Fue una escena impactante y algo grotesca de ver.
De un momento a otro, toda la superficie del cubo estaba totalmente impregnada de ese intenso calor, y para su sorpresa éste pareció traspasar los muros y comenzar a afectar el exterior. Vieron como el suelo y el cristal unidireccional comenzaban a desquebrajarse, y las cámaras comenzaron a explotar.
Y entonces comprendieron que en efecto, algo no estaba bien.
—¡¿Qué demo…?! —exclamó Grish alarmada, dando instintivamente un paso hacia atrás. Vaciló un momento antes de ordenarles a sus hombres que salieran de la sala. Y para cuando se decidió a hacerlo, ya era tarde.
—¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAH!! —escucharon como Charlie gritaba con todas sus fuerzas, resonando como un fuerte rugido, a pesar de que no deberían poder escuchar nada del interior de esa cosa. Y un instante después, fueron testigos de cómo aquella prisión transparente estallaba por completo en una tremenda explosión que lo sacudió todo.
El vidrio se rompió en cientos pedazos, y Grish y sus hombres fueron golpeados de frente por una fuerte onda expansiva de calor, fuego, y escombros que los lanzó por los aires, y cubrió todo de rojo.
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La sacudida de la explosión provocada por Charlie fue tan grande, que incluso estando dos niveles arriba, Russel y Mabel lograron sentirla en su camino a los ascensores. Fue como un pequeño temblor bajo sus pies, mismo que casi hizo que el Dr. Shepherd cayera al suelo, sino fuera porque se logró sostener rápidamente del muro.
—¿Qué fue eso? —pronunció nervioso, mirando con aprensión a su alrededor.
—Ni idea… —susurró Mabel con seriedad, observando de reojo hacia sus pies. Había venido de abajo, eso lo tenía seguro. Pero lo único que a ella le interesaba es que fuera en un nivel diferente al que se dirigían—. No se distraiga —exclamó con rudeza, al tiempo que empujaba a su acompañante con una mano para obligarlo a seguir caminando. Russel no tuvo más remedio que así hacerlo.
Ciertamente a Mabel le preocupaba que quienes fueran estas personas intentaran algo más extremo, como volar toda esa base en pedazos antes de que pudiera salir. También le causaba curiosidad saber a qué se debía todo ese caos, y cómo era además que Verónica sabía que esto ocurriría. ¿Acaso eran personas que trabajaban ara Thorn? De ser así, estaba convencida de que eso sólo la pondría en más peligro.
Pero ella tenía una carta bajo la manga, y es que no era más la misma Doncella que el mocoso de Thron habían conocido; no desde que consumió el vapor de Rose. Así que si ese paleto o sus sirvientes intentaban algo en su contra, se llevarían una amarga sorpresa.
Tras dar la vuelta en una esquina, se encontraron de frente con dos soldados con uniforme del DIC que caminaban en su dirección contraria.
—¡Oigan! —gritaron los dos con fuerza, alzando sus armas hacia ellos.
Russel imploró al cielo (cosa que casi nunca hacía) para que fueras soldados reales del DIC y no alguno de estos infiltrados. Pero en cuanto le pareció más que evidente que se preparaban para abrir fuego en su contra, esa esperanza murió rápidamente.
Sin embargo, antes de que alguno pudiera jalar el gatillo, Russel miró sorprendido como ambos bajaban sus armas de golpe, y sus miradas se volvían perdidas y distantes, como si observaran fijamente algo sumamente interesante. Y unos segundos después, sin que las expresiones de sus rostros se mutaran ni un poco, alzaron de nuevo sus rifles, pero en esa ocasión no hacia Russel y su captora, sino que se giraron y apuntaron el uno al otro, con los cañones de las armas casi pegadas a sus pechos.
—¡Alto!, ¡no se muevan! —pronunció en alto uno de ellos como una advertencia—. ¡Dije alto!
—¡Dispáreles!, ¡ahora! —exclamó con potencia el otro, y ambos jalaron sus gatillos al mismo tiempo.
Y mientras en sus mentes de seguro abrían fuego contra algún enemigo que se les aproximaba, la realidad es que terminaron disparándose entre sí, perforándole el pecho a su compañero con una pequeña ráfaga de balas. Ambos cayeron hacia atrás, desplomados en el piso.
Russel se sobresaltó, atónito al presenciar esto. ¿Eso había sido caso…?
Miró lentamente sobre su hombro, en el momento justo para contemplar cómo Mabel observaba fijamente en dirección a los dos soldados muertos. Y, en especial, notó el singular e intenso brillo plateado que adornaba sus ojos; un brillo muy particular que él ya había visto antes.
—No puede ser —susurró despacio—. ¿Eres una UX?
Mabel volteó a mirarlo, y un segundo después el brillo de sus ojos se esfumó, volviendo a su color miel habitual.
—No sé de qué está hablando —le respondió con dureza—. Pero usted no entendería jamás lo que yo soy.
Russel decidió no decirle que en realidad conocía bastante bien lo que era ella; quizás demasiado bien, pues había dedicado una parte de su carrera ahí en el DIC a intentar comprender lo mejor posible la naturaleza casi sobrenatural de dichos seres, sin mucho éxito de momento… salvo quizás por lo que se ocultaba en la habitación 217 del nivel -20; justo a dónde ella quería que la llevara.
Mabel volvió a empujarlo para que siguieran avanzando, y recorrieron el corto tramo que los separaba de los ascensores.
—Use su tarjeta —le ordenó pegando el cañón del arma contra su nuca. Russel obedeció, pasó su tarjeta por el sensor del ascensor, y luego lo mandó a llamar. Éste no tardó en llegar a su nivel, y las puertas se abrieron ante ellos—. Entre, ahora.
—No sabes lo que hay ahí abajo —intentó explicarle Russel con desesperación—. En verdad estás cometiendo un error…
—Ya veremos —sentenció Mabel con dureza, y no tardó en empujar de forma casi violenta al científico hacia el interior del ascensor, que trastabilló y casi cayó al suelo de éste. Y tras obligarlo a volver a usar su tarjeta, ahora en el panel dentro del ascensor, e introducir el código de seguridad, hizo que comenzaran a bajar rápidamente hacia el nivel -20.
— — — —
Cuando Grish logró abrir de nuevo los ojos, lo único que vio fue rojo, y el brillo incandescente de las llamas que la rodeaban. Su calor además le golpeaba la cara, y sentía el aire quemándole la garganta en cuanto intentó aspirar aunque fuera un poco a sus pulmones. Estaba tirada en el suelo, mareada y confundida. Intentó gritar para llamar a alguno de sus compañeros, pero de su garganta no lograron salir más que unos cuantos gemidos, seguidos de unos borbotones de sangre que se le acumularon en la boca y escurrieron en su barbilla.
Giró su cuello como pudo a su alrededor, pero sólo vio escombros y más fuego, hasta que logó distinguir la cara desfigurada de uno de sus hombres a unos metros de ella, con la quijada desencajada tras un fuerte golpe, sus ojos desorbitados mirando a la nada, y la mitad de su cuerpo sepultado tras grandes trozos de concreto y hierro. Más atrás, entre el humo y las ondas de calor, le pareció distinguir las piernas de alguien más… pero nada más.
En ese momento, de alguna manera lo supo: todos estaban muertos, excepto ella… Y, en realidad, no era que su caso fuera mucho mejor, pues lo peor vino en el momento en el que hizo el vano intento de levantarse. En cuanto intentó mover el torso, un agudo y paralizante dolor la detuvo, y la hizo desplomarse de nuevo al suelo, al tiempo que soltaba al aire un ensordecedor grito.
Miró de reojo hacia su lado derecho, el punto en donde aquel dolor se había originado, y distinguió con horror la causa: un enorme pedazo transparente, de seguro perteneciente a alguna de las paredes de la prisión en forma de cubo, insertado tan hondo en su hombro derecho que casi le había rebanado el brazo entero, y ahora sólo se mantenía unido a ella por la gracia de unos cuantos ligamentos y músculos, como las hebras descocidas de un manga. No sangraba, pues aquel pedazo de seguro había estado tan caliente cuando la atravesó que le había cauterizado la herida el instante. Pero eso, por supuesto, no hacía nada para mitigar su espanto.
Volvió a intentar gritar en busca de ayuda, pero de nuevo su voz no le funcionó. Intentó arrastrarse hacia un costado con ayuda de su brazo bueno, pero cada movimiento, cada respiración, se volvió un suplicio.
De pronto, entre las llamaradas y el humo, logró distinguir la silueta de alguien que se aproximaba en su dirección. No veía con claridad de quién se trataba, pero no le importaba; quien quiera que fuera, le gritó desesperada por ayuda, o al menos en su mente creía estarle gritando. Pero su voz, tanto interna como externa, se calló de golpe en cuanto aquella persona se abrió camino entre las llamas y apareció de cuerpo entero ante ella.
Era ella, la mujer del cubo: Charlene McGee, casi totalmente desnuda, con apenas unos retazos carbonizados que en algún momento pertenecieron a su traje de prisionera, pero que no le cubrían prácticamente nada. Pero en su piel desnuda y expuesta, no había ni una sola marca de quemadura, ninguna herida, ningún golpe; estaba perfecta, con sus cabellos rubios agitándose como si se movieran al ritmo de las ondas de calor, y sus ojos brillando intensamente por el reflejo de las llamas en ellos, pero casi pareciendo como si en verdad dichas llamas provinieran de sí misma.
¿Cómo había sobrevivido a tal explosión sin un rasguño? ¿Cómo podía haber causado todo eso con su sola mente? No podía ser humana… Tenía que ser un monstruo…
Una oleada de terror, pero también de ira, inundó el cuerpo de Grish en ese momento, mientras observaba a aquella mujer ante a ella.
—Mal... dita… —masculló, su voz surgiendo de ella rasposa y dolorosa. Aproximó a tientas su mano izquierda en busca del arma en su costado, y en cuanto la sintió entre sus dedos, se sobrepuso a todo el dolor y la debilidad y la alzó hacia ella.
Charlie, al ver la pistola, se lanzó rápidamente hacia ella como una fiera.
Grish Altur, una de las mejores tiradoras del DIC, que daba en el blanco cada dos de tres veces, talento que le había hecho ganar muchas condecoraciones y elogios durante todos sus años de servicio… Pero en ese, que fue quizás el disparo más importante de toda su vida, las circunstancias extremas obviamente la llevaron a fallar… La bala pasó a un costado de la cabeza de Charlie y siguió de largo, logrando a lo mucho arrancarle uno de sus mechones rubios.
Un instante después de haber dado ese último disparo, Grish sintió como el arma se calentaba de golpe, quemándole entera su palma y obligándola a soltarla. Al segundo siguiente, Charlie se lanzó sobre ella, y la tomó con fuerza de la cabeza, azotándola contra el suelo; un charco de sangre se formó justo debajo de ella, pero Grish aún siguió lo suficientemente consciente para forcejear e intentar quitarse a su atacante de encima. Charlie tomó su cabeza firme entre sus manos, se enfocó entera en ella, y al segundo siguiente Grish sintió como toda su cara comenzaba a calentarse, subiendo de temperatura exponencialmente cada segundo.
Ahora sí fue capaz de gritar muy, muy fuerte, pero los gritos, y el dolor que los ocasionaban, no duraron mucho. La cabeza de la agente prácticamente explotó, presa de la enorme presión que se acumuló dentro de ella debido al calor, y entonces su cuerpo se quedó totalmente flácido e inmóvil debajo de Charlie. Ésta se quedó aún unos momentos quieta, sujetándola firmemente como si temiera que se fuera a mover en cualquier momento. Cuando fue evidente que eso no pasaría, dejó escapar un largo resoplido exhausto, y se dejó caer de costado a un lado del cuerpo.
Sentía que la cabeza le dolía horriblemente, y todo el resto de su cuerpo no se quedó atrás. Tenía claro que si acaso se atrevía a cerrar los ojos, aunque fuera un instante, muy seguramente se quedaría dormida; y eso era un lujo que no podía darse en esos momentos.
—Estoy demasiado vieja para esto… —murmuró despacio para sí misma con voz débil.
Se forzó a alzarse de nuevo, y le echó un vistazo más cuidadoso a la mujer a la que acababa de calcinarle el cerebro. O, más específico, miró con más cuidado sus ropas. Era un uniforme del DIC, en específico de sus agentes de campo; Charlie los conocía bien, pues habían sido sus principales perseguidores en los últimos años. Y si echaba un vistazo rápido al resto de los cadáveres en esa sala en ruinas, terminaría viendo que al menos un par más de ellos usaban los uniformes azules de los soldados de la base.
«¿Qué demonios está pasando?» se cuestionó totalmente perdida.
Su primera conclusión hubiera sido que Lucas los había enviado para matarla al fin, pero no tardó mucho en darse cuenta de que aquello no tenía sentido. Ya la tenía cautiva y en su poder; no tenía que hacer todo eso para deshacerse de ella. Además, estaban las cosas que esa mujer había dicho, y que hacían parecer que lo que hacía, no lo hacía por órdenes de alguien del DIC. Pero, entonces, ¿de quién…?
«¿Thorn?» pensó un tanto sorprendida, como un pensamiento que la golpeaba repentinamente, sin razón aparente. Pero era lo que parecía que tenía más sentido; todo ese desastre de alguna forma tenía que ver con él.
Fuera lo que fuera, no podía permitirse perder más el tiempo en ese lugar.
Rápidamente, y sin mucha delicadeza cabe decir, comenzó a despojar a Grish de cada una de sus prendas.
FIN DEL CAPÍTULO 149
Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 148. Ataque a Traición
Resplandor entre Tinieblas
Por WingzemonX
Capítulo 148. Ataque a Traición
—…Es momento de mirar al cielo para contemplarlo mejor —pronunció aquella voz de mujer desde la radio en el cinturón del Sgto. Schur—. Buenas tardes.
Y justo entonces, todo volvió a quedar en silencio. Lisa, Cody y Lucy miraban fijamente al soldado, esperando algún tipo de explicación, si es que acaso había alguna que pudiera (o quisiera) compartirles. Francis, por su parte, sólo miraba la radio en su mano, a todas luces tan confundido como ellos.
—¿Y eso qué fue? —se atrevió Lisa a preguntar, parándose de su silla y dando un paso hacia él—. ¿Algún tipo de código? ¿Ocurrió algo?
Francis negó con la cabeza, pero fue la única seña que se permitió mostrar que indicara que no tenía idea de lo que había sido ese extraño mensaje. Desde el inicio había reconocido la voz de Kat, la secretaria del Capt. McCarthy, pero fuera de eso no tenía idea de qué podían significar esas palabras que había pronunciado. No concordaba con ninguno de los códigos que solían usar.
Si se trataba acaso de algún tipo de broma, alguien estaría en graves problemas, pues ese tipo de mensajes masivos debían ser usados únicamente en una situación de emergencia general. Sin embargo, le era difícil imaginar a la señora Kat prestándose para algo como eso.
Lo único que podía hacer de momento era buscar a alguien que pudiera darle cualquier tipo de explicación.
—Aquí el Sgto. Schur —pronunció con firmeza a la radio por el canal abierto—. ¿Alguien podría explicarme qué fue ese mensaje de hace rato? Cambio.
Aguardó unos segundos, a la expectativa de escuchar la voz de cualquiera al otro lado. Sin embargo, lo único que pudo percibir fue el silencio.
—Aquí el Sgto. Schur, ¿alguien me escucha? Cambio —volvió a intentar, obteniendo el mismo resultado. Aquello estaba tornándose aún más extraño.
Mientras tanto, desde la otra habitación, Gorrión Blanco los observaba a través del cristal, igualmente esperando que el sargento obtuviera alguna explicación, pues ella misma se sentía perdida. El mensaje también se había transmitido por las radios de los dos soldados que la acompañaban en la habitación, y tampoco tenía la menor idea de qué podría tratarse.
—¿Qué estará pasando? —musitó con preocupación, cruzándose de brazos—. ¿Alguno de ustedes lo sabe? —preguntó junto después, girándose sobre su hombro hacia los otros dos soldados.
Estos, sin embargo, sólo la miraron de soslayo con expresiones duras y desdeñosas, sin proporcionarle ningún tipo de respuesta. Esto por supuesto no agradó ni un poco a Gorrión Blanco.
—De acuerdo… —susurró la chica de malagana, y se giró de nuevo hacia el otro cuarto.
Aquello le molestó, pero en el fondo sentía que no tenía derecho a quejarse del mal trato de sus supuestos compañeros. El Sgto. Schur mismo le había advertido tras lo ocurrido en el bosque que sus acciones tendrían consecuencias, y no era que antes de eso la trataran mucho mejor.
Sin embargo, la verdad era que la situación iba a mucho más que eso.
Mientras Gorrión Blanco miraba hacia el otro cuarto, los dos soldados se miraron el uno al otro de reojo. Sin pronunciar palabra alguna, se dijeron que sus solas miradas lo suficiente, y cada uno lo dejó aún más claro con un discreto asentimiento de sus cabezas.
De pronto, de un movimiento rápido, uno de los soldados alzó su rifle, lo apuntó directo a la cabeza de Gorrión Blanco, y jaló el gatillo…
No obstante, desde el momento justo en el que dicha acción se convirtió en un pensamiento consciente en la mente de aquel hombre, Gorrión Blanco sintió como dicha idea la golpeaba con fuerza desde atrás, mucho antes de que la bala saliera del cañón. Durante las primeras facciones de tiempo, no logró entender con claridad qué era aquello, e incluso pensó por un momento que sería atacada por otra de esas violentas visiones. Pero en lugar de eso, su cuerpo se estremeció y se tensó, y una parte inconsciente de ella tuvo la claridad suficiente para reaccionar antes de que la consciente lo hiciera.
Gorrión Blanco se giró rápidamente en el instante mismo que la dedo del soldado presionaba el gatillo. Y antes de que el estruendo del disparo llegara a los oídos de cualquiera, sus poderes ya se habían encendido. Y la bala, que en un momento se dirigía directa hacia su cabeza, se desvió abruptamente, dibujando una curva y pasando a escasos centímetros del rostro de Gorrión Blanca. El proyectil siguió su curso, atravesando el vidrio, desquebrajándolo y dejando detrás un agujero.
La bala siguió hacia el otro cuarto, estrellándose contra el muro justo detrás de Cody y Lucy, aunque casi un metro por encima de sus cabezas. Lucy soltó un chillido de espanto al escuchar el estruendo del disparo y el vidrio, mientras que Cody y Lisa tuvieron el reflejo de agacharse, alarmados. Francis, por su parte, reaccionó rápidamente dirigiendo una mano hacia su arma para desenfundarla de un tirón.
Los cuatro desconocían lo que había ocurrido en el otro cuarto, y que en realidad aún estaba ocurriendo.
Gorrión Blanco se volteó atónita hacia los soldados, notando como el primero se disponía a volver a disparar, y el segundo igualmente alzaba su rifle. Gorrión Blanco reaccionó, y por reflejo empujó con violencia al primero de los soldados hacia atrás, haciéndolo chocar contra el muro con tanta fuerza que al momento siguiente cayó al suelo, al parecer inconsciente.
El otro soldado no perdió el tiempo y de inmediato disparó. Gorrión Blanco volvió a desviar la bala hacia el vidrio, haciendo que gran parte de éste volara en pedazos. Y antes de que pudiera dar un segundo disparo, Gorrión Blanco le arrancó con sus poderes el arma de las manos, lanzándola hacia un lado. El soldado, sin embargo, no se rindió ni perdió el tiempo, y de inmediato sacó de su cinturón un cuchillo y se lanzó hacia ella, acompañado de un grito de guerra. Gorrión Blanco se sobresaltó al ver esto, y su reacción inmediata fue similar a lo que había hecho con las balas, desviando al soldado con todo y su impulso hacia un lado lejos de ella, y haciendo que atravesara lo poco que quedaba del vidrio que separaba ese cuarto del de interrogatorios.
El cuerpo del soldado cayó en la habitación contigua y rodó por el suelo. Cody rápidamente se paró y atrajo a Lisa hacia sí, e hizo que ambos se apartaran del soldado. Lucy, por su parte, se había escondido por reflejo debajo de la mesa luego del segundo disparo.
—¿Qué rayos…? —exclamó Lisa atónita, mirando sobre el hombro de Cody al hombre en el suelo.
Francis, sin embargo, no tardó en alzar su pistola y apuntarla directo a la aparente atacante, que ya sin prácticamente nada de vidrio entre ellos la tenía directamente en la mira.
—¡No te muevas, Gorrión Blanco! —gritó el sargento con fuerza, su dedo listo para disparar a la menor provocación.
Gorrión Blanco se sobresaltó y se giró a mirar a Francis en cuanto escuchó su grito. No tardó mucho en entender lo realmente sospechoso que podía verse todo aquello desde su perspectiva.
—No, sargento —susurró la joven mujer con preocupación, alzando sus manos en señal de paz—. No es lo que cree…
—¡Nos atacó sin motivo! —espetó de pronto el soldado en el suelo, aún consciente pero adolorido al parecer—. ¡Dispárele!
—¡No!, ¡no es cierto! —exclamó Gorrión Blanco rápidamente con fuerza—. Ellos quisieron dispararme a mí de repente, y no sé por qué.
—No la escuche —insistió el soldado en el suelo, haciendo ademán de querer levantarse un poco—. Ha perdido el control como lo hizo en aquel quirófano. Nos matará a todos si no la detiene ahora.
—No es cierto —recalcó Gorrión Blanco, su palabras resonando casi como un sollozo—. Sargento, por favor… Tiene que creerme.
Francis se mantenía firme y quieto en su posición, sus manos fuertemente aferradas a su arma, y su dedo tenso contra el gatillo. Apenas y giraba los ojos para intercalarlos entre el soldado y Gorrión Blanco. Algo muy raro estaba pasando ahí, eso más que claro. Pero lo importante era: ¿quién decía la verdad? Gorrión Blanco parecía sincera, y la forma en la que lo miraba con sus ojos bien abiertos y consternados así se lo hacía sentir. Pero, ¿por qué mentiría uno de sus hombres? ¿Era una venganza por lo ocurrido en el bosque?, ¿o en el quirófano? ¿Serían capaces de llegar tan lejos por eso?
O, quizás, ¿se trataba de otra cosa…? ¿Tenía algo que ver ese extraño mensaje de hace un rato?
Todo ocurría muy rápido, y Francis sabía que tenía que reaccionar y hacer algo. Mientras se debatía, su mirada se fijó detrás de Gorrión Blanco, donde el primero de los soldados se ponía de pie lentamente, manteniendo su cuerpo agachado como no queriendo llamar demasiado la atención. Y sin decir nada, levantó su arma y apuntó de nuevo con ella directo hacia la muchacha.
Francis reaccionó por mero reflejo, casi como si su cuerpo hubiera tomado por su cuenta la decisión de moverse. Desvió rápidamente su arma de Gorrión Blanco hacia aquel otro soldado, y en menos de un segundo lo tuvo en la mira y jaló el gatillo. El disparo fue certero y directo, cruzando el aire directo contra la frente del soldado. Gorrión Blanco no tuvo el reflejo de desviar la bala, pues supo por algún motivo que no iba dirigida a ella, y ésta atravesó limpiamente la cabeza del hombre a sus espaldas. El soldado se desplomó hacia atrás, dejando una explosión de sangre en el muro a sus espaldas. Gorrión Blanco se giró a mirarlo, entendiendo rápidamente lo que había ocurrido.
Al instante siguiente, el soldado en el suelo se puso rápidamente de pie, al parecer mucho menos afectado por el golpe de lo que aparentaba hace un momento, y se lanzó contra el Sgto. Schur con su cuchillo en mano. Éste se giró rápidamente hacia él para dispararle también, pero no fue necesario. Gorrión Blanco se encargó de él, empujándolo con su telequinesis contra el muro con una tremenda fuerza. El cuerpo del soldado se estampó de cabeza contra la pared, rompiéndole el cuello al instante.
Su cuerpo se desplomó al suelo, a sólo unos cuantos metros de Lisa y Cody; éste último se apresuró a desviar el rostro de su novia hacia otro lado para que no lo viera, aunque ya fue tarde para ello.
—¡¿Pero qué carajos está pasando aquí?! —exclamó Lucy aterrada, saliendo temblorosa de debajo de la mesa.
La respuesta inmediata de Francis a su cuestionamiento fue volverla la siguiente en la mira de su pistola, lo que dejó a la rastreadora totalmente helada en su posición.
—¿Alguno de ustedes es responsable de esto? —cuestionó con voz firme y aguerrida, y turnó su arma de Lucy hacia Cody—. Más vale que no me mientan.
—Si se refiere a si alguno hizo que esos hombres los atacaran, le aseguro que ninguno de nosotros puede hacer algo así —respondió Cody con la mayor seguridad que le fue posible.
—Ellos no fueron, de eso estoy segura —intervino Lisa con aprensión, apoyada aún contra el pecho de su novio.
—Yo también les creo —replicó Gorrión Blanco, notándosele ligeramente agitada—. Esos soldados se pusieron raros luego de que ese mensaje se escuchara en las radios.
Francis guardó silencio, mientras meditaba en todo lo que le decían. Ese extraño mensaje de nuevo, definitivamente tenía que ver con todo eso, sólo que no tenía claro cómo. No significaba nada para él, pero definitivamente significaba algo para esos dos, si con tan sólo escucharlo habían decidido atacarlos.
Y entonces una preocupante revelación le cruzó por la mente en ese momento. Si mandaron ese mensaje por la línea de emergencia, no sólo habría sonado en sus radios, sino en todos los de la base. ¿Y si había más atacantes allá afuera…?
—Algo muy raro está pasando —concluyó con seriedad, al tiempo que bajaba y guardaba de nuevo su arma—. Debemos buscar al Capt. McCarthy o al Dir. Sinclair.
Sacó entonces de su bolsillo unas llaves y se aproximó a Lucy y Cody para retirarles las esposas que aprisionaban sus muñecas.
—Ustedes tres, vengan conmigo y no se separen —ordenó con severidad.
—¿Ir?, ¿ir a dónde? —inquirió Lucy con angustia—. ¿No sería mejor quedarnos aquí?
—Si quieres quedarte aquí sola con dos cadáveres, adelante —señaló Cody, al tiempo que se dirigía a la puerta abrazado de Lisa.
—Buen punto —susurró Lucy con resignación, y entonces no tardó en ponerse en camino también.
—Quédate cerca de mí —le susurró Cody a Lisa, pegándola un poco más contra él. Ella sola asintió, incapaz de decir mucho más. Su cabeza daba bastantes vueltas tras ese giro tan repentino y extraño de las cosas. ¿Qué estaba pasando realmente?
Gorrión Blanco también salió de la sala contigua, y los cinco se reunieron el pasillo, comenzando a marchar juntos en dirección a los elevadores.
— — — —
El mal presentimiento de Francis no sólo resultó ser acertado, sino que la realidad era incluso peor de lo que el sargento había imaginado.
El quirófano 06 y la sala de interrogatorios no eran los únicos sitios del Nido en el que se había disparado aquella locura. El mensaje de Kat en los radios y altavoces había sido captado por toda la base entera, y en diferentes puntos de ésta el tiroteo se había desatado en un abrir y cerrar de ojos. De la nada, hombres y mujeres sacaban sus armas, y sin aviso ni ceremonia alguna le disparaban a su compañero a su lado. En la salas de entrenamiento, en los hangares, en incluso en la cafetería… Los traidores, activados por aquel aviso, comenzaron a abrir fuego contra cualquiera que no estuviera con ellos.
Sus órdenes eran claras: no dejar a nadie con vida.
Desde su posición aguardando en la colina, Mabel la Doncella fue también testigo de esto. Por supuesto, ella no tenía como escuchar aquel mensaje, y mucho menos saber la dimensión de todo lo que ocurría ahí dentro. Lo que observaba detenidamente por la mira de su rifle en el momento que todo comenzó, fue a los dos guardias de pie frente a la entrada lateral de aquel monte, firmes e inmóviles como estatuas hasta que algo en sus radios pareció captar su atención. Luego se miraron el uno al otro, y se encogieron de hombros.
Mabel arqueó una ceja, intrigada. Algo estaba pasando, lo presintió aunque no tuviera claro qué de momento.
Uno de los soldados se alejó unos pasos de su compañero y acercó su radio a su boca para hablar con él. Mientras lo hacía, Mabel notó como a sus espaldas el otro soldado desenfundaba su pistola, apuntaba con ella hacia la parte posterior de la cabeza de su compañero, y jalaba el gatillo sin miramientos. El cuerpo del soldado abatido se desplomó al frente, soltando su radio al suelo.
—¿Qué? —exclamó en voz baja, estupefacta.
El soldado que había disparado guardó de nuevo su arma, y sin más caminó con calma hacia el interior de la base, dejando afuera el cadáver del otro.
—¿Y eso qué rayos fue? —susurró Mabel aún aturdida por aquel suceso tan abrupto. Su primer pensamiento fue que había sido algún tipo de control mental, pero había visto a bastantes paletos actuando por obra del control mental de alguien, ella misma incluida, como para reconocer que aquello había sido hecho como completa consciencia.
Permaneció en su sitio un rato, indecisa entre si debía acercarse o no.
«Si esa no fue la distracción, no sé qué será» concluyó tras unos momentos. «Pero mejor me muevo con cuidado»
Rápidamente se paró, se colgó su rifle al hombro, y comenzó a descender con cuidado por la ladera hacia la entrada, mirando seguido a su alrededor esperando ver a cualquier otro soldado más que listo para dispararle. De momento todo parecía despajado.
Avanzó hasta el soldado caído, se agachó a su lado y lo revisó. En efecto, estaba bastante muerto, aunque no era que le hubieran quedado muchas dudas. Tomó su arma corta y le retiró como pudo su chaqueta y su boina, para así intentar camuflarse un poco; hacerse del uniforme de alguno de los soldados había sido una de las sugerencias que Verónica le había dado. También le Esculcó además sus bolsillos y los comportamientos de su cinturón, buscando lo otro que Verónica le había sugerido conseguir en cuanto pudiera: una tarjeta de acceso, que le permitiría usar los elevadores.
Cuando ya tuvo todo lo que ocupaba, se puso de pie, y en ese instante el eco de disparos viniendo del interior la hizo estremecerse, e intentar ocultarse un poco tras el muro de piedra a sus espaldas. Respiró hondo y tomó su rifle con firmeza en sus manos. No entendía aun lo que se encontraría ahí adentro, pero era claro que no sería nada agradable.
Los disparos se disiparon tras unos segundos, por lo que se dispuso a introducirse de inmediato. Un instante antes de hacerlo, sin embargo, algo sobre su cabeza la distrajo. Al mirar hacia arriba, pudo notar como por encima de los árboles se materializaban las figuras de al menos tres helicópteros negros, que se abrían paso con rapidez en dirección a la montaña.
—¿Y ahora qué? —exclamó Mabel, aturdida y quizás algo frustrada.
Lo que fuera, no tenía tiempo para eso, así que lo ignoró y corrió con todas sus fuerzas hacia el interior de la base. Tenía una misión que cumplir.
— — — —
Los tres helicópteros desconocidos se aproximaron a la base sin que nadie se percatara de ellos hasta que estuvieron en el rango de visión del personal de pista. ¿Por qué nadie había dado aviso? ¿Y por qué no se habían activado las armas antiaéreas ante su proximidad?, ¿acaso alguien las había desactivado?
¿Acaso aquel raro mensaje que había sonado en las radios tenía algo que ver con aquello?
Intentaron contactar con alguien que pudiera darles cualquier tipo de información, pero ni el Capt. McCarthy ni nadie más les respondía. Ante este silencio, los soldados en la pista de aterrizaje no tuvieron más remedio que dejar de preguntar y en su lugar actuar. Desde su perspectiva aquellas eran tres naves desconocidas invadiendo el espacio aéreo de la base, y sólo había una respuesta posible a ello.
—¡Atención todos!, ¡abran fuego! —ordenó el cabo en la pista, y de inmediato todos los hombres alzaron sus rifles y comenzaron a disparar hacia los helicópteros. Las balas rebotaron en el fuselaje oscuro, causando pequeñas chispas. Y cuando los helicópteros estuvieron lo suficientemente cerca, no tardaron en responder el fuego apuntando las ametralladoras que tenían postradas en su parte inferior hacia la pista.
Una tremenda lluvia de balas comenzó a caer a trompicones, agujerando el suelo de concreto, destruyendo cajas, y abatiendo al instante a la mayoría de los soldados y personal en la pista. Los que lograron sobrevivir esa primera oleada, entre ellos el cabo que había dado la orden, lo hicieron refugiándose bajo el cobijo de la entrada principal de la base, cerca de los elevadores. Desde su escondite, vieron como un número considerable de hombres armados en trajes y máscaras negras comenzaban a descender de los helicópteros ayudados de cuerdas, agrupándose en la desolada pista entre los cadáveres de sus compañeros caídos.
—¡Necesitamos ayuda! —insistió con agitación el cabo en su radio—. ¡Nos están invadiendo! Repito, nos están…
En ese momento escuchó como los elevadores a sus espadas sonaban, y dos de ellos se abrían casi al mismo tiempo. De estos salieron presurosos un grupo de al menos siete soldados, encabezados por un hombre pelirrojo de ojos verdes, a quien el cabo reconoció como el Tte. Johan Marsh, la mano derecha de la Capt. Cullen, vistiendo ese distintivo abrigo y boina verde.
«Bien, refuerzos» pensó aliviado el cabo. No eran muchos, pero en conjunto de seguro podrían hacer algo hasta que llegaran más.
Al virarse a ver a los invasores, estos ya estaban en tierra, y avanzaban hacia ellos con sus armas en alto.
—¡Rápido!, ¡tenemos que evitar que entren a la base! —gritó el cabo con fuerza, alzando su arma para comenzar a disparar.
—Descuiden —escuchó que el Tte. Marsh pronunciaba a sus espaldas, con insólita tranquilidad—. Ya estamos aquí para encargarnos de todo.
Y antes de que el cabo, o cualquiera de sus compañeros, pudiera decir o preguntar algo más, el Tte. Marsh y los hombres que lo acompañaban abrieron fuego, pero no hacia los invasores. En cuestión de segundos, el resto de los guardias y personal de la pista fueron abatidos por disparos de los que creyeron que serían sus refuerzos, siendo el cabo uno de los primeros en caer por un disparo directo en su sien salida del arma del teniente. Los invasores de negro se encargaron del resto, hasta que los únicos que quedaron en pie fueron sus aliados; todos de alguna forma parte de la misma misión.
El Tte. Marsh introdujo su arma de nuevo en su funda y pasó por encima de los cuerpos, dirigiéndose hacia los hombres de negro, todos parte de la milicia privada de Armitage bajo el mando de Lyons, que habían venido a reforzarlos.
—Ya era hora de que llegaran —indicó de forma irónica cuando pasaron frente a él—. Tomen las tarjetas de seguridad de los cuerpos. Les darán acceso a los elevadores y áreas restringidas. Recuerden, no podemos dejar ningún testigo.
Los mercenarios comenzaron sin espera a esculcar los cuerpos de los soldados caídos, sacando de estos lo que necesitaban. Uno de ellos, que claramente era el líder de ese escuadrón, se aproximó hacia Johan. Se levantó su máscara, dejando a la vista un rostro malhumorado y reacio.
—¿Dónde está el muchacho? —preguntó con severidad.
—Mi jefa ya debe estarlo trayendo en este momento —respondió Johan con una sonrisita despreocupada que claramente al mercenario de negro no le agradó mucho.
—El tiempo es esencial. Necesitamos sacarlo de aquí de inmediato, antes de que alguien logre comunicarse con el exterior por ayuda y ya no podamos salir.
—Tranquilo —indicó el teniente, negando con la cabeza—. No tardará mucho. La capitana siempre cumple con su parte.
— — — —
Justo como el Tte. Marsh había indicado, Ruby Cullen se dirigía en ese momento a los ascensores, escoltando junto con los otros tres soldados a Damien Thorn. En su camino por los pasillos, se habían cruzado con más de un soldado del DIC caído en el suelo, muerto por las balas de sus propios compañeros.
El lugar era ciertamente un escenario desolador. Cuerpos regados en el piso, sangre en las paredes, olor a pólvora y humo en el aire, y el reconocible eco de disparos lejanos resonando. Evidentemente los combates continuaban hasta ese momento.
Damien observaba todo aquello con curiosidad, y también cierta fascinación. Era claro que aquello no se trataba únicamente de rescatarlo: tenían pensado asesinar a cualquier que podría haber sido testigo de su presencia en ese sitio. Típica táctica de la Hermandad, intentando limpiar su rastro lo mejor posible, aunque tuvieran que dejar un desastre a su paso para lograrlo. Pero esa situación en específico era tan grande, que ameritaba al parecer un desastre igual de grande.
—¿Cómo es que lograron todo esto? —cuestionó Damien, dirigiéndose a la mujer de cabellos rubios caminando delante de él—. ¿Cuántos de ustedes se infiltraron aquí para lograrlo?
—Bastantes, mi señor —respondió Ruby con media sonrisa, volteando a mirarlo sobre su hombro—. Pero no se preocupe, recibiremos también un poco de ayuda adicional.
Damien caviló aquellas palabras, aunque no tardó mucho en dar con una respuesta que explicaba de forma sencilla a qué se refería.
—¿Los mercenarios de Lyons? —murmuró curioso, a lo que Ruby se limitó a responder únicamente ensanchando aún más su sonrisa—. Por supuesto. Es encantador que se tomaran tantas molestias sólo por mí.
—No habrá pensado que lo dejaríamos aquí a su suerte —exclamó Ruby, casi como si la insinuación le ofendiera.
Damien se giró hacia un lado, contemplando el cuerpo de un soldado a un lado del pasillo, que evidentemente había sido acribillado por la espalda.
—Dejaron que cayera aquí en primer lugar, ¿no es cierto? —soltó de pronto, resonando como una potente acusación.
Ruby se estremeció al escucharlo.
—Mi señor… —susurró despacio, aunque su lengua no pareció ser capaz de pronunciar más.
—No te asustes, que no es un reclamo hacia ti —indicó Damien con humor en su tono, mirándola de reojo—. Sólo eres una obediente y boba sierva al final de cuantas, ¿no? Poca o nula voz tienes en esto. Pero tendré que tener una charla incómoda con tus maestros en cuánto salga de aquí.
Ruby pareció querer decir algo más, pero se abstuvo al último momento, y en su lugar se viró de nuevo al frente. Quizás concluyó, de forma acertada, que lo más inteligente sería aceptar sus palabras, y no intentar justificarse en un asunto que no le correspondía.
Unos cuántos metros más adelante, la comitiva entera se vio obligada a frenar su avance en cuanto una serie de disparos cruzó el aire del pasillo en el que darían vuelta, astillando la pared a unos cuantos centímetros del rostro de Ruby. La capitana retrocedió, e hizo que todos los demás lo hicieran igual. Dos de los soldados que los acompañaban avanzaron con sus armas en mano, y abrieron fuego sin miramiento en la dirección en que aquellos disparos habían provenido.
Mientras sus hombres la cubrían, Ruby se asomó sólo un poco por la esquina, lo suficiente para ver cómo desde su escondite en otro pasillo perpendicular, se asomaba fugazmente el rostro del Dir. Sinclair, regresándoles el fuego sin menor titubeo. Luego todos se refugiaron de nuevo detrás de su posición, escapando de los disparos enemigos.
«Vaya, sigue vivo» pensó Ruby, sinceramente sorprendida. Esperaba que alguno de los otros se hubiera encargado ya de él para esos momentos, pero claramente no había sido el caso.
—Al parecer Lucas no me quiere dejar ir tan fácil, ¿eh? —musitó Damien con tono burlón, ganándose una desaprobatoria mirada de soslayo por parte de Ruby, aunque ésta fuera más un reflejo involuntario de su parte—. Me gustaría ayudarlos con eso —añadió el muchacho—, pero me temo que lo que sea que me inyectaron aún tiene mis poderes un poco entorpecidos.
—No se preocupe —respondió Ruby con firmeza, y al momento sacó su arma de su funda, le colocó un cartucho completo en su cámara, y liberó el seguro; todo con bastante agilidad y maestría, cabía mencionar—. Llévenlo al helicóptero, de inmediato —le ordenó con firmeza a los otros soldados—. Y protéjanlo con sus vidas. Yo los cubro.
Los otros tres soldados asintieron, y un instante después Ruby salió de su escondite, comenzando a disparar de manera consecutiva hacia donde Lucas se encontraba. Éste tuvo que cobijarse de nuevo tras la pared del pasillo adyacente para evitar los disparos.
Los demás hombres de la hermandad no perdieron tiempo, y de inmediato comenzaron a avanzar con paso veloz, llevándose a Damien consigo.
—Hasta luego —se despidió el chico con un tono jovial, mirando hacia Ruby mientras se alejaba. Ésta no lo miró, pues su atención seguía fija en disparar hacia el escondite de Lucas, evitando que pudiera salir de éste, y así dejarles el camino libre.
Cuando el cartucho de su arma se vació, Ruby se lanzó rápido hacia un lado, ocultándose ahora ella. Para ese momento los tres soldados y Damien ya habían avanzado lo suficiente por el pasillo, así que sólo quedaban el Dir. Sinclair, ella, y todos esos otros cadáveres pertenecientes a los hombres caídos del DIC.
—Director —pronunció Cullen en alto con voz chispeante, al tiempo que dejaba caer el cartucho vacío y se apresuraba a colocar uno nuevo—. Sé que está ahí. No se esconda, que es inútil.
La respuesta inmediata a su comentario fue una serie de disparos de rifle en su dirección, que agrietaron el muro a su diestra, haciendo que pedazos de yeso y polvo volaran por el aire, y la hicieron apretujarse más en su escondite.
—¿Quién se esconde? —gritó Lucas con voz potente desde su posición.
Ruby sonrió, hasta cierto punto contenta con la situación. Había pensado que el director sería tan fácil de liquidar como McCarthy, pero era evidente que representaría un reto un poco mayor de lo esperado. Sin embargo, eso no le atemorizaba.
En el momento justo en el que los disparos de Lucas cesaron, aunque fuera por un segundo, Ruby salió presurosa de su escondite y corrió directo hacia Lucas, disparando consecutivamente en su dirección. Éste saltó fuera de su escondite, también disparando hacia atrás. Ruby sintió como una bala le rozaba la cara, abriéndole un largo tajo en la mejilla izquierda y volándole parte de su oreja. El dolor fue repentino y fuerte, pero lo resistió y siguió adelante.
Ruby logró herir al director rozándole su muslo izquierdo, haciéndolo caer al frente a trompicones y soltar su arma. Ruby sonrió confiada, y rápidamente se le aproximó dispuesta a terminar con el trabajo con un disparo directo a la cabeza, al igual que con McCarthy. Sin embargo, cuando estuvo lo suficientemente cerca, Lucas extendió su pierna sana rápidamente hacia ella, pateándole su mano para arrebatarle su arma de las manos. Ésta voló por los aires lejos de ella.
El verse desarmada no le preocupó, pues aún tenía consigo el arma de McCarthy. No obstante, antes de poder sacarla, Lucas logró levantarse y lanzarse hacia ella, tacleándola y haciendo que ambos cayeran al suelo. Lucas intentó someterla en el suelto, pero su pierna recién herida y un fuerte golpe que se había dado en el codo al caer, no se lo dejaron fácil, y Ruby logró zafarse con un fuerte codazo que se clavó en las costillas del director.
Ambos rodaron por el suelo lejos del otro, voltearon a mirarse y se alzaron de cuclillas, quedándose al instante paralizados, a la espera de que el otro hiciera algún movimiento. Se quedaron en esa posición un largo rato.
—Sólo está prolongando esto más de lo necesario —susurró Ruby con aprensión. Los dedos de su mano derecha se movían ansiosos por tomar el arma de McCarthy que ocultaba a sus espaldas debajo de su gabardina—. ¿En verdad cree que saldrá vivo de aquí? ¿Es que acaso no ha visto bien el hermoso caos que he desatado en su querido Nido?
La mirada de Lucas se endureció aún más, exteriorizando todo el odio e ira que lo inundaba en esos momentos.
—Así que nunca fueDouglas ni nadie de su equipo —espetó Lucas en alto, resonando en el eco del pasillo—. Siempre fuiste tú, ¿no es cierto? Quién ocultó la identidad de Thorn todos estos años.
Ruby dejó escapar una sonora y casi estridente risa burlona.
—Es menos inteligente de lo que pensaba, director —pronunció en alto con presunción—. Sigue sin ver siquiera la punta del iceberg. ¿Aún cree que podríamos haber logrado algo como esto con una sola persona protegiendo al muchacho? Su organización entera fue infiltrada por nosotros desde hace ya muchos años.
—¿Por ustedes? —inquirió Lucas, confundido—. ¿Y quiénes son ustedes?
—Su pequeña cabecita de burócrata no lo entendería —escupió Ruby con desdén, y al instante aproximó su mano hacia su espalda para sacar su arma. Sin embargo, Lucas hizo exactamente lo mismo para extraer la que guardaba en su tobillo.
Ambos desenfundaron, se lanzaron hacia un lado y dispararon al mismo tiempo. Las balas surcaron el aire, encajándose en los gruesos muros, pero sin tocar a su verdadero objetivo de momento.
Ruby rodó hasta donde había caído su arma luego de que Lucas se la pateara lejos de sus manos. Y ahora con una pistola en cada mano, su estilo favorito, se paró rápidamente y alzó ambas en dirección a donde esperaba ver al director. Sin embargo, éste había desparecido; o, más bien, había aprovechado ese pequeño momento para esconderse en algún sitio entre los pasillos y columnas.
Comenzó a avanzar lentamente, con paso extremadamente cuidadoso, con los cañones de sus armas apuntando en cada centímetro del pasillo que le era posible captar con sus ojos.
—Por supuesto que no lo entiendo, Cullen —escuchó de pronto que la voz de Lucas pronunciaba en alto justo a su derecha, por lo que rápidamente se giró en esa dirección. Lo que había ahí era un largo corredor, con al menos tres filas de altas y gruesas columnas—. Siempre fuiste un soldado leal y recto apegado a las reglas —prosiguió el director desde su escondite—. ¿Cuánto pudieron haberte pagado los Thorn como para justificar una locura como ésta?
Ruby reanudó su avance, ahora en la dirección de la que le parecía procedían aquellas palabras, revisando meticulosamente detrás de cada columna.
—Las personas como usted creen que siempre se trata de dinero, ¿no es cierto? —declaró con fiereza en su voz—. Lamento decepcionarlo, pero a mí me mueve algo mucho más profundo que eso.
Esperaba alguna respuesta astuta de su parte, pero lo único que recibió fue el silencio sepulcral de aquel pasillo, sólo atenuado ligeramente por el resonar de sus propias botas sobre el suelo. Siguió avanzando entre las columnas, sin tener algún contacto visual de su objetivo. Pero estaba ahí a su alrededor, en alguna parte; podía sentirlo.
Percibía vívidamente los latidos de su propio corazón retumbar en sus propios oídos, y como una gota de sudor le recorría su frente y bajaba por la comisura de su ojo, pero no se atrevió a bajar ninguna de sus armas para así poder limpiarla con el dorso de su mano.
—Ríndase de una vez, director —pronunció con tono de provocación, esperando hacerlo reaccionar de alguna forma—. En menos de una hora, todo esto se convertirá en un enorme cementerio, y usted encabezará la pila de cadáveres. ¿Por qué no hace esto más simple para todos y me permite meterle una bala en la cabeza por las buenas? Le prometo ser rápida y certera… como lo hice con Davis.
La repentina mención del fallecido Capt. McCarthy, y en especial la forma tan burlona en la que lo había hecho, pareció bastar para obligar a Lucas a reaccionar. Salió rápidamente de su escondite gritando con furia, y abriendo fuego en su dirección sin tregua alguna. Ruby se sobresaltó, y pegó rápidamente su espalda contra la columna más cerca, protegiéndose detrás de ésta.
Una vez que se quedó sin balas, Lucas tiró su arma a un lado y corrió despavorido hacia ella. Para cuando Ruby logró salir con la intención de lanzar su contraataque, fue recibida directamente con un puñetazo por parte de Lucas directo contra su cara que la lanzó hacia atrás, trastabillando.
A ese primer golpe le siguió uno más en su quijada, y un gancho directo a la boca del estómago que la dejó completamente sin aire. Con todos esos golpes desestabilizándola, Lucas logró ahora sí tomarla, y derribarla al suelo de un movimiento de lucha que repercutió dolorosamente en sus heridas, en especial en la de su pierna, pero logró sobreponerse hasta que la espalda de su subordinada azotara contra el piso.
Lucas cayó de sentón al suelo tras su arriesgada maniobra, adolorido y agotado. Estuvo a punto de dejarse vencer por estas sensaciones y caer ahí mismo desfallecido, pero se forzó a recuperarse lo suficientemente para levantarse, y cojear hacia donde había caído una de las armas que Ruby traía consigo antes de derribarla; el arma de McCarthy.
Tomó rápidamente la pistola, revisó la cámara, a la que le quedaban al menos cuatro balas, y la regresó de nuevo a su sitio. Para cuando se giró a ver a Ruby, ésta hacia el esfuerzo de intentar ponerse de pie, pero Lucas no se lo permitió. Avanzó hacia ella y puso un pie con fuerza contra su espalda, presionándola con dureza contra el suelo.
—Ni se te ocurra moverte —balbuceó con voz ronca, agachándose al momento siguiente para pegar el cañón del arma contra la parte trasera de su cabeza.
Para su sorpresa, Ruby dejó escapar una pequeña y burlona risotada, asomándose entre algunos dolorosos gemidos.
—¿Qué espera? —inquirió la capitana con voz risueña, mirándolo de reojo desde su incomoda posición—. Dispare ya, director. Cumpla con su deber, como el buen soldado que es.
—No será tan simple, traidora —escupió Lucas con desbordante rabia—. Tendrás que responder varias preguntas; a mí, y a una corte marcial al final.
Cullen dejó escapar una vez más una risa estridente e irónica.
—Y sigue sin comprender el alcance de esto —musitó con sorna—. ¿Corte marcial?, si lo más probable es que ninguno de los dos salga vivo de este sitio.
Lucas estaba listo para replicar, pero no tuvo la oportunidad, pues el estridente sonido de varios pasos aproximándose por el pasillo jaló de inmediato su atención y la de Ruby por igual. Al doblar en la esquina, ambos vieron al menos a cinco hombres de atuendos negros y armas negras en alto, aproximándose hacia ellos con rapidez.
El director del DIC se sobresaltó al ver esto. Esos trajes oscuros no eran de sus soldados. ¿Eran acaso algún tipo de refuerzos? Si lo eran, tuvo claro de inmediato que no eran para él.
Tenía que pensar rápido. Antes de que los alcanzaran, Lucas tomó con violencia a Ruby de un brazo, y la jaló con fuerza para obligarla a ponerse de pie. Ésta fue incapaz de resistirse, y de un segundo a otro se encontraba ya de pie, colocada entre los recién llegados y Lucas. Éste último rodeó su cuello con un brazo, apretándolo con bastante fuerza, mientras con su mano libre pegaba su pistola contra la lateral de su cabeza.
Los cinco hombres de negro se pararon delante de ellos, sosteniendo sus armas en alto, apuntando a ambos, pero sin disparar aún.
—¡Atrás! —exclamó Lucas en alto, apretando más a Ruby contra él, y presionando el cañón más contra su cabeza—. O le vuelo la cabeza.
Los hombres de negro parecieron dudar. Se quedaron quietos en su sitio, pero ninguno bajó tampoco su arma. Lucas intentó aprovechar esto para retroceder junto con Ruby, pero ésta se resistía a pesar de su debilidad.
—No sea ingenuo, director —exclamó Ruby, de nuevo riendo de esa misma forma altanera—. ¿Cree en verdad que yo importo algo en todo esto?
La capitana giró entonces su vista hacia los hombres de negro, observándolos con intensidad en sus ojos. Dejó de forcejear y extendió sus brazos hacia los lados con solemnidad.
—Recuerden sus órdenes —les dijo con potente voz de mando—. Nadie sale de aquí con vida, en especial él. Así que cumplan con su deber.
Lucas se quedó atónito al escuchar aquello. ¿No estaría insinuando acaso…?
Los hombres parecieron comprender más rápido que él sus palabras, y para sorpresa y horror de Lucas, fue claro por sus posturas que se preparaban para disparar sin importar qué.
Ruby sonrió complacida. Cerró los ojos, alzó su rostro a lo alto, y gritó entonces hacia el cielo:
—¡Salve Satanás! ¡Qué Su Reino sea Eterno!
Su proclamación fue seguida justo después por el estridente sonido de los disparos de las cinco armas, que se dirigieron directo contra ella y el hombre que la sujetaba. Lucas la soltó, corrió y saltó hacia un lado para cubrirse, al tiempo que varios de los letales proyectiles alcanzaban el cuerpo de la Capt. Cullen, y su cuerpo ensangrentado e inmóvil se desplomó rápidamente al suelo.
Lucas cayó con fuerza al suelo, golpeándose fuerte en el brazo izquierdo. Miró hacia atrás, y pudo visualizar a Ruby en el piso, con la sangre brotando de sus heridas y manchando sus ropas y el piso. Y, quizás lo más aterrador, esa amplia y casi grotesca sonrisa congelada en su rostro.
No podía creer que en serio les hubiera ordenado a sus hombres que le dispararan, y que además estos la hubieran obedecido sin chistar. Y eso que había gritado antes de los disparos… ¿qué rayos significaba?
No podía tomarse ni un segundo para pensar en ello. Intentó ponerse de pie, pero un punzante dolor en su hombro, acompañado por otro más en su costado derecho, hicieron que su primer intento fuera fallido y se desplomara al piso. Dirigió su mano izquierda hacia ambas áreas, y no le sorprendió mirar a continuación sus dedos enrojecidos. Hubiera sido una suerte no haber sido alcanzado por ninguna de aquellas balas. Ahora sus ropas comenzaban a empaparse de rojo, y el dolor le paralizaba gran parte de su cuerpo.
Soltó una maldición por lo bajo, pero rápidamente se arrastró como pudo hacia un pasillo adyacente. Sin necesidad de mirar, pudo sentir que los cinco hombres de negros venían detrás de él con la clara intención de acabar el trabajo. Estaba herido, su arma se había zafado de sus manos al saltar, y parecía improbable que alguien acudiera socorrerlo.
La situación era más que desesperada. Si no hacía algo de inmediato…
De pronto, divisó el cuerpo de un soldado caído justo delante de él en el pasillo. Le habían disparado directo en la cara, y yacía ahora sobre sus espaldas en un charco de su sangre. Parecía un chico muy, muy joven; quizás incluso podría haberse tratado de un nuevo recluta. En otras circunstancias se tomaría un momento para lamentar y maldecir tan innecesaria y cruel muerte, pero de momento requería enfocar sus energías en sobrevivir.
Se forzó a levantase sólo un poco, y así poder lanzarse hacia él en busca de cualquier arma que el soldado podría haber traído consigo.
—¡No se mueva! —escuchó que espetaba uno de los soldados a su espalda, y justo después escuchó una serie de disparos que marcaron su camino en el muro justo a su lado.
Lucas cayó a un lado del soldado, manchándose aún más de rojo en el charco de sangre del muchacho. Alzó su mirada y divisó su rifle en el suelo a lo lejos, lo suficiente para no poder alcanzarlo aunque estirara su brazo. Sin embargo, su atención en su lugar se enfocó en algo más. Mientras el grupo de hombres de negro se aproximaba a paso veloz por el pasillo, él miraba atento el cinturón del muchacho muerto, y la granada de mano color negro que colgaba de éste.
Los invasores se seguían acercando; en cuestión de segundos estarían justo a su lado, en la posición más que adecuada para acribillarlo en el suelo. No podía alcanzar el rifle, pero sí la granada.
Sin pensarlo ni un instante más, tomó de inmediato el proyectil, se giró sobre su espalda, retiró el seguro, y la arrojó con toda la fuerza que su brazo herido le permitió en dirección a los hombres de negro. Estos pararon en seco, y contemplaron atónitos la granada girando en el aire hacia ellos.
—¡Retrocedan! —gritó uno de ellos, y rápidamente todos se dieron la vuelta para alejarse por el pasillo, pero ya estaban demasiado cerca. Lucas aprovechó para también pararse lo más rápido que pudo, e intentar lanzarse al frente.
La intensa explosión sacudió a todos, mandando a los hombres de negro y al propio Lucas a volar por los aires, aunque en diferentes direcciones. El cuerpo de Lucas cruzó el pasillo, se estrelló contra el suelo, abriéndose la frente, y rodó por el suelo hasta quedar boca arriba. La inconsciencia amenazó peligrosamente con apoderarse de él, por más que intentara luchar contra ella. Y lo peor era que ni siquiera podía mirar y ver si la granada había acabado con esos sujetos.
Esperaba al menos poder haberse llevado a uno de ellos con aquella explosión. Y esperaba que desde algún sitio, Davis McCarthy estuviera conforme con cómo había luchado y defendido su base.
Antes de desmayarse, en lo último que pensó fue en Eleven, Mike y sus demás amigos, y lamentó enormemente el hecho de que, a simple vista, ya no podría protegerlos por más tiempo como lo había hecho tantos años.
Y entonces sucumbió al fin, sumergiéndose en la oscuridad.
FIN DEL CAPÍTULO 148
Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 147. El Lucero de la Mañana ha Salido
Resplandor entre Tinieblas
Por WingzemonX
Capítulo 147. El Lucero de la Mañana ha Salido
La puerta de la sala de interrogatorios se abrió abruptamente, y tanto Cody como Lucy se pusieron en alerta, anticipando el regreso del mismo soldado que los había estado cuestionando hasta ese momento. Y en efecto, aquel soldado venía de regreso, pero no lo hacía solo. Y en cuanto Cody posó sus ojos en la mujer de cabellos negros rizados, anteojos y bata blanca, su reacción inmediata fue pararse de su silla, prácticamente de un brinco.
—¡Lisa! —exclamó entusiasmado, esbozando una amplia sonrisa tan larga que casi hizo que le dolieran las mejillas.
Una gran alegría, aderezada con alivio, se apoderó de su pecho, haciendo a un lado la asfixiante preocupación que se había posado sobre sus hombros. Era ella, en verdad estaba ahí, y parecía estar completamente sana. Quería acercársele y abrazarla lo mejor que sus manos esposadas se le pudieran permitir… pero desistió de la idea casi al instante.
Un vistazo más certero a la expresión de Lisa, y en especial a como sus ojos centellantes de furia lo miraban, lo hizo darse cuenta de que ella no compartía del todo su alegría de verlo.
—¿Lisa…? —susurró despacio, vacilante.
La bioquímica respiró profundo por su nariz, apretó sus puños a cada costado de su cuerpo, y soltó al aire con voz áspera:
—Eres… un… ¡tonto! ¿En qué estabas pensando? Podrían haberte matado.
Cody se hizo hacia atrás por mero reflejo al escuchar tal recriminación, y una reacción similar, aunque más sutil, surgió también tanto en Lucy como en Francis. Éste último miró con curiosidad a ambos, parado a lado de la puerta con sus brazos cruzados frente a su pecho. No era como se había imaginado que sería esa conversación cuando la Dra. Mathews le suplicó de esa forma que la dejara hablar con su novio.
—Sólo quería saber que estabas bien —se defendió Cody, procurando recuperar la compostura—. Te desapareciste de esa forma durante semanas, sin decirme nada…
—Te mandé un mensaje —espetó Lisa, señalándolo de forma acusadora—. Te dije que empezaría mi nuevo proyecto, que estaría fuera un tiempo, y me reportaría contigo en cuanto pudiera.
—¿Y se supone que debía estar tranquilo sólo con eso? —exclamó Cody, sonando en ese punto casi indignado—. No tenía ni idea de a dónde te habías ido, por cuánto tiempo, o a hacer qué.
—¿Y decidiste que lo mejor era lanzarte sin rumbo hasta al otro lado del país para buscarme? ¿Qué clase de persona loca hace eso?
—¡Un novio preocupado por la seguridad de su novia!
—Por favor… —resopló Lisa con ironía, volteándose hacia la pared con tal de no mirarlo.
Lucy miraba a cada uno con expresión incómoda, turnándose entre uno y otro conforme hablaban, como si de un partido de tenis se tratase.
—¿No debería separarlos? —susurró despacio, mirando en dirección a Francis. Éste, al darse cuenta que le hablaba a él, simplemente se encogió de hombros, indiferente.
—Va más allá de mis capacidades.
Su tono era estoico como siempre, pero cualquiera podía notar que la situación le divertía, aunque fuera un poco.
Cody respiró hondo, intentando calmar sus ánimos antes de volver a hablar. Era evidente que Lisa estaba molesta, y el que él se enojase no ayudaría en nada a mitigar la situación.
—Escucha —murmuró con voz más templada, aproximándose un par de pasos hacia ella—, cuando te fuiste, recién acabábamos de pasar por una situación peligrosa allá en Oregón, y una persona muy cercana a mí terminó lastimada. Y tú no me respondías mis llamadas, y luego te fuiste de esa forma. Perdón si acaso me puse paranoico, pero temí que pudiera haberte pasado algo malo a ti también.
—Ya te había dicho que me estaban considerando para otro proyecto del gobierno —alegó Lisa, girándose de nuevo hacia él aún con actitud desafiante.
—Sí, pero no me dijiste que era algo como… esto —señaló Cody, extendiendo sus brazos (aunque no mucho, en realidad, por las esposas) hacia su alrededor—. ¿Trabajar en este sitio es tu proyecto?
—Por el amor de Dios, Cody. ¿Qué parte de esto te parece que hubiera podido compartirte? ¿No es más que obvio que se trataba de un secreto?
Hasta ahí llegaron los intentos de Cody de calmarse, pues al instante comenzó a calentarse de nuevo.
—Pues quizás si no hubieras sido tan evasiva con esto, no me hubiera preocupado tanto.
Lisa soltó de pronto una sonora carcajada sarcástica.
—¿En verdad quiere que hablemos de secretos y de ocultarnos cosas, profesor? Yo tenía un contrato y la seguridad nacional como excusa. ¿Cuál es la tuya para no confiar en mí?
—Lo hice —espetó Cody en alto—. Te lo dije todo, y huiste de mí, ¿recuerdas?
—¡No hui! Sólo necesitaba… tiempo para asimilarlo todo. Fue demasiado.
—Por eso mismo temía decírtelo. Temía también que estuvieras en peligro por mi culpa.
Una sensación de profundo abatimiento inundó su voz en ese momento, tan intenso que incluso Lisa logró sentirlo. El profesor se apoyó contra la mesa, y agachó su mirada; parecía agotado, o quizás incluso avergonzado.
—Estas habilidades… han lastimado a demasiada gente que amaba —declaró acongojado—. No quería que tú fueras una de ellas. No tú.
Lisa pareció estar dispuesta a objetarle algo, pero por unos momentos las palabras se negaron a salir de su boca. Apretó aún más sus brazos contra sí, y su pie se movió inquieto contra el suelo. Miró hacia un lado con aprensión, y tras unos segundos dejó escapar una breve:
—Maldición…
Caminó lentamente hacia la silla vacía en la mesa en donde anteriormente se había sentado el Sgto. Schur, y se dejó caer en ella sin más. Se retiró los anteojos un momento, los colocó sobre la mesa, y se talló sus ojos y su frente con los dedos.
—Está bien, lo admito —concedió Lisa, volteando a ver de nuevo a su novio—. Podría haber sido más clara con mis planes. Debí haber hablado contigo en persona antes de irme de esa forma; hacer más que sólo enviarte un escueto mensaje de texto. Pero… en verdad nunca pensé que intentarías algo como esto.
No era claro si había recriminación, preocupación, o arrepentimiento en esas últimas palabras. Podría ser un poco de todo. Cody también tenía para ese punto las emociones mezcladas.
El profesor se apartó de la mesa, y se sentó en la silla que había ocupado hasta hace poco, justo frente a su novia.
—Lisa, ¿sabes qué lugar es éste? —le cuestionó apremiante, mirando de reojo de forma no tan disimulada hacia el soldado en la sala—. ¿Sabes lo que hacen aquí?
—¡Por supuesto que lo sé! —exclamó Lisa en alto, como si la sola pregunta la insultara—. He estado encerrada aquí el suficiente tiempo para enterarme de exactamente qué hacen aquí. Lo he visto tan de cerca, que estuve incluso en al menos dos ocasiones de morir por culpa de ello.
—¿Qué cosa? —exclamó Cody alterado, y su rostro se tornó pálido de golpe. Lisa negó con la cabeza, restándole importancia, y siguió hablando.
—No sabes los deseos que tenía de largarme de este sitio de una vez por todas. ¿Y quieres oír la ironía? Hoy mismo me iba a ir. Iba a volver a casa, y en cuanto pudiera te contactaría para que habláramos. Pero ahora ya no va a ser posible.
—¿Qué?, ¿por qué no? —pronunció Cody, confundido.
—¿Por qué? —susurró Lisa, seguida de una pequeña risa burlona—. Porque mi novio se metió a la fuerza en los terrenos de una base militar secreta, y para que no lo ejecuten, o algo peor, tengo que jugar la única carta que tengo: quedarme y terminar el trabajo para el que me contrataron, aunque lo deteste.
Cody se hizo completamente hacia atrás, apoyando su espalda entera contra el respaldo de su silla. Sus ojos se abrieron bien grandes, y su cuerpo se tensó entero. Le faltaba bastante contexto para entender las implicaciones enteras de lo que Lisa le acababa de decir, pero comprendía lo suficiente; en especial para entender que su osada intrusión podría haberla afectado incluso más de lo que había previsto.
—No, no pueden obligarte a hacer eso —pronunció con voz indignada.
—No me están obligando, tonto —le respondió Lisa, acalorada—. Lo estoy haciendo para salvarte de las consecuencias de esta absoluta imprudencia.
—No tienes por qué hacer tal cosa por mí. ¿Por qué lo haces?
—¡Pues porque te amo, grandísimo idiota! —soltó Lisa muy alto, como un grito que resonó fuertemente en el escaso eco de aquella habitación cerrada.
El retumbar de sus palabras se mantuvo unos instantes, vibrando en las propias paredes, y en especial en los oídos de todos los que la habían escuchado: Lucy, Francis, Gorrión Blanco desde el otro lado del cristal… Y, por supuesto, Cody, que la observaba fijamente con el rostro azorado, y sus ojos humedecidos.
—¿Me amas…? —susurró despacio, casi con incredulidad. Una pequeña sonrisilla terminó asomándose en sus labios de forma casi inconsciente.
Lisa no pudo evitar soltar una pequeña risilla, sin poder concebir que en serio le estuviera haciendo esa pregunta. Aunque era justa; ella misma se la había hecho hace un par de horas, cuando Gorrión Blanco se lo había preguntado.
Se tomó entonces un momento para aclarar sus ideas, pasó sus dedos por sus ojos para limpiar unas pequeñas lágrimas que amenazaban con escaparse, y se colocó una vez más sus anteojos.
—Lamento mucho el cómo reaccioné cuando me confesaste lo que podías hacer —susurró Lisa con voz bastante más suave—. Lo admito, estaba asustada. Aún lo estoy, en especial después de las cosas que he visto en este sitio. Pero en cuanto te vi ahí sentado, esposado, desarreglado y sucio, hablándole de frente y desafiante a un hombre que podría partirte en dos con sus propias manos… —una pequeña sonrisita a medio camino entre ser alegre y burlona se dibujó en sus delgados labios—. Sentí un miedo mucho más grande de que pudieran hacerte cualquier daño. Y entonces, de un momento a otro, nada más importó. Y si tengo que quedarme un poco más en este purgatorio para que esa linda cabecita tuya se quede sobre tus hombros… valdrá la pena cada segundo.
Cody sintió una punzada de dolor y culpa en el pecho al escucharla decir todo aquello. Aun así, fue imposible evitar que en sus labios se dibujara una sutil sonrisa de alegría.
—Lisa… Lo siento —murmuró apenado, y extendió sus manos esposadas sobre la mesa en su dirección—. Metí la pata, ¿cierto?
—Muy metida —le respondió Lisa, entre tajante y burlona. Extendió también una mano hacia él, y la posó delicadamente sobre las suyas—. Pero también fuiste muy valiente y osado. No sé si me gusta esta faceta tuya o no —añadió con ligero sarcasmo—. Yo me enamoré de un confiable y serio maestro de secundaria.
Cody no pudo evitar soltar una risa despreocupada por su comentario.
—Y yo de una aburrida y predecible química de laboratorio, no de una científica de proyectos ultra secretos.
—¿Me dijiste aburrida? —inquirió Lisa con falso tono de ofendida. Ambos rieron al unísono, como una clase de chiste interno sólo entre ellos.
Lucy, Francis, y Gorrión Blanco desde la otra habitación, los estuvieron observando en silencio todo ese rato, siendo abordados por diferentes sentimientos conforme aquella conversación progresaba. En el caso de Lucy, por ejemplo, la más predominante fue sin lugar a duda la confusión.
—No lo entiendo —susurró despacio, negando con la cabeza—. ¿No estaban peleando hace un segundo?
No estaba claro si la pregunta iba dirigida hacia Cody y Lisa directamente, pero igual estos dos no parecieron escucharla. Por mero reflejo se giró hacia Francis, como si esperara que éste de alguna forma le respondiera, pero por supuesto éste tampoco lo hizo. El militar se limitó a sólo observarla de reojo, y luego girarse hacia otro lado. Ciertamente la situación se había tornado un poco incomoda para él, y no estaba seguro si debía intervenir para separarlos, o sólo dejar que terminaran. Gorrión Blanco de seguro preferiría que hiciera eso último.
—Pero, Lisa —murmuró Cody, tomando una postura más seria—. ¿Qué es lo que te están pidiendo hacer aquí? Si es algo peligroso…
Antes de que terminara su frase, Lisa extendió un dedo de su otra mano hacia él, posándolo contra sus labios para indicarle con ese simple gesto que guardara silencio.
—Cody, no puedo decirte nada —le respondió con firmeza, pero sin la amargura que acompañó sus palabras anteriormente—. Ya sabes demasiado. Y mientras más sepas, en más peligro te pondrás… Y a tu amiga.
Al pronunciar aquello, volteó a ver de soslayo hacia Lucy por primera vez en todo ese rato. Ésta se sobresaltó un poco; por un momento había creído que ella no se había siquiera percatado de su presencia.
—Hola, soy Lucy —pronunció, alzando sus manos esposadas a modo de saludo—. O así me dicen, al menos. Es un gusto conocerte al fin de frente.
Lisa no le respondió nada a su saludo, y se limitó a simplemente asentir con su cabeza, para de inmediato girarse de nuevo hacia Cody.
—Sólo confía en mí, ¿está bien? —susurró muy despacio, apretando con un poco más de fuerza la mano del chico entre sus dedos—. ¿Me prometes que no harás ninguna otra locura hasta que vuelva?
Cody sonrió de una forma que parecía casi picarona.
—Puedo prometerte que lo intentaré.
—Grandísimo tonto —exclamó Lisa, entre risas.
Y sin que ninguno tuviera que decirlo o sugerirlo abiertamente, en ese mismo momento ambos se separaron un poco de sus sillas, e inclinaron sus cuerpos hacia adelante en dirección al otro. Y aun estando uno de ellos esposado, ambos en el interior de una sala de interrogatorios, con un malhumorado sargento observándolos en la esquina, y quién sabe cuántos soldados a través del vidrio o las cámaras, ambos pegaron sus labios contra el otro, fundiéndose en un suave beso, delicado pero no por eso pequeño, que llevaba varios días de atraso. Y si Cody no tuviera la movilidad de sus brazos tan limitada, de seguro la hubiera rodeado con ellos para abrazarla. Aquello, sin embargo, no privó a Lisa de colocar sus manos contra el cuello de él, y atraerlo más hacia ella a mitad de su beso.
Y de nuevo, aquello produjo una nueva oleada de emociones entre sus espectadores. Lucy se sintió confundida, e incluso un poco asqueada; no era muy fan de las muestras de afecto públicas… ni tampoco las privadas, en todo caso. Francis se sintió aún más incómodo, y se preparó para en unos segundos más separarlos y llevarse a la Srta. Mathews fuera de ahí. No podrá decir que no les dio mucho más que los segundo que le había pedido para hablar con su novio.
Pero la que tuvo la reacción más profunda fue sin lugar a duda Gorrión Blanco. Tras escuchar toda aquella conversación a través del altavoz del otro cuarto, poner atención sobre cómo ésta se desarrollaba, y encima concluyendo en ese repentino y dulce beso de amor… Una oleada de calor inundó su pecho entero, y sintió como subió por su cuello hasta provocar que sus mejillas se encendieran.
—Qué lindos… —susurró maravillada, soltando después un largo suspiro de admiración, mientras presionaba sus manos contra su pecho.
Pero aquello que sentía iba más allá de las palabras que habían dicho, o del beso que se habían dado. Gorrión Blanco había percibido algo más, algo que le había llegado de forma inconsciente, de una forma que no comprendía. Las emociones cálidas y dulces que emanaban de cada uno de ellos, los pensamientos tan intensos que cruzaban por sus cabezas al mirar al otro, incluso los de enojo. Todo eso pudo sentirlo, más fuerte que cualquier otra cosa que había sentido en ese sitio desde que despertó.
¿Sería así como se sentía el amor? ¿El amor real…?
Y en ese momento, justo cuando Cody y Lisa se separaron, y un segundo antes de que Francis diera un paso al frente para dar por terminada esa reunión, los altavoces del pasillo, y las radios en los cinturones de Francis y los demás soldados, comenzaron a sonar. Y al unísono, todos escucharon el mismo mensaje que al mismo tiempo se pronunciaba en toda la base.
— — — —
—Entonces, ¿qué lugar es éste exactamente? —cuestionó Damien, curioso, recorriendo su vista por su alrededor lo mejor que su posición se lo permitía. No había mucho que ver en aquel espacio cerrado, en realidad, salvo las paredes blancas, las máquinas conectadas a su cuerpo, y claro los soldados que lo observaban con atención desde la parte superior—. Evidentemente no es un hospital convencional, y esos chicos no parecen guardias de prisión. ¿Estamos en Guantánamo, el Área 51 o algo por el estilo?
Su tono era abrumadoramente relajado, incluso burlón, lo que ciertamente seguía destanteando un poco a Lucas. No era la primera vez que había encarado a sujetos que se escudaban tras una actitud despreocupada para ocultar su temor o ansiedad; Charlene McGee era un claro ejemplo de ello. Pero este chico era algo distinto. No sólo quería aparentar que aquello no le causaba el menor miedo, sino que parecía en verdad no sentirlo en lo absoluto.
—La mayoría de las personas suelen preguntar primero por qué están aquí —comentó Lucas, ecuánime, siguiéndole un poco el juego.
—No me gusta ser como la mayoría —respondió el muchacho, acompañado de un pequeño movimiento de sus brazos, que quizás de no haber estado amarrado hubiera terminado en un encogimiento de hombros—. Además, creo que usted ya lo explicó muy bien, ¿no? Estoy aquí porque, según ustedes, cometí algunos “crímenes contra los Estados Unidos”. Aunque no se me ocurre cuáles podrían ser esos, pues nunca me he pasado siquiera una luz roja; aunque tal vez eso pudiera ser porque la mayoría del tiempo viajo con chofer. Y además, soy un estudiante modelo, y la empresa de mi familia es un pináculo importante de esta nación. Y, hasta dónde sé, no evadimos impuestos. Bueno, de seguro no más que otras empresas de similar tamaño.
—Esto le parece divertido, ¿Sr. Thorn? —cuestionó Lucas, tajante.
—Por favor, llámeme Damien. Me hace sentir viejo diciéndome señor. ¿Cómo debería llamarlo a usted?
—Eso no es relevante para esta charla.
—¿Eso es esto?, ¿una charla? —exclamó el muchacho con voz risueña—. Pues es la primera en la que estoy tan… amarrado. ¿Le molestaría a alguno desatarme para que podamos charlar más cómodos?
Lucas respiró hondo por su nariz, haciendo uso de todo su entrenamiento para mantener la calma. Si aquello eran intentos de desequilibrarlo y que perdiera el control de la situación, no le daría el gusto.
—Entiendo muy bien que está acostumbrado a ir por la vida con actitud desafiante y despreocupada, siempre contando con que su apellido o su dinero lo sacarán de cualquier problema. ¿Me equivoco?
No era claro si aquella era una pregunta real, pero igual Damien no respondió.
—Pues permítame delecir que ninguna de esas dos cosas lo librará del embrollo en el que se ha metido, Sr. Thorn —prosiguió Luca—. Ni su apellido, ni su dinero, ni sus cientos de abogados, ni su tía CEO, su padrino ex presidente, o sus amiguitos de escuela privada. En lo que respecta a cualquier ser humano fuera de estas paredes, este sitio no existe; usted no existe. Y ni siquiera esas habilidades inusuales, que de seguro hasta ahora lo habían hecho sentirse tan superior a cualquiera, le servirán para algo. Aquí, usted me pertenece por completo. Yo decido cuando come, cuando bebe, cuando va al baño, incluso cuando duerme o cuando se despierta. Aquí, usted no es nadie.
—Y eso de seguro lo hace sentir a usted como alguien muy poderoso, ¿no es cierto? —comentó Damien, divertido.
La mirada de Lucas se volvió sólo un poco más afilada, pero lo suficiente para dejar entrever la molestia que tanto había intentado ocultar hasta ese momento. Se paró derecho, e inhaló aire fuerte por la nariz para intentar despejarla.
—¿Qué tal si nos dejamos de juegos y hablamos de por qué está usted aquí en realidad?
—Por favor —exclamó Damien, sonando incluso entusiasmado con la idea.
Lucas tomó entonces el grueso expediente que había traído consigo, que a pesar de su tamaño era una versión reducida de toda la información que tanto él como Inteligencia habían extraído de todo lo referente a Damien Thorn. Y, especialmente, todas aquellas personas a su alrededor afectadas de manera sospechosa por su propia presencia.
Abrió el expediente en la primera página de ésta, y pronunció con voz alta y clara:
—Cuénteme de Holly Huck.
Damien parpadeó un par de veces, y lo observó en silencio unos segundos, como si esperara que le dijera algo más para entender de qué hablaba. Cuando fue claro que no sería así, preguntó sin más:
—¿Se supone que ese nombre debería sonarme de algo?
—Era la joven que trabajaba como su niñera en Inglaterra, cuando tenía cinco años —aclaró Lucas—. Se ahorcó a sí misma durante su fiesta de cumpleaños frente a usted y todos sus invitados. ¿Ya le suena?
—¿Usted recuerda a su niñera de cuando tenía cinco? —bromeó Damien, divertido—. Conozco el suceso, pero por supuesto que no tengo memoria de nada de eso. Era muy pequeño, y de seguro ni siquiera entendí en su momento lo que pasó. Sólo sé lo que algunos chismosos me han contado. Pero en todo caso, ¿eso qué tiene que ver conmigo? Yo era un niño, y ella se ahorcó ella misma; usted mismo lo dijo.
—¿Eso fue lo que realmente pasó? —inquirió Lucas, con un dejo de acusación implícito en su voz. Damien guardó silencio.
Lucas pasó entonces a la siguiente parte del reporte en sus manos.
—¿Qué hay de la Sra. Willa Baylock? Se convirtió en su niñera poco después de aquel horrible incidente, y murió no mucho después atropellada en su propiedad en Londres.
—Tampoco lo recuerdo —respondió Damien sin vacilar—. Y llámenme loco, pero me parece que un niño de cinco años es demasiado pequeño como para conducir y atropellar a alguien.
—Quizás… Pero hay aún más personas ligadas a usted y a su familia que terminaron con destinos muy parecidos. ¿Sabía que el hospital en el que nació en Roma fue reducido a cenizas y murieron cientos de personas en el incidente?
—Desafortunado —comentó Damien, aburrido—. Pero de seguro miles de otros bebés nacieron ahí antes que yo, ¿no?
Lucas pasó por algo su comentario hiriente, y en su lugar prosiguió con otro punto.
—Steven Haines, antiguo embajador de Estados Unidos en Italia, jefe y amigo de su padre; murió calcinado en su propio vehículo poco después de ser nombrado embajador en Gran Bretaña. Keith Jennings, un reportero que al parecer se encontraba investigándolo a usted y a su familia tras la muerte de su niñera, murió decapitado en Israel poco después de entrar en contacto con su padre. Y hablando de sus padres, ¿qué me puede decir de ellos? ¿Qué hay de Katherine y Robert Thorn?
Aquella pregunta sí ocasionó un ligero ápice de reacción en el rostro del chico, apenas un apreciable tic de su ojo derecho, pero que desapareció casi al instante.
—¿Qué hay de ellos? Cada uno murió en un trágico accidente.
—Ambos sabemos que eso no fue lo que pasó, Sr. Thorn —declaró Lucas, tajante—. Dígame, ¿cómo murieron realmente?
—No tengo idea de lo que habla —sostuvo el joven Thorn con desafío—. ¿Por qué no me dice usted cómo murieron? En vista de que al parecer lo sabe todo.
Lucas la sostuvo la mirada, intentado detectar de nuevo alguna señal de vacilación como había ocurrido hace un momento. Sin embargo, el muchacho había recuperado rápidamente su postura de hielo.
—Quizás volvamos a ellos más adelante —comentó algo despreocupado, y volvió sus ojos hacia su expediente.
En realidad, no necesitaba que él le dijera nada de los Thorn, ni de ninguna de las personas en ese expediente. Él ya conocía las circunstancias exactas de sus muertes, además de las teorías de cómo el muchacho había intervenido en cada una. De momento le bastaba con dejarle ver que él lo sabía todo; que sabía el nombre de todas esas personas, y que alguien había notado sus acciones por más que haya querido aculatarlas.
—¿Y si hablamos de muertes un poco más recientes? A ver si esas las tiene más presentes. Como Joan Hart, Bill Atherton, David Pasarian, Charles Warren… Todas personas que trabajaban para usted, su familia o su empresa; todos fallecidos de formas horribles. ¿Alguno de estos nombres le resulta más familiar?
—Vagamente… ¿El Sr. Warren está muerto? —comentó Damien de pronto con genuina curiosidad—. La última vez que supe, sólo estaba desaparecido.
Lucas no le ofreció una respuesta a dicha pregunta, pero su silencio dejaba de cierta forma implícita la verdad.
—Hasta este punto parece bastante evidente para cualquiera que la muerte lo persigue a donde quiera que vaya, Sr. Thorn. ¿No le parece extraño?
—Trágico, diría yo —respondió Damien escuetamente, y de nuevo otro movimiento que intentaba ser un encogimiento de hombros.
—¿Qué hay de los miembros de su propia familia? ¿A ellos sí los recuerda? Además de sus padres, tenemos en la lista a su tía abuela, Marion Thorn. A su tío, Richard Thorn…
—Por favor —exclamó el muchacho, dejando escapar además una risilla burlona.
—¿Qué me dice de su primo? Mark Thorn.
Y fue justo en ese momento en donde ocurrió lo que Lucas tanto esperaba percibir: una reacción, una real, tangible, imposible de ocultar. En cuánto Lucas pronunció aquel nombre, el rostro entero de Damien cambió. Su sonrisa se esfumó y su mirada se endureció, adoptando abruptamente una expresión mucho más seria, preocupada… incluso, molesta.
Lucas tomó de nuevo el expediente, echándole un ojo por encima a la parte que hablaba justo de esa persona en especial.
—Mark Thorn —repitió en voz alta para que el muchacho pudiera oírlo con claridad. Cerró el expediente de nuevo forma abrupta, y cruzó sus brazos sobre el pecho, presionando el expediente contra éste—. Hábleme de él.
—¿Qué hay que decir? —pronunció Damien con sequedad—. Murió por una hemorragia, causada por una malformación en su cerebro difícil de detectar… e imposible de evitar.
—Y usted fue el único con él cuando ocurrió tal hemorragia, ¿no es cierto? —preguntó Lucas con curiosidad, aunque él ya conocía muy bien la respuesta.
—Sí… y fue horrible —musitó Damien, desviando su mirada hacia un lado—. Una horrible tragedia de la que prefiero no hablar.
—¿Por qué no? ¿Es que acaso recordar aquel incidente le remueve esa pequeña parte de su ser que los individuos normales llamamos conciencia? Porque en realidad no fue causado por una malformación de su cerebro, ¿o sí?
Damien giró rápidamente el rostro hacia él, y en sus ojos Lucas pudo notar un fuego incandescente, alimentado por una rabia interior que el muchacho aún luchaba por mantener mitigada, pero que aun así lograba colarse lo suficiente al exterior.
—No tengo idea de lo que habla —farfulló con voz enronquecida.
—¿Ah, no? ¿Y qué pensaría si le dijera que a lo largo de los años, he conocido a al menos tres individuos capaces de provocarles hemorragias cerebrales a alguien con tan sólo concéntrese lo suficiente? Un sólo pensamiento, y el cerebro de la otra persona se volvía papilla molida. ¿Qué opina de eso?
—Que ha visto muchas películas de terror —sentenció Damien cortante.
Lucas se permitió sonreír divertido. Era evidente que el asunto de su primo lo afectaba mucho más que el resto de los nombres de esa lista. Quizás a él en realidad no quería matarlo; quizás su caso sí fue un accidente, después de todo. Pero eso era especular demasiado. Lo que fuera que le causara esa reacción, era su puerta de entrada.
—Ya deje de fingir, Sr. Thorn —exclamó en alto, como una advertencia—. Todos aquí sabemos lo que usted es y lo que puede hacer. Sabemos muy bien que ninguna de estas muertes fue accidental. Sabemos muy bien que usted mató a todas estas personas, incluido a su propio primo. ¿Por qué? ¿Ambición? ¿Ira? ¿Algún placer retorcido? Cualquier motivo es bueno, ¿no es cierto? Para alguien que es capaz de matar con tan sólo desearlo, incluso sin estar cerca de su víctima. El asesino perfecto.
—Está loco —sentenció Damien con irritación, agitándose en la camilla, por primera vez pareciendo hacer un sincero intento de zafarse de las apretadas correas—. ¿Tiene alguna prueba de estas tonterías que escupe?
—Ese es justo el problema, ¿no es cierto? —murmuró Lucas, astuto—. ¿Cómo probar que alguien con estas capacidades existe? ¿Cómo probar que alguien que puede matar a otra persona a kilómetros de distancia lo hizo? Las leyes de este mundo no contemplan a personas como usted, lo que permite que pueden ir por sus anchas haciendo lo que quieran. Pero para eso justo existimos. Nosotros no necesitamos pruebas, jueces, jurados, abogados, ni siquiera verdugos, dado el caso. Nosotros trabajamos con completa autonomía de actuar y neutralizar cualquier amenaza fuera de los parámetros normales, que represente un peligro para las buenas personas de esta nación. Como usted, Sr. Thorn —sentenció alzando el expediente en alto para que pudiera verlo—. Tantas vidas inocentes, cegadas por el simple hecho de haberse cruzado con usted. Ni siquiera su propia familia podía considerarse a salvo. Pero estoy aquí para decirle que eso termina hoy. Usted está ahora en mis manos. Y mientras más rápido admita su culpa y comience a cooperar, mejor será para usted.
Damien guardó silencio escuchando atentamente todo aquel discurso que le soltaba. Su expresión se volvió aún más aguerrida, y el fuego en sus ojos se volvió aún más presente. Esa rabia que tanto había intentado esconder tras una máscara de indiferencia y tranquilidad, al fin se había asomado lo suficiente para que todos la vieran. Ese era un vistazo al verdadero monstruo que se escondía debajo de Damien Thorn…
De pronto, otro pequeño gesto se asomó en su rostro, como si hubiera captado un sonido repentino, o algo moviéndose en la periferia de su visión, y eso distrajera su atención hacia otra cosa. Lentamente giró su rostro hacia un lado, y sus ojos se posaron justo en una de las cámaras en la esquina superior del cuarto; aquella que apuntaba justo hacia su rostro, en realidad. Y desde su respectivo monitor en la sala de observación, los espectadores de toda aquella charla pudieron captar su mirada virando hacia ellos, como si los estuviera viendo directamente a través de la cámara.
Aquello ciertamente los inquietó, y este sentimiento fue particularmente palpable en los rostros de Russel y Davis, pero ninguno dijo nada.
Damien se mantuvo callado y mirando a la cámara por varios segundos. Luego, de un momento a otro, un curioso destello le iluminó los ojos, como el destello de alguien que acababa de recordar algo olvidado, o se había percatado de un detalle muy obvio que había pasado por alto. Y ese vistazo al interior de su ser que habían captado hace un momento, despareció por completo. Los labios del chico se torcieron de nuevo en una aguda sonrisa astuta, y el fuego que reflejaba en su mirada hasta hace un momento, se convirtió de pronto en una arrogancia tan abundante, que casi se desbordaba de sus ojos. Y por si fuera poco, al instante siguiente de su boca se escapó un pequeño dejo de risa, que fue creciendo poco a poco, hasta al final convertirse en una sonora y casi desquiciada carcajada que rebotó de forma disonante en toda aquella habitación.
Aquello destanteó aún más a Lucas, tanto que por reflejo retrocedió un paso, como queriendo hacer más distancia entre aquel chico y él. Pero no fue el único, pues desde la sala de observación, McCarthy y los demás se quedaron igualmente pasmados ante este cambio. Y al menos Davis si percibió una sensación fría que le subía por la espalda.
Aquel no era el chico despreocupado del inicio, tampoco el alimentado por la ira de hace unos segundos. Aquello era algo más…
—Muy bien —masculló Damien una vez que dejó de reír. En ese momento miraba fijamente hacia el techo sobre él, y a las luces fluorescentes que colgaban de él—. Muy, muy bien… Me atraparon; los felicito. Sí, en efecto, yo soy el monstruo que buscaban. Y les confirmo que a esa lista le faltan todavía muchos otros nombres. Sin embargo, me temo que en realidad a muchas de esas personas que mencionaron no las maté yo personalmente. Pero se pueden consolar en que sí tuve que ver, de alguna forma, con sus muertes. Y sí, justo como dice, a veces es tan sencillo como sólo desearlo, concentrarme lo suficiente, y… ¡zas! Cerebro hecho papilla. Otras no es tan simple, pero con un poco de esfuerzo todo se puede, ¿no?
Alzó entonces su cabeza lo suficiente para volver a posar su atención fija en Lucas, que lo observaba expectante desde las alturas.
—Pero ninguna de esas personas es el motivo verdadero por el que estamos aquí, ¿no es cierto? ¿Por qué no dejamos esta farsa y me dices en verdad lo que quieres… Lucas?
Aquello provocó que el director, al igual que casi todos los demás espectadores, se estremecieran de sorpresa, pero también de temor.
—Él nunca le dijo su nombre —señaló Russel en voz baja, atónito.
—¡Está usando sus poderes! —exclamó McCarthy, exaltado.
—Es imposible, el ASP-55…
—¡Eso no importa! ¡Duérmalo ahora! —ordenó McCarthy con apuro.
Russel asintió. Estaba por la darle la indicación al hombre sentado frente al panel de control, cuando alguien más intervino.
—¡Aguarden! —pronunció Cullen en alto—. Miren.
La agente señalaba con su dedo hacia uno de los monitores, el de la cámara que enfocaba directo al Dir. Sinclair. En éste, se veía claramente como Lucas miraba hacia la cámara, y tenía una mano alzada en su dirección, con la clara indicación de “Alto”. Muy seguramente él había pensado lo mismo que ellos, y había previsto además cuál sería la siguiente acción de sus subordinados.
—Nos indica que esperemos —señaló Cullen.
—Es muy arriesgado —sentenció McCarthy, negando con la cabeza—. Si logró captar su nombre, podría hacer algo más.
—Quizás no —añadió Russel, aunque un tanto dubitativo—. Quizás siempre lo supo y sólo estaba jugando con nosotros. Es totalmente imposible que pueda usar ese grado de telepatía con esta dosis del ASP-55. El director lo sabe. Así que tendremos que confiar en que también sabe lo que hace.
McCarthy no dijo nada más, pero era claro que no estaba en lo absoluto de acuerdo con eso. Cada vez se convencía más de que dejar a ese muchacho despierto sería el peor error que podrían cometer.
Lucas respiró hondo, y se forzó a recuperar la compostura antes de volver a hablar.
—¿A qué se refiere con eso?
—Dije que dejáramos las farsas, Lucas —sentenció Damien, poniendo principal énfasis al pronunciar su nombre—. Sé que ninguna de esas personas te importa tanto en realidad; son sólo nombres y números en un papel, como tantos que has visto antes. Pero todo esto se trata de algo más personal, ¿no es cierto? Dime, ¿qué nombre de esa lista no has pronunciado? ¿A quién hice tanto daño como para llenarte de tanto odio hacia mi persona?
—Te equivocas —respondió Lucas con firmeza marcial—. Estos nombres, estos números, por supuesto que son importantes para mí. Cualquiera que sufra en manos de individuos como tú, con poder pero sin los escrúpulos para usarlos como es debido, es importante para mí.
Hizo una pausa, que conforme más se alargaba, más vacilante parecía.
—Pero es verdad que hace poco heriste a alguien cercano a mí —admitió en voz baja, sin tener del todo claro por qué lo hacía—. Su nombre era Jane Wheeler.
—¿Jane Wheeler? —pronunció Damien, curioso. Inclinó su cabeza hacia un lado, con expresión reflexiva—. Jane Wheeler… —repitió—. Wheeler…
La claridad pareció llegarle de golpe tras unos instantes. No tenía claro si acaso había oído directamente ese nombre en alguna de sus experiencias pasadas, o simplemente algo por debajo de su propia consciencia hizo las conexiones necesarias para relacionarlo con una persona en concreto.
—Ah, la madre de Terry —concluyó, esbozando una sonrisa juguetona. La mención tan directa a la hija menor de Eleven, claramente crispó a Lucas—. La última vez que la vi estaba un poco perdida en su propia cabeza, me parece. ¿Acaso la buena señora se murió? Es una lástima, si es que fue así. Pero ella fue la que se metió conmigo, no al revés. Si ella y sus amigos se hubieran alejado de mis asuntos, nada hubiera pasado.
—No me interesa escuchar tus excusas —declaró Lucas, tajante.
—No es una excusa —exclamó Damien, soltando después una aguda carcajada—. Es un hecho, en toda la extensión. Pero no importa. De todas formas, creo que ya estoy entendiendo de qué va todo esto.
Aquel repentino comentario destanteó a Lucas. Era como si hubieran cambiando abruptamente de conversación.
—¿Qué está diciendo?
Damien volvió a reír, incluso más irreverente que antes.
—Escúchame bien, Lucas, porque sólo lo diré una vez —pronunció con voz clara y serena—. Así es como será esto: me soltarán en este momento, me dejarán ir, y todos haremos como si este penoso incidente nunca hubiera ocurrido. Quizás incluso arregle que se les dé una buena contribución a su causa; por las molestias. Y es la oferta más generosa que recibirás.
Lucas se sintió totalmente perdido. ¿De dónde salía todo esto? ¿Por qué su actitud y su postura habían cambiado tan de golpe? ¿De qué se estaba perdiendo?
—¿Está intentando sobornarme?
—No, claro que no —indicó Damien, negando con la cabeza—. Te estoy amenazando, en realidad. Ya que si no haces lo que le digo en este instante, tú y todos en esta base… morirán. Y me parece que será muy, muy pronto.
Aquellas palabras se quedaron flotando en el aire, llenando la habitación de un aire denso y pesado, impregnado de todas las implicaciones que tenían. Un par de los soldados en la galería parecieron inquietos, y centraron su atención en el director, en busca de algo de aclaración, y quizás de soporte. Lucas observaba al muchacho, claramente confundido, y sin saber cómo se suponía que debía responder a aquello. ¿Era sólo una amenaza al aire que tiraba para que picara? ¿O sabía algo que él no?
Daba igual lo que se propusiera. Estaba a una simple señal de su mano de que lo pusieran a dormir de nuevo, lo encerraran en esa quirófano, y los soldados lo llenaran de balas. Cualquier poder que creía tener en esa situación, era una mera ilusión.
—Ignoro qué clase de juego le esté cruzando por la cabeza —sentenció Lucas con voz firme—. Pero desde ahora le digo que nada de lo que acaba de decir ocurrirá. En lo que a mí respecta, una vez que salga de aquí, se quedará amarrado a esa camilla, plácidamente dormido, hasta que a mí me dé la gana volver a despertarlo. Y espero que en ese momento comience a ser más participo.
Lucas hizo en ese momento el ademán de darse media vuelta para dirigirse a la sala de observaciones, y dejar todo ese asunto atrás de momento.
—Es obvio que quien ignora cosas aquí eres tú, Lucas —exclamó Damien en alto para que pudiera escucharlo—. Estás tan ciego que no te has dado cuenta que tú ya no eres el jefe aquí. De hecho, me parece que ahora lo soy… yo.
Lucas se detuvo en seco al escuchar tan escandalosa declaración, y no pudo evitar girarse de nuevo en su dirección, y pronunciar desorientado un simple:
—¿Qué?
Nadie tuvo tiempo de decir nada más, o siquiera detenerse un segundo a meditar más profundo en toda esa situación, pues en ese momento… los altavoces de la sala, y las radios que portaban Lucas, McCarthy y los demás soldados, comenzaron a sonar. Y por todos ellos se escuchó la misma voz de mujer:
—Atención, a todo el personal del Nido.
Todos se quedaron quietos en su posición, con su atención fija en el origen de aquella voz más cercano a cada uno.
—¿Esa es Kat? —pronunció McCarthy sorprendido al reconocer la voz de su secretaria. Tomó entonces la radio, acercándola más a su rostro.
Desde su posición aún en la parte elevada del quirófano, Lucas hizo lo mismo.
—Creo que el tiempo se te acabó —escuchó que Damien murmuraba desde abajo. Al girar a mirarlo, éste sonreía lleno de complacencia—. Lo siento…
Antes de poder preguntar algo más, la misma voz en las radios siguió hablando:
—Éste es un anuncio importante. Presten atención, por favor. —Hubo una pequeña pausa expectante, y entonces pronunció con voz solemne—: El Lucero de la Mañana ha salido al fin. Es momento de mirar al cielo para contemplarlo mejor. Buenas tardes.
Y tan repentino y extraño como había iniciado, la conversación simplemente se cortó, dejando de nuevo en silencio todas las radios cercanas, y una confusión generalizada.
—¿Y eso qué demonios fue? —preguntó Russel, desconcertado, mirando a McCarthy en busca de alguna explicación. Si la que había dado ese extraño anuncio fue su secretaria, lo esperado era que él tuviera alguna respuesta, pero no era el caso. McCarthy en realidad se encontraba igual de confundido que todos, sino era que incluso más.
—Creo que se refería a esto —comentó Cullen de pronto con voz sosegada. Russel y Davis tardaron un poco en reaccionar tras escuchar sus palabras, y para cuando se giraron hacia ella... la agente ya había desenfundado de un movimiento su arma, y menos de un segundo después pegó el cañón de ésta contra la parte trasera de la cabeza del técnico sentado frente a los controles, y tiró del gatillo.
El estruendo del disparo retumbó en las paredes de la pequeña habitación, al tiempo que un fuerte estallido de sangre brotaba desde la frente de aquel hombre, manchando por completo el panel de control, y los monitores de las cámaras.
Todo fue tan rápido, que ninguno de los otros dos hombres presentes logró siquiera carburar lo que había ocurrido, hasta que el cuerpo del técnico se desplomó flácido contra la consola, en un sonido sordo que resultó incluso más atormentador que el propio disparo.
Al instante siguiente, Cullen se giró rápidamente hacia ellos con su arma en alto, apuntando con ésta directo a la cara de Russel, quien se quedó quieto como piedra en cuanto vislumbró aquella arma apuntándole. Cullen presionó el gatillo con fuerza, pero un instante antes de que la bala saliera del cañón, McCarthy se adelantó, y de un manotazo desvió el cañón del arma hacia un lado y la bala pasó casi rozando la sien del Dr. Shepherd y se estampó contra el muro. El científico soltó un chillido, y cayó al suelo.
—¡Ruby! —exclamó McCarthy con fuerza, al tiempo que sujetaba a la agente de su muñeca, intentando desarmarla, pero también procurando mantener la pistola lejos del rango de disparo de él o de Russel—. ¡¿Qué estás ha…?!
Antes de que terminara su pregunta, Cullen le estampó con fuerza su rodilla en el estómago, haciendo que se doblara hacia el frente. Luego, aprovechando ese momento, se liberó de sus manos y le hizo una llave rápida, que tumbó al viejo capitán de espaldas al suelo. Teniéndolo ahí a sus pies, Cullen se giró lo más rápido que pudo para apuntarle a la cabeza y disparar, pero no lo suficiente antes de que McCarthy moviera con rapidez una de sus piernas, barriendo las de ella y haciendo que también se precipitara abruptamente al suelo, y su arma se escapara de sus manos.
—¡Corra, Shepherd! —gritó McCarthy con voz colérica, al tiempo que intentaba colocarse sobre Ruby para someterla en el piso.
Russel no necesitó más que eso para reaccionar al fin, ponerse de pie y salir corriendo con todas sus fuerzas de aquella sala.
Por su parte, el retumbar de los dos disparos de Cullen en la sala de observación llegó hasta los oídos de Lucas, y rápidamente se giró hacia dicha dirección, tan alarmado que no le importó soltar el expediente que traía consigo y que su contenido se desparramara por el suelo.
Hubo un tercer disparo, o más bien una sucesión de ellos. Sin embargo, estos retumbaron bastante más cerca. Lucas giró su cuello como un látigo, justo para ver como uno de los soldados de la galería caía hacía atrás sobre el suelo del nivel alto. A su vez, su compañero de pie justo a su lado, sostenía su rifle aún humeante en su dirección. Él le había disparado.
Y sólo fue el primero, pues de inmediato uno más lo hizo en contra de otro de sus compañeros, y un tercero se los unió. El primero también comenzó a disparar antes de que alguno de los otros pudiera reaccionar. El soldado a la derecha de Lucas cayó abatido antes de poder alzar por completo su arma, cayendo a sus pies. Y de un segundo a otro, ráfagas de balas cortaron el aire de un lado a otro entre los diez soldados que se suponían estaban ahí por seguridad.
Lucas miró todo aquello como una escena en cámara lente de una película, como si estuviera en medio de un campo de batalla y no en la supuesta seguridad de su base. Sus propios soldados, disparándose entre sí, pólvora, humo y sangre impregnaron rápidamente el aire de la habitación. Y de un momento a otro, uno de aquellos tres soldados traidores se giró directo hacia él, y lo apuntó con su arma.
Lucas forzó a su cuerpo a reaccionar, y rápidamente se tiró al suelo, apenas logrando esquivar los disparos que iban directo a su cabeza. Se arrastró un metro hacia un lado, justo a donde había caído uno de sus hombres, y sin dudarlo mucho tomó su arma, se puso de rodillas y comenzó a disparar, intentando más que nada mantener a raya a los atacantes, y estos retrocedieron. Gritó a sus hombres, esperando que alguno lo escuchara y lo siguiera. Sin embargo, un vistazo rápido a su alrededor le bastó para darse cuenta de que no quedaba nadie más; sólo esos tres hombres, que claramente ya no eran sus hombres.
—Se lo dije —escuchó como murmuraba la presuntuosa voz de Damien desde su camilla. Lucas se sobresaltó al instante. ¿Acaso ese muchacho…?
No tenía tiempo para pensar en ello. Volvió a disparar con el rifle, prácticamente sólo soltando disparos al aire. Logró herir a uno de los soldados atacantes, derribándolo, y los otros volvieron a mantener su distancia, cubriéndose detrás de las columnas. Lucas aprovechó ese momento para ponerse de pue y correr hacia la sala de observaciones.
Sin embargo, Lucas ignoraba que las cosas allá estaban incluso peor.
Ruby logró quitarse de encima a Davis, dándole un cabezazo con fuerza que le hizo sangrar la nariz. Una vez que la soltó, lo pateó con fuerza para alejarlo de ella, y rápidamente se puso de pie de un salto, alzando sus puños en su posición de ataque. McCarthy, adolorido y mareado, se puso también de pie rápidamente, al tiempo justo para cubrir un derechazo de la agente Cullen que iba directo a su cara. Tomó su propia arma y la desenfundó, pero Ruby se la tiró de las manos con una rápida patada circular, haciendo lujo de sus extraordinarias habilidades de combate fruto de sus años de entrenamiento y misiones en el campo.
—¡Ruby! —gritó McCarthy, agitado, y alzó rápidamente sus puños—. ¡El muchacho! ¡Él debe estarte controlando!
Una sonrisa torcida se dibujó en los labios de la capitana.
—Eso lo haría todo mucho más simple, ¿verdad? —musitó Cullen, risueña, y comenzó al instante a lanzar una serie de golpes en contra de McCarthy, bastante contundentes, y que el viejo capitán a duras penas lograba repeler—. Pero me temo que no es así. Esto lo hago por mi propio libre albedrio. De hecho, ¡ésta siempre fue mi verdadera misión!
Davis se sobresaltó atónito al escuchar aquello, y ese momento de vacilación resultó su ruina. Ruby le propinó un golpe directo a su quijada por el costado derecho, que lo desequilibró. Después, dejó caer su pie con todas sus fuerzas contra su rodilla, destrozándola en el acto. McCarthy soltó un agudo grito de dolor al aire, cómo quizás nunca había gritado. Por último, Cullen remató con otra patada circular que lo golpeó directo en su cabeza y lo terminó por estampar contra el suelo. McCarthy se quedó tirado, totalmente adolorido y mareado, y al parecer imposibilitado para levantarse. Lo más que pudo fue ladearse lo suficiente para quedar casi sentado, jadeando intentando que el aire volviera a sus pulmones
—Te dije que tanto tiempo tras un escritorio te había atrofiado —comentó la capitana, casi burlona, al tiempo que recogía del suelo el arma de McCarthy. La sujetó firme con una mano y la apuntó directo al rostro del director general del Nido. Éste miró el arma ante él, aun totalmente imposibilitado de creer que aquello era algo real.
—Ruby… ¿Por qué…? —logró preguntar entre dolorosos jadeos, pero los golpes definitivamente no dolían tanto como la horrible traición que estaba presenciando.
Algo en el rostro de Ruby se suavizó al momento de escuchar esa pregunta, pero sólo duró un momento. Al instante siguiente, volvió a cubrirse de la misma frialdad que tanto la distinguía.
—Lo siento, Davis —murmuró en voz baja, carente de cualquier tipo de emoción real—. Consuélate en saber que es por un bien mayor.
Y sin más, jaló el gatillo. Un sólo disparo certero, y el proyectil dio directo en el centro de la frente de Davis McCarthy, cuyo último pensamiento iría dedicado a sus hijas y a su esposa.
En el momento justo en el que Cullen presionó el gatillo, la puerta de la sala que daba al área del quirófano se abrió de golpe. Y fue el momento adecuado para que Lucas presenciara como el cuerpo del capitán McCarthy se precipitaba hacia atrás luego del impacto, quedando de espaldas al suelo. La sangre no tardó en escapar por la herida de salida, encharcándose en el suelo debajo de él.
—¡No! —exclamó colérico, alzando de golpe el rifle que traía consigo y apuntando con éste directo a Ruby. El reconocer a la asesina de su amigo sólo lo hizo vacilar un instante, pero se sobrepuso rápidamente, y jaló el gatillo en su contra sin titubeo.
Ruby se echó al suelo y rodó, hasta colocarse tras la silla sobre la que aún se encontraba el cuerpo del técnico con la horrible herida de bala en la cabeza. El cuerpo recibió gran parte de los disparos de Lucas, sirviendo de un útil escudo para la capitana. Ésta pateó de golpe la silla desde atrás, enviándola rodando con todo y el cuerpo ensangrentado hacia Lucas, embistiéndolo.
El golpe lo desequilibró, pero la espalda de Lucas chocó contra el muro, evitando que cayera. Intentó volver a disparar, pero Ruby se le adelantó, alzando el arma de McCarthy aún en sus manos y disparando rápidamente hacia él. Lucas tuvo que moverse rápidamente hacia un lado para esquivar los disparos, y uno de ellos le rozó peligrosamente el hombro derecho, rajándole su traje y su piel superficialmente.
Por el rabillo del ojo vio como los tres soldados del quirófano entraban por la misma puerta que él, con sus armas en mano listas para contraatacar; incluso aquel que creía haber derribado, parecía sólo haber sido herido. Con la rabia acumulada en su garganta, en especial al echar un vistazo rápido al cuerpo de McCarthy en el suelo a unos cuantos metros de él, Lucas supo que no había mucho que podía hacer él solo contra tantos enemigos.
No ahí dentro, al menos.
Disparó casi a ciegas para forzar a Ruby y a los otros tres a cubrirse, y de esa forma poder dirigirse corriendo hacia la puerta de la sala. Tardó unos segundos en poder abrirla con su tarjeta electrónica, segundos que el primer soldado en poder ingresar a la sala aprovechó para disparar, pero sus balas terminaron dando contra la puerta blindada, al tiempo que Lucas se escurría hacia afuera, lejos de su alcance.
Los tres soldados traidores se dispusieron a encaminarse rápidamente detrás de él.
—Déjenlo —espetó Cullen con fuerza, mientras se acomodaba su abrigo. Se aproximó hacia donde yacía su propia arma, la recogió del suelo, y la regresó a su funda—. De todas formas no tiene ningún sitio al cuál ir.
Había malicia en su voz al pronunciar aquello. El pobre Dir. Sinclair desconocía el verdadero alcance de lo que estaba ocurriendo en esos momentos, pero no tardaría mucho en descubrirlo.
—Nosotros tenemos algo más importante que hacer —pronunció con dureza, y con un ademán de su cabeza les indicó a los hombres que la siguieran, y así lo hicieron.
Los cuatro salieron también de la sala, pero con otro destino. Ellos en cambio bajaron por las escaleras de acero a un lado de la sala de observaciones, para dirigirse a la parte baja del quirófano. Ahí, aguardando pacientemente mientras miraba al techo, se encontraron con Damien recostado en su camilla.
—Desátenlo —ordenó Ruby con apuro, y los tres hombres se apresuraron a obedecer sin mediar palabra.
Rápidamente le retiraron los tubos conectados a sus brazos, y por supuesto las gruesas corras que le rodeaban el cuerpo. Damien permaneció quieto mientras lo liberaban. Una vez listo, dos hombres se ofrecieron a ayudarlo a pararse, pero el muchacho se negó y lo hizo por su propia cuenta. Entendería de inmediato el porqué de aquel ofrecimiento, pues lo que fuera aquella droga que le estaban suministrado, en efecto lo había dejado mareado. Aun así, logró pegar sus pies descalzos sobre el frío piso, y erguirse firme ante ellos.
La atención del muchacho se centró sobre todo en aquella mujer de cabellos rubios y atuendo verde. Ésta, en cuanto sintió su mirada sobre ella, esbozó una amplia sonrisa, tan grande que parecía casi irreal. Y sus ojos brillaron con una enorme emoción que casi amenazaba en escapar de ella en la forma de un desbordante llanto.
Supo de inmediato que ella habían surgido aquellas emociones y pensamientos que había captado hace unos momentos; aquellos que le indicaron que justo eso estaba por ocurrir.
—Mi señor —pronunció Ruby con solemnidad, y de la nada se tiró de rodillas al suelo, agachando su cabeza con sumisión. Los tres soldados a su lado no tardaron es hacer exactamente mismo—. Es el más grande honor para mí poder estar en su presencia. Me postro humilde ante sus pies.
Damien la observó a ella y a los otros con expresión indescifrable. Ladeó su cabeza hacia un lado, y con apenas un dejo de emoción palpable en su voz pronunció:
—Déjame adivinar; eres discípula de Neff, ¿cierto?
—Así es, mi señor —masculló la Capt. Cullen, agachando aún más la cabeza—. Mi nombre es Ruby, y soy su leal sierva.
Damien bufó aburrido, y pasó una mano por su cabello, haciendo su fleco hacia atrás. Sólo hasta ese momento, cuando pasó sus dedos por su cabello, y pudo echarle más fácilmente una mirada a su mano, se dio cuenta de que no había seña alguna de quemadura en su piel. Lo último que recordaba era estar en el pent-house, con la piel tan rostizado como un pollo, y un dolor indescriptible recorriéndole el cuerpo.
Ahora no había rastro alguno de aquello. ¿Qué había pasado exactamente?
Permitió que aquello distrajera su atención sólo unos momentos, y luego se forzó a enfocarse de nuevo en el presente.
—Cómo sea —masculló casi indiferente, y comenzó sin más a caminar hacia la puerta—. Sólo sáquenme de este establo.
—Sí, señor —exclamó Ruby con ferviente emoción—. Su transporte ya viene el camino.
Rápidamente todos se pararon de nuevo y rodearon a Damien como una guardia de honor, con la capitana al frente de ellos.
—Andando —ordenó Ruby con firmeza, y comenzaron a caminar con paso firme hacia la salida. Damien los siguió sin decir nada.
FIN DEL CAPÍTULO 147
Notas del Autor:
Pues después de algo de espera, aquí lo tienen: el movimiento de la Hermandad, atacando al DIC desde sus propias entrañas, como Neff había prometido. Y ya tenemos las primeras bajas de este cruel ataque. Pero no se descuiden, pues esto apenas está comenzando…


