Poco después de los cinco años de casados y del nacimiento de su primera hija en mayo de 1991, del matrimonio de Ana Lizárraga y Alfredo Enríquez, en el hospital Santa Mónica Polanco en la Ciudad de México el 14 de septiembre del año 1994, nació una niña a la que llamaron Mariana y esa misma niña, soy yo.
Como breve paréntesis no me considero fan de lo romántico pero creo que la única excepción es el de la historia detrás del por qué de mi nombre: Mi papá escogió Mariana como mi nombre debido a que eran las dos cosas que el más amaba en el mundo: el mar y a Ana (mi mamá). Historia muy similar a la “versión más completa” del nombre mi hermana: Ana Mariela.
Debido al trabajo de mi papá siempre existió un constante movimiento en mi vida, aquellos que han tenido cierta relación con los júniors, como algunos nos llaman, saben que es algo muy raro que pasemos más de tres años como residentes de un lugar lo que me dio la oportunidad de vivir en varios lugares, unos muy hermosos como Ensenada, Baja California; Houston, Texas y la capital de la República de Colombia: Bogotá; y otros tantos más especiales como Lázaro Cárdenas, Michoacán o Ciudad del Carmen, Quintana Roo, por decir algunos lugares.
A diferencia de mi extrovertida hermana tres años mayor, yo era una niña muy tímida que rara vez hablaba con la gente y de ser posible lo evitaba. Creo que esto se reforzó cuando vivía en Houston y mi profesora del jardín de niños optó por decirles a mis padres que era un buena decisión que me saltara el segundo año para ingresar directamente a pre-first por ser una niña “brillante”, a muchos esto les pareció fenomenal (como a mis padres ) pero para mí fue una pequeña pesadilla ya que era más chica que los demás niños lo cual me provocó ciertos conflictos a los que es mejor no darles mucha importancia. Actualmente agradezco la decisión de la profesora pues cuando viví en Bogotá cursé séptimo (el equivalente a primero/segundo de secundaria) el cual, al tener un calendario escolar y asignaturas completamente diferentes al de México, no fue revalidado; así que puedo decir que no me atrasé en cuanto a mis estudios.
Debido a que mis habilidades para socializar con la gente eran muy pobres mi mamá -una antigua bailarina de danza clásica, flamenco y de danzas polinesias- decidió obligarme a socializar y a confiar en mi misma y esto fue con la danza, el ballet para ser más específica.
La danza jugó un enorme papel en mi vida y considero que forjó gran parte de quien soy actualmente, sobre todo me ayudo a tener algo de lo que carecía en el pasado: seguridad y confianza en mi misma.
Durante los más de diez años de mi vida de bailarina se podría decir que “hice de todo” desde danza clásica (el ballet elegante que todos conocemos) en puntas, bailes de salón (enfocándome más al Vals Vienés y un poco de Fox-trot), danza contemporánea (técnica Graham) y un poco de lo popularmente conocido como “telas” o ballet aéreo, durante algunos de esos años también pertenecí a compañías de Jazz y al estudio de e.danza (sí, el de Ema Pulido).
A pesar de, hasta la fecha, haber sido demasiado dedicada a todo lo referente a mis estudios y mi gran obsesión por pertenecer siempre al cuadro de honor, creí que mi vida iba completamente orientada hacia la danza profesional hasta que en, aproximadamente, octubre del 2008 sufrí de una lesión que me incapacitarían seguir con la danza por poco menos de un año y debido a no seguir una eficiente rehabilitación me dejaría con un problema clínico denominado meniscopatía en el menisco interior de la pierna izquierda, lo cual provocó que ya no rindiera como antes y que de vez en cuando se “trabara” mi rodilla.
Durante el año que tuve que dejar casi toda actividad física principalmente las de alto impacto, me volví lo que muchos llaman un bookworm y empecé a leer libro tras libro, fue en éste periodo que agarré cierto interés por lo relacionado a las ciencias sociales, en especial las relaciones internacionales, sobre todo después de leer el libro de Protocol: The Complete Handbook of Diplomatic, Official and Social Usage pero mi gran meta seguía siendo entrar al Julliard School de Nueva York.
Después de haber “continuado” mi vida reduciendo levemente las horas que pasaba en un estudio de danza decidí a los 17 años irme a los Estados Unidos con mi mamá a una convocatoria que se había abierto de una reconocida academia… Para resumir lo que sucedió pues es un poco doloroso recordarlo: no entré. Pasé mi examen psicométrico, el teórico, la entrevista, pero el médico fue un verdadero fracaso pues no me daban una “larga” vida de bailarina (tomando que, en la mayoría de los casos, la vida de bailarina acaba antes de los 35 años).
La decepción fue algo inevitable y tuvo sus consecuencias llevándome a una depresión de la cual pensé que jamás saldría. Sin embargo, con el apoyo de mi familia y la ayuda de un especialista fue un periodo relativamente breve y no tan abrumador como todos pensamos que sería. Al cabo de varios meses decidí que quería estudiar Relaciones Internacionales y que me gustaban mucho los temas de inteligencia y de seguridad nacional e internacional.
Lo cual nos lleva a que hoy esté escribiendo esta breve autobiografía de los pasados 19 años de mi vida para una tarea de la UDLAP, donde actualmente curso mi segundo semestre en la carrera de Relaciones Internacionales terminando mi primer semestre con un promedio final de 9.7/10 (algunas cosas no cambian…).
La vida da muchas vueltas y hay cosas que en su momento parecen una pesadilla pero nos cambian completamente el mundo, en mi caso está experiencia tan dolorosa me benefició de cierta manera pues puedo asegurar que, hasta ahora, AMO mi carrera y aunque la danza sigue teniendo su huella en mi corazón y mi vida, sinceramente, no me veo haciendo otra cosa.
Al inicio de éste año vi un documental sobre la gran leyenda del fútbol americano colegial y de la, en aquel entonces, USFL: Marcus Dupree (¿mencioné qué soy aficionada al fútbol americano?)… Puede sonar ridículo pero hay muchos aspectos de su historia con los que me relacioné sobre todo con el hecho de que una lesión de rodilla acabó con su sueño de jugador (en mi caso, de prima ballerina), cinco años después decidió volver a jugar aunque sólo fuera por dos años para probarse que el podía hacerlo y desarrollar su gran pasión aunque fuese por unos años más. Debido a la historia previamente mencionada, en el futuro planeo regresar a la danza aunque, obviamente, no con el mismo rendimiento. La danza jugó un papel importantísimo en mi vida por lo que probablemente no sea capaz de dejarla del todo, además de que mi propio cuerpo ya me está exigiendo regresar.
Sigo sin entender: ¿por qué me inspiro tanto en esto de las autobiografías? Lamentó el wordvomit que acaban de presenciar y en caso de que te hayas quedado, tú estimado lector, a leer todo éste despilfarre de palabras te lo agradezco. Espero que encuentres en el “breve” relato de estos 19 años algo interesante, una lección incluso…