Ser solidaria
A decir verdad no puedo asegurar que siempre lo sea, aunque sí soy de las que critica permanentemente la falta de solidaridad que vemos y vivimos a diario. Tanto así, que realmente me sorprende, por supuesto gratamente, cuando tengo la oportunidad de comprobar que no siempre nos gana la indiferencia cuando se trata de darle la mano a otra persona.
Hace unos días necesité justo eso: que me dieran una mano –literalmente- (varias manos en realidad!) luego de caerme en la calle y darme un golpazo. El tema no está en haberme caído. Me ha pasado muchas veces, por torpe, por distraída o simplemente porque a todos nos pasa alguna vez y ya. Y cuando me he caído generalmente me he parado casi de inmediato, quizás –como me dijo alguien- “por dignidad” y para evitar que la vergüenza sea mayor.
Seguro en esos casos he parecido un resorte y a quien me ha preguntado solo he atinado a decirle: “Ah, no pasó nada, me tropecé, pero estoy bien”, cuando en realidad sé que algún morado bien grande debió quedarme en alguna parte del cuerpo.
La caída de hace unos días en plena calle fue distinta a esa reacción común de levantarme y seguir caminando como si nada. Esta vez llovía y me ganó la combinación del piso mojado con un andén nada plano, unos zapatos algo (muy) lisos y la falta de habilidad con mi equilibrio. Lloré y grité por varios minutos. Ni la dignidad ni la vergüenza me importaron y el dolor tan fuerte en el brazo izquierdo me obligó a quedarme en el suelo.
Creo que nadie entendía qué pasaba. Y entenderlo quizás fue lo de menos. Yo me fui de mi por un buen rato. Gritaba histérica y juraba –no me pregunten por qué, quizás por dolor, quizás por floja- que me había fracturado el brazo. Mi reacción a la caída fue sorprendente –eso solo lo pensé luego- pero lo fue más que llegaran varias personas, nos cubrieran con sombrillas, tratarán de levantarme, preguntarán lo que había pasado e intentaran ayudar de alguna forma. Cuando estuve más tranquila no me lo creía: eso de que varias personas se hubieran acercado de inmediato a darnos una mano y que se hubieran quedado hasta asegurarse (y asegurarme) que todo iba a estar bien y que mi brazo seguía en su lugar.
Somos tan vulnerables y eso es lo que habría que tener bien presente cuando en un segundo, en cualquier situación, hay que tomar la decisión de ser solidario o no hacerlo e irse por la vía fácil: ignorar todo lo que no nos toca directamente, seguir derecho y asumir que no es con nosotros. Vendría bien, con los demás y con nosotros mismos, decidir ser solidarios en las cosas más simples o cotidianas (algo como una caída de alguien en la calle), pero también en las cosas más trascendentales, esas en las que tenemos la posibilidad de ser generosos de manera desinteresada y tender una mano siempre que haga falta.













