Feria de Madrid: Decameron-19
Feria de Madrid la que hemos liado. Feria de Madrid antes se llamaba Campo de las Naciones y en verdad prefiero este nombre antiguo al nuevo. Pues se convirtió aquello en un verdadero campo de batalla de las naciones contra la nueva y mortal amenaza. Batalla que Madrid perdió, o más bien en la que fue sacrificada con esperanza de que así se gane la guerra. Pero voy demasiado deprisa y mezclo el orden narrativo. No es fácil ser pulcra y ordenada con el nudo en la garganta pensando en todo lo que vino después. Pero Feria de Madrid, IFEMA, saltó a las noticias españolas, europeas y mundiales poco después de la declaración de estado de alarma. Era el campo de batalla en la que desgastamos lo más precioso, nuestros recursos humanos, nuestras manos, ojos, corazones y cerebros. Los eventos epocales nos pillan siempre desprevenidos. En la ducha, cagando, haciendo el amor, en la tienda, volviendo de fiesta, etc. Con el paso del tiempo tenemos luego estas memorias absurdas de “estaba yo tirando de la cadena cuando Pedro Sánchez...” Yo también me acuerdo bien dónde me pilló. En un avión. Volvía yo de México mirando nerviosamente los mensajes de WhatsApp para ver si llegaba antes del estado de alarma.
Y luego, una vez decretado el estado de alarma - y os recuerdo que en rigor nunca se ha suspendido después tras la última e inconstitucional prórroga indefinida, seguimos en alarma - para algunos, nosotros, se suspendió todo, nos quedamos en una especie de congelación, mientras que en la realidad real los acontecimientos debieron de precipitarse. IFEMA habilitó sus instalaciones bien temprano. Todos hospitales de campaña son algo grotescos, al principio parecen fuera del lugar, hasta que se convierten en una triste y palpante realidad.
Pero claro. Mandar a un mismo lugar a miles de infectados, desconociendo todavía la perversión del enemigo con el que nos tocó luchar, y confinando - pues era un confinamiento al final - en el mismo lugar a miles de profesionales que al final, y dando muestras de heroicidad que guardamos en nuestros corazones, tuvo que acabar mal. Y así fue, y con el colapso de IFEMA colapsó algo en nosotros. Pero los efectos no eran solo de desolación y depresión entre la población madrileña. No, no, el colapso de IFEMA tuvo efectos bien materiales, pues propició la decisión utilitarista, y hasta cierto punto incluso apoyada por la sociedad (no madrileña, claro está), del gobierno: si no puedes contener al enemigo, tienes que encerrarlo, aprisionarlo para proteger a los demás. Y así fue. A principios de mayo cerró, para siempre, la ciudad de Madrid. (Día 28)












