El frío nos sienta tan bien
¿Quién dijo que los helados sólo eran para el verano? Productores y marcas llevan tiempo intentando convencernos de los beneficios del consumo invernal de este alimento que aun está inevitablemente asociado a las altas temperaturas, al kiosco que montan en la esquina de abajo en temporada y al epicúreo momento de relax veraniego. Vitamina B2, propiedades nutritivas y beneficios para la salud son los argumentos que esgrimen para convencernos de que el frío nos sienta bien durante todo el año, y de paso aumentar sus ventas. Pero hay quienes no necesitamos de campañas promocionales para afirmar que el helado es un placer irrenunciable aun más en invierno, cuando saborearlo con pausa y recogimiento tras calorífica ingesta lo convierte en infalible aliado para facilitar las pesada digestión. Con motivo de esta gélida y paradójica celebración, nos damos cita con nuestros helados favoritos para este invierno.
La decisión no resulta fácil. Gracias a que la cultura del helado ha crecido tanto a nivel local como global, la oferta es inmensa. Desde notables marcas americanas como Häagen Dazs o Ben & Jerry's (en su día sinónimo de exclusividad, pero hoy más comunes que un Colajet) pasando por la aprovechada y subversiva extravaganza de The Icecreamists desde su sede en Covent Garden, o el lavado de cara vía “marketing + sofisticación” de helados comerciales como Frigo y sus Magnum, hasta las pequeñas gestas locales de los heladeros artesanos que trabajan incansabemente desde mil rincones del globo, el mundo de la heladería es hoy un ente dinámico en continua reinvención, interesantísimo caldo de cultivo para la alquimia de sabores e ingredientes, la experimentación en el diseño de envases y la puesta en práctica de escandalosas estrategias promocionales. Pero también nos reserva, afortunadamente, magníficas sorpresas sápidas tanto en aquellos de origen artesanal como en algunos otros de fabricación industrial. Tras prolongadas deliberaciones, ahí va nuestro top 3:
Hace poco hablábamos de Italia y de sus excelente heladerías, que llegan a encontrarse en los pueblos más remotos. Bien, pues aunque aquí la media heladera sea algo más baja también encontramos algunos ejemplos de calidad sobresaliente. Y en muchos de ellos la culpa la tiene un italiano. Barcelona se puede enorgullecer de tener muy buenas heladerías, pero entre todas ellas nosotros nos quedamos con DelaCrem. Alojada en un discreto y minúsculo establecimiento de Enric Granados, su helado es por el momento el mejor que hemos probado en toda la ciudad. Tal y como decíamos, y no es de extrañar, detrás de todo esto se encuentra un maestro italiano, Massimo Pignata, piamontés dedicado a elaborar adictivos helados como los de Capuccino, Dulce de Leche, Avellana o Pomelo con menta. La demostración en definitiva de que lo importante para conseguir dejar boquiabierto al personal con un helado es el oficio de un dedicado, discreto y talentoso heladero, sin necesidad de tanto glamour, ni publicidad, ni absurdos escándalos mediáticos.
Que una fábrica de helados consiga un resultado tan bueno como el de una pequeña heladería artesanal de producción limitada es toda una proeza. Que además recupere sabores casi olvidados, invente otros con creatividad y buen gusto y además emplee materias primas únicas e insospechadas, convirtiendo todo ello en cremas heladas insuperables, es ya un auténtico milagro. Pero ese milagro existe, se llama Sandro Dessi y lleva produciendo helados y pastas italianas en Cataluña desde 1967. Bueno es saberlo, pues no teníamos ni idea hasta hace bien poco.
Sus estándares de calidad son altísimos y el resultado conquista el paladar de manera fulminante. El helado de Avellanas del Piemonte está ya en lo más alto de nuestro podio particular, pero tiene otras muchas variedades para rendirse a sus pies. Excepcional e inusitado es su helado de Chocolate blanco con matices de Violeta, delicioso gracias a esa combinación de texturas entre lo cremoso, lo granulado y lo crujiente que no se olvidará. Un guiño helado especialmente dedicado a madrileños (a quienes hará rememorar los típicos caramelos de violeta) y madridistas (por su tonos marfil y azulados). Otras propuestas sorprendentes son el Yogur de la Cerdanya, la Nata fresca de Ulzama, el Vinagre balsámico con frambuesas, el Pistacho esmeralda de Bronte, el Chocolate con naranja Grand Marnier o el Sobao pasiego con Orujo de Liébana. Fantasia y tradición bien formuladas para unos helados sólo disponibles en tiendas especializadas.
Suiza ha sido siempre sinónimo de chocolate, pero gracias a esta marca parece que va a cambiar y pronto será también sinónimo de buenos helados. Mövenpick empezó a producirse durante la década de los 40 en Zurich, en el primer restaurante del emprendedor Ueli Prager, quien desarrollo un emporio gastronómico y hotelero en las siguientes décadas. Después de 60 años de historia y siendo ya un producto de fabricación industrial (desde hace no mucho forma parte del Grupo Nestlé) , los helados Mövenpick sorprenden aun por su calidad, que respeta el principio de "cero aditivos", con unas texturas muy livianas, casi aereas, y unos delicados matices difíciles de emular. Su catálogo de sabores es realmente apetecible, entre los que destacan los de Caramelo, Nueces y sirope de arce, Fresas y frambuesas, Mantequilla salada o Miel de lavanda provenzal. El packaging viste de elegancia a este producto de lujo que aquí sólo se encuentra en establecimientos gourmet y a precios prohibitivos, aunque en el extranjero ya cuentan con una amplia red de boutiques franquicia y distribución de sabores exclusivos para sus hoteles.
Parece por tanto que los suizos han llegado al mundo de los helados para quedarse, tal y como demuestra también el auge de los helados de otra firma pastelera suiza, Hefti Jeunesse, que recientemente ha causado furor en el mercado gastronómico japonés, aunque aun no se han animado a prodigarse por estas tierras.