Mirador de Siurana + Finca La Boella
Hace un tiempo leíamos en las páginas del suplemento El Viajero de El País un reportaje llamado “Brindis por la reina mora”. En él proponían un recorrido intensivo por la comarca del Priorat. Aquel acercamiento al interior de la provincia de Tarragona, en las lindes del Parque Natural del Montsant, nos había despertado la curiosidad de tal manera que unos meses después decidimos acercarnos
Pero, una vez nos animamos, prescindimos de ajustarnos al itinerario que proponían. Haciendo un poco de investigación sobre la zona descubrimos un lugar que no se mencionaba en aquel reportaje y que parecía perfecto para una escapada hacia la tranquilidad. El lugar en cuestión era el Mirador de Siurana, un hotel de tan sólo 6 habitaciones encaramado a una roca con vistas a todo el valle del Siurana.
Parecía una espléndida atalaya de calma en la que disfrutar de la tranquilidad y la belleza de ese lugar, desconectar y dejar atrás por unos días el ajetreo de la urbe. Acceder a él fue en sí una pequeña aventura. Desde Barcelona bajamos a Tarragona, donde nos desviamos a la C-242, que rozando Reus se adentra hacia las montañas y llega hasta Cornudella del Montsant. Allí tomamos una serpenteante carretera que va de Cornudella a Siurana y que discurre entre las rojizas paredes de angostos desfiladeros forrados por una densa masa de pinos. Un kilómetro antes de la entrada a Siurana encontramos el camino que da acceso al hotel. Al llegar uno se da cuenta de inmediato de que la elección ha sido un acierto. No sólo el hotel sino la finca que lo rodea es un lugar perfecto para un retiro temporal, pasear, leer, otear a vista de pájaro la belleza del paraje o simplemente estar. La piscina es otro de sus atractivos, prácticamente al borde del risco más avanzado. Nuestra habitación, llamada Mas de l'Hereu, no es ni la más grande ni la que dispone de las mejores vistas, pero desde la ventana tenemos un encuadre privilegiado sobre las paredes que unos avezados escaladores se empeñanan en dominar.
El sol cae y aprovechamos para darnos un baño en la piscina antes de ir a probar la cocina de su restaurante, El Carcaix. Pronto descubriremos que la suya es una propuesta gastronómica tradicional, sin rastros de experimentación ni atisbo vanguardista, ni tan siquiera en su cuidada presentación. Por lo demás la comida es buena, muy buena, ya que el producto tiene categoría suficiente como para dar la talla únicamente con ser tratado con respetuoso esmero.
Cenamos allí dos noches. La primera, el menú degustación estándar que incluyen en su paquete fin de semana. Una Ensalada con queso de cabra bien aliñada pero demasiado común y una Crema de marisco aceptable, aunque sin duda traída por los pelos para un menú de principios de julio, conformaron los entrantes. De segundo un pescado, Bacalao al horno, y una carne, Redondo de ternera, ambos candidatos sólo para un aprobado justito y que anduvieron lejos de despertar pasión alguna.
Pero la segunda noche cenamos a la carta, y la cosa resultó bastante mejor. De primero un Pastel de salmón delicioso, jugoso y equilibrado en su mezcla de legumbres y pescado. Lo mismo podemos decir de la Esqueixada de bacalao, generosa y suculenta ración. Con los principales llegó un despliegue de poderío cárnico en toda regla. Buen hacer en las carnes, tanto al horno (cordero) como a la brasa (entrecot). Mucho más satisfechos esta vez, pasamos después a la terraza para disfrutar de un gin tonic y jugar al rummikub mientras sentíamos cómo la agradable fresca nocturna se posaba sobre la sierra.
Pendiente nos quedará una visita en la que explorar más extensamente la zona y adentrarnos por el Parque Natural. Esta vez vamos a descansar, de modo que el sábado nos dejamos caer en las tumbonas de la piscina y disfrutamos de nuestro retiro estival. Pero el sol aprieta y mucho, así que a eso de la 1 nos acercamos al pueblo de Siurana, un lugar verdaderamente peculiar, casi fantasmal salvo por una tiendecita a su entrada y un par de restaurantes en su interior. El pueblo está literalmente asentado en una plataforma de paredes cortadas y acantilados de vértigo y fue por este carácter inexpugnable un lugar de gran importancia estratégica bajo dominio musulmán, probablemente por ello el último reducto taifa de todo Cataluña en ser reconquistado por los cristianos. Aquí nace la leyenda de la reina mora que daba título al reportaje de El País, y que habla de la marca de la herradura que dejó la regente a lomos de su caballo antes de precipitarse al vacío para escapar de una rendición humillante. Desde allí pudimos disfrutar una infinidad de ángulos de su impresionante panorámica sobre el embalse del Siurana y también visitamos la iglesia, una pequeña construcción románica que presenta un curioso relieve en su pórtico lateral.
El domingo, después del desayuno (por cierto, buen embutido y selección de repostería casera) nos disponemos a partir, cuando de pronto una impresionante tormenta parece querer impedirlo. No hay otra opción que marchar, ya que abajo tenemos una cita para hacer uso de una de estas cajas-regalo-experiencia. Descendemos bajo una tromba de agua impresionante y nos dirigimos a las cercanías de Reus, donde hacemos un alto en nuestra vuelta a Barcelona. Poco antes de las 12 llegamos a la Finca La Boellla para asistir a una cata de aceites producidos en este complejo agrícola-hostelero. Aunque la guía es encantadora y parece esforzarse en todo momento por despertar el entusiasmo del personal, lo cierto es que la visita resulta monótona. El paseo a toda prisa bajo un cielo encapotado por la finca tampoco ayuda y además el molino está cerrado por ser domingo. De modo que tras un brevísimo paseo y una acelerada explicación acerca de las características de sus aceites, la cosa se ha acabado en poco más de media hora.
La tienda es bonita y con una presentación muy tentadora. Buena oportunidad para comprar un par de aceites: un Arbosana, especie local recuperada cuando estaba al filo de la extinción, y un Koroneiki, variedad muy fuerte de origen griego. También nos llevamos una pijada, una Sal Halen Môn, procedente de la Isla de Anglesey (Gales) y ahumada con madera de robles centenarios.
Parece que lo de la cata es el anzuelo para vender y atrapar más clientela, visitantes fugaces que por inercia acaban comiendo en su restaurant después del paseíllo. Pero ya que estamos aquí y nuestros intención de pasar una tarde playera se ha ido al traste con el aguacero, picamos y nos dejamos atrapar voluntariamente, aprovechando así para conocer su restaurante, del cual habíamos leído críticas algo irregulares. Espai Fortuny se llama este establecimiento integrado en el complejo hotelero, en homenaje al ilustre pintor reusense y destacada figura del noucentisme. El espacio está claramente inspirado en la paleta del artista, con tonos cromáticos que van del verde al granate pasando por los tostados y dorados. El mobiliario es el de un decadente salón burgués de finales del XIX y en una de sus vitrinas se exhibe un vestido diseñado por el propio Fortuny.
En lo que a gastronomía se refiere aquí se da una interesante propuesta mixta, entre lo clásico y la cocina de vanguardia, aunque con una selección de materias bastante desarraigada. Es ésta la flaqueza que por lo visto más se le ha reprochado, el hecho de no apostar por lo autóctono y emplear materias primas con poco o ningún vínculo con esta tierra, especialmente en lo referente a su selección de pescados (bogavante, salmón, etc). Y fue precisamente con una Ensalada de bogavante con la que dio comienzo nuestra comida. Un destello de saber hacer superlativo que, al margen de reproches de producto descontextualizado, nos pareció buenísima. Le siguieron de inmediato los segundos: unos también extraordinarios Ravioli rellenos de ricotta y jamón con foie, muy crujientes por fuera en una conseguida elaboración; y un aceptable Lingote de cochinillo, cocción impecable aunque en ración demasiado justa. Los postres los presentan en bandeja, todos ellos pasteles y tartas, de modo que tampoco nos dieron alternativa más ligera. Con una potente porción de Tarta Sacher y un agradable sabor de boca dijimos adiós a este paraje peculiar, olivar y viñedo a la vez que centro para eventos y posada de descanso, el cual resiste en un entorno verdaderamente hostil, entre aeropuerto, autopista y petroquímica.
















