Las excursiones musicales al infierno por las que un muchacho de pueblo pequeño de Pennsylvania llamado Michael Trent Reznor se hizo no sólo famoso sino reconocido durante la década del ‘90 probaron ser presagios de una mentalidad igualmente torturada por sus propios demonios internos, los que eventualmente terminarían volteando el errante barco de su existencia con la vehemencia suficiente como para que necesitara suspender toda la locura que lo rodeaba en un esfuerzo titánico por barajar y dar de nuevo. Para entender el recorrido que lo llevó a encontrarse cara a cara con el abismo más negro -el de la propia desintegración como profecía autocumplida- habría que remontarse a aquella infancia que él mismo se encargó de aclarar que no fue para nada una tortura pero que a su vez también estableció en él una manera de vivir y sentir que a fin de cuentas tuvo mucho que ver con sus padecimientos tardíos. Después de todo no es difícil teorizar que somos (todos) el fruto del árbol que estipula nuestra infancia, cuya nutrición en forma de amor, cultura y educación es tan importante como los valores y principios que nos son inculcados. Pues bien, al pequeño Trent mucho no tenían para decirle, sobre todo porque el pueblito donde nació hace lejanos cincuenta años, New Castle (cerquita de la frontera entre Pennsylvania y Ohio, bien al oeste) es uno de raíz agrícola, y por ende propende a la vida simple y reposada, a vecindarios donde todos se conocen entre sí y tardes pacíficas de apariencia eterna donde el tiempo discurre sin perturbaciones, calmo y silencioso como las máquinas que segan los cultivos cuando ya están lo suficientemente maduros. Nada de esto habla bien cuando se lo traduce a la mente de un pibe inquieto, con una notable necesidad y una marcada voracidad a la hora de consumir influjos y materiales culturales de lo más diverso y notorias tendencias al ámbito artístico, un espacio que, por supuesto, New Castle difícilmente pudiera darle. Por lo que durante su infancia, cuenta el mismo Trent, se transformó a la fuerza en un pibe de lo más retraído, de esos que se quedan todo el día en su casa mirando la tele en busca de películas que lo fascinen, leyendo libros, hojeando revistas, escuchando discos y enseñándose a sí mismos alguna cuestión que tenga que ver con el arte con el objeto de alimentar a su cerebro lo suficiente como para que le procurase una pronta y rauda salida de la cárcel que puede ser un pueblo pequeño y quedado en el tiempo. Para colmo, poco después de poner en venta la empresa familiar (de aires acondicionados) Reznor Company, sus padres se divorciaron y tuvo que irse a vivir con sus abuelos maternos mientras su hermana Tera se quedaba con su madre. Es seguramente en busca de solaz que el joven Trent buscó refugio en los cálidos brazos de la música, y sus tempranas aptitudes en el piano -dice su abuelo que ya a los cinco años lo aporreaba con bastante precisión- lo llevaron a que sus cuidadores le procuraran clases de este instrumento, las que tomaba con fruición y alegría pero cuya transposición al hogar familiar como práctica constante lo aislaban más y más progresivamente. Esto, sin embargo, no fue óbice para que continuara con su educación particular como con la que le impartían formalmente: en el secundario de la ciudad de Mercer, Reznor incursionó en el mundo de la tuba y el saxo con bastante eficacia, lo que lo llevó a formar parte de las bandas del colegio. Además de su interés musical, también tenía una preferencia por las artes dramáticas, donde sacaba a relucir todo eso que acumulaba por horas y horas de introspección y lectura, un carácter profesional y obsesivo que podía mutar en los tonos que fueran necesarios para la obra en cuestión, un registro vocal profundo y expresivo y una presencia escénica fuerte, decidida; todo detrás de la máscara de chico retraído y frágil que le había sido legada a la fuerza. Ya desde entonces se veían las dos tendencias conexas que conforman la personalidad de Reznor: un ansia artística y creativa maridada con una notoria predisposición al aislamiento y la individualidad. Tal carácter, que lo transformaría a posteriori en un muy buen ejemplo de esos genios que también son obsesivos de la perfección y necesitados de control absoluto, se apreció claramente en la carrera que eligió una vez que terminó la secundaria y debió pasar a la educación universitaria. A la hora de estudiar, Trent se enroló en Allegheny y se anotó en ingeniería en computación. Sí, ya lo sé, manso nerd (?) pero si lo piensan bien tiene sentido, pues años después, ya lejos de los claustros de estudio -más cerca de los escenarios- ese acercamiento obsesivo a los aparatos y minucioso en su configuración sería fundamental para iniciar el proyecto musical que lo alzaría entre los grandes innovadores de su tiempo.
Por supuesto, este grupo es nada menos que Nine Inch Nails, también conocido -para memorable confusión de Homero- simplemente como NIИ, y se trata, siempre tratando de no ser hiperbólicos, de uno de los grupos más característicos de la década del ‘90, cuya fusión de guitarras atronadoras y ritmos catárticos con jugueteos y sonoridades electrónicas y líricas llenas de angustia existencial y violencia contenida supo funcionar como una buena síntesis del lado más oscuro de la desesperanza que la mediatización de la oleada grunge puso en la palestra, y que no es más que la misma desidia de la generación X -aquel grupete de pendejos sin oficio ni beneficio ni perspectivas de futuro que fueron objeto de tantas músicas y tantas películas- pero canalizada ya no a partir de la abulia sino más bien de una suerte de virulenta oposición al régimen (psicológico, no necesariamente político) al que se veían involuntariamente sometidos. La historia de cómo Reznor logró llegar a estas alturas, empero, no está tan relacionada a los sentimientos de los pibes a los que impactó con su arte, sino más bien a una búsqueda interna de características bastante particulares. Basta con cronicar el comienzo de la historia de Nine Inch Nails, que se rastrea a los tiempos donde Trent había dejado la facultad y se había mudado a Cleveland, para entender por qué lado van las inquietudes y también las peculiares prácticas creativas de este muchacho. Como decíamos, tras un año de estudiar computación, Reznor se dio cuenta de que lo que realmente le apasionaba era la música, un arte que hasta entonces se había antojado para él como una afición pero que paulatinamente, merced a la exposición que había tenido a las distintas escenas que le pasaban por al lado, empezó a volverse su sueño, su vocación. Así que, para sorpresa y desagrado de sus abuelos, abandonó Allegheny, agarró sus petates y se fue para Cleveland, Ohio (la ciudad grande más cercana que tenía) para ver qué onda por allá. Tras probarse como tecladista en un par de bandas de la mediocre escena de la ciudad -que era también más pequeña de lo que creía- pegó un laburito como asistente y chepibe en los estudios Right Track, trabajo que según su jefe desempeñaba con obsesividad detallista y un perfeccionismo enfermizo, dedicación puntillosa hasta para barrer y encerar los pisos que le valió ganarse instantáneamente la confianza de su empleador, que como premió le permitió grabar sus propios temas en los tiempos muertos que tenía el estudio entre sesión y sesión. El germen de Nine Inch Nails comienza a gestarse aquí, con esas demos que Trent iba grabando por etapas y cincelando con precisión escultórica. Lo que empieza a gestarse también es esa perenne desconfianza suya en lo que refiere a expresar musicalmente las ideas de su cabeza, fundada aquí en la imposibilidad de hallar músicos lo suficientemente comprometidos y entrenados como para participar en la grabación de sus primeras canciones, lo que lo llevó a ejecutar todos los instrumentos -salvo batería- él mismo, tendencia que se sostendría hasta nuestros días. Como fuera, estas demos gustaron a un par de sellos, y Reznor terminó firmando con TVT Records, que hacia 1989 y después de llevarlo a laburar en varios estudios con productores que idolatraba (Flood, Adrian Sherwood) le editó su primer disco como Nine Inch Nails, el memorable Pretty Hate Machine. Claustrofóbico, minimalista y oscuro, el disco le valió la aclamación de los críticos y la conformación de su audiencia pero también fue un duro experimento autobiográfico que le costó superar. Los exóticos videos musicales y poderosas presentaciones del grupo en la ruta fueron el combustible que aumentó esta fama, pero también sus presiones. Cinco años de silencio, abuso de sustancias, bloqueo creativo y conflictos después, Reznor salía del pozo con otra maravilla autoreferencial, The Downward Spiral (1994), ya para Interscope, es una obra conceptual que refleja el resquebrajamiento y destrucción de la sanidad mental de su personaje principal, que podríamos decir fácilmente que es el propio Trent, que tras un tour de force autodestructivo que hizo eclosión cinco años después en el expansivo e intenso álbum doble The Fragile de 1999 debió internarse en una clínica de rehabilitación para tratar tanto su adicción al alcohol y a la cocaína como su ansiedad social y sus impulsos suicidas, los que por supuesto habían sido utilizados como recurso estético por Nine Inch Nails pero que llegaban ya a límites preocupantes. Para un pibe retraído como Reznor, ser una celebridad no era una bendición sino un maleficio, cada necesidad absurda del comercialismo un clavo más en su ataúd, y todos ellos confluyendo en su escapismo por la vía de las sustancias. Cuando reapareció seis años después con este With Teeth que hoy les ofrezco, sin embargo, Trent era un tipo nuevo, enfocado, decidido, y su música le siguió el tranco. Tal vez el más cancionero y cohesivo de todos sus álbumes, se trata de una ristra de canciones brillantes, donde se entrecruzan los pormenores de su lucha intestina con reflexiones crudas y difíciles sobre el amor, el desamor, la vida y, por supuesto, la muerte.