El sol acaricia las ventanas, me he puesto una delicada bata de seda… he puesto la cafetera y he notado el roce de la tela sobre mis pezones. El gorgoteo del café y su aroma… es todo un ritual. La soledad que disfruto me deja moverme en sensualidad plena. Mis sentidos escuchan mi cuerpo, deseoso y vivo. Acaricio el libro de Pessoa que quedó sobre la mesa de la cocina, como esperando ser abierto de nuevo. Mi corazón hoy late tranquilo, al compás de los sorbos de café que saboreo despacio, sin prisa. Nadie me espera, ni espero a nadie. Es ese privilegio de los que caminamos en soledad.
¿Habrá alguien que se atreva a amarme? Me sonrío… mientras acerco la taza a mis labios. Hablo conmigo misma, y yo misma me contesto:
—Querida mía, quien lo haga tendrá que soltar lo que cree sobre el amor. Tendrá que arder, desnudarse de ego, aprender a ver con el alma.—
Otra vez esa sonrisa aparece en mi rostro. Yo sé la respuesta. No. Nadie se atrevería a cruzar un abismo para llegar a mí.
¿Quién sería tan temerario? Tan osado, tan valiente… No. Ya no quedan esas almas, esas que están hechas de otra estirpe, esas que has despertado de entre el barullo de lo superficial, del ruido hueco de los días que no sienten. Esas almas no se cruzan en cualquier esquina, porque no caminan… se deslizan entre dimensiones, que no se encuentran, sino que se reconocen. Y para reconocerme a mí, tendría que haber ardido antes. Tendría que haber amado sin ganar, llorado sin esconderse, perdido sin rendirse. Yo no estoy hecha para los tibios. Ni para los que temen a la herida. Estoy hecha de fuego lento, de pausas sagradas, de silencios que acarician más que las manos. Hoy no me busca nadie, y tampoco yo lo hago. Pero si alguna vez llega… deverá saber que el camino no es corto, ni recto, ni claro.
Porque para llegar a mí, hay que atravesar primero el abismo que yo ya crucé sola.
L. M.