Ofrenda a mi rosa negra
No crece en jardines dóciles,
ni se riega con agua dulce.
Mi rosa negra nació
en el centro de una herida,
donde la luz no llegaba,
pero la vida insistía.
Está tatuada en mi piel,
como promesa y cicatriz,
como corona y sentencia.
Nadie la toca sin quemarse,
nadie la arranca sin sangrar.
Ella es mi estandarte,
mi emblema de fuego contenido,
de ternura que se niega a morir.
Cuando la miro,
recuerdo que he descendido al abismo…
y he vuelto con las espinas intactas
y el alma en flor.
L.M









