No estás muerta, sólo que el tiempo te borró de mi vida con la misma eficacia. Nunca fuiste (nunca irías) a donde escribo de vez en cuando, donde a veces igual te imagino sentada del otro lado de la mesa, ese pequeño paraíso de madera rota al final de mi infierno, de un metro de lado. Te veo de frente, enseñándome a administrar nuestra efímera eternidad, vos y yo a la misma distancia del vaso de whisky, tan equidistantes como lo estuvimos una vez de un beso, siempre en el centro de nuestro universo. Yo ahí, vos imaginada, tu sonrisa brilla más que tus ojos claros, con mi recuerdo de tu voz me decís una y otra vez, como si hubiera sido lo único que mencionaste en toda nuestra corta vida: "¿Por qué no nos besamos?", y la otra de tus frases que torció mi destino para siempre: "Vos deberías escribir". Fue hermoso solucionar la primera interrogante pero no fue por eso que te hice caso a lo segundo, fue porque si una profesora de literatura amante de los gatos, licenciada en letras y especializada en Historia del Arte dueña de la biblioteca mejor vestida que vi jamás, me decía que debía escribir, entonces debía. Por eso escribo, mi mejor tinta fue tu poesía. Fuiste la primera persona a quien le hice caso que no fuera yo, y desde entonces no he parado.
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