Decidimos atajar por los terrenos del templo, pensando que sería más corto e interesante. El sendero era muy vago y nos abríamos paso con mucha cautela. La hierba era tan alta que de vez en cuando nos topábamos con la estela de una tumba oculta en la maleza, una visión desoladora. No se veía más que bambú enano por todas partes y alguno que otro arborescente, pero achaparrado. Casi era imposible cruzar. A lo lejos la neblina primaveral se arrastraba leve por la falda de las colinas. En sus repliegues y en los campos vecinos los niños del pueblo recogían verduras tiernas. Allí plantadas mirando, teníamos escasas esperanzas de poder trasponer el escabroso terreno que nos separaba de la escena, que era tal que una no se cansaba de mirarla.
[…]
Alcanzamos un puente hecho con un madero. No sabía dónde estábamos pero no nos quedaba otra opción que intentar cruzarlo sin caernos. Sin duda esto no sería impedimento para la gente corriente, pero nosotras, vírgenes reclusas, no estábamos duchas en salvar tales obstáculos.
Cuando por fin alcanzamos el jardín no me pareció nada del otro mundo. Tampoco destacaba nuestra partida por su elegancia: todas corrían de acá para allá, cortando flores, arrancando ramas, todo de lo más desagradable. El jardín era al fin y al cabo un parque artificial y no un soto junto al camino. Y para mayor escarnio eran mujeres las que se comportaban así, no hombres. Me mantuve alejada y no me hizo ninguna gracia lo que vi.
«Vámonos ya —dijo la Sra. Nakajima—. ¿Qué camino tomamos ahora?»
«¿Por qué no volvemos por donde mismo vinimos?», sugerí. Las otras estuvieron de acuerdo. Como ya teníamos experiencia, el camino no nos resultó tan confuso esta vez. Por el camino las otras comparaban sus despojos, estaban muy ufanas de las ramas que habían obtenido tan desconsideradamente.
Entonces alguien me preguntó por qué no había recogido ninguna flor. «Oh, ¿quién soy yo para tomar ninguna pobre flor?», respondí. Pero con todo no quería distinguirme de las otras. Advertí un pimpollo de arce creciendo en una fisura de las rocas, donde nunca recibiría luz bastante para prosperar. «Éste será mi recuerdo —dije descuajándolo—. Lo llevaré a casa y lo plantaré en mi modesto jardín.»
Higuchi Ichiyō













