El ajetreado bullicio de la ciudad parecía tragarse a las personas sin que estas se dieran cuenta. Uno a uno, iban, inevitablemente sucumbiendo a la monótona rutina del día a día, perdiendo cada vez más deprisa la esencia que los conforma. Perdiendo la dirección y yendo hacia donde los lleva el trabajo, el estudio o los amigos. Y descubriendo, cuando ya es demasiado tarde, que están atascados en una vida miserablemente mediocre que toda la vida trataron de evitar, en su cabeza. Que no son felices, y que ni siquiera soportan ver su propio reflejo por más de cinco minutos.
Comienzan a notar que la incomodidad no surge del lugar, o de la compañía. Surge de dentro. De ese lugar por ahí escondido donde debe estar el alma, que te tira y te dice: “¿Qué mierda estás haciendo con tu vida?” Y vos te mirar los pies sin saber que contestar, porque no tenes la mas mínima idea. Y te preguntas porque todo este tiempo has estado haciendo y deshaciendo conforme a lo que los demás esperaban de vos. Y te queda ese agujero adentro que dos por tres te duele, te pincha y te sangra. Todo a la vez y no te deja pensar. Es un malestar que se te va acumulando en los pies, y a medida que aumenta se te hace más difícil caminar. Y cuando queres acordar, sentís que estas subiendo una montaña y que la cima está demasiado lejos para vos llegar con esos pies tan cargados.
Pensas que tenes que deshacerte de lo que no te sirve, pero es más fácil pensarlo que hacerlo. ¿Por qué, por dónde empezar? A lo mejor por esa persona a la que te aferraste y nunca te proporciono nada bueno. O por ese recuerdo destructivo que no hace nada más que molestar. Incluso por esos errores garrafales que no había que hicieras para zafar. Pero de vuelta volves a lo mismo. Un millón de cosas estancadas por ahí, guardadas acá y allá. Sin orden y etiquetas que te indiquen lo que sirve y lo que no. Y ahora la montaña es un volcán, y vos estas en el medio a punto de salir despedido con todas las porquerías toxicas que tenes adentro, por no haberte preguntado antes que hacer con toda esa basura que se te acumula dentro y que en algún momento tiene que salir.
El volcán entra en erupción. Destrucción irracional a cada paso y vos no entendes nada, o te haces el desentendido. La gente que tiene cabeza, se va al carajo y no la vez mas, y los pelotudos se quedan ahí parados mientras, la porquería los sepulta vivos. Y vos te olvidas. Solo te fijas en los que se piraron y no miraron atrás. Y te olvidas. De los que se quedaron ahí, viendo como la vida en si te sobrepasaba y no hacías nada para evitar lanzar todo contra todos. Pero ahí estaban, y vos los olvidas.
Otra vez. Despertate que te pasaste de parada, ya estas llegando tarde, de nuevo. Esta no te la van a perdonar, pero, tampoco te importa demasiado. Te perdes entre la gente que va corriendo de un lado a otro, y no sabes si estabas soñando o fue verdad. ¿Era imaginación o un recuerdo? Nadie te va a contestar, acordate que estas solo. Entonces empieza a llover y vos puteas porque no tenes el paraguas. Cinco minutos de lluvia y ya estas calado hasta los huesos. ¡Jodete! Te grita tu conciencia, y vos miras a todos lados como un loco buscando quien te hablo, hasta que te das cuenta que la voz provenía de tu cabeza. Seguís camina-corriendo y te paras en un kiosco a comprar un cigarro. Lo prendes y justo antes de subirte al bondi, lo tiras inundando el colectivo del olor asquerosamente putrefacto del cigarro y la gente te mira mal. Pero a vos no te importa. Son las seis de la mañana y ya te fumaste un pucho. A las seis y media va otro, y a las seis y cuarenta y cinco, el último antes de entrar, total ya vas tarde, que le hace unos minutos más.
Llegas y te llama el encargado. Otra vez suspendido. Así no vas a pagar las cuentas. Te fumas otro cigarro y tiras la colilla al suelo, total alguien más lo va a limpiar. Respiras hondo, inundando tus demacrados pulmones con el aire viciado de la carretera y caminas tranquilamente hasta la parada con el sobrecito amarillo en la mano. Y lo miras. La gente te mira. Y vos los ignoras. Vos y el sobre, el sobre y vos. La gente, los autos, las motos. El perro persiguiendo al gato. La vieja de enfrente barriendo la vereda. El vecino fumando en el balcón. La gurisa que va peinándose en la calle, porque seguro llega tarde a algún lado. Y vos ahí, con tu cigarro en la mano otra vez. Contaminando un poco más el mundo, con tu chimenea de toxinas personal. Y la gente te mira mal y vos no te das cuenta, o te haces el que no lo notas. Pero lo notas y te gusta. Pero a la vez no. A su vez lo detestas y en cualquier momento te salta la térmica y mandas a todo el mundo a freír espárragos. Pero no. No podes. Esta vez te gana el autocontrol y te tomas el bondi.
Otra vez lo mismo. El olor a cigarro inunda el ambiente y la enana al lado tuyo hace cara de asco. Vos te reis silenciosamente y miras por la ventana. El sobre amarillo ahí en tu mano, justo donde hace cinco minutos tenias el cigarro. ¿Qué loca la vida, no? Cuanta gente muriéndose por ahí, de quien sabe qué cosa y vos ahí con 20 años deseando morirte. Vos decís que no, pero la gente que te mira ve eso.
Mira vieja, un veinteañero que se quiere morir. Mira como fuma, termina uno y prende otro. Si pudiera se prende veinte puchos y se los fuma todos de una.
Y vos solo decís, de algo hay que morir. Como si eso consolara a alguien. Como si por decir eso te excusaras de todas las estupideces que haces con veinte años más o menos. Como pidiendo perdón por adelantado por todas las cagadas que te vas a mandar. Pero al fin y al cabo solo estas divagando en tu mente y nada de esto pasa.
Vos no tenes veinte, ni fumas, ni existe el sobre amarillo en tu mano, ni te dormiste en el bondi para ir al laburo, ni la vieja te miro mal, ni la gurisa se peinaba en la calle. Vos directamente no existís. No en este plano real y palpable que la gente llama mundo. Donde la gente muere día a día y a nadie parece importarle nada más que su propio culo. Así como vos, pero de verdad. Donde reparten su porquería en todos lados y se olvidan de lo que se quedan, fijándose solamente en los que se van. Y es que vos podrías ser real, porque con todas las cagadas que te mandas, creo que ya tenes ganado el derecho de existir en este plano físico y seguir haciendo estupideces. Pero no, eso no se puede. Porque simplemente así no van las cosas. Uno tiene que vivir lo que le toca y a vos te toco ser un divague inventado por alguien que tiene insomnio y se puso a pensar en las trivialidades estúpidas y no tan estúpidas de la vida cotidiana.