Durante mucho tiempo, la palabra “esquimal” fue usada para referirse a los pueblos que habitan las regiones más frías del planeta.
Pero pocos sabían que ese término —proveniente de dialectos vecinos— significa literalmente:
“comedores de carne cruda.”
No es un elogio.
Y para muchos, se convirtió en una etiqueta despectiva que reducía una rica cultura a un prejuicio.
El término correcto y preferido es “Inuit”, que significa simplemente “la gente”.
Así se identifican muchos de los grupos indígenas del Ártico, desde Canadá hasta Groenlandia.
Lo mismo ocurre con los pueblos Roma y Sinti en Europa del Este, a quienes durante siglos se les ha llamado con un nombre que no eligieron y que muchos consideran ofensivo.
Los pueblos Inuit son extraordinarios.
Sus cuerpos han desarrollado adaptaciones únicas al frío extremo.
Su conocimiento del entorno, su ingeniería del hielo y su relación con la caza son parte de una sabiduría milenaria.
A veces, su modo de vida genera críticas.
En especial, la caza de focas ha provocado indignación en algunos sectores occidentales.
Pero en esa discusión rara vez se recuerda que —para muchos Inuit— esa caza no es un lujo, sino una forma de subsistencia, identidad y respeto por el entorno.
Hipocresía es escandalizarse por la foca, pero ignorar el sufrimiento de millones de animales en granjas industriales.
Es más fácil juzgar desde lejos que entender desde adentro.
En una vieja fotografía aparece un hombre Inuit escuchando música por primera vez en su vida, desde un tocadiscos.
Su expresión es una mezcla de curiosidad y asombro.
Y basta una mirada para entender algo esencial:
El hielo puede ser duro…
pero el corazón humano, en cualquier rincón del planeta, sigue vibrando con las mismas melodías.















