El magnolio no intenta confundir la visión de quien lo contempla desde abajo con una profusión de ramaje. Incluso sus flores se distinguen netamente. Aunque las contemplo desde muy abajo cada flor es una forma única y distinta. No podría decir cuántas de estas flores independientes, cada una en su propia fase de floración, atestan el conjunto del árbol, pero cada una se tiene como una entidad aparte y entre ellas se ve el azul tenue del cielo nocturno. Las flores no son de un blanco puro, una blancura perfecta sería demasiado fría. En la blancura absoluta podríamos percibir un artificio para embelesar y ofuscar la mirada del espectador, pero las magnolias no son de este género. Estas flores se apartan modesta y abnegadamente de todo extremo de blancura con su tono cálido y cremoso. Permanezco un rato de pie sobre el enlosado de piedra, embebido, maravillado, contemplando aquella apilada sobreabundancia de tiernas flores que sondea el firmamento. Mis ojos abarcan flores y más flores, ninguna hoja.
Alzo la vista: magnolias y magnolias… el cielo entero.
Natsume Sōseki










