«Pero, en verdad, ¿por qué esos remordimientos, esos terrores? Yo no era por cierto una militante del feminismo; no tenía ninguna teoría respecto a los derechos y a los deberes de la mujer; así como antes me negaba a ser definida como “una chica”, ahora no me veía como “una mujer”: era yo. Sobre ese plano me sentía en falta. La idea de la salvación había sobrevivido en mí a la desaparición de Dios, y la primera de mis convicciones era que cada cual debía ocuparse personalmente de la suya. La contradicción que sufrí no era de orden social, sino moral y casi religioso. Aceptar vivir como un ser secundario, un ser “relativo”, habría sido rebajarme como criatura humana; todo mi pasado se sublevaba contra esa degradación.»
Simone de Beauvoir: La plenitud de la vida. Ed. Sudamericana, pág. 69. Buenos Aires, 1962
TGO
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