"Siempre la cualidad del enigma, hacen que los motivos plásticos y los objetos sean posturas que se orienten a una fisión hermenéutica entre el saber y la experiencia humana, y que dicha concepción trascienda esa muda capa de significantes que están por debajo de los objetos. Mucho se ha podido decir de este grabado en aguafuerte, mucha tinta ha podido correr debajo del molino y caer en un vacío infértil, diluyéndose como un mensaje que encuentra muy poco en lo que el grabado puede connotar, sugerir, ocultar o decir explícitamente: arguyendo simbolismos, referencias alquímicas, percepciones estrambóticas, alegorías renacentistas y técnicas plásticas. La audacia es esa figuración de la tristeza, como si fuera la congoja presentida de un duelo materno acontecido en la vida del pintor, que ni los instrumentos matemáticos o científicos, desclavados y estériles, nos pueden dar proporción, simetría, duración, medida y tangibilidad a las cosas sostenibles en el tiempo del mundo y la durabilidad de este, ya que nunca se puede determinar la temporalidad de uno cuando es momento de irse o partir de esta prisión material anclada sobre el cuerpo, cuyo grillete abierto a los pies del ángel, sugiere esa noción de libertad de esa cárcel corpórea. El ángel melancólico, portando las llaves de la sabiduría, está acompañado de un angelote apesadumbrado que escribe unas cuentas, como el sembrador de eternas dudas y pasiones sobre los humanos, y de un psicopompo figurante —un perro— el eterno coadyuvante en el limbo no por su fidelidad, sino por su instinto de olfato, alerta y seguimiento, se sostienen en la congoja de la renuncia y lo empático; junto a la escalera de siete peldaños, como gradación del ascenso espiritual a las virtudes teologales, siendo una pequeña reducción del cielo, atravesado por un cometa en medio de un arcoíris y el sombreado lunar, cuyo murciélago (votivo de la noche eterna y la bilis negra) surca y porta el emblema lingüístico del grabado, hasta culminar en la subida hacia un torreón, que sostiene un reloj de arena con la medición del tiempo a la mitad, y a su lado se halla una balanza neutral y jerárquica, que espera sopesar el valor y el volumen de alguna alma dubitativa de acuerdo al comportamiento mundano y su paso por la Tierra, pero de qué tipo de esencia hablamos, tal vez el rostro esbozado en ese romboedro o poliedro diga mucho o nada, o el cuadrado mágico de cuatro x cuatro, con el número treinta cuatro sumado por sus cuatro lados sea la cifra de la meditación, la soledad y la capacidad de resolver problemas cuando uno se abstrae del todo, que nos da la sensación de la futilidad, del raciocinio y el sustento abstracto de idealizar lo que está más allá de las posibilidades cognitivas, los fenómenos inexplicables y las cuestiones espaciales del motivo, hasta esperar ese tintineo, ese absorto llamado a nuestras acciones meritorias o condenables, mediante esa campanilla en estado inocuo y faz silenciosa. La esfera es el alma de la totalidad pitagórica, el summum divino, el infinito de las formas, el arco de lo omnipresente. Aquí Durero recrea el motivo de la esfinge con el sustrato de la interrogante que es indecible para casi todos: la muerte y la cuestión del alma, pero puede ser eso y mucho más, el acto del pensamiento, o la fatal perspicacia de la fantasía y la imaginación como subyugante condición de vivir aterido hacia el lado más irrealizable de la vida."