CDMX es enorme y eso llega a aminorar lo pequeña que me siento estando entre edificios de más de cuarenta pisos. Quema el sol. No sé cruzar la calle sin que salga un auto de la nada, y eso que volteo tres veces por lado. El semáforo apenas cambia y alguien ya te saluda con el claxon. Me tropecé por ir viendo las jacarandas y las nubes. Tengo un morete en la pierna. Lo valió. Encontré cafeterías y museos y parques y muchos perros y flores. Qué bonito estar acá en primavera. Cada esquina se me antoja para una foto postal. Mandártela. Hay contaminación pero no como llegué a pensar que no vería las nubes. Hay nubes y hay aviones. Soy fan del ruido que hacen los aviones. Sale el sol y se pone de colores extraños, una vez me contaron que entre más bonito el atardecer, más contaminación hay. Encontré panaderías para inspirar a mi hermanita. Chocolates. Hay toda la gente del mundo. Conocí a un bebé hijo de mamá colombiana y papá michoacano. He encontrado muchas cosas, situaciones y personalidades. Y música inesperada mientras paso por la ruta verde. No estás tú. La gente camina rápido y súper absorta. La soledad es una cosa extraña. Te reafirma que aún lleno el vagón del metro, las distancias entre auras son enormes, y el que te quiere está del otro lado del país, en otro estado donde hace frío. Ya quiero verte.
Clara Ajc












