Sobre la vocación del espacio
Toda construcción de identidad supone una pelea permanente con el entorno, dicha resistencia al igual que la identidad misma tiende a morfar, asumiendo la espacio-temporalidad que supone la condición humana. Es así como un montículo de tierra pasa de ser campo de batalla a fuerte de guerra y luego Centro Cultural Miguel Ángel Asturias, un espacio que la condición humana convierte en “lugar”, con peso e historia que además de fascinante, también es irrelevante fuera del conocimiento.
El asumir la falta de fisicalidad dentro de la idea de “lugar” y la irrelevancia que ofrece cualquier producción del conocimiento humano, abre la puerta a una deconstrucción de la identidad proyectada sobre el espacio, por que, sí la historia no está escrita en piedra, sí el conocimiento que “tenemos” no es nada más que el reflejo de nuestros límites, entonces, el teatro nacional de Guatemala, el montículo de tierra, el fuerte de guerra, son todos lo mismo. Un lugar atrapado en el tiempo, en lo humano.
Como el contraste entre el Problema del Indio y Hombres de Maíz, Guatemala es producto de una transformación que usa el tiempo como vehículo, somos guerra y cultura, balas y maquillaje, un problema a resolver y gente hecha por los dioses. Desde acá nace una pregunta que sigo sin poder responder ¿Por qué existe el centro cultural?
Indagando en esta pregunta me encontré con - La laguna del soldado - la cual era un foso que rodeaba lo que antes fue el fuerte San José, una construcción que sigue compartiendo el espacio con el teatro, el fuerte tenía un puente levadizo que permitía la entrada y funcionaba como cuartel militar y prisión, dentro del fuerte los muros gruesos y los calabozos bajo tierra estaban diseñados para resistir los ataques enemigos y aislar a los habitantes, como un castillo medieval, pero en la Guatemala de 1846.
Bajo el miedo de invasión el entonces presidente general Rafael Carrera construye el fuerte como parte de un plan de fortificación de la ciudad, sin embargo, la duda surge ¿Que implicaciones semióticas supone la existencia de un castillo en la ciudad de Guatemala?, para encarar esa pregunta debemos recordar que durante la presidencia de Carrera la bandera de Guatemala mantenía los colores rojo y amarillo de españa, además el general retoma el poder apoyado por el clan Aycinena, comerciantes muy poderosos que se remontan al tiempo de la conquista y que habían sido expulsados del país por los liberales.
Es en este contexto que Carrera construye el castillo / fuerte de San José, un castillo que recuerda a Castilla y que de alguna manera pasa a formar parte del discurso de soberanía de esas familias que se veían amenazadas por los nuevos criollos. De la misma forma que la laguna del soldado evitaba la entrada al castillo, Carrera buscaba construir un sistema que conservará el estatus de los clanes coloniales, evitando la entrada de “los otros”. El ejército y la iglesia se convierten en herramientas perfectas para el control de la nueva nación.
Un lugar atrapado en lo humano
Durante parte mi visita al teatro nacional, dos cosas sobresalen, la primera es la inmensidad del espacio, la sensación de vacío y de solemnidad, casi como entrar a una iglesia entre semana, la segunda cosa que resalta es el nombre, Centro Cultural Miguel Ángel Asturias y desde aquí, la pregunta surge ¿Por qué Asturias?.
Más que buscar una respuesta la duda pretende apuntar la relación entre el nombre de Asturias y el teatro, una relación que de alguna manera se hace solemne debido a la atmósfera formada por la presencia estructural del centro cultural, como un padre levantando la ostia luego de la homilía.
¿Que podemos decir sobre el acto de darle a este lugar el nombre de un escritor? el centro cultural es una construcción, de cierta forma un texto materializado con hierro y cemento, ¿es el nombre del centro cultural una condena de muerte? de la misma forma que la vida de Asturias y la vida de todos es una condena, tal vez sea una manera de generar nuevas memorias, recuerdos que yace en el suceso, en el acto de existencia mismo, sin importar cuánto tiempo dure la estructura.
Cualquiera sea la respuestas, estando en medio de los edificio y caminando por los pasillos no pude sacudirme la idea que el lugar se construyó para que lo consumieran, es tan fino, tan modernista pero también tan claro, concebido en un tiempo y espacio absoluto que solamente vive dentro del conocimiento humano, la construcción en forma de jaguar y montaña tiene vida, tiene nombre, nace del cuerpo y sangre de Efraín Recinos.
El centro cultural Miguel Ángel Asturias, con su arquitectura moderna y su textualidad en capas yace donde antes se pretendía conservar el rojo y amarillo en Guatemala, donde funcionó un fuerte que luego fue cárcel, el espacio morfó para constituirse en diferentes lugares, cada uno con funciones muy distintas, sin embargo, es en este constante cambio de vocación donde resuena la pregunta sobre la identidad.
En una toma muy personal me atrevo a decir que la identidad no es una carretera recta, sino más bien una pista de entrenamiento, como la del recién re-identificado estadio Doroteo Guamuch Flores, donde avanzar significa recordar, reinterpretar y de alguna forma revivir, como se dijo al principio del texto, es una pelea constante con el entorno, una vocación cambiante.
Es por ello que más allá de la historia del teatro, la curiosidad me apunta a la historia del montículo, el pedazo de tierra creada por nadie, la naturaleza misma, un regalo de los dioses a la gente de maíz, ¿Qué más hará el montículo?, ¿Qué lugar será después que la estructura viva del teatro muera? ¿A dónde se dirigen la gente de maíz?.