Las cocinas se encontraban llenas y los sirvientes y cocineros, quienes manejaban las recetas y los condimentos, soltaban gotas de sudor, cuales golpeaban los blancos pisos de mármol, haciendolos brillar como si acabasen de ser trapeados. No lo estaban. Por lo que sé, no había ningún tipo de descanso en estas cocinas. Los sirvientes trabajaban como esclavos en esta parte infernal del palacio, cumpliendo su sentencia. No pararían si quisieran llegar a su casa sanos y salvos, aunque sólo irían ahí para dejar sus ganancias con su familia, para después regresar a sudar un poco más. Algunos se deshidratarían y morirían ahí mismo, pero para ellos eso no era excusa.
Las cocinas estaban custodiadas por mujeres de ochenta años, comandadas por la Matriarca, ella quien fue alguna vez la Reina del palacio, pero fue mandada a instruir mujeres viejas con técnicas árabes avanzadas, las cuales alguna vez le fueron enseñadas a ella misma. El Rey no tenía opción más hacer esto después de que su padre muriera. El reino hubiera implotado si nunca se hubiera llegado a esta solución, así que era esto o nada.
Las mujeres viejas se paraban afuera de la entrada, armadas con rifles y cuchillos, todas cubiertas con hijabs blancos. La Matriarca, por otro lado, se sentaba en una mecedora en la azotea de la cocina, cubierta por un hijab negro, armada con un francotirador de larga mira y una gran bazooka verde acomodada a su izquierda, en caso de necesitarla. Una o dos veces al día, la Matriarca bajaría por las escaleras a supervisar a los sirvientes y felicitar al cocinero, o mandarlo a matar si los falafels no eran tan buenos como esperados. La Matriarca no estaba enojada o siquiera molesta con su nieto, el Rey, lo único que no podía tolerar era que el oh tan aclamado Rey no hacía nada mas que comer, dar ordenes y dormir y cogerse vírgenes a su placer. Gibran, ella pensaba, lo que habría dado por haberte educado yo, en lugar de tu padre, mi hijo...
Al contrario de Gibram, su padre era un Rey trabajador. El mismo caminaría una u otra vez a las cocinas a revisar que todo estuviera en orden. Cocinaría de vez en cuando los falafels para enseñar a los sirvientes y cocineros como hacerlo apropiadamente. En vez de esto, Gibram pasaría por las cocinas, diciéndole a sus vírgenes que este era el lugar donde la magia sucedía... Inhalaría el aire viniendo de las cocinas y dibujaría una gran sonrisa que casi podía tocar su enorme y puntiaguda nariz. Sus oscuras y pobladas cejas se levantarían en forma de felicidad cada vez que el pasaba por ahí, para después continuar llevándose a sus vírgenes a su cuarto. Su padre era un gran Rey, pero toda persona tiene sus debilidades, y la suya fue haberle dado todo a Gibram en cuanto él llorara, haciendo de él un niño concentido y caprichoso. SIn embargo, le dio una excelente educación, preparándolo para cuando le tocara convertirse en Rey. Un Rey inteligente, pero al mismo tiempo un Rey consentido.
Que lástima, la Matriarca pensaba de él, más no podía hacer más que supervisar y sentarse en su solitaria mecedora café en la azotea, disparando unos cuantos misiles de vez en cuando como distracción.