«Y es que la ortodoxia, militante, sólo alcanza sentido pleno frente a una heterodoxia. Y así, los herejes fueron seres fecundos para la vida de la Iglesia, puesto que le ofrecían ocasión de actuar y moverse, cosa que, por necesidad íntima, ya le estaba vedado. Ya no podía evolucionar ni crear, puesto que todo estaba hecho, descubierto y creado. Si nadie se oponía, si ninguna fuerza se enfrentaba pretendiendo cambiarla o destruirla, ¿qué tendría que hacer? ¿Un mero afirmarse a sí propia en el vacío?
(Es curiosa esta paradoja de la ortodoxia —de toda ortodoxia—: lo primero que precisan para existir es una heterodoxia.)»
María Zambrano: Horizonte del liberalismo. Ediciones Morata, págs. 216-217. Madrid, 1996.
TGO
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