Estoy. Estoy a un latido de mi. Y aún así, me siento tan alejado. Me veo, y no reconozco al cuerpo que está presente, pero mis emociones, esas, las siento a diario. La energía se consume mediante el pensamiento al que rumeo tanto. El futuro me acecha, el tiempo me aplasta, me siento un existencialista sin filosofía.
Por otro lado, al platicar de esto con la gente. Observo. Observó la forma en la que me juzgan. Juzgan creyendo que es fácil. Diciendo “todos pasamos por lo mismo” “es cuestión de moverse”, pero me doy cuenta de algo, todos tenemos un algo que postergamos. Es curioso como somos, damos consejos, juzgamos a otros, sin darnos cuentas (o más bien, sin querer darnos cuenta) de lo que cada uno necesita trabajar en uno mismo.
La solución. Callar. He aprendido a callar cuando estoy siendo juzgado. Pero sucede algo. Pierdo los estribos con mi familia. Es una sensación de reclamo. Es curioso, como el único lugar, donde uno se debería sentir más seguro, es donde se siente más juzgado.











