Restos de un culo blanco cuya mujer lavaba con Ariel
Cada vez que alguien me saluda
con la mano derecha
se me revuelve un
no sé qué que no sé yo
en algún cajón.
En el mismo cajón
donde guardo un aguilucho
que siempre da la cara al sol,
incluso cuando se dibuja como gaviota
que surca las playas
donde van a naufragar las neuronas.
Y guardo también a un político zurdo
que habla a oscuras
con su mano derecha
mientras su mente se pajea
con la pornografía de una gaviota
comiéndose una rosa.
Una rosa de color oscuro,
color que se diluye entre la sangre morada
que ha perdido su viveza,
y ya no recuerda si la regaron con besos
un 14 de Abril
o si condenaron sus pétalos
en un frío año acabado en 39.
39 como las veces que he gritado
como si mis pulmones sirvieran de algo,
como si pudiera arrancarme las cuerdas vocales
y volverme muda
porque soy de contar chistes malos
y en España el humor es algo muy serio.
Y ya no sé si me da más miedo
escribir sin letras lo que nadie quiere oír,
o callarme esperando
a que la historia se repita en medio de esta locura.
Cuando escucho la palabra exhumación
se me ponen los pelos de punta,
desde el dedo del pie hasta la cabeza
porque España es el lugar
donde cuatro huesos hediondos
duelen más que la vida.
Esa vida que solo acaba de echar a andar,
tras más de cuarenta años de siesta.
Y me explota una bomba en la cabeza,
y mis sesos de historiadora fracasada
se desparraman en esa historia interminable
jamás olvidada.
Y un fascista al que se la pone dura
la cruz de los caídos.
Y dos polos opuestos
que siguen echando chispas.
En medio de la crispación
de un cristal ya roto
que nunca llegó a cambiarse.
Supongo que todo eso se guarda
en cuatro huesos hediondos
cuya estela pesa tanto
que no deja escapar a la voz dormida
de los esclavos de un aguilucho reciclado.













