«En la Apología, el famoso diálogo de Platón, cuando Sócrates expone su propia defensa, después de haber sido condenado a muerte, explica cuál es la misión del filósofo. La función del filósofo consistiría en agitar a los atenienses y despertarlos, en criticarlos, irritarlos y recriminarles, igual que un tábano pica y excita a un noble caballo, cuya propia corpulencia vuelve pasivo, y así le espolea y lo estimula. Yo soy filósofo, como tal he interiorizado esta definición socrática de la filosofía. También mis textos de crítica social han causado irritación, sembrado nerviosismo, inseguridad, pero al mismo tiempo han desadormecido a muchas personas. Ya en mi ensayo, La sociedad del cansancio, traté de cumplir esta función del filósofo, amonestando a la sociedad y agitando su conciencia para que despierte. La tesis que yo exponía es efectivamente irritante: la ilimitada libertad individual que nos propone el neo-liberalismo no es más que una ilusión. Aunque hoy creamos ser más libres que nunca, la realidad es que vivimos en un régimen despótico neo-liberal, que explota la libertad. Ya no vivimos en una sociedad disciplinaria, donde todo se regula mediante prohibiciones y mandatos, sino en una sociedad del rendimiento, que supuestamente es libre y donde lo que cuenta son las capacidades. Sin embargo, la sensación de libertad que generan estas capacidades ilimitadas es solo provisional y pronto se convierte en una opresión, que es más coercitiva que el imperativo del deber. Uno se imagina que es libre, pero en realidad lo que hace es explotarse a sí mismo voluntariamente con entusiasmo hasta colapsar, y este colapso se llama burnout. Somos como aquel esclavo que le arrebata el látigo a su amo y se azota a sí mismo, creyendo que así se libera. Eso es un espejismo de libertad.»