La salud mental es complicada. En mis períodos más inestables me siento como si fuera un pez que se muerde su propia cola hasta consumirse, sordo y sometido en el torbellino del vacío que se acumula en mis oídos. Como si el vacío pesase mucho más que todo a mi alrededor haciendo presión hasta ahogarme en mi propia condescendencia.
Soy consciente de que no estoy bien. Sin embargo, la consciencia aquí solo es otro punto negativo. Mi mente se traslada a un ascensor parado, encerrada con claustrofobia y sé que no puedo salir sola y a pesar de eso, no siento ningún grito de auxilio brotando de mi garganta.
Lo peor de todo no es mi propio fracaso, sino hacer daño a todo el que te rodea. Es una espiral de miedo, no puedo dejar de hacer cenizas mi autoestima, de autoflagelarme con mis pensamientos en voz alta hasta el punto de llorar por no saber castigarme solo en silencio. Me levanto cada mañana y me da miedo perder a mis seres queridos si los sobrecargo con mis "problemas". Y las noches, por las noches de repente siento el terror observándome y susurrando que quizá no quieran o no sepan esperar hasta que me cure. Peor aún, quizá me quede sola y solo sepa culparme a mí misma.
Lo peor de todo sin embargo no son los miedos, los períodos inestables, las recaídas. Lo peor es ver su cara de desconcierto cuando por fin logra abrir la puerta del ascensor y yo sin embargo sigo pegándome de bruces sin querer salir. Ni siquiera tengo claro si no quiero o no puedo. Esa sensación de fallarle porque quieres a esa persona que te soporta todo, es lo más doloroso.










