Mi abuela de niño me decía que cuando ella muriera me iba a estar cuidando desde el cielo, cuando fui adolescente tuve mis dudas sobre el cielo, después me hice adulto y tuve la entera certeza de que el cielo no existe. ¿Qué cómo lo sé? No lo sé, estoy seguro de que es así, que el verdadero paraíso es morir y no sufrir nuevamente los achaques del cuerpo, las crudas, el temor a las enfermedades, las preocupaciones económicas, el ya no toparse con personas que hacen la vida poco más que soportable. Nunca le quise decir a mi abuela que había dejado de creer en el cielo. Recuerdo que estaba en la cama enferma y le preguntaba si podía hacer algo por ella y me pedía que sacara un libro de un cajón que estaba en su cuarto, tenía oraciones para los enfermos, yo lo leía, rezaba el rosario con ella. Y no le decía a la abuela que no creía porque no la quería mortificar, a ella le preocupaba que toda su familia creyera para que pudiésemos reunirnos después de la muerte, para ella la falta de fe era una falta severa a Dios quien siempre nos procuraba, por eso todos teníamos salud y estábamos en un núcleo amoroso, para ella todo eso era la mejor prueba. Los últimos días de mi abuela me puse más triste al pensar que si es que no existe el cielo ya no habrá oportunidad de vernos otra vez, me convenía creer por motivos amorosos, para volver a verla y abrazarla, me ponía tan triste esa incertidumbre, y era tan duro, también pensaba que el día de mi muerte dejaría todos mis recuerdos y con ello todos a los que había amado y de los que había aprendido. Le quería preguntar a mi abuela ¿Si es que existe Dios para que quiere que seamos eternos? Luego pienso en que si Dios existe y nos quiere tanto como yo a mi abuela, a mis papás y mis hermanos, a mí, me gustaría que ese amor fuese eterno y no dejar de verlos. Uno quiere entender a Dios cuando apenas puede entenderse a sí mismo. Una semana después de que la abuela se fue me la encontré en la sala de la casa: