Había sido una noche larga, no había visto a mi madre desde el día anterior cuando mi padre me recogió del viejo edificio en el que mi madre vivía. Solía pasar los fines de semana en ese viejo edificio, nunca me sentí muy seguro en él; tenía la sensación de que se vendría abajo en cualquier momento, pero era lo único que mi madre podía permitirse.
Cuando en el desayuno del lunes llegaron las noticias fui testigo de cómo el rostro de mi padre se drenaba de color, se levantó de la mesa rígidamente y pidió que se le preparara el auto. Todos en la casa tenían una expresión tensa, inquietante. Mi padre pidió que lo acompañara. El trayecto fue tenso, no sabía si mi padre estaba en condiciones de conducir, aun esta pálido como tiza. No tarde mucho en reconocer las calles y a hacerme una idea de a dónde nos dirigíamos.
Nos detuvimos frente al edificio en el que vivía mi madre o en lo que quedaba de él. Baje demasiado rápido, el auto todavía ni siquiera se detenía por completo. Mi padre no parecía tener la misma urgencia por bajar que yo pues se quedó en el auto más tiempo del necesario, como si estuviera tomando valor.
Caminar por el edificio era difícil, tenía miedo de que con algún paso en falso la construcción se derrumbara llevándose consigo a mi madre. Había más gente, además de mi padre y yo; bomberos, doctores, gente en estado de histeria, pero no estaba mi madre.
Cuando llegue a su piso no parecía haber nadie ahí, podía escuchar a mi padre detrás de mí pero a nadie más. Encontré la puerta al apartamento pero antes de girarla mi padre me hizo a un lado y pasó el primero. Ver el estado de aquel lugar me provoco un horrible ardor detrás de los ojos y mi reparación se aceleró mientras comenzaba a llamar a mamá, nadie contesto.
Mi padre se adentró en la habitación en la que había dormido mi madre mientras un sentimiento de pérdida se asentaba en mi corazón. Creo que una parte de mi lo supe desde que vi el edificio, quizá desde que subí al auto con mi padre. Un fantasma habitaba en esas paredes, el fantasma de mi madre.
Espere fuera de la habitación, apoyado contra la pared, esperando escuchar la perdida en los llantos de mi padre. Él la amaba, mucho. Quizá demasiada era su pena que no volvió a emitir sonido en vida.