«¡Cómo, señores cartesianos, porque los animales no podrían hablar en latín o en francés como vosotros, y porque no podrían expresarse en vuestro lenguaje para deciros sus pensamientos y para explicaros sus deseos, sus dolores y sus males al igual que sus placeres y sus alegrías, los miráis como puras máquinas privadas de conocimiento y de sentimientos! ¡Con esta condición, también os haríais creer fácilmente que unos iraquíes y unos japoneses, e incluso que unos españoles y unos alemanes, sólo serían puras máquinas inanimadas, privadas de conocimiento y sentimiento, en la medida que no entendiéramos nada de sus lenguajes y hablaran como nosotros! ¿En qué pensáis, señores cartesianos? ¿No veis bastante claramente que los animales de una misma especie se entienden unos con otros, unos a otros? ¿No veis bastante manifiestamente que se asocian entre ellos, que se conocen y se hablan unos con otros, que se aman, que se acarician unos a otros, que juegan y se divierten bastante a menudo juntos, y que algunas veces se odian, se pelean y no se soportarían unos a otros al igual que unos hombres que se odian y no se soportarían unos a otros?»
Jean Meslier: Crítica de la religión y del Estado. Ediciones Península, pág. 201. Barcelona, 1978
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