Una poeta joven, Paula Ilabaca, me ha pedido a mí, un poeta adulto mayor, que presente Bonzo, el libro de un poeta aún más joven, Maximiliano Andrade, que inaugura la editorial Cástor y Pólux. Me dice que el lanzamiento será en la Fundación Neruda. Siempre me he jactado de ser uno de los pocos de mi generación que no perteneció a los talleres de la Fundación Neruda. Me desagrada el concepto de generación, entre otras cosas, porque me hace sentirme viejo y mañoso. En mi condición de viejo mañoso le doy un vistazo al archivo en pdf del libro y encuentro algunos “monitos”, como llaman despectivamente algunos a los poemas visuales. Me gustan los libros con “monitos”. Después me entero que además Maximiliano ha subido otros materiales relacionados a una página web: bonzobonzo.cl Al entrar en ella me encuentro con un fondo compuesto por dos tramas de líneas diagonales grises sobre blanco, con una textura gruesa, y otras figuras tridimensionales que giran sobre su eje pero que se desplazan de acuerdo al movimiento del mouse. Lo más interesante, sin embargo, es que antes de que se convierta en una experiencia interactiva, ocurre una interrupción: otras rayas negras, diagonales en el sentido opuesto, cubren la pantalla como si fuera un canal mal sintonizado en un televisor antiguo, como si súbitamente perdiéramos la señal. Esta tensión entre una estética digital y otra análoga se hace recurrente al ir bajando por la página. Allí nos encontramos primero un video titulado “los huesos tienen el sonido de la luz”, en el que se escucha la voz de un computador leyendo, a veces a tropezones, un poema sobre una base rítmica más bien dura y pesada, mientras se suceden imágenes superpuestas sobre la misma trama diagonal que dejan traslucir los contornos de algunas figuras. Algunos se referirían a esto como “ruiditos”, aunque lo considero más cerca de un poema sonoro, aunque la verdad tampoco me importa mucho que sea o no un poema sonoro: lo que me importa es ese tono, gastado, sucio y a la vez frío que se desprende. Si nos seguimos deslizando, encontramos también algunas palabras deformadas de manera bastante expresiva, y algunos textos animados. Hay otros dos videos más, “luz / dolor / imagen”, donde la imagen distorsionada de un hombre pareciera bailar, y “bonzo”, en el que se proyecta el loop de otra persona caminando una y otra vez por la calle. En una entrevista con Macarena Jiménez, Maximiliano comenta que estos trabajos no son “innovadores ni nada”, pero que forman parte del proceso, pruebas que le han servido para “no encontrar nada”. Por lo mismo, también forman parte del libro mismo, como interludios entre los tres bloques de texto. El primer grupo son aquellas tramas de fotografías que, según explica, son “deconstrucciones digitales de fotografías de personas que se quemaron a lo bonzo”, y el segundo son textos manipulados aleatoriamente sobre un escáner, que me recuerdan algunos poemas visuales realizados por Bob Cobbing en su célebre fotocopiadora. Aunque el autor los considere meramente ejercicios, en mi caso sí han teñido fuertemente mi entrada en la lectura, y me permitieron comprender mejor su poética que oscila, como él también plantea, entre lo que se entiende y lo que no se entiende. Este efecto se logra plenamente en la estructura global de Bonzo. Las tres secciones están compuestas por series regulares ajustadas a distintos moldes: la primera serie está formada por un título, un fragmento de prosa en cursiva (que marca, además, una primera persona) y algunos versos, la segunda, casi igual pero sin cursiva, y la tercera consiste en preguntas y respuestas. Esta estructura contiene textos que, a internamente, parecen bastante absurdos o desparramados, incluso sin puntuación, y permite alternar el equilibrio entre un “yo” que aparece al comienzo y al final de manera más lírica y dramática en contraste con la voz predominante, en sujeto impersonal o en verbo infinitivo, más distante y objetiva, quizás cercana a la de Carlos Cociña en algunos de sus libros. Me resulta particularmente atractiva esta condición de este libro, que tiende a la regularidad y la contención y se desmarca de una subjetividad más efusiva como la que primaba en su proyecto anterior, Sangre de Pájaro I [viaje al centro de las cosas]. Y la valoro, además, porque se liga a otra de las operaciones determinantes en este libro, que no trata de “su” propio sacrificio, sino del sacrificio entendido de manera plural. Es más, como dice en un verso, es establece una clara distancia: “Es imposible tener la imparcialidad de un monje budista frente a la muerte”. Y allí se vuelve clave el cuestionamiento recurrente al lenguaje que, del mismo modo que Lihn reconoció en el umbral de su muerte, resulta insuficiente. “Morir es una posibilidad del lenguaje”, es una de sus moralejas de Bonzo. “No hay lenguaje”, otra. La última, ni siquiera es una afirmación, sino una pregunta que cierra el libro sin respuesta: “¿Por qué escribir fuego y no quemarse a lo bonzo?”. Sólo podría contestar con otra pregunta, que me he hecho más de alguna vez: ¿es la escritura una experiencia o una forma de escapar de la experiencia? Pienso en un poeta que defiende la escritura como una experiencia en sí misma, Antonio Gamoneda, quien también ha recurrido al fuego como una metáfora constante de la memoria y el lenguaje: “arden en mí los significados”, y que, al igual que Maximiliano, lo comprende también como una experiencia interior: “Cierro los ojos y/ arden los límites”. Pero pienso también en uno de los protagonistas ocultos de este libro, Eduardo Miño, militante comunista y miembro de la Asociación Chilena de Víctimas del Asbesto, quien en diciembre de 2001 se quemó a lo bonzo frente a La Moneda. El final de su carta resulta aún más conmovedor leído desde hoy: “Esta forma de protesta, última y terrible, la hago en plena condición física y mental como una forma de dejar en la conciencia de los culpables el peso de sus culpas criminales. Esta inmolación digna y consecuente la hago extensiva también contra: Los grandes empresarios que son culpables del drama de la cesantía, que se traduce en impotencia, hambre y desesperación para miles de chilenos. Contra la guerra imperialista que masacra a miles de civiles pobres e inocentes para incrementar las ganancias de la industria armamentista y crear la dictadura global. Contra la globalización imperialista hegemonizada por Estados Unidos. Contra el ataque prepotente, artero y cobarde contra la sede del Partido Comunista (PC) de Chile. Mi alma que desborda humanidad ya no soporta tanta injusticia”. Pienso, por último, que un verso de Maximiliano podría hacerle justicia a su sacrificio: “Abandonarlo todo/ menos el resentimiento”.