INTERNET es la ciudad global digitalizada. No hay nada virtual ahí: es todo materialidad, desde los cables, los servidores, los dispositivos hasta el software, las señales del wifi y las antenas. La nube es una abstracción para el vox populi del compejo de computadoras de alguien más.
Y como toda ciudad global, está al servicio de la extracción de valor, la circulación de información y mercancías, la concentración de poder y la articulación política de las clases dominantes. Solo que acá el tecnopoder subsume al resto de las ciudades globales. Cualquiera megalópolis, desde Tokio hasta Londrés, colapsaría en pocos días sin Internet.
Este orden de realidad, necesariamente vigilante, solo se explica en la medida que en la medida en que la industria militar avanza tan rápido que acelera los procesos productivos del mercado tecnológico y, con ellos, los de la vigilancia.
A su vez, la industria cultural se ha vuelto objeto de experimentación de la psicología conductista que está detrás de este mercado. Detrás solo en el sentido pretendidamente científico de los desarrolladores tecnológicos. Famosa por el perro de Pavlov, está teoría psicológica desde los años 1950 viene sirviendo como marco teórico de los modelos de condicionamiento humano; en la medida que evolucionó en las universidades a "ciencia social" e influyó en las mismas, no tardó en colarse en el conjunto de las instituciones subjetivantes.
Los organismos financieros han sido audaces en ver la potencia que tenían estas teorías no solo para la publicidad, sino también para la propaganda y la totalidad de la industria cultural. ¿Cuánto más eficiente que pasar, escuela por escuela, a reclutar estudiantes para el servicio militar, es ponerlos a jugar Call of Duty desde los 11 años, haciéndolos que deseen ser militares? Mientras tanto, el mercado de los videojuegos se hace con unos cuantos millones de pesos.
Mediante una electrizante fusión entre mercados culturales y tecnológicos, permitidos por las algorítmicas redes sociales digitales, las plataformas de streaming, los celulares y los videojuegos, pero desde antes la televisión y otros medios masivos de comunicación, la industria militar regentea el curso del capitalismo.
Capaz de imponerse políticamente sin disparar un solo tiro, las clases dominantes tienen a sus subcomandantes en los CEOS de las bigtechs y a sus comandantes en las mesas chicas de los organismos financieros más concentrados. Apenas más abajo en la cadena de mando, compiten por ser las favoritas del capital la industria cultural de masas y la burocracia político-estatal.










