Grietas rellenas con un licor de seis peniques
Transito mi piel con los dedos, cómo si no hubiera crecido con ella, cómo si no me perteneciera; como si esta no llevara mis tatuajes y mis recuerdos con ella. Siento el cosquilleo de su yema sobre la cárcel de mi voz y cómo poco a poco va decidiendo si subir o bajar sobre el recorrido de mi piel con estrellas moteada.
Estoy frente al espejo, y veo cada una de mis grietas. Tengo una debajo de la ceja, otra en la rodilla, dos en las caderas y una en la cintura. Me recorro con la mirada, viendo nada más que a un cuerpo desnudo con nada más que un sujetador y unos pantalones cortos de pijama que sujeta un licor de lágrimas que tiene el valor de unos seis peniques apoyada sobre la jamba de la puerta.
Estoy llena de grietas, de destrozos de bombardeos que al espejo gritan ¡Guerrera! ¡Guerrera! ¡La niña de las estrellas fugaces con los ojitos de cristal es una guerrera!. Esas grietas, que ahí están, me insisten en que estoy hecha de mis circunstancias, que ellas son muchas y que no puedo dejar que una sola me defina. Que soy madrileña guerrera, que quema en el instante en que escribe y canta. Cómo diría Ortega y Gasset, “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”.
Mis circunstancias son mis cicatrices y los destrozos de mis bombas atómicas, desconozco si en serio es tan difícil de comprender. Estoy rota, lo celebro. Estoy rota y aun así lo canto, lo escribo, lo hago mío joder. Tengo grietas por los dejes del pasado que muchos pensarían que deseo olvidar. Que deseo olvidar cada vez que me he caído al suelo, cada vez que me he enamorado y he gritado siendo presa de ese subidón de adrenalina que decían que consistía el querer.
Pensarían que desearía olvidar esas despedidas de esa gente que prometió volver y jamás lo hizo, dejándome sentada en mi ventanal de “La Romana” con dos cafés en la mano que poco a poco con la espera se fueron enfriando al mismo ritmo con el que se destruía mi confianza.
Pero no, no deseo olvidar nada. No deseo olvidar aquello que me convirtió en magia. Le echo una última mirada a la botella que agarra mi mano. Todas las lágrimas que he llorado, en esa botella se encuentran, convertidas en ese licor. Cuando vuelvo a levantar la vista, oigo la voz de mi sombra en mi oído, que parece que hoy viene con planes distintos a los de hacerme menos y hundirme en los recodos de mi ser.
- ¿Te ves? ¿Te ves en ese espejo? - Yo asiento, no entiendo nada. - Estás llena de grietas, estás hecha una mierda. ¿No ves que estás hecha un desastre? Seguro que piensas que nadie te va a querer, seguro que hay días que quisieras coger todo el maquillaje del mundo y pintar sobre la piel de tus cicatrices hasta que estas parezcan que comienzan a desaparecer. Seguro que alguien más además de mí, te hizo sentir menos, que no valías nada. Cariño, yo no soy la única causa de tu falta de confianza y lo sabes. - Lo sabía, claro que lo sabía, pero ¿a dónde quería llegar mi maldita sombra? ¿No podía ya dejarme de una vez? - Pero eres perfecta, eres única y eres auténtica. Aún no lo entiendes, pero niña, con tu manera de sentir y de querer, no hay otra. Privilegiado va a ser aquel que te ame con cada átomo de su cuerpo, que apoye tus locas ideas, que incendie la cocina contigo; y que más que nada toque a tus cicatrices cómo se han de tocar. Porque tú cariño, hasta en el hospital te lo dijeron, eres el orgullo de los médicos. Eres digna de admiración y de amor.
Pego un trago de mis lágrimas, pues ya no las necesito, ya no me pertenecen. Porque ya no necesito derramar más lágrimas, si voy a querer, que me quieran entera. Que me quieran con todo y más. Que me quieran con paz y con guerra. Ama mis lunares, mis cicatrices. Ama mi locura y mi cordura. Ama este puzzle, hecho y desecho. Ámame, con los pies en la tierra, haciéndote tocar el cielo hasta que con tus dedos puedas rozar los planetas y cuando te haga llegar al infierno, allí donde queman las brasas.
- Niña del espejo, no vuelvas a aceptar un cariño en rebajas, que mereces más.
María I













