Lo inminente
¿Quién me manda a hacer esto? Hace quince minutos que estoy en la vereda sin poder dar un paso más. Miro incrédula la fachada de su casa esperando que me abra para poder entrar. Y olvido que ahora la llave está en mi mano, no en la suya.
Las palpitaciones taladran mi pecho, mi cerebro siente que va a estallar. No puedo hacerlo. Sin embargo, como me advirtieron que hoy era el último día para poder resolver qué va a pasar con todo, tengo que accionar. Desde mañana sólo será una demolición y arrojar todo lo que haya en el interior a contenedores, a hogueras. A menos que lo detenga y me imponga. Que decida qué va a suceder.
Tengo ese poder, casi mágico en mis manos, de transformar este pasado en el futuro de la forma que yo guste; o permitir que se deshaga toda esta historia en pseudofuturo, en vender y dejar que otra propiedad más pase de hogar a departamentos hacinados, inertes, de mala calidad.
Quien me manda a tomar estas decisiones sabe que no hay nadie más que pueda hacerlo. Le da igual si hay una casa bonita en medio de la ciudad o un edificio horrible que tape la luz del sol a los vecinos. Sólo cumple con su trabajo. No tiene la presión que siento yo, la que me paraliza.
La piel de mi frente toca la reja. No me había dado cuenta de mis movimientos. Mi mano, temblorosa, abre la puerta.
Es extraño que me invada el aroma de las flores. Jazmines del país invadiéndolo todo. Desde afuera no se notaba. El pasto parece más verde, recién cortado, rociado con el agua de manguera de cada atardecer. Llegan los zumbidos de abejas, el canto de las aves. Lo gris quedó atrás.
“Mica.”
Busco el origen de la voz. Me resulta familiar.
“Mica, vení que tengo el mate listo.”
Voy.
Ahí está, ante la mesita de cemento revestida de segmentos de cerámica. Me hace un gestito con la mano para que me siente a su lado y mientras me acerco me va cebando un mate humeante.
Me mira con seriedad.
“Estás pálida.”
Me estira la mano y toma la mía. Es tal cual como la recuerdo: suave, cálida. Me abraza y oigo como un murmullo, su sollozo suave.
Me pongo contra su pecho y escucho el latido de su corazón. Ahí lloro yo.
Me incorporo para sentarme a su lado y mientras tomo el mate me ofrece una bandeja que tiene tortafritas.
“Ahí tenés miel, m’hija.”
Como en silencio mientras la miro. Ella tiene la vista perdida en el horizonte.
Nada parece haber cambiado. Y sin embargo…
“No me contaste de tu examen.”
¿Qué examen? ¿El de la facultad? Pero si yo ya me recibí hace 10 años.
“Espero que haya valido la pena tanto esfuerzo. Yo te vi dormida en la mesa de la cocina con mi mate a un lado y una jarra de café al otro. Saqué todo porque no quería que me rompieras nada. Y como me dio lástima despertarte, te tapé con la frazada tejida.”
Todavía recuerdo el aroma a lavanda de esa frazada, pero nada de esa situación.
“Me fue bien, abuela. Aprobé.”
Se le ilumina el rostro y me devuelve una sonrisa que nunca le había visto.
Pasa un instante y se le ensombrece.
“Es el momento.”
No entiendo, pero a la vez, sé qué es lo que me quiere decir.
“Esta casa siempre fue tuya. Y mía. Y de tu mamá. Pero podés hacer lo que quieras con ella.”
La miro.
Hay un ruido afuera.
Volteo hacia éste y cuando vuelvo la vista donde estaba ella, está todo tan oscuro que no la logro ver.
Afuera, en la calle se escuchan ruidos aturdidores.
Me levanto a tientas y vuelvo sobre mis pasos.
Llego al frente de la casa y me sorprende que no haya nada de la vida que noté antes.
En la vereda, el ingeniero, de casco y lentes oscuros, está dando órdenes a sus empleados que están sobre las máquinas.
Retorna todo a mí: el pánico, la ansiedad. Doy un paso más y veo la luz del sol.
Giro sobre mis pies y la casa está en penumbras, fría, hostil.
Doy dos pasos hacia atrás y quedo con los brazos extendidos contra la reja, esperando lo inminente.
~Micaela Bertona~














