Y cuando despiertes verás mi rostro en tu rostro, sentirás mis manos fundiéndose con tus manos y mi respiración ahogándose con la tuya. Podrás culpar al tiempo de llevarse consigo aquel hermoso rostro que tanto te enorgullecía, y todo porque nunca supiste o no quisiste darte cuenta de que serías para siempre bella ante mis ojos. Hoy el día golpea tu rostro y lo desviste, lo maltrata sin respeto alguno, porque el tiempo es indiferente, no eres más bella ni más horrible, eres suelo surcado de donde flores no volverán a nacer. Hoy amanece en mi habitación, el día golpea mi rostro, no me importa. Ojalá hubieras entendido cuánto te adoré, que el motivo de mis postraciones eras efectivamente tú, y que sí, probablemente estaba loco, pero la cordura no es permitida en el hombre que ama, pues de ser cuerdo, no se enamoraría. Perdona este atrevimiento pues, mujer, y deja que mi nombre se escurra entre tus oídos una vez más, quizá el viento se encargue de recordártelo, o lleve a tus labios alguno de los mil sabores que puedes encontrar en los callejones. Ese sabor rancio, ese sabor dulce, ese seré yo. Entonces te darás cuenta de que no debiste haber permitido que yo me fuera lejos de aquí, que quizá tu vida hubiera sido miserable o feliz: no lo sabrás. Yo, por el contrario, soy miserable sin ti, pero al menos sé que no puedo aspirar a nada más que no sea escribir y fingir que puedo ser feliz. Camino por las calles de manera taciturna, veo los rostros como espejos unos de otros. El asesino despierta en mí el asco y la empatía del mismo modo en que el niño lo hace. Ya nada hay que me haga feliz, pero tampoco nada que me pueda hacer sufrir. Vivo los días como Sísifo vive la roca. No te odio, te amo, y precisamente porque te amo te odio. Se equivocaron los ángeles del cielo y del infierno al proveerte la belleza de la rosa, porque esa es tu apariencia, pero tu naturaleza es de espina. Como el búho de Wilde morí para hacerte brillar, y eso no me dio tristeza ni felicidad. Esta es la última vez que sabrás de mí, tal vez escuches rumores sobre mí, que me embarqué en alguno de los viajes del Capitán Nemo, o que me fui con los indios de las regiones de Sudamérica a las regiones transparentes que se encuentran escondidas en las amazonas. Es la última vez que escucharás de mí, y precisamente por eso, quiero que recuerdes cuánto te amé y cuánto no volverás a ser amada por nadie que conozcas en esta o la otra vida. Soy la sonata que Mozart nunca terminó, lo que escuches de mí sólo será lo que pudo ser: una verdadera melodía agridulce de mi amor.