Mi refugio del tedio se encuentra al otro lado del vaso de Jack, bajo una pálida luz amplificada por vinilos de 45 rpm. Encuentro una tregua en esa mesa de madera de 1 metro cuadrado frente al parlante infestado de punk rock, donde me devuelve la mirada el abismo de una negra pared con leyendas incrustadas como joyas en la corona de los que gobernamos la caída del sol. El piso amarillento rebota el eco de mis huellas, como una contraseña: “tranquilo” me dicen las baldosas impías “te reconocemos, podés pasar”. Afuera se quedan los de siempre, los que constantemente pasan por la puerta y nunca entran, o los que lo intentaron y no lo lograron, y los que ni siquiera sospechan que este lugar existe, los que no lo encontrarían, incluso después de leer esto. Son aquellos que desprecio, los normópatas, los dictadores diurnos, los tiranos de la felicidad, los que solo usan la noche para dormir. Quienes no conocen el lado oscuro del día jamás escucharon el grito de la madrugada, la poesía que ocurre mientras sueñas.
Me escondo en ese lugar del reloj donde nadie me buscará nunca, en esa zona fuera del alcance del decoro y las buenas costumbres. Este lugar me protege, entiende que mi bandera es de papel higiénico, acá las sonrisas de plástico no llegan, en esta trinchera los payasos de ese circo llamado “normalidad” no hacen reír a nadie. Mi refugio es este punto de choque donde suelo perseguir quimeras, lo único que nos salva de caer en el abismo que carcome el piso que nos sostiene.
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