Como una serena letanía, sus verbos se conjugaban prendidos en la oscura luz de su sombra. Con la cruz de Pedro bordada en el centro de su pecho y el estigma de un ofita, con los dedos formando un tridente y con la palabra adquirida de fieles mentiras, su voz sonaba sepulcral al otro lado del altar, mientras bendecía el sacrificio del inocente, quien, entregado sin voluntad, iba a rendir cuentas ante el Señor de las Sombras, ante el Rey de lo Perverso, el Altísimo del Pecado sacro... mientras las sierpes arrastraban sus semillas plantando la esencia de sus entrañas, dejando tras ellas la savia temporal de lo que llamaban la Luz de su Señor. Sobre el canal abierto, latiente en borbotones de suplicas calladas y tintadas de rojo, las manos del iluminado, en nombre de su Amo, se alzaron valientes cuando germinaba el poder y la gloria de quien hace su Voluntad e impone pleitesía. "La Ofrenda" ©ɱağa














