El Visitante (Parte Dos).
Sin embargo, al entrar se sintió abrazado por una ráfaga helada que le provocaba dolor en los huesos. La chimenea se había apagado, sólo un hilo de humo podía percibirse ascender por los aires. “¿Qué está pasando?”, se preguntó ya con la voz nerviosa. Miró a su alrededor con los ojos hundidos en un temor aún incrédulo, el corazón le palpitaba con ansiedad; podía vérsele brincar debajo del delgado suéter que vestía. Detuvo la mirada en la puerta corrediza de cristal que llevaba al jardín, la misma que estaba abierta de par en par, dejando entrar la gélida brisa nocturna. No pudo resistir sentir a sus piernas quebrarse por el miedo, su rostro terminó por palidecer y su boca por secarse. Trató de dar un paso, pero le fue imposible, estaba paralizado, aun con la agitación del temor haciéndole mella en la respiración, no era capaz siquiera de mover los ojos. Sus extremidades se congelaron, al igual que sus pensamientos. Sin embargo, veía moverse frente a él a la oscuridad; esa mota de nada, esa mancha de sombras, ese ente que gemía conforme se expandía en el interior de ese espacio hasta hacerlo uno con él.
La luz dejó de iluminar, la música de ambientar, ahora sólo era el silencio acompañado de los huecos, mas agudos, gemidos del visitante. Sigilosamente, moviéndose entre veloces pausas, el ente se posó frente a los ojos desorbitados del insomne. No tenía rostro. Era un simple esbozo oscuro que se perdía en la nada, pero se podía sentir su presencia; el frío, el vacío, la muerte..., y un sonido gutural que provenía de alguna parte de la negrura que se cernía en el interior del estudio.
“¡Escúpelas!”, los oídos del insomne se colmaron de dolor al sentir en los tímpanos esas agudas letras taladrándole la cabeza. Su garganta ardió, su estómago se contrajo y, como si el ente se hubiese colado en sus tibias entrañas, las pastillas que había tragado fueron sacadas de su interior violentamente. Lloraba, todo lloraba. Dolía, ardía, quemaba... Suplicaba, entre sollozos rogaba, pedía en el silencio de su boca, la cual yacía abierta a la nada, una razón para lo que estaba pasando; no entendía nada. Ya no era sólo el miedo lo que lo atormentaba sino la violencia con la que esa presencia lo ultrajaba.
“¡Calla!”, volvieron sus oídos y su cabeza a doler, eran demasiado agudos esos sonidos, tanto que le provocaron a los tímpanos sangrar. En su mente, en algún espacio aún libre de la oscuridad que lo penetraba, se hacía presente sólo una pregunta... “¿Estoy soñando?”. El ente se revolvió en sus adentros, poco a poco, se sumergía en sus poros, se le incrustaba por cada orificio en una danza vacua e inerte; le llenó la boca, la nariz, las orejas, los ojos... Lo fue ahogando de nada, y el insomne, lo poco que quedaba de él, gemía en algún rincón de su mente carcomida... “¿Estoy soñando?”, fue la última pregunta que su mente formuló mientras el ente, con el singular frenesí de un loco, terminaba su labor.