Of Flesh and Double Standards — from The Chronicles of Tartarus
Había pecados capitales que, al posarse sobre una mujer, parecían crecer como sombras alargadas al caer la tarde. No porque fuesen más graves, sino porque el mundo los miraba con otros ojos. La lujuria era uno de ellos: al hombre se le perdonaba siempre. Al diablo —decían— le resultaba imposible condenar al mujeriego, a ese conquistador celebrado que enreda voluntades con la misma facilidad con la que desordena sábanas, que transforma una noche pasajera en hazaña y la pasión en trofeo.
Ella, en cambio, no recibía indulgencia alguna. A ella la llamaban fácil, ligera, como si el deseo fuese una brisa que bastara para alzarle la falda, como si no tuviera peso el corazón ni espesor la piel. Pero ¿de verdad creen que las mujeres son de alma frívola y carne distraída? ¿A quién culpan, cuando el placer embriaga con la misma intensidad a todos? Los hombres también se pierden en la embriaguez de las sábanas de seda, del vino caro, del perfume ajeno, del calor de un cuerpo que no les pertenece y del aroma íntimo de una piel prestada.
Amorío. Una palabra incómoda para algunos, excesiva para otros. A mí me parece exacta: suave y violenta a la vez. No siempre alberga amor, pero nombra lo que ocurre cuando dos voluntades se encuentran sin promesas ni eternidad. Y, al final, ¿importa realmente quién comete el acto? Todos somos dueños —o eso creemos— de nuestro cuerpo. Sucumbir a las pasiones bajas es asunto de quien las abraza y de quien resulta tocado por ellas.
No soy juez para dictaminar si la lujuria debe ser condenada solo porque comparte el color rojo de la sangre. Somos seres de carne, y la carne es frágil. Nadie es completamente de piedra, ni siquiera de mármol. A veces ni siquiera hace falta el contacto: basta sostener la mirada demasiado tiempo para que las pupilas se dilaten y la imaginación haga su trabajo en silencio. Las palabras subidas de tono se escapan de los labios como pecados involuntarios.
Nadie está exento de la tentación. Solo algunos fingen no haberla sentido nunca.











