El pasillo estaba a oscuras. Solo pude ver la silueta de alguien recortada contra la ventana, durante un instante –el instante que duró un relámpago que estalló en el espacio haciendo vibrar todo elemento existente–. Noté un líquido cálido en mis manos, que brotaba desde mi estómago y se deslizaba entre mis piernas hasta llegar al suelo. Todo a mi alrededor parecía distante, como si yo no perteneciera a aquel lugar. Como si nunca lo hubiera hecho. Como si mi tiempo como ser humano se hubiera acabado en algún punto y, a partir de ahí, hubiera estado robando el espacio a otro. La silueta se aproximaba hacia mí. Parecía alarmada. Aquella figura agitada parecía pertenecer a una mujer. Me pregunté por qué parecía tan alterada. Intenté dar un paso hacia ella y la sensación fue extraña: fue como si me hubiera intentando aproximar a un lugar conocido, a un hogar, a un sitio reconfortante, a un nido. A un nido vacío. Un lugar donde ya no había calor ni esperanza y las promesas estaban rotas. Noté algo frío y duro bajo mi pie –¿estaba descalzo?–. Miré en aquella dirección y vi un cuchillo, el destello de un cuchillo, como si me lanzara un guiño cómplice y morboso, ensangrentado. ¿Sangre...? Entonces me di cuenta. Aquel líquido que brotaba de mi estómago era mi sangre. Aquel cuchillo había abierto una herida en mi estómago. ¿Pero cómo...? Entonces me alcanzó aquella mujer. Su olor me era tan familiar y cercano...Casi quise llorar en aquel instante. No por miedo o alegría, sino por tristeza. Dejé caer mi peso sobre sus brazos, que me rodearon rápidamente, como si temiera que en algún momento mi cuerpo se evaporara y desapareciese para siempre. Movía los labios rápidamente, tenía los ojos como platos, pero no sabía qué decía ni qué quería expresarme. Lo único que hice fue dejarme tender en el suelo por ella y mirarle a los ojos. En aquellas pupilas distantes –y cercanas al mismo tiempo– pude ver que algo me saludaba. Un viejo recuerdo. Cientos, miles de ellos. Los vi desfilar, infatigables, raudos, saludando con intensidad, como si fuera esa la última vez que íbamos a vernos. Pero no eran sus recuerdos. No, no lo eran. Eran mis propios recuerdos, despidiéndose de lo que quedaba de mí. Los vi a través de los ojos de ella, de mi madre, porque en aquellos espejos un brillo infinito no veía el presente, sino que estaba viendo lo que fui, lo que en algún momento fui. La persona que siempre fui. El humano que era quien era. El ser que tenía su lugar en el universo, su propio lugar, personal e intransferible, suyo por derecho y naturaleza. Y desde allí, a través de sus ojos, mi memoria se había quitado el velo para dejarme ver el momento en que dejé de ser quien era, el instante en el que perdí mi lugar, mi razón y mi determinación dentro del espacio y el tiempo de este mundo. El día en que desaparecí para ser otro que no era yo, el día en que le robé el tiempo a alguien. Y todo lo ocurrido desde entonces había desembocado en esta escena, el único epílogo que podía esperarse. El único resultado posible. Volví a vislumbrarme a mí mismo, a quien fui, a quien dejé de ser. Me estaba despidiendo del yo que había ocupado un lugar no correspondido. Aunque quizá, en el fondo, ambas partes se estuvieran reconciliando también. Es posible que entre toda aquella sangre y oscuridad se pudiera apreciar una mirada de disculpa. Porque el día en que mi vida cambió no debería haber ocurrido, pero ocurrió. Y aquel, lamentablemente, fue el principio de mi historia, no el final, ni siquiera un interludio: el principio. Y comencé una batalla que nunca debí haber librado. Una pelea personal conmigo mismo. Un odio visceral y huidizo a las miradas. Furtivo, lento, letal. Aprendí tarde que en ese tipo de batallas uno debe encontrar su propia redención y no obcecarse en hallar su castigo pero, en el fragor de una lucha a muerte, ¿quién puede percatarse de ello? Pocos, muy pocos, o nadie. Pero la redención está ahí. Puede no ser tarde aún. No para algunos, sí para mí. Adiós, digo, pero no pronuncio palabra. Solo noto el calor, el mío propio y el de mi madre, su amor, el amor que he recibido de mis seres queridos a lo largo de toda mi vida se abalanza sobre mí como una ola enorme e inevitable. Y yo la recibo con los brazos abiertos mientras digo "adiós, adiós, a...diós".