Lo que se ha perdido es único y entonces el mundo se puebla de réplicas.
—Ricardo Piglia, Un pez en el hielo.
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Lo que se ha perdido es único y entonces el mundo se puebla de réplicas.
—Ricardo Piglia, Un pez en el hielo.
Escribir. Ricardo Piglia
Uno escribe porque está desajustado con la vida. Esto no supone ningún privilegio ni garantiza una profundidad, es una grieta entre la experiencia y el sentido, no entiendo cómo se produce y de dónde viene ese pensar de más y esas leves alucinaciones y por eso tal vez escribo un diario, para mantener a raya esa extrañeza, pero no he logrado más que confusión. Es cómico, uno busca entender lo que…
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Joyce mantuvo otra relación con el psicoanálisis, o mejor dicho con un psicoanalista, y en esa relación personal, en una anécdota, se sintetiza un elemento clave de esta tensión entre psicoanálisis y literatura. Joyce estaba muy atento a la voz de las mujeres. Él escuchaba a las mujeres que tenía cerca: escuchaba a Nora, que era su mujer, una mujer extraordinaria; escuchándola, escribió muchas de las mejores páginas del Ulises, y los monólogos de Molly Bloom tienen mucho que ver con las cartas que le había escrito Nora en distintos momentos de su vida. Digamos que Joyce estaba muy atento a la voz femenina, a la voz secreta de las mujeres a las que amaba. Sabía oír. Él, que escribió Ulises, no temía oír ahí,junto a él, el canto siniestro y seductor de las sirenas.
Mientras estaba escribiendo el Finnegans Wake era su hija, Lucia Joyce, a quien él escuchaba con mucho interés. Lucia terminó psicótica, murió internada en una clínica suiza en 1962. Joyce nunca quiso admitir que su hija estaba enferma y trataba de impulsarla a salir, a buscar en el arte un punto de fuga. Una de las cosas que hacía Lucia era escribir. Joyce la impuslaba a escribir, leía sus textos, y Lucia escribía, pero a la vez se colocaba cada vez en situaciones difíciles, hasta que por fin le recomendaron a Joyce que fuera a consultar a Jung.
Estaban viviendo en Suiza y Jung, que había escrito un texto sobre el Ulises y que por lo tanto sabía muy bien quién era Joyce, tenia ahí su clínica. Joyce fue entonces a verlo para plantearle el dilema de su hija, y le dijo a Jung: ‘Acá le traigo los textos que ella escribe, y lo que ella escribe es lo mismo que escribo yo’, porque él estaba escribiendo el Finnegans Wake, que es un texto totalmente psicótico, si uno lo mira desde esa perspectiva: es totalmente fragmentado, onírico, cruzado por la imposibilidad de construir con el lenguaje otra cosa que no sea la dispersión. Entonces Joyce le dijo a Jung que su hija escribía lo mismo que él, y Jung le contestó: ‘Pero allí donde usted nada, ella se ahoga’. Es la mejor definición que conozco de la distinción entre un artista y… otra cosa, que no voy a llamar de otro modo que así.
—Los sujetos trágicos (literatura y psicoanálisis), Ricardo Piglia.
Eran como cartas, notas personales, libros sin forma. Una mujer real está detrás de la escritura. «Si esta muchacha infiel me olvidara, no tendría a nadie para quien escribir», decía Connolly.
Quienes entendían a las mujeres escribían libros muy elegantes: Flaubert, Henry James. Quienes no las entendían, escribían libros caóticos: Joyce, Malcolm Lowry. Había que hacer una teoría sobre esa relación. Kerouac había escrito su confesión en una noche y Pavese su libro a lo largo de treinta años, pero la cuestión era la misma. Connolly: un verano en Londres. Todo era una cuestión de intensidad. De metamorfosis.
Un pez en el hielo, Ricardo Piglia
Para poder definir al lector, diría Macedonio, primero hay que saber encontrarlo. Es decir, nombrarlo, individualizarlo, contar su historia. La literatura hace eso: le da, al lector, un nombre y una historia, lo sustrae de la práctica múltiple y anónima, lo hace visible en un contexto preciso, lo integra en una narración particular. La pregunta «qué es un lector» es, en definitiva, la pregunta de la literatura. Esa pregunta la constituye, no es externa a sí misma, es su condición de existencia. Y es su respuesta -para beneficio de nosotros, lectores imperfectos pero reales- es un relato: inquietante, singular y siempre distinto.
Ricardo Piglia, El último lector
“Blanco nocturno”, de Ricardo Piglia en la Línea B
Cuando quiero tranquilizarme me refugio en el futuro: dentro de unos años me voy a reír de todo esto.