El detector de mentiras: la prueba del polígrafo
Sensores, cables, una línea vacilante, un interrogatorio; básicamente todos imaginamos lo mismo cuando pensamos en la prueba del polígrafo o detector de mentiras. Es momento de conocer más sobre esta popular máquina.
El polígrafo fue diseñado en la década de 1930 por John Augustus Larson basado en los trabajos de Leonarde Keeler. Su utilización se consolidó sobre todo en el ejército, la policía y la investigación criminal (aunque también en la selección de personal), sin embargo fue hasta 1970 que comenzó a ser estudiada cuidadosamente por los expertos.
Por sí mismo, no es capaz de indicar si alguien miente, es más bien un instrumento de medición de respuestas fisiológicas que registra la actividad del sistema nervioso autónomo a través de sensores colocados en diversas partes del cuerpo: el tórax, el estómago y los dedos de las manos. Dichos sensores detectan las modificaciones en la respiración, actividad cardíaca y sudoración. También es posible evaluar la actividad eléctrica cerebral. Los indicadores sólo muestran los cambios fisiológicos, que suelen estar inducidos por las emociones pero no necesariamente aseguran que esos supongan que la persona miente.
Muchos critican la fiabilidad de este aparato, ya que no se puede mecanizar el proceso de mentir considerando únicamente factores físicos y también debido a que hay casos registrados de personas que han sido entrenadas con éxito para engañar al polígrafo.
Claro, puede ser una buena herramienta pero no está exenta de malinterpretaciones y sobre todo, los resultados no deberían tomarse como verdad absoluta.
















