Las puertas correderas de la tasca, cubiertas con papel encerado, estaban medio cerradas, pero se podía ver a los parroquianos sentados ante dos mesas largas de madera. Uno de ellos vestía un gabán ceñido con un cabo de soga a falta de los botones. Un hombre de aspecto enfermizo y tez cetrina llevaba quimono, pero sin chaqueta, y no paraba de temblar. Otro tenía unas polainas y un capotón de paño, con lo que parecía una pañoleta liada a la cintura. Había una mujer con los ojos pegados de sueño y un quimono oscuro con el cuello lustroso de mugre. Todos estaban ya bebidos y con las cabezas gachas, pero de vez en cuando alguno la levantaba, lanzaba una furiosa ojeada y gritaba algo ininteligible a modo de conversación. Todos se veían en las últimas. La atmósfera parecía incubar toda clase de males. El novelista y el travestí se sentaron en dos sitios libres y se recostaron en la pared donde estaba escrita la lista de precios. Dieron unas patadas en el suelo para entrar en calor mientras miraban al cantinero llenarles lentamente hasta el borde dos grandes vasos de shōchū, un matarratas que hedía a alcohol de quemar. El liquido claro rebosó y salpicó la madera sucia de la mesa, resaltando su vena. El travestí se inclinó y sorbió del vaso sin levantarlo. Luego se lamió los labios. Con una mirada retrechera buscó la anuencia del escritor y luego encargó algo de comer en un tono muy zalamero. Le colocaron delante una ración de riñón de cerdo crudo en finas lonchas junto con un platillo con sal. El travestí picó una loncha de lo que parecía un cuajarón de sangre. «Pruébelo. Huele un poco, pero esto lo comen los más sibaritas, se lo aseguro.»
No diría él que no... pero tampoco hizo el menor intento de probarlo.
Conforme el alcohol le hacía efecto, el travestí se volvía más alterado y charlatán. Sacó un pañuelo y se lo apretó contra el pecho. No paraba de hablar de los sinsabores de su vida, de cómo nadie había reconocido que era un hombre hasta aquella misma noche; cómo él mismo había llegado a convencerse durante mucho tiempo de que era una mujer, sin darle más vueltas. Había procurado comportarse como tal en su vida cotidiana hasta en el más mínimo detalle. Prostituyéndose había mantenido a una familia de tres miembros durante años, viviendo juntos en un cuarto alquilado del cotarro de Daini Aichiya. Tenía un hermano menor que también empezó a prostituirse cuando cumplió catorce el año anterior. Tenía mucho gancho y entre ambos le daban un vida más que llevadera a su madre.
«Mi hermano tiene mucho más éxito que yo. No hay comparación. Cuando se es joven los huesos son tiernos y los músculos no se agarrotan.» Pero por lo visto al hermano lo había arrestado la policía en una redada unos días antes. Lo habían cacheado y antes de soltarlo le cortaron el pelo como a un chico. Su hermosa melena que tanto tiempo le había costado dejársela, se la trasquilaron. «Hasta que no le crezca no va a poder volver al tajo. !Son infames los maderos! —estaba encendido—. Me han dicho que no tienen ningún derecho a hacer lo que hicieron.» Al parecer había consultado con un conocido —¿abogado?— que vivía también en el mismo cotarro. Cerró su perorata jurando que en adelante se comportaría como una perfecta dama en todos los aspectos. (Hablaba con entusiasmo de la satisfacción que sentía vistiendo ropas de mujer, en particular la interior, lo que al escritor le pareció demostración suficiente de que su inversión sexual no tenía vuelta atrás, y no era ya solo un gaje del oficio.)
«Ya que he llegado hasta aquí, voy a dejarlos a todos de una pieza y voy a parir una criatura», afirmó. El escritor comprobó atónito que lo decía en serio. Aquella declaración de intenciones no era un mero disparate de borrachera. Honestamente creía que era posible.
De repente alguien salió gritando: «¿Qué dices? ¿que vas a tener un crío? ¿Una puta tirada como tú? ¡Vas a traer al mundo a otro hideputa que no conoce a su padre!», era el hombre del gabán atado con una cuerda. Cuando entraron estaba aparentemente durmiéndola al fondo con la cabeza entre los brazos, pero se levantó de repente y se puso a gritar. Se les vino encima, amenazante. Parecía que tuviera una segunda piel de pura pringue y roña, con unos cercos en torno a los ojos y la boca de su primitivo color, lo que le daba el aspecto de un negro de vodevil. Había visto la ocasión de gorronear un trago. Quedó patente cuando, mostrando los dientes con una ancha sonrisa de pura gachonería, anunció: «Bueno, si vas a tener un crío, que sea de este caballero. ¿Qué le parece, señor?». Pero al final no fue capaz de trasegarse el vaso de shōchū al que le invitaron: se le derramó todo por las comisuras de la boca y por el cuello. Luego tiró en la mesa el vaso, que salió rodando. «¡Ah! —exclamó movido por cierta asociación de ideas— ¡No tengas un hijo con nadie y engañes a tu marido!»
De pronto se echó a sollozar: «Mi parienta se buscó un maromo y se quedó preñada de él —dijo lloriqueando y alzó la cara churretosa de lágrimas—. Yo sabía que iba a pasar algo. ¡Las mujeres que leen periódicos no son buenas!» Y se puso a renegar de la mujer que lo había traicionado.
Como el relato del hombre era un batiburrillo de renuncios y además farfullaba, no es posible transcribirlo aquí, pero en esencia venía a decir esto: había vuelto a su pueblo a casarse por concierto. Cuando volvían a Osaka su mujer compró un periódico en la estación de Himeji y lo leyó en el tren: «¡Ella misma compró el puñetero periódico y resultó que podía leerlo! ¡Yo nunca he leído un periódico en mi vida!» Escandalizado por su desvergüenza estuvo por devolverla a su casa y divorciarse sin esperar más. Pero luego le dio apuro por los que le habían ayudado a concertar el trato. Hizo por calmarse y tener paciencia... ¡pero qué gran error! Aquella mujer que leía periódicos se jactaba de su instrucción y no tardó mucho en buscarse un amante y salir de naja. El hombre tuvo que reconocer que no se había equivocado en su primer juicio... «¡Mierda!», remató.
—Ey, hermano, ya has bebido mucho. Se te ve trasojado —comentó el travestí.
—¿Ah si? ¿no me digas? —respondió cortante el tipo a la chica. Estaba pálido y les confió que no había comido en dos días. El escritor lo avasalló preguntándole cómo un hambriento se gastaba sus últimos cuartos en bebida. El tipo tenía que ser un alcohólico. Esa era la plaga de Kamagasaki.
—¿Le digo la verdad? —dijo el hombre enredando con la cuerda que le servía de cinto. El novelista asintió—. Pues tiene usted razón, señor. Nadie en sus cabales se gasta el dinero en beber si tiene hambre. Ayer no comí nada y luego me enteré que iban a dar comida gratis en el templo de Kanshō. Me llevé a Ibara conmigo. Daban sopa de fideos. Le dije a Ibara que me guardara la mitad pero el muy zorro se lo comió todo. Y mire usted, yo fui quien lo invitó a comer gratis. Porque él no sabía nada. Pero el malagradecido hijo de su puñetera madre se lo zampó todo. De la mitad que me tocaba no dejó ni una escurridura. Que además me falta el respeto, siendo yo mayor que él. Y por si fuera poco, ni ayer ni hoy he podido trabajar.
El borracho no dijo quién era Ibara ni qué hacía para ganarse la vida, pero ¿importaba? Todos, narcotizados por el shōchū, lo escuchaban, vaheando con el frío.
«¿Pero qué andaba yo diciendo? Ah, sí, iba a agradecer al caballero por su prédica sobre lo de gastarse el dinero en beber en vez de en comer —dibujó una sardónica sonrisa—. Pero a decir verdad... por mucha hambre que tenga uno, no le nace mendigar comida...» Lo más que podía cada uno era llenarse el buche, sin que sobrara nada para nadie más. Que alguien te diera comida suponía partir lo que ya era escaso. No estaba bien poner a nadie en el compromiso de depender de él y hacérselo pasar mal. Muy emocionado habló de cómo si a alguien le sonreía la fortuna y se sentía generoso, podía invitar a beber. Pero no se podía responder: «No, cómprame comida mejor». Ante todo estaba el orgullo de quien recibe, y luego se le echaba a perder el gusto al anfitrión de beber e invitar a beber. Por tal razón había noches como aquélla en que tenía que nutrirse únicamente de alcohol. «Hermano, admita que diría con gusto: "Le invito a un trago". Pero ¿a que no diría: "Cómpreme un tazón de arroz", eh? —todos los borrachos de la tasca sacudieron la cabeza a la par y recitaron: «Pues no, eso no se dice, hombre... ¡no se puede pedir eso!».
Takeda Rintarō



















