Bueno, se acabó la Navidad... Y con ella quedan atrás todas esas buenas intenciones que, incluso en Navidad, se quedan solo en eso. Volvemos a lo que los hombres deciden que es la realidad, esa que desconoce las buenas intenciones.
Es importante tener claros cuáles son nuestros límites para no rebasarlos, al menos no rebasarlos demasiado. Cuando los nuestros están más cerca de nosotros de lo que lo están los de los que nos rodean podemos, confundiendo sus límites con los nuestros, traspasarlos sin advertirlo. Solo después de hacerlo es cuando la gente se percata de que los rebasó, y no siempre es posible volver atrás.
Hace más de treinta años conocí a un viejo zapatero que había vivido la mayor parte de su existencia al otro lado de sus límites, una vez los cruzó y ya nunca pudo volver de allí.
Quedar atrapado donde no quisiéramos estar puede ser más fácil de lo imaginado. Sobre todo si quien nos atrapa es nuestra propia conciencia... De ella no se puede huir.
Muchos años antes el zapatero emigró con su joven esposa para intentar salir de la miseria que su país les prometía; fue un viaje que les llevó desde su pobre pero civilizada Europa hasta las más lejanas tierras de Sudamérica, allí donde todavía en la actualidad los hombres llevan un revolver al cinto.
Quien haya estado seguro que tiene una viva imagen de esas llanuras casi sin árboles que terminan por chocar contra montañas que parecen salir, como si de ella nacieran, de la misma planicie.
En aquella tierra lo que no parecía tener cabida en su vieja, civilizada y urbana Europa sí tenía lugar; en aquella tierra agreste y salvaje los hombres crecían rudos y con un mayor conocimiento de la fragilidad de la vida.
Cuando los años ya empezaban a calar en el interior del zapatero y ciertas ideas había penetrado en su mente, descubrió que su mujer se la pegaba con otro... y lo descubrió de la peor manera posible: desnudos en su cama. La ropa de aquel cabrón se encontraba sobre la silla junto a la puerta —esa en la que él dejaba su ropa cada noche—, y bajo ella, asomando la culata del cinto que él varias veces había repasado, un revolver.
Aquel día también descubrió que las ideas que le llevaron a vaciar el tambor de aquel revolver sobre la cama rondaban su cabeza, lo que por allí nadie dudaría en hacer se acercó un poco más a su mente y se apoderó de él por un instante.
El resto de su vida lo viviría con dos muertos sobre su conciencia, uno de ellos la persona que amaba... La persona que todavía no había podido dejar de amar cuando lo conocí y que ya nunca pudo dejar de querer; cayó en la más profunda de las redes, la de su mente, la de sus escrúpulos y sus remordimientos. Ella, en cierto modo, le unía a las lejanas tierras del este de Europa que tuvieron que abandonar... Sin ella, y con su muerte, aquellas tierras y lo que ellas representaban se volvieron inalcanzables. Nunca habría un retorno para él, la civilización murió desnuda sobre aquella cama.
Nunca, ante los hombres, penó por lo que hizo; durante décadas lo hizo en su interior, hasta convertirse en la extraña caricatura de hombre que yo conocí.
Aquel viejo revolver, tambor vacío, estaba guardado en el cajón de la mesita. Todas las noches lo habría, miraba lo que allí había y se entristecía de no seguir alejándose más de sus límites.
Afortunadamente para mí mis límites me dejan un extenso y espacioso lugar por el que moverme.
Como consejo, que —como todos— no será tenido en cuenta, te digo que al menos una vez en la vida un hombre debería pararse a pensar cuáles son sus límites, para poder tener cuidado cuando irremediablemente se acerque a ellos.