Emerald
Seguro que si eres un lector perspicaz te habrás dado cuenta de que la música es una parte fundamental y muy especial de mi vida. Ahora estoy escuchando una canción que me encanta y que me recuerda muchas cosas... Una de ellas: mi amiga Emerald.
En 2006 ella cumplía treinta años, había ido a visitarla a la Ciudad de los Vientos, era 4 de julio y todavía no sabía que le regalaría. ¿Bisutería quizá?... No, treinta años es algo especial... No, bisutería no, solo sabía que eso no sería. No sabía nada más.
Emerald debía su nombre al color de sus ojos; al nacer parece ser que hubo un cambio de opinión inesperado, y lógico. Con cuatro años empezó a estudiar piano y a la edad de cinco se quedó sorda como consecuencia de una meningitis. La sordera la empezó a aislar del mundo y ella recorrió ese camino a través de los años, un camino por el que terminó escondida en medio de una gran ciudad, sin salir de su apartamento. Tan solo ella, su trabajo, sus libros y sus películas audiodescritas. Nada más.
Aunque es la mejor siguiendo rastros digitales nunca se prodigó mucho debido a sus costumbres eremitas. La conocí por recomendación de un amigo común y fui en busca de sus servicios. Todo debería haber sido virtual, pero a mí me gusta saber con quién trabajo, ese es precisamente mi negocio, saber.
Con su primer trabajo quedé tan satisfecho que le regalé un abrigo de vicuña que me tiró a la cara. «Para que salgas a la calle», le dije devolviéndoselo de igual manera.
Era, como ya he dicho, 4 de julio de 2006. Después de comer, entre vigilia y sueño, escuchando la misma canción que me ha hecho acordarme de Emerald, una canción muy antigua, una canción que a mí me transporta a un pasado que no recuerdo, siempre me ha transmitido una sensación extraña, como de hogar, de gente a la que añoro y no soy consciente de ello, de momentos felices, de infancia, de abuelo sentado en su mecedora y yo jugando en el suelo, a sus pies, oliendo a leña, a voces familiares a mi espalda... Entonces, bruscamente desperté, al fin sabía qué le regalaría: un recuerdo.
¿Cómo sería mi mundo sin música? ¿Cómo era el mundo de Emerald?... Un recuerdo es lo que le daría.
Al día siguiente me fui a Gene's y compré todo lo necesario para prepararle un espléndido desayuno.
El día 6 aparecí en su casa bien temprano; me temo que, quizá, demasiado temprano... Pero no importaba, mejor, el desayuno sería en la cama.
Desayuno en la cama —pan de ciabatta tostado con mermelada pflaumenmuss y queso Harzer en lo alto, café del de verdad, nada de eso que acostumbraba a beber ella, y naranjas—, almuerzo con productos del mar en Nantucket —guiso de ostras y tartar de cigala con tomate; el vino mejor no nombrarlo... Pero para los postres llevé un Sauternes del Chateau d'Yquem, otra historia—, y cena en Lisboa —no te cuento lo que fue porque sino no avanzo y además esto no es una guía culinaria—. Cena en Lisboa y mi piano bar predilecto.
Me aseguré de tener sitio en la cola del piano. Cuando llegamos allí había dos sitios esperándonos junto a una botella recién puesta de Krug Clos D'Ambonnay del 98. Quizá todo ese periplo había sido excesivo para alguien que no salía nunca de su casa pero Emerald lo había llevado estoicamente, sabiendo que yo no la dejaría aquel día encerrada... Pero el piano bar, el piano bar fue excesivo para ella. Debí esperar un poco antes de decirle que aquello era su regalo.
Emerald es mujer de armas tomar y la botella de Krug pagó las consecuencias y mi cabeza estuvo a punto de ir a hacerle compañía.
La noche se enmendó y conseguí un mal sustituto que beber allí sentados, en la cola de aquel piano.
Cuando se relajó y se apoyó en él, cuando a través de sus manos penetraron las vibraciones en su cuerpo, su cara, súbitamente, cambió. Parecía acariciar con delicadeza la pulida superficie mientras ladeaba la cabeza y me miraba sin verme. En su cara podía ver el mejor poema de Baltasar hecho realidad.
En aquel instante —aunque yo no lo supe hasta bastante tiempo después— fue capaz de regresar a otra vida, muchos años antes perdida, una en la que los sonidos existían; en aquel instante decidió que iba a dejar de ser una espectadora para convertirse en protagonista de infinitas historias nunca escritas y no audiodescritas.
Nunca volvió a entrar en su viejo apartamento, nunca volvió a Chicago... Así es ella: ojos de esmeralda y corazón de fuego.
Yo solo pretendía regalarle un recuerdo, pero sin saberlo le regalé una nueva vida.
Siempre me dice, recordando aquello, «¡Mejor con treinta que con cincuenta!». «El tiempo siempre es nuestro aliado», respondo yo sin tener nada claro lo que le acabo de decir.
Sé que es una tontería, pero la primera vez que oí esta canción supe que no era la primera vez que la oía.










