inflación mundial galopante, estallidos inorgánicos en países dependientes o poscoloniales que van de Sri Lanka a Panamá, pasando por Haití y la vuelta de tu casa, una guerra en Europa que ya cumple medio año, incendios incontenibles en cada parte del planeta que toca el verano, crisis de deuda en el sur global. es difícil no caer en el colapsismo desmoralizante.
la realidad es que estamos inmersas en un sistema que ya no puede reproducirse a sí mismo sin guiarnos a la catástrofe social (político-económica) y al colapso ambiental. hay algo que está reventando a nivel mundial y tiene que ver con la liberación de la producción social, es decir del metabolismo del ser humano con la tierra organizado a través del trabajo, a fuerzas irracionales e impersonales que llamamos "de mercado".
la cancelación fukuyamista de lo político con su denostado "fin de la historia", que nos desconvenció como sujetos de organizarnos para organizar la sociedad, no sirvió para garantizar la armonía geopolítica pero sí para profundizar la enajenación de la humanidad consigo misma. recordemos que hablamos de que algo se nos enajena (se nos vuelve ajeno) cuando lo hacemos sin pensarlo, problematizarlo ni discutirlo democráticamente. eso ocurre con la producción social, hoy capturada por relaciones de explotación expresadas en salarios, precios, ganancias, rentas, etc.
por eso es prácticamente imposible salir de la crisis de la modernidad a la que nos condujo el capitalismo global, si no nos organizamos política y socialmente para distribuir los bienes y servicios producidos empezando por los indispensables para la vida (vivienda, alimentos, salud y educación), pero expandiendo esa organización a otros ámbitos de la cotidianidad social en tren de abolir gradualmente las relaciones de mercado, que dependen de la explotación de una clase por otra.


















