Poco después el emperador habló en la radio y anunció la rendición. Al día siguiente mi hermano mayor empezó a escardar su jardín. Yo me puse a ayudarlo.
—Cuando era joven —dijo, arrancando un matojo— me parecía que un jardín recrecido tenía su encanto, pero desde que me he hecho mayor me molesta ver aunque sea un yerbajo por aquí.
¿Implicaba eso que yo, a mi edad, era joven todavía? Porque los viejos jardines abandonados y enmalecidos todavía me gustaban.
—Pero incluso para mantener decente un jardín mediano como éste —prosiguió mi hermano musitando para sí—, tienes que tener un jardinero trabajando diariamente. Y luego, proteger los arbustos de la nieve en invierno es mucho trabajo.
—Sí que es mucha faena... ¿no? —se atrevió a mediar tímidamente el hermano menor y gorrista.
—Antes se hacía todo —dijo adustamente el hermano mayor—, pero con la escasez de mano de obra hoy día y todo el jaleo de los bombardeos, es impensable tener un jardinero. Aunque no parezca la gran cosa, este jardín no se hizo al buen tuntún, como sabrás...
—Supongo que no —al hermano menor no le interesan mucho esas cuestiones. Después de todo no es más que un bárbaro que se arroba ante la maleza de un jardín abandonado.
Conforme el hermano mayor explicaba a qué escuela paisajística pertenecía el jardín, donde se originó ésta y cómo vino a parar a Tsugaru, la conversación fue gradualmente a centrarse en Sen no Rikyū.
—¿Por qué no escriben ustedes sobre Rikyū? Creo que es muy buen asunto.
—Ajá... —respondí desentendido. Cuando se trata de literatura, hasta el hermanito gorrista tiene derecho a mostrar la quisquillosa reserva del experto.
—¡Qué hombre extraordinario, fíjate lo que te digo! —continuó el hermano mayor, sin inmutarse—. Ni el mismo Hideyoshi podía con él. Seguro que por lo menos habrás escuchado la anécdota del queso de soja y el limón ¿no?
—Ajá... — respondió el hermano menor, ambiguo.
—Un hombre de letras ignorante... —bufó ceñudo, convencido al parecer de que yo no sabía nada. Cuando mi hermano junta las cejas su rostro da miedo de verdad. Él piensa que soy un zote sin cultura, que nunca lee un libro, algo de mí que lo disgusta sobre todo lo demás.
El gorrista, aturrullado por su patinazo, sonríe y dice: —No, es que la verdad no me agrada mucho Rikyū, no sé por qué.
—Es por su misma complejidad.
—Ahí está. Hay cosas de él que no puedo comprender. Aunque parecía despreciar a Hideyoshi no era capaz de desligarse de él. Yo veo algo turbio en eso.
—Se debía al carisma de Hideyoshi —dijo, de nuevo de buen humor—. No es fácil decidir quién de los dos era superior como ser humano. Estaban enzarzados en una rabiosa porfía. Eran diametralmente opuestos en todo. Hideyoshi provenía de un entorno pobre que traslucía en su apariencia (era pequeño y enclenque, con cara de mico), y no tenía formación alguna. Y con todo fue él, con su gusto por la arquitectura suntuosa y ornamentada, el responsable del florecimiento cultural de finales del dieciséis. Por el contrario Rikyū salía de una familia acomodada, era fornido y de imponente porte, bien parecido e instruido; aún así prefería la escueta y mansa elegancia de una choza de bálago. Por eso es que el enfrentamiento entre ellos es tan interesante.
—Pero bueno, Rikyū era el vasallo de Hideyoshi ¿no es así? Vamos, el que le servía el té. El resultado de la contienda estaba claro desde el principio ¿no? —dije, sin dejar de sonreír.
—No es ése en absoluto el intríngulis de la relación. Rikyū tenía de hecho mayor poder que la mayoría de los señores feudales, y aquellos que podrían denominarse cultivados eran más parciales de él y de su refinamiento que del inculto Hideyoshi. De ahí el comprensible recelo de éste.
Los hombres son extrañas criaturas, pensé mientras arrancaba los yerbajos. Un hombre extremadamente poderoso como Hideyoshi derrotado por Rikyū en cuestiones de buen gusto... ¿es que no podía tomarlo sin más a risas y echar pelillos a la mar? ¿Es que un hombre no está conforme si no vence a los demás en todo? Y en cuanto a Rikyū ¿por qué ponía tanto empeño en dejar en evidencia a su amo, a quien supuestamente debía servir? Hideyoshi no iba nunca a penetrar la inanidad tras su refinamiento estético. Rikyū podía simplemente haberse ido y llevar una vida errante como Bashō y tantos otros ¿no? Lo de que se mantuviera pegado a Hideyoshi sin que obviamente le repugnara su poder, en un tira y afloja... enzarzados a ver quién podía más, pues la verdad no lo entiendo. Si Hideyoshi era una personalidad tan subyugante ¿por qué no podía Rikyū mostrarse llano y generoso con él, y entregarse sencillamente a servirlo?
—En toda la historia no hay una sola escena que contenga esa belleza que conmueve al público —será porque todavía soy joven, pero me cuesta escribir historias sin ese tipo de situaciones. Mi hermano mayor se echó a reír, como teniéndome por un ingenuo.
—Ahí es donde te equivocas. Lo que ocurre es que no eres capaz de escribirla, imagino. Tendrías que estudiar un poco los asuntos de los adultos. Pero claro, tú eres el hombre de letras ignorante ¿no es eso? —se enderezó con aire resignado y contempló el jardín. Yo lo imité.
—Se ve mucho mejor ¿no? —dije.
Rikyū no es lo mío. Yo por mi parte no tengo intención de apuntarme tantos a costa de mi hermano mientras lo exprimo. La rivalidad es algo vergonzoso. Gorrista o no, nunca se me ocurriría entrar en competición con mi hermano mayor. La partida ya se decidió cuando nacimos.