Charlotte era una de las estudiantes modelos dentro de esa reconocida academia londinense. Talento y pasión no le faltaban, sus habilidades era excepcionales, al igual que el encanto que las melodías interpretadas por su violín le entregaban a los oyentes. Muy rara vez se perdía de una clase por cuestiones académicas externas, practicaba a diario y generalmente presentaba una actitud optimista ante las dificultades. Era imposible que al menos uno de los instructores la eligiera, de vez en cuando, para ser su mano derecha al impartir una de sus tutorías.
Aquel era un día de vacaciones como cualquier otro. La mañana fría y nublada presenció la llegada de aquella jovencita al establecimiento. La hora en su teléfono celular marcaba cinco minutos antes de las nueve y presurosa por no tardar un sólo segundo, la inglesa corrió escaleras arriba, saludando a sus pocos conocidos. Una vez se hubo encontrado con su maestro, ambos ingresaron al salón.
La presentación fue breve, rápida y concisa. Se les explicó a los alumnos que hacía aquella extraña señorita en su aula y las tareas que tenía asignadas para la mañana. A pesar de tener una expresión serena dibujada en todo su rostro, el interior de Charlotte se veía consumido por el pánico; algo que evitaba demostrar a toda costa, a excepción de un par de manías, como el juguetear con sus dedos, por ejemplo. Por ello, trató de despejar su mente presentándose por cuenta propia y sin tartamudear.
Una sonrisa amable era de suma importancia.
— Buenos días a todos. Mi nombre es Charlotte Shepard.